Corrigan, el hombre que se equivocó de dirección

Cuando a eso de las nueve y media de la mañana del 18 de julio de 1938 los empleados del aeropuerto Baldonnel de Dublín vieron aterrizar un destartalado avión en sus instalaciones, corrieron asombrados hacia él. De la cabina del aparato se bajó un hombre que, con acento americano, les dijo: “soy Douglas Corrigan, ¿dónde estoy?”. Los empleados le respondieron que en Irlanda, y el piloto no pudo ocultar una sonrisa de satisfacción. Acababa de cruzar el Océano Atlántico sin escalas, sobre un avión construido por sí mismo, y a pesar de que las autoridades aeronáuticas norteamericanas le habían denegado el permiso. Sin embargo, pronto disimuló su alegría y proclamó que no debía estar en Dublín, sino en Los Ángeles.

Corrigan y su avión
Y es que hasta el fin de sus días Corrigan sostuvo que había llegado a Irlanda porque se había equivocado de dirección. Y aunque las autoridades de aviación estadounidense no creyeron una sola palabra de su historia, pronto se convirtió en un héroe y su vuelo en una hazaña. El recibimiento que le dieron en Estados Unidos fue apoteósico, incluido un desfile por Nueva York. Pronto recibió ofertas para publicar una autobiografía e incluso se interpretó a sí mismo en una película sobre su vuelo, llamada “El irlandés volador”. A partir de ese vuelo se le conoció como “Wrong Way” (“Camino equivocado”), y su fama y fortuna no hicieron sino acrecentarse. Esta es la increíble historia del hombre que se equivocó de dirección.

Mecánico de Lindbergh

Douglas Corrigan nació en 1907 en Galveston, Texas. Pasó la infancia y la adolescencia dando tumbos debido al divorcio de sus padres, y como no era un buen estudiante, dejó la Secundaria para trabajar como obrero de la construcción. Por aquel entonces vivía en Los Ángeles junto a su madre y sus hermanos, y su ambición era poder convertirse algún día en arquitecto. Sin embargo, en octubre de 1925 el veneno de volar se le metió en las venas. Un domingo por la tarde, Corrigan pagó los dos dólares y medio que costaba un paseo en avión de 10 minutos sobre el aeropuerto de Los Ángeles. Tan entusiasmado estaba cuando bajó, que al domingo siguiente empezó a tomar lecciones de vuelo. Los fines de semana se los pasaba en el aeródromo, aprendiendo a volar y ayudando a los mecánicos. Cuando el 25 de marzo de 1926 realizó su primer vuelo en solitario, diría que fue el día más importante de su vida.

Douglas Corrigan
Cuando los dueños del aeródromo de Los Ángeles se trasladaron a San Diego y fundaron una fábrica de aviones (la Ryan Aeronautical Company), le ofrecieron a Corrigan un empleo como mecánico. Allí estaba cuando en febrero de 1927 la compañía recibió un telegrama de un tal Charles Lindbergh preguntando si podrían construir un aparato que pudiera cruzar el Atlántico. Los dueños de la compañía respondieron que podrían tenerlo en un plazo de dos meses y por un precio de 10.000 dólares. Lindbergh aceptó la oferta y la fábrica se puso manos a la obra. Corrigan fue uno de los mecánicos que construyeron el avión (sobre la base de un aparato Ryan M-2), y a él se debió el diseño y ensamblaje de las alas (tres metros más largas de lo normal) y la instalación de los depósitos de combustible y el panel de instrumentos.

Charles Lindbergh
Aunque Lindbergh era de Detroit y el aparato había sido construido en San Diego, los que financiaban el proyecto eran de St. Louis (Missouri), así que el avión fue bautizado como “Spirit of St. Louis”. El 20 de mayo de 1927, el aparato despegó de Nueva York y después de más de 33 horas y media de vuelo aterrizó en el aeropuerto de Le Bourget, en París. Lindbergh había sido el primer hombre en realizar un vuelo trasatlántico sin escalas, y como consecuencia se convirtió en una celebridad, a la Ryan Aeronautical Company le empezaron a llover los pedidos y en Douglas Corrigan empezó a crecer el irrefrenable deseo de emular la proeza.

