Desmontando bulos (V): de un partido mortal y una princesa bigotuda

Continuamos con un nuevo capítulo en nuestro afán de desmentir algunos bulos históricos que circulan por internet y las redes sociales. Tal y como hicimos antes en esta serie de artículos, hoy nos proponemos contar la verdad sobre dos de los más conocidos y virales: el del “Partido de la Muerte” en Ucrania durante la Segunda Guerra Mundial, y el de la princesa iraní bigotuda que tenía más de cien pretendientes. Sabemos que erradicar estos y otros mitos históricos es harto complicado, pero no podemos dejar de aportar nuestro pequeño grano de arena para que la verdad histórica brille en todo su esplendor.


El “Partido de la Muerte” de Ucrania

La leyenda cuenta que el 9 de agosto de 1942 se disputó en el Estadio Zenit de Kiev un partido entre un equipo formado por jugadores alemanes pertenecientes a la Fuerza Aérea (Luftwaffe) y un equipo ucraniano. A pesar de que habían sido advertidos de que debían dejarse ganar o atenerse a las consecuencias, y pese al hecho de que el árbitro (un oficial de las SS) permitió el juego violento de los alemanes, los jugadores locales ganaron el partido por 5 a 3. Pocos días después, en represalia por la humillación recibida, la Gestapo arrestó a los componentes del equipo ucraniano. Algunos fueron fusilados y otros fueron internados en campos de concentración.

Imagen de los prolegómenos
La historia se sazona con unos cuantos detalles curiosos. Así, por ejemplo, se narra que los jugadores ucranianos se negaron a realizar el saludo nazi en los prolegómenos del encuentro (a pesar de que el árbitro se lo había “pedido amablemente” antes del partido), que el primer gol alemán se produjo con el portero contrario conmocionado en el suelo por una patada en la cabeza de un jugador germano, o que el árbitro dio por finalizado el partido antes de tiempo para evitar una humillación mayor. La historia es tan atractiva que ha inspirado varios libros y películas (entre ellas la conocida “Evasión o victoria”, dirigida por John Huston y protagonizada, entre otros, por Pelé). Atractiva, sí, pero en gran parte esta historia es falsa; o al menos exagerada.

Pelé en "Evasión o victoria"
Empecemos por el principio. En la década de 1930 el fútbol se había convertido en un deporte muy popular en la URSS. Particularmente en Ucrania existían dos equipos punteros, el Dynamo de Kiev (que formaba parte de la sociedad deportiva del ejército y la policía soviéticos) y su vecino el Lokomotiv. Los campeonatos se jugaron con normalidad hasta que la invasión alemana a la URSS (conocida como “Operación Barbarroja”) provocó que la liga de 1941 no pudiese acabar. Kiev cayó en poder alemán el 26 de septiembre de ese año, y sus habitantes (jugadores de fútbol incluidos) se prepararon para sobrevivir bajo la ocupación nazi.

Cartel del partido
Uno de estos jugadores (concretamente el portero del Dynamo Mykola Trusevych), encontró trabajo como barrendero en una panadería cuyo dueño era un gran aficionado al fútbol y a su equipo. Iosif Kordik (que así se llamaba el dueño) propuso a Trusevych formar un equipo de fútbol. Trusevych empezó a buscar a sus antiguos compañeros, y en las semanas que siguieron logró encontrar a 7 de ellos. Estos 8 jugadores, a los que se añadieron otros 3 del Lokomotiv, formaron el FC Start. Gracias a la buena sintonía del dueño de la panadería con las fuerzas de ocupación (no en vano, Kordik era de origen germano), el FC Start empezó a jugar contra equipos formados por soldados de las fuerzas de ocupación (alemanes, húngaros y rumanos).

Fotografía tras el partido
Y las cosas no pudieron irles mejor. Debutaron el 21 de junio de 1942 contra un equipo llamado Rukh, formado por soldados de la guarnición húngara, y el resultado no dejó lugar a dudas: 7 a 2 para los ucranianos. En los siguientes meses fueron jugando contra otros equipos, a los que igualmente golearon (por ejemplo, al equipo de los ferrocarriles alemanes le metieron un 9 a 1, y al equipo de la guarnición rumana le endosaron un ¡11 a 0!). Y todo ello a pesar de que los jugadores ucranianos estaban mal alimentados, peor equipados y que sus jornadas laborales eran de esclavitud.

Ruinas de Kiev tras la conquista alemana
El 6 de agosto le tocó jugar contra un equipo de la Luftwaffe llamado Flakelf, y como había pasado en los anteriores encuentros, los ucranianos vencieron por 5 a 1. Sin embargo, las autoridades alemanas se dieron cuenta de que las continuas victorias del FC Start minaban la moral de las fuerzas de ocupación, por lo que pidieron la revancha. Los jugadores ucranianos no estaban en condiciones de negarse, así que el nuevo encuentro se fijó para el 9 de agosto en el Estadio Zenit. Fue entonces cuando, según la leyenda, ocurrió lo que hemos narrado al principio de este epígrafe: juego violento permitido por el árbitro, amenazas a los jugadores ucranianos si no se dejaban ganar, victoria final del FC Start por 5 a 3 y posterior detención y fusilamiento de los futbolistas.

Vladlen Putistin
Sin embargo, la realidad difiere bastante de esta leyenda. En 2012 Vladlen Putistin, hijo del jugador Mikhail Putistin, que en ese partido tenía 8 años y ejercía de recogepelotas, declaró que las cosas no habían sucedido como las habían contado. Dijo que nadie les presionó para que perdieran y que no hubo juego violento por parte de los alemanes: "No hubo patadas, nadie dijo a los jugadores que tenían que perder; hubo momentos muy tensos, pero sólo porque el partido fue intenso". La prueba de ello, añade, es que los jugadores de ambos equipos posaron juntos y sonrientes al final del partido.

