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Los burgueses de Calais

En la Plaza del Soldado Desconocido, en la ciudad francesa de Calais, se alza un impresionante conjunto escultórico de Auguste Rodin llamado “Los Burgueses de Calais”. En él se observan a 6 hombres harapientos que expresan en su rostro la angustia, el miedo y la desesperación del que espera una muerte inminente. Existen varias copias de este monumento repartidas por el mundo, y curiosamente una de ellas se encuentra en Londres, en el Jardín de Westminster, dando la espalda a la Cámara de los Lores. Y digo curiosamente porque este grupo escultórico conmemora el heroísmo que tuvieron unos ciudadanos de dicha ciudad francesa durante el asedio que las tropas inglesas realizaron a la villa entre 1346 y  1347.

Monumento a los Burgueses de Calais
El episodio, ocurrido en los albores de la Guerra de los Cien Años y narrado por el cronista Jean Froissart, constituye un claro ejemplo de situación extrema sin salida aparente. Es un suceso que lo tiene todo: un largo sitio, un rey cabreado que decide matar de hambre a los habitantes de una ciudad, una población a punto de sucumbir, un ultimátum, una extraordinaria muestra de heroísmo y sacrificio, y finalmente un final feliz. Y es que en esta guerra de excepcional duración (a pesar