Un primer intento frustrado

En octubre de 1928 la fábrica decidió trasladarse a St. Louis. Sin embargo, Corrigan decidió quedarse en la costa oeste y emplearse en la escuela de aviación Airtech. Durante los siguientes dos años aprovechaba el poco tiempo libre que tuvo para acumular horas de vuelo y sacarse el título de piloto de transporte, hasta que en 1930 se trasladó a Nueva York donde, junto a un amigo, fundó una compañía que ofrecía traslados de pasajeros entre pequeñas ciudades. No fue hasta 1933 que regresó a la costa oeste para trabajar de mecánico y se compró un viejo avión Curtiss Robin OX-5. Inmediatamente, empezó a trabajar en él para convertirlo en un aparato capaz de cruzar el Atlántico. Ya había decidido que su destino sería Dublín, en homenaje a sus orígenes irlandeses.

Construcción del "Spirit of Saint Louis"
En 1935 había modificado el avión lo suficiente como para intentar que le dieran permiso para realizar su proyecto. Sin embargo, un inspector federal de la Oficina de Comercio Aéreo sólo lo certificó para vuelos sobre tierra firme dentro del país. Corrigan fue haciendo modificaciones en el aparato intentando adaptarlo a las exigencias burocráticas que se le planteaban. En 1937 volvió a solicitar permiso para realizar el vuelo transoceánico, pero no era un buen momento: Amelia Earhart había desaparecido sobre el Pacífico pocos meses antes y ninguna autoridad parecía dispuesta a dar permisos para nuevas aventuras. Es más, en respuesta a su petición se le negó el certificado de vuelo a su avión. Ya no es que no pudiera volar sobre el Atlántico, es que no podía volar a ninguna parte.

El avión de Corrigan
Corrigan no tiró la toalla. Decidió que intentaría la aventura de todos modos (“No me iban a colgar por volar sin licencia”, escribió después) y planeó volar hasta Nueva York, aterrizar allí de noche cuando todos los controladores se hubiesen marchado a casa, llenar sus depósitos de combustible y despegar de nuevo hacia Irlanda antes de que pudieran detenerle. Sin embargo, la mala suerte se cebó con él. Durante todo el trayecto se encontró un tiempo infernal, y lo que iba a ser un vuelo de algo más de un día se convirtió en una epopeya que duró nueve (tardó dos días sólo en cruzar Texas). Cuando llegó a Nueva York era ya final de octubre y un vuelo hasta Irlanda era demasiado peligroso, incluso para alguien tan osado como Corrigan.

Corrigan saludando
De modo que repostó y regresó hasta Los Ángeles. El vuelo de vuelta tampoco fue fácil, ya que se le formó hielo en el carburador y el viento de cara hizo que no tuviera suficiente combustible. Aterrizó en el aeródromo Adams, del Valle de San Fernando, y allí las autoridades le inmovilizaron el avión. Lo único bueno que Corrigan sacó de aquel viaje frustrado fue haber bautizado a su aparato. Decidió llamarlo “Sunshine” (Rayo de Sol). Tal y como escribió en su autobiografía, “Siempre había considerado a mi avión como un pequeño rayo de sol, así que pinté ese nombre en el carenado”. El primer intento se había saldado con un fracaso, pero Corrigan no estaba dispuesto a rendirse.

La “equivocación”

Durante los seis meses que su avión permaneció en tierra de forma forzosa, Corrigan no se quedó cruzado de brazos. Estuvo volando en otros aviones a fin de seguir sumando horas de vuelo y reconstruyó el motor del “Sunshine”. Cuando terminó la suspensión, solicitó una nueva inspección y el inspector que examinó el avión dictaminó que estaba lo bastante bien para volar dentro del país. El 9 de julio de 1938, Corrigan consiguió un permiso para hacer un vuelo sin escalas desde Los Ángeles hasta el aeródromo Floyd Bennet de Nueva York. Después de un vuelo accidentado, donde tuvo que atravesar una tormenta de arena en Nuevo México y se vio obligado a terminar el viaje con las ventanillas de la cabina abiertas y la cabeza fuera por una fuga de combustible del depósito principal que hacía que todo oliera a gasolina, Corrigan aterrizó en Nueva York. Había volado 27 horas y sólo le quedaban 9 litros de combustible.

Autobiografía de Corrigan
Decidió no reparar el tanque, ya que eso le llevaría semanas, y el 16 de julio presentó un plan de vuelo para volver a Los Ángeles. Las autoridades no desconfiaron, ya que el único mapa que tenía era de los Estados Unidos y tenía la ruta de vuelta perfectamente marcada. Llenó los depósitos de combustible, y a las cuatro de la madrugada se encontraba listo para volar. El gerente del aeródromo le dijo que usara una pista que mirara al este y luego virara, ya que su oficina se encontraba al oeste y no quería ser despertado por el ruido de su avión. A las cinco y cuarto de la madrugada del 17 de julio, Corrigan despegó. Llevaba con él dos barras de chocolate, algunos frutos secos y una buena provisión de agua. Según dijo más tarde, había una niebla espesa y no pudo ver bien la brújula manual que portaba, así que no viró al oeste, sino que siguió volando hacia el este, hacia el Atlántico.