Vladen y su padre Mikhail
Tampoco se detuvo a ningún jugador tras el encuentro. Es más, el FC Start jugó un partido más el 16 de agosto ante el mismo equipo contra el que habían debutado, el Rukh, y vencieron por un escandaloso 8 a 0. Después de esta paliza las autoridades suspendieron el campeonato para evitar el descrédito de las fuerzas de ocupación. Fue el 18 de agosto cuando la Gestapo llegó a la panadería en la que trabajaban los jugadores ucranianos y empezó a detenerlos. La razón de su detención no era haber ganado el partido ante el Flakelf, sino la sospecha de que entre ellos podía haber comunistas infiltrados. Como ya hemos comentado, el Dynamo pertenecía al ejército y la policía soviéticos, así que no era raro que algunos de sus componentes fueran miembros de esas instituciones. Tras ser reconocidos en fotos antiguas de uniforme, los jugadores Nicolai Trusevich, Ivan Kuzmenko y Alexei Klimenko fueron fusilados. El resto fue enviado a campos de concentración, donde murieron al cabo de un tiempo.

Monumento en Kiev al FC Start
A pesar de que en los primeros años de posguerra se acusó al FC Start y sus jugadores de colaborar con los nazis, la propaganda soviética supo sacar tajada del partido. El encuentro fue bautizado como “El Partido de la Muerte” y se realizaron varias películas sobre el tema. En 1981, John Huston hizo su propia versión edulcorada y con final feliz y la tituló “Evasión o Victoria”. En 2005 un tribunal de Hamburgo declaró "no probada" la vinculación entre la muerte de los futbolistas ucranianos y el famoso partido. Sin embargo el recuerdo sigue vivo en Ucrania, el Estadio Zenit cambió su nombre por Estadio Start, los poseedores de entradas de aquel partido siguen accediendo gratis al campo, y un impresionante grupo escultórico en el exterior del estadio recuerda para siempre a aquellos jugadores que, según la leyenda, prefirieron ganar a vivir. Una placa en dicho monumento resume bien ese espíritu: “De la rosa sólo nos queda el nombre”.

La princesa iraní con bigote

Es muy probable que alguna vez hayas visto fotografías de una supuesta princesa iraní no muy agraciada de comienzos del siglo XX. Las fotos en cuestión suelen venir acompañadas de un breve texto que dice así: “Ella es la princesa iraní Qajair“ (en otras versiones del meme dice Qajar). ”Se dice que tuvo 145 pretendientes de la alta nobleza y 13 de ellos se quitaron la vida a su rechazo (sic). Se consideraba el símbolo de la perfección y la belleza según los cánones de belleza de su época”. A veces suele rematarse la cuestión recalcando que una de las fotografías es de la princesa “sin afeitar” y la otra es “recién afeitada”. Las fotografías pueden cambiar en algunos casos, aunque siempre tienen en común el texto y el hecho de que las mujeres retratadas sean, por decirlo de forma amable, de belleza diferente.

El meme en cuestión
Este meme es el ejemplo perfecto de cómo torcer la verdad histórica a cambio de unas cuantas reacciones en las redes sociales, porque todo lo que se ve en él es falso. Absolutamente todo. Para empezar, no existió nunca ninguna princesa Qajair, ni en Irán ni en ninguna otra parte. Qajair es el nombre de una dinastía, no de una persona. Esta dinastía gobernó en Irán entre 1785 y 1925, en que fue sustituida por la dinastía Pahleví (a la que pertenecía el último Sha, Mohamed Reza Pahleví). Y uno de los integrantes de dicha dinastía fue Nasereddin Sah Kayar, que reinó desde 1848 hasta su asesinato en 1896. Una de las aficiones de este monarca era la fotografía, y contraviniendo la prohibición chiita de reproducir rostros humanos, fotografió a parte de su harén y a algunas de sus hijas.

Otra versión del meme
Una de esas hijas era tenía por nombre Fatemeh Khanum, llamada también Princesa Esmath. Era la segunda hija del Sha (de las 12 que tuvo), y su padre le otorgó la confianza de servir de anfitriona a las invitadas extranjeras de la corte. En contra de las costumbres de la época, aprendió a tocar el piano y practicaba la fotografía. Esta princesa se casó cuando contaba 8 o 9 años, y su matrimonio fue concertado cuando vivía en el harén junto a su madre y el resto de esposas e hijas del Sha, así que es improbable que haya tenido cientos de pretendientes, y mucho menos que 13 de ellos se suicidaran por amor. Esta es una de las mujeres que aparecen en las fotografías del meme.

Princesa Esmath
La otra princesa que aparece (en algunas de las versiones del meme) es la duodécima hija del Sha y hermanastra de la anterior. Su nombre era Zahra Khanum y era conocida como la Princesa Taj al-Saltaneh. Esta mujer era una feminista convencida y luchó por los derechos de las mujeres en una época tan lejana como los primeros años del siglo XX. Separada y con 4 hijos, fue musa del poeta Aref Qazvini y una de las primeras mujeres de su país en vestir a la usanza occidental. Escribió un libro llamado “Memorias de una princesa persa; del harén a la modernidad”, se recogen algunos de sus pensamientos: "Cuando llegue el día en que vea mi sexo emancipado y mi país en el camino del progreso, me sacrificaré en el campo de batalla de la libertad y derramaré mi sangre libremente bajo los pies de mis cohortes amantes de la libertad que buscan sus derechos".

Princesa Taj al-Saltaneh
Hay que decir que ninguna de estas dos mujeres fue conocida nunca como princesa Qajair o Qajar, ya que ambas tenían nombres y títulos propios y, como ya hemos mencionado, Qajair era el nombre de la dinastía reinante en Irán. Lo que sí tenemos que decir es que en este país y en aquella época se consideraba como canon de belleza el que las mujeres fueran cejijuntas y tuvieran un leve bigote sobre el labio superior. Esto se demuestra en las muchas fotografías que el soberano sacó de sus esposas, donde se aprecian estas características. Algunas veces el meme se completa con alguna de estas fotos de las esposas del Sha para apoyar la supuesta “verdad histórica” de dicho meme.

Dos de las esposas del Sha
Ninguna de estas dos princesas fue importante por su aspecto o por su apariencia ni por establecer o seguir cánones de belleza. Su importancia en el tiempo que les tocó vivir radicó en sus avanzadas ideas para la época. Su historia merece ser contada por sus logros y por sus méritos. No permitamos que un simple meme malicioso las rebaje a objeto de burla moderna.
spacer

Los burgueses de Calais

En la Plaza del Soldado Desconocido, en la ciudad francesa de Calais, se alza un impresionante conjunto escultórico de Auguste Rodin llamado “Los Burgueses de Calais”. En él se observan a 6 hombres harapientos que expresan en su rostro la angustia, el miedo y la desesperación del que espera una muerte inminente. Existen varias copias de este monumento repartidas por el mundo, y curiosamente una de ellas se encuentra en Londres, en el Jardín de Westminster, dando la espalda a la Cámara de los Lores. Y digo curiosamente porque este grupo escultórico conmemora el heroísmo que tuvieron unos ciudadanos de dicha ciudad francesa durante el asedio que las tropas inglesas realizaron a la villa entre 1346 y  1347.

Monumento a los Burgueses de Calais
El episodio, ocurrido en los albores de la Guerra de los Cien Años y narrado por el cronista Jean Froissart, constituye un claro ejemplo de situación extrema sin salida aparente. Es un suceso que lo tiene todo: un largo sitio, un rey cabreado que decide matar de hambre a los habitantes de una ciudad, una población a punto de sucumbir, un ultimátum, una extraordinaria muestra de heroísmo y sacrificio, y finalmente un final feliz. Y es que en esta guerra de excepcional duración (a pesar de su nombre duró casi 117 años y no 100) dio tiempo a todo tipo de acontecimientos, algunos sublimes y otros no tanto. Conozcamos un poco más el suceso que dio lugar a este monumento.

El desastre francés en Crécy

La muerte en 1328 de Carlos IV de Francia sin herederos fue el fin de la dinastía de los Capeto. Pero también supuso algo más, pues su hermana Isabel (conocida como la “Loba de Francia”, de la que hablamos un poco en este artículo) era la madre del rey de Inglaterra Eduardo III. Dicho rey tenía enormes extensiones de tierras en Francia, por lo que reclamó que la corona francesa pasase a su madre, y de este modo quedaría él como heredero al trono francés. Como es natural, los franceses no estaban muy dispuestos a esta jugada, y decidieron que el trono pasase a Felipe de Valois (el primero de su dinastía), que fue coronado con el nombre de Felipe VI.

Felipe VI de Francia
Por supuesto, Eduardo III no se sintió contento con la decisión de los franceses. El rey inglés se sentía el legítimo heredero a la corona francesa y vio en Felipe de Valois a un usurpador, de modo que se negó a pagar vasallaje por sus posesiones francesas. Además, buscando el modo de hacer daño a Francia, acogió en su corte con todos los honores a Roberto de Artois, un noble francés pariente del rey que se había rebelado contra él. La reacción de Felipe VI no se hizo esperar, y en un rápido golpe de mano se apoderó de una de las posesiones inglesas: Gascuña. Eduardo entonces reclamó el trono de Francia, y al serle negado de nuevo, declaró la guerra a Felipe. Las hostilidades habían comenzado, y no cesarían (en mayor o menor grado de intensidad) en los siguientes 117 años.

Eduardo III de Inglaterra
Durante los primeros años de la guerra la iniciativa corrió a cargo de Inglaterra. El ejército inglés realizó una serie de incursiones en territorio francés arrasando todo a su paso. Tras haber obtenido la flota de Eduardo una resonante victoria en la batalla naval de Sluys (también llamada de La Esclusa) los ingleses dominaban el Canal de la Mancha, con lo que sus tropas podían pasar rápidamente a Francia y ser fácilmente abastecidas. La táctica inglesa, llamada “chevauchée” (por cierto, copiada de los franceses), consistía en atacar aquellos puntos donde la presencia de tropas francesas era débil o inexistente. Durante esas incursiones, los ingleses mataban de forma cruel e indiscriminada a la población civil (sin importar sexo, edad o condición), violaban a mujeres y niñas, incendiaban y saqueaban todo a su paso, y robaban todo lo que podían de los campesinos.

Batalla de Sluys
La razón de este comportamiento no era sólo militar (desgastar a los franceses) o económica (obtener tierras, prisioneros y suministros), sino también psicológica. Al vivirse en aquella época en una sociedad feudal, en la que los campesinos pagaban diezmos e impuestos a sus señores y al rey a cambio de la obligación de éstos de protegerlos, el verse masacrados y víctimas del pillaje por parte de un salvaje ejército extranjero minaba la autoridad del rey francés ante sus súbditos. Esta táctica, repetida durante los primeros años de guerra, supuso de facto la conquista de Normandía por parte de Eduardo.

Posesiones inglesas en Francia
Tras esta fase, Eduardo decidió que había llegado el momento de invadir Francia, conquistar París y poner fin a la guerra. Así pues, ayudado por Godofredo de Harcourt (un noble normando enemigo del rey francés), desembarcó con su ejército  en Saint-Vaast-la-Hougue, destruyó las aldeas de Valognes, Carentan y Saint-Lô y avanzó en tres columnas hasta Caen. Allí derrotó fácilmente a las tropas francesas. El siguiente paso fue remontar el Sena para llegar a París, pero sus exploradores le informaron de que un potente ejército francés le esperaba más adelante. Temiendo una derrota, los ingleses retrocedieron hacia el norte, estableciendo una fuerte posición defensiva en Crécy. Allí esperaron al ejército francés.

Toma de Caen
La batalla subsiguiente ocurrió el 26 de agosto de 1346, y supuso un desastre para Francia. Los 12.000 hombres del ejército inglés derrotaron completamente al ejército de 30.000 hombres de Felipe VI, gracias a un armamento y unas tácticas superiores y a la mayor disciplina de los soldados ingleses. Particularmente decisivos fueron los arqueros ingleses de arco largo, que provocaron una auténtica masacre entre los caballeros franceses. Alrededor de un tercio de la nobleza francesa murió en esa batalla, incluido el propio hermano del rey. La batalla de Crécy se considera el principio del fin del código de la caballería, ya que los heridos y prisioneros fueron rematados sin piedad. Tal fue el desánimo en Felipe VI, que cuando se retiró y buscó refugio en el castillo de Labroye, contestó al grito de “¿Quién va?” con la frase “Abrid, soy el infortunado rey de Francia”.

El inicio del asedio

Tras la victoria inglesa en Crécy y la retirada de los franceses, Eduardo necesitaba un puerto seguro e inexpugnable desde donde poder seguir haciendo incursiones de saqueo en territorio francés, y que además sirviera de base a sus tropas para pasar el invierno. Desdeñó el puerto de Le Crotoy, ya que era demasiado vulnerable para sus fines, y fijó la vista en Calais. La ciudad contaba con unas excelentes fortificaciones, estaba situado en una zona pantanosa en medio de dos ríos y su acceso al mar era fácilmente defendible. Además, al encontrarse muy cerca de la costa inglesa, podía ser fácilmente abastecida por mar. Si lograba conquistarla, Calais sería una excelente base de operaciones.

Batalla de Crécy
Claro que los mismos motivos que la hacían tan apetecible para los ingleses motivaban que su conquista fuera extremadamente difícil. Eduardo y su ejército llegaron a la ciudad el 4 de septiembre de 1346, no sin antes haber saqueado todas las poblaciones que encontraban a su paso. Inmediatamente levantaron su campamento sobre una colina. Dicho campamento llegó a ser una pequeña ciudad llamada Villeneuve-la-Hardi que llegó a contar con más de 30.000 habitantes, entre soldados y civiles. El objetivo de Eduardo era bloquear totalmente el acceso a la ciudad, de modo que los habitantes de Calais no pudieran recibir ningún suministro exterior de alimentos.

Plano de Calais
Sin embargo, los ingleses no consiguieron bloquear del todo el acceso a la ciudad, ya que el puerto continuaba libre. Los barcos genoveses aliados de Francia, así como pequeñas embarcaciones provenientes de las ciudades vecinas, traían continuamente suministros a la ciudad. Asimismo, los ingleses también tenían problemas, ya que los franceses habían quemado las cosechas a muchas leguas a la redonda y no podían alimentarse del terreno, por lo que dependían de los avituallamientos que pudieran traerle por mar desde Inglaterra (algo difícil en invierno) o por tierra por parte de sus aliados flamencos. Y así como los ingleses no pudieron impedir que la ciudad recibiera suministros, tampoco los franceses fueron capaces de interferir las líneas de abastecimiento inglesas.

Asedio de Calais
Así las cosas, durante los dos primeros meses de asedio se sucedieron las escaramuzas a los pies de las murallas. Sin embargo, los muros de la ciudad, de más de 100 años de antigüedad, y la firme voluntad de resistir de los defensores, motivaron que los progresos ingleses fueran inexistentes. Además Eduardo tenía problemas en casa, ya que el rey escocés David II había invadido su territorio. Afortunadamente para los ingleses, el Arzobispo de York (que actuaba como regente en ausencia del rey) derrotó a los escoceses el 17 de octubre de 1346 en la batalla de Neville's Cross, por lo que no hubo necesidad de desviar tropas a Inglaterra desde Calais.

Batalla de Neville's Cross
En noviembre las tropas inglesas recibieron armas de asedio, pero los intentos de tomar los muros por asalto siguieron fracasando. De este modo, ante la imposibilidad de conquistar directamente las murallas de Calais, los ingleses decidieron en febrero de 1347 que lo mejor sería hacerla rendir por hambre, cortando en lo posible los suministros de la ciudad. Para ello, Eduardo construyó una gran torre con bombardas a la entrada del puerto. A pesar de que dicha torre (con la colaboración de la armada inglesa) logró hundir una gran cantidad de barcos franceses y genoveses, los suministros de la ciudad no quedaron cortados del todo; sin embargo, disminuyeron sensiblemente, por lo que sólo era cuestión de tiempo que Calais capitulara por hambre.

La rendición por hambre

Pronto la ciudad comenzó a estar en una situación desesperada por la falta de suministros. En junio de 1347 las reservas de alimentos eran muy escasas, por lo que el gobernador de Calais Jean de Vienne envió un mensaje al rey francés pidiendo urgentemente que tratara de levantar el asedio lo más pronto posible, o la ciudad se rendiría. El mensaje fue interceptado por los ingleses, que vieron en él una oportunidad única de atraer a sus enemigos a una trampa. Así pues, trajeron de Inglaterra 700 barcos con hombres y suministros para reforzar su posición, y después hicieron llegar el mensaje al rey francés. Mientras tanto, en julio los ingleses hundieron otro convoy con víveres para la ciudad, por lo que los defensores hicieron salir a 500 niños y ancianos por no poder alimentarlos. Los ingleses no les dejaron pasar, de modo que perecieron de hambre en tierra de nadie, justo delante de los muros de Calais.

Jean de Vienne
Mientras tanto, el rey francés Felipe VI había recibido la misiva, por lo que reunió a lo que quedaba de su ejército (11.000 jinetes y 15.000 soldados de infantería) y se dirigió a la ciudad en un intento de levantar el asedio. Cuando los defensores divisaron el estandarte real sintieron renacer sus ánimos, pero pronto serían decepcionados. En efecto, el rey francés comprendió que no podía hacer nada contra los 32.000 ingleses que le esperaban, máxime cuando estaban en una fuerte posición defensiva y el terreno pantanoso estaba a su favor. Así pues, los franceses realizaron un ataque simbólico a una torre de vigilancia inglesa y a continuación se retiraron, abandonando la ciudad a su suerte.

Bombarda inglesa
Cuando los habitantes de Calais vieron que el ejército de su rey se retiraba, encendieron fogatas para anunciar a los ingleses que estaban dispuestos a rendirse. El conde de Calais sólo ponía una condición para la capitulación: que se respetara la vida, la libertad y las propiedades de sus habitantes. El rey Eduardo se negó en un principio, ya que estaba furioso por la denodada resistencia que le había ofrecido la ciudad. Sin embargo, y a instancias de sus consejeros (particularmente del comandante de la flota, Guillermo de Mauny), aceptó la condición a cambio de que seis notables de Calais, portando las llaves de la ciudad, se rindieran ante él vestidos sólo con un camisón y con una soga amarrada al cuello. Estos hombres sí serían ejecutados.

Los burgueses heroicos

El conde de Calais reunió a los habitantes de la ciudad y les comunicó las condiciones del rey inglés. Todos se sintieron tristes e intranquilos (según Froissart, algunos rompieron en llanto). Al cabo de un rato, Eustache de Saint-Pierre, uno de los hombres más ricos de la ciudad, se presentó voluntario diciendo:

Monsieur, sería una gran desgracia permitir que esta gente muera de hambre si podemos encontrar una alternativa. Estoy convencido de que cumpliría la voluntad de mi Dios si me ofreciera por estas personas y me entregara así como el primero en salir descalzo y con la cabeza descubierta, vestido en camisa y con una soga alrededor de mi cuello y me entregara a la voluntad del rey inglés

Poco después se le unieron otros cinco ciudadanos prominentes: Jean de Vienne, Andrieu d'Andres, Jean d'Aire y los hermanos Jacques y Pierre de Wissant. Todos se vistieron según los deseos de Eduardo y fueron hasta el campamento inglés. Allí el rey les estaba esperando. Los seis hombres se arrodillaron y le entregaron las llaves de la ciudad.

Entrega de los burgueses
Eduardo los miró en silencio un rato y luego dio orden de ejecutarlos. Sin embargo, los propios caballeros del rey le hicieron ver el heroísmo de aquellos hombres, que se habían entregado voluntariamente para salvar la vida de sus conciudadanos. El rey no se conmovió, hasta que su esposa Felipa de Henao (que se encontraba embarazada) suplicó también por la vida de los burgueses. Sólo entonces Eduardo accedió a perdonarles la vida. Felipa de Henao les quitó entonces las sogas, los vistió adecuadamente y les dio de cenar. Poco después, les proporcionó dinero y les hizo salir del campamento en secreto.

Felipa intercediendo ante el rey
Calais cayó en manos inglesas y estuvo en ellas hasta 1558, en que fue reconquistada por los franceses a las órdenes de Francisco de Guisa. De este modo dejaba de cumplirse una inscripción puesta sobre las puertas del Parlamento inglés: “Then shall the Frenchmen Calais win/ When iron and lead like cork shall swim” (Sólo entonces ganarán Calais los franceses/ Cuando el hierro y el plomo floten como el corcho). Los habitantes fueron exiliados a otras ciudades francesas y sustituidos por ingleses. En 1895 se inauguró la estatua de Rodin, en la que se hace un merecido homenaje a la valentía de aquellos seis hombres, que con su gesto salvaron la vida de sus conciudadanos.
spacer

El humor en la Alemania nazi

Una de las cosas que menos soportan las dictaduras que ha habido a lo largo de la Historia es el humor. Nada se lleva peor con el poder que la risa, la ironía o el sarcasmo. Con el humor el poderoso queda despojado de solemnidad, desnudo frente a su (a menudo) ridículo reflejo. Por esa razón, no ha habido dictadura que se precie que no haya intentado poner coto a los chistes contra ella. Bien lo sabían los bufones de la Edad Media, a quienes una burla demasiado feroz podía llevarles directamente al patíbulo. O un personaje tan ilustre como Quevedo, al que una sátira despiadada contra el Conde-Duque de Olivares le costó la prisión en la Torre de San Marcos en León. O el conde de Villamediana, cuya afilada pluma se cobró su vida.

Fotograma de la película "El gran dictador"
La Alemania nazi no fue una excepción a este fenómeno. Si bien a lo largo de sus 12 años de existencia el régimen trató de poner coto a los chistes contra el régimen o la situación de la guerra, los alemanes siguieron haciendo gala de un gran humor negro. Y es que prohibir la risa por decreto nunca funciona, por mucho que contar un chiste pudiese costar la prisión, el traslado a un campo de concentración o incluso la muerte. El humor fue una de las formas que los alemanes tuvieron de evadirse del sufrimiento de la guerra, y a veces de rebelarse contra la difícil situación en la que Hitler y su régimen los puso. En este artículo narramos algunas de esas manifestaciones de rebeldía en forma de chistes.

El humor contra el régimen

La Alemania nazi tuvo una relación con el humor contra ella bastante ambigua. Por un lado, se promulgaron leyes bastante duras en las que se reprimían los chistes contra el régimen y sus jerarcas (los chistes anti-Hitler podían ser castigados con la muerte). Por otro lado, los nazis se dieron cuenta de que los chistes eran válvulas de escape y no una forma de resistencia activa, por lo que en gran medida eran tolerados. Así, Rudolph Herzog, en su libro “Heil, Hitler. El cerdo está muerto” donde analiza el humor político bajo la Alemania nazi, sostiene que “aquel que ventilaba su rabia con bromas mordaces no se echaba a la calle ni desafiaba a la autoridad de otra manera”, por lo que muchos de los que contaban chistes y llegaban a los tribunales eran castigados de forma más bien leve.

Caricatura soviética de Hitler enviando tropas a la URSS
No obstante, sí que hubo algún caso de condenas duras. El caso más famoso es de Marianne Elise K, una viuda de guerra que durante una jornada de trabajo en una fábrica de armas le contó a su compañero el siguiente chiste: “Hitler y Goering están en la torre de radiodifusión de Berlín. Hitler dice que quiere darles una alegría a los berlineses. Goering le responde: salta de la torre”. El compañero de trabajo la denunció ante las autoridades, y el caso fue visto el 26 de junio de 1943 ante el Tribunal del Pueblo. La pobre Marianne fue condenada a muerte por el delito de “intentar socavar nuestra sólida moral de defensa”. Curiosamente, en la sentencia se menciona que la rea se comportó “como una checa, a pesar de ser alemana”.

Tribunal Popular del Reich
En este sentido la gente comentaba las bromas con frases como “esto son tres años de trabajos forzados…”. Cuando dos amigos se encontraban por la calle lo primero que hacían era mirar alrededor para comprobar que nadie pudiera escucharles, algo que pronto fue conocido por la Gestapo como “la mirada alemana”. Además, como tampoco se tenía la total seguridad de que el interlocutor no fuera a denunciarle, las conversaciones se terminaban con frases como “usted también ha dicho unas cuantas cosas…”, a lo que solía responderse “niego rotundamente haber hablado con usted”, con lo que ambos se curaban en salud. Y curiosamente, se contaban chistes sobre el miedo a contar chistes, como uno que decía que los alemanes no acudían al dentista porque tenían pánico de abrir la boca.

Los chistes contra los jerarcas nazis

Los blancos preferidos de los chistes políticos en Alemania durante ese periodo eran Hermann Goering y Joseph Goebbels, dos de los máximos dirigentes del partido nazi. Al primero, mariscal del Reich y jefe de la Luftwaffe (Fuerza Aérea Alemana), se le tenía por un gordo vanidoso al que le gustaba vestir excéntricos uniformes llenos de medallas. Al segundo, ministro de la Propaganda, se le tenía por un sátiro cojo y bajito que sólo decía mentiras. Los chistes sobre ambos aprovechaban esa imagen que se tenía de ellos, sobre todo por estar en las antípodas del ideal ario que el régimen preconizaba.

Goeebels y Hitler
Así, a Goebbels empezó a llamársele “Mahatma Propagandi”, “Enano venenoso” o “Teutón encogido y sin blanquear”. Se hacían muchos chistes sobre su incansable actividad sexual. Uno de ellos decía que la estatua de un ángel que remataba la Columna de la Victoria en Berlín era la única virgen de la ciudad, ya que Goebbels no podía subir hasta ella. Durante los últimos días de la guerra empezó a circular otra broma afirmando que Goebbels sería depuesto como gauleiter (líder de zona) de Berlín y sustituido por Rommel, ya que éste al menos conocía los desiertos. Como sea que en esa época Rommel ya se había suicidado hacía tiempo, el chiste es también un indicador de que los alemanes echaban de menos líderes capaces. En cuanto a la fama (justificada) de mentiroso y su tendencia a abrir mucho la boca cuando hablaba, circulaba uno sobre un inmenso poste que se había quitado de un parque de atracciones de Berlín para hacerle una armónica.

Caricatura de Goebbels y Hitler
Sin embargo, el blanco favorito de las bromas era Goering y su vanidad. Por ejemplo, se decía que Berlín se quedaba sin gasolina cuando mandaba sus uniformes a la tintorería (tal era la cantidad de ellos que tenía). En cuanto a su afición a coleccionar medallas, circulaba uno que afirmaba que había mandado hacer las medallas de goma para poder llevarlas cuando se bañaba, y otro que decía que había diseñado una de una flecha a la derecha para poder ponerse más a la espalda. Con respecto a su afición a la buena mesa frente al racionamiento que sufría la población civil, al final de la guerra se decía que ésta acabaría “cuando Goering quepa en los pantalones de Goebbels”. Había también chistes sobre su megalomanía, como el siguiente: “Goering es enviado al Vaticano en una delicada misión diplomática para intentar atraer a la Iglesia al bando nazi. Una vez en Roma, Goering manda el siguiente telegrama a Hitler: ‘Misión cumplida. Papa depuesto. La tiara me queda perfectamente. Firmado: tu santo padre’.”

Goering
De Hitler también se contaban algunos chascarrillos, aunque no tantos como de los dos anteriores. Al contrario de Goebbels, la sexualidad de Hitler era inexistente, por lo que en la campaña de pleno empleo se contaba que apretaba su gorra contra su bajo vientre para “proteger al último desempleado de Alemania”. Un chiste muy revelador sobre lo que pensaban algunos alemanes es el que dice que “Hitler y Goering van en un barco y se hunde, ¿quién se salva? Alemania”. Otro de los blancos favoritos de las bromas era Musssolini y los italianos, que más que aliados eran auténticos estorbos para las fuerzas alemanas. Por ejemplo, se decía que las medallas italianas se llevaban en la espalda para mostrar el valor al huir, o que los tanques italianos tenían 5 marchas hacia atrás y una para adelante, y ésta era por si atacaban por la retaguardia.

Caricatura de Goering
Las SS causaban tal temor que apenas se hicieron bromas sobre ellos. Paradójicamente, en el seno de la propia organización empezaron a circular chistes de humor negro sobre ellos, los judíos y los campos de concentración. Uno de ellos decía que un guardián de un campo le ofreció a un judío perdonarle la vida si adivinaba cuál de sus ojos era de cristal y el judío respondió enseguida que el derecho; el asombrado guardián preguntó como lo había sabido tan rápido y el judío contestó que “era el único en el que había un destello de bondad”. Los propios judíos hicieron también gala de humor negro sobre el tema. Algunos de los chistes que se contaban entre ellos es que cuando les cambiaban la pena de fusilamiento por la de horca era buena señal, ya que indicaba que a los alemanes se les estaban acabando las balas, o que a Hitler le daría un infarto cuando le llegara la factura del gas.

Los chistes y la guerra

Conforme la guerra iba avanzando y la suerte de las armas de la Wermacht se volvía más adversa, los alemanes iban haciendo gala de un humor cada vez más sombrío. Así, mientras que en la campaña de Francia de 1940 se contaba que “los franceses plantan árboles en los lados de las carreteras para que los soldados alemanes puedan descansar” (haciendo alusión a la fácil victoria alemana), en la posterior defensa contra la invasión aliada de Normandía los soldados decían que “si en el cielo se ve un avión verde es británico, si es plateado es americano, y si no se ve ningún avión es alemán” (haciendo alusión al absoluto dominio del aire de los aliados). Y ante la ineficaz acción de los aviones alemanes, los soldados se mofaban de las supuestas armas milagrosas que Hitler prometía constantemente diciendo “Entre el arsenal de nuevas armas supersecretas del Reich están los aviones invisibles de la Luftwaffe”.

Caricatura rusa de Mussolini
Los bombardeos que sufrieron las ciudades alemanas fueron un fecundo caldo de cultivo para que la población civil sacara su humor negro. Anthony Beevor, en su libro “Berlín, la caída”, cuenta que en la Navidad de 1944 los alemanes se felicitaban con la frase “Sea práctico, regale un ataúd”. Otro bastante popular era interpretar las siglas LSR (Luftschutzraum o refugio antiaéreo) como “Lernt schnell Russich” (Aprenda ruso enseguida). Y también se contaba el chiste de alguien magullado al que le preguntaban qué le había pasado, si había sido una bala, la metralla o los escombros; el hombre contestaba “Nada de eso, entré a un refugio antiaéreo y grité Heil Hitler”.

Viñeta satírica sobre "Los tipos arios"
El cada vez más reducido Reich, embutido entre el avance angloamericano en el oeste y el soviético en el este, fue objeto también de burlas por parte de los alemanes. Se contaba que Goering tendría que ponerse a dieta para caber entre los frentes occidental y oriental. Incluso entre los mandos alemanes se hacían bromas al respecto, ya que cuando Hitler llegó a Berlín el 16 de enero de 1945 para dirigir la defensa, un coronel de las SS dijo “Berlín será el más práctico de nuestros cuarteles generales, ya que pronto podremos ir en tranvía al frente del Este y al frente del Oeste”. Todos, incluso Hitler, celebraron el chiste con una carcajada. Y uno de los más conocidos era uno en el que un amigo le preguntaba a otro qué hará cuando termine la guerra. “Me tomaré unas vacaciones y haré un viaje en bicicleta por la Gran Alemania”, contestaba el primero. “¿Y qué harás por la tarde?”, respondía el primero.

Caricatura británica sobre Hitler
La desesperada defensa de Berlín por parte de tropas de niños y ancianos también tuvo su lugar en el ácido humor berlinés. Así, un hombre llamado a filas para la defensa pregunta al médico que le reconoce a qué rama del ejército debería optar; el médico le pregunta donde sirvió en la anterior guerra (la Primera Guerra Mundial) y el hombre contesta “Oh, entonces no me llamaron. Era demasiado viejo”. Asimismo, se contaba que el mariscal Hindenburg (héroe de la Primera Guerra Mundial) bajó del cielo para intentar arreglar la situación, y cuando llegó le dijeron: “Rápido mariscal huya, están llamando a los de la quinta de 1847”. Por último, a las barricadas que se preparaban para intentar detener el ataque soviético se las llamaba “las barricadas de las dos horas y cinco minutos”, ya que las tropas rusas estaban dos horas riéndose al verlas y tardaban cinco minutos en desmantelarlas. Y acabo con una muestra típica de humor negro alemán, que desgraciadamente fue cierta en algunas partes: “Disfrute de la guerra, la paz será terrible”.
spacer

Desmontando bulos (IV): de un rey sucio y un mal estudiante

Continuamos con nuestra incansable labor de desmontar bulos históricos, y en esta ocasión traemos a la palestra dos de los más extendidos. Uno de ellos es el que cuenta la poca higiene que tenía el rey francés Luis XIV, del que se afirma insistentemente en foros de Historia y hasta en algún libro “serio” que sólo se bañó dos veces en toda su vida, y ambas por prescripción facultativa. El otro es la archiconocida afirmación de que Einstein era un mal estudiante y sacaba malas notas en el colegio. Como veremos, ambas afirmaciones son falsas: Luis XIV era una persona de lo más limpia y Einstein no sólo aprobaba, sino que incluso era un estudiante brillante.


El rey que no se bañaba

Luis XIV es la personificación del rey con un fuerte poder. Prototipo de la Monarquía Absoluta, su reinado supuso el establecimiento de Francia como potencia dominante en Europa (en detrimento de España), las colonias francesas en el exterior se multiplicaron (tomando posesión, por ejemplo, de la actual Luisiana) y limitó enormemente el poder del clero y la nobleza en su propio beneficio. Su voluntad se convirtió en ley, y no en vano fue llamado “vicediós” por el obispo Godeau. A pesar de que al final de su largo reinado (72 años, el más largo de la Historia europea) Francia había entrado en declive, su legado en el país fue inmenso. No obstante, y según una afirmación que a veces circula por las redes sociales, tenía un grave defecto: no era demasiado limpio.

Luis XIV
La afirmación en cuestión es rotunda. Basándose en los escritos de su médico de cámara Vallot, el monarca francés “sólo se bañó dos veces en su vida, y ambas por prescripción facultativa”. Dicha frase se encuentra recogida en “Le Journal de la santé de Louis XIV” (El diario de la salud de Luis XIV), un libro que detalla el día a día de las dolencias y tratamientos que el rey mostraba y recibía. Escrito entre los años 1647 y 1711, este escrito del ya citado A. Vallot, además de los otros médicos A. Daquin, y G.C. Fagon, constituye un inapreciable documento sobre las miserias que aquejaron al rey durante toda su vida. Lo malo es que esta afirmación es falsa, ya que se basa en una interpretación errónea de una frase escrita por el médico.

Le Journal de la Santé de Louis XIV
Y es que Vallot se refería a unos baños especiales que se le recetaron en dos ocasiones al rey como terapia contra algún achaque, no a los baños higiénicos normales. Dichos baños eran en agua muy fría y el monarca debía permanecer en la bañera durante dos horas, y además tenía que tomarlos dos veces al día. Así se desprende de un párrafo del libro citado anteriormente:

El séptimo día del mes de agosto, estando el rey bien preparado, comenzó los baños que le ordené para reafirmar su salud. Los ha continuado hasta el día 17, es decir que ha tomado 20 baños. Entraba por la mañana y hacia las 7 de la tarde. Permanecía dos horas de cada vez. El día 18 fue purgado con éxito

Como es natural, no era demasiado agradable estar quieto y sumergido en agua fría, aunque fuese por prescripción facultativa. De hecho, Luis XIV afirmaba que tales baños le producían vértigos y dolores de cabeza, por lo que se resistía a someterse a este tipo de tratamiento. Sin embargo, la verdad es que el rey francés era bastante limpio, y se bañaba de forma regular en un baño turco del Palacio de Versalles. Además, solía frotarse las manos con un paño mojado en vino, lo que constituía un excelente desinfectante, y (en contra de la creencia general) se cambiaba de ropa varias veces al día (un mínimo de tres veces, según varios testimonios).

Uno de los baños de Luis XIV
Ya de niño el monarca mostraba un gran placer en el baño, y numerosos testimonios dan fe de ello. Su criado La Porte relataba que saltaba de alegría cuando se reunía con su madre Ana de Austria para bañarse, y que incluso se enfadaba si se le prohibía por alguna razón. Bien es cierto que prefería hacerlo en el río o en algún canal, ya que era muy aficionado a nadar, incluso cuando hacía mal tiempo. Cuando no podía hacerlo por haber estado despachando asuntos de estado o cenando con algún cortesano importante, el monarca se bañaba en su cuarto de baño particular.

Jardines de Versalles
Y es que otra mentira histórica mil veces repetida es que el Palacio de Versalles era un lugar insalubre, que no contaba con cuartos de baño, y la gente iba haciendo sus cosas en el primer rincón que encontraban. En materia sanitaria, el Palacio estaba muy bien acondicionado y contaba con muchos cuartos de baño. Concretamente, el rey tenía uno con una bañera de mármol. Como al monarca le desagradaba el frío de la piedra, dicha bañera estaba recubierta con un paño. En este cuarto llegó a haber dos bañeras, ya que Luis XIV usaba una para enjabonarse y otra para aclararse. Dichas bañeras tenían dos grifos, uno de agua fría y otro de agua caliente (este último alimentado por agua procedente de un depósito especial). Como ya hemos mencionado antes, le gustaba también tomar un baño turco en otra habitación diseñada al efecto, con una gran bañera octogonal.

Jabones del siglo XVIII
El baño del rey era todo un ritual. Para empezar, al monarca le gustaba echar lavanda en el agua y usaba un jabón hecho a base de aceite de oliva. Una vez acabado el baño, un noble de alto rango se encargaba de secarlo (algo considerado un altísimo honor). El cabello se le secaba al fuego, y a menudo despachaba con sus ministros mientras tanto. Cuando el rey deseaba sólo bañarse los pies, unos criados llamados “Officiers de Fourriére” se encargaban de calentar agua y quemar aromas. De todo esto existen múltiples testimonios en documentos de la época, en donde se detallan cosas tales como la frecuencia con la que se llenaban los depósitos o inventarios de las toallas de baño.

Bañera octogonal de Luis XIV
¿De dónde viene entonces la afirmación de que Versalles era un lugar inmundo y sus habitantes unos guarros malolientes? Una combinación de factores ha contribuido  a esta mala imagen. En primer lugar Luis XV, bisnieto y sucesor de Luis XIV, ordenó derribar gran parte de los baños que existían en el palacio para sustituirlos por otras habitaciones o ampliar algunas ya existentes. En segundo lugar, el palacio no contaba con un sistema de alcantarillado sino que todas las aguas fecales se dirigían a fosas sépticas, que si bien se vaciaban regularmente, dejaban bastante mal olor en el ambiente. Y en tercer lugar, hay que decir que el excesivo uso de rapé contribuía al mal olor general, algo que intentaba disimularse con el uso masivo de perfumes.

Retrete de María Antonieta
En cuanto a un supuesto libro del año 1700 llamado “La Ética Galante”, que se cita con asiduidad como prueba de que en el Palacio de Versalles la gente iba haciéndose sus cosas en los pasillos, en las esquinas o en los jardines, y que dice que “es descortés saludar a alguien mientras esté orinando o defecando, y se ha de actuar como si no se le viese, disimulando las ventosidades tosiendo”, hemos de decir que no hemos sido capaces de encontrar un solo indicio que pruebe su existencia. Es más, algunos autores “serios” afirman que está escrito por Erasmo de Rotterdam, algo manifiestamente absurdo ya que el filósofo holandés falleció siglo y medio antes de la época de Luis XIV. Y es que no deben fiarse de lo que dicen algunas páginas de divulgación, que sólo se copian unas a otras y por tanto caen siempre en los mismos errores.

El Premio Nobel que suspendía en el colegio

Supongo que más de una vez todos hemos escuchado que Albert Einstein era un mal estudiante que suspendió las Matemáticas en el colegio. Puede que incluso el lector haya utilizado esta frase para justificar una mala nota ante sus padres. Incluso es posible que hayas leído que repitió curso en alguna ocasión, o que sus profesores no tenían demasiada buena opinión de sus capacidades y que uno de ellos llegó a afirmar que “este chico no llegará nunca a ningún sitio”. Pues bien, olvídate de todas estas afirmaciones, porque todo es mentira. Vayamos por partes.

Una de las más icónicas imágenes de Einstein
En primer lugar, la errónea idea de que Einstein repitió curso viene de que en 1895 realizó el examen de acceso al Instituto Politécnico Federal de Zurich, y lo suspendió. Parece ser que tal suspenso vino provocado porque dicho examen incluía una prueba de francés, que era un idioma que Einstein no dominaba. La razón de ello es que él y su familia se acababan de mudar a Suiza y no dominaba aún la lengua francesa. Así pues, se vio obligado a regresar a Secundaria, pero en ningún caso estaba repitiendo curso, sino que se preparaba de nuevo para el examen de ingreso.

Boletín de notas de Einstein
En segundo lugar, No es cierto que Einstein suspendiera o sacara malas notas en Matemáticas (ni en ninguna otra asignatura). Entre otras cosas porque no existía la asignatura de Matemáticas como tal, sino una serie de asignaturas relacionadas con ellas: Álgebra, Geometría y Geometría Descriptiva. La confusión viene de que al echarle un vistazo a su cuaderno de notas en su escuela Kantonsschule Baden se observa que la mejor calificación que sacaba era un 6. En cursos anteriores, las calificaciones eran de 1 o 2. Sin embargo, hay que decir que el sistema de notas que se seguía era dar al 1 la máxima calificación (y 6 la mínima), y que tiempo después se cambió al contrario, 6 como nota máxima y 1 como mínima, según el siguiente baremo:

6 = Muy bueno (sehr gut)
5 = Bueno (gut)
4 = Suficiente (genügend)
3 = Insuficiente (ungenügend)
2 = Malo (schlecht)
1 = Muy malo (sehr schlecht)

Si vemos el boletín de calificaciones de Einstein, observamos que sacó la máxima nota (un 6) en Física y en las asignaturas relacionadas con las Matemáticas, y un 5 en Química. Sus peores calificaciones fueron un 4 en Geografía y en las disciplinas relacionadas con el Dibujo (además del suspenso en Francés). Por tanto, olvidemos el mito de que Einstein era un mal estudiante.

Einstein en su época de estudiante
Por último, es cierto que algunos profesores no tenían buen concepto de Einstein como estudiante. Sin embargo, hay que decir que el sistema educativo de la época se basaba en la memorización, algo que Einstein odiaba (prefería deducir a memorizar). Asimismo, algunos se quejaban de que “reflexionaba demasiado” a la hora de responder una pregunta, y decían que era lento. Además, no acataba las órdenes con facilidad y no le gustaba practicar ningún deporte, por lo que tampoco era demasiado popular entre sus compañeros. La posteridad ha demostrado que los profesores del joven Einstein no estaban demasiado acertados.
spacer