Aeródromo de Baldonnel, en Dublín
Cuando llevaba volando unas 10 horas, la fuga de combustible fue a peor y la cabina empezó a inundarse de gasolina. No podía repararla en pleno vuelo, y para evitar que el combustible llegara a los escapes e incendiara el aparato, hizo un agujero en el suelo con un destornillador para drenarla. Claro que todo esto no es muy coherente con su afirmación de que se dio cuenta de su error de orientación cuando llevaba 26 horas volando, pues si hubiera pensado que estaba sobrevolando tierra habría buscado un sitio donde aterrizar en lugar de drenar la fuga. En cualquier caso, tras 28 horas y 13 minutos de vuelo, Corrigan aterrizó en el aeródromo Baldonnel de Dublín y se produjo el diálogo con el que empezaba este artículo.

Las explicaciones de Corrigan

A Corrigan lo llevaron a la oficina de aduanas, ya que no sólo había volado a Irlanda sin permiso, sino también sin pasaporte. Llamaron al embajador americano Stephen Cudahy, que se reunió con él y le pidió explicaciones. Corrigan contó que el espacio en su avión era tan pequeño que sólo podía ver el suelo por las ventanillas laterales. Como su brújula principal estaba rota había usado una brújula manual, lo que añadido a la niebla y a la poca visibilidad en la cabina, le había hecho perder el rumbo. Cuando 26 horas después de partir las nubes de debajo de su avión se disiparon, pudo ver que volaba sobre el mar y sólo entonces se dio cuenta de que se había equivocado de dirección. Poco después avistó tierra y aterrizó.

Desfile de Corrigan en Nueva York
Cudahy no se creyó una sola palabra de lo que Corrigan le había contado. Además, las autoridades de aviación estadounidenses enviaron un telegrama detallando las normas que se habían infringido. A pesar de que el telégrafo cobraba por cada palabra transmitida, el telegrama en cuestión tenía ¡más de 600! Sin embargo, Corrigan recibió un leve castigo: la suspensión de la licencia de vuelo durante 14 días. Además, su vuelo pronto se convirtió en un acontecimiento, y la embajada americana se llenó de periodistas y fotógrafos (incluso fueron a verle Henry Ford y Howard Hughes).

Primera plana del "New York Post", con el titular
 al revés en homenaje a Corrigan
Al día siguiente visitó al Primer Ministro irlandés Eamon de Valera, que le pidió que contara otra vez su historia. Cuando llegó a la parte en que se equivocaba al leer la brújula, todos empezaron a reír. De Valera no sólo no presentó cargos contra él (“Ha llegado a este país sin ningún papel, y se irá sin ningún papel”), sino que además le agradeció haber puesto a Irlanda en el mapa. Poco después fue a Londres, donde fue recibido por el embajador Joseph Kennedy (el padre del que fuera luego Presidente de los Estados Unidos). Allí le comunicaron que su avión y él regresarían a Estados Unidos a bordo del buque “Manhattan”. El barco llegó a Nueva York el 4 de agosto, justo el día que terminaba la suspensión de su licencia de vuelo.


Cartel de "El irlandés volador"
Corrigan se había convertido en una celebridad. Su desfile por Broadway reunió a un millón de personas (más que el de Lindbergh, que un poco celoso restaba importancia a la hazaña de Corrigan). Su nombre y su proeza salieron en la prensa, y pronto se le apodó “Wrong Way” Corrigan (incluso esta expresión se utilizó durante mucho tiempo para referirse a errores espectaculares, sobre todo en el ámbito deportivo). Escribió una autobiografía (que constaba de sólo un capítulo, varias páginas de fotos y todo lo demás en blanco) y protagonizó en 1939 una película sobre su vuelo que se tituló “El irlandés volador”. Incluso se pusieron a la venta productos con su nombre, entre los que destacaba un reloj que giraba hacia el lado contrario. También se presentó a Senador en 1946, aunque obtuvo sólo el 2% de los votos. Después de ganar en esos años el equivalente al salario de 30 años de mecánico, se retiró de la aviación en 1950, compró una plantación de naranjas y allí vivió hasta su muerte en 1995. Y hasta sus últimos días siguió sosteniendo que todo lo que había pasado es que se había equivocado de dirección
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El Historicón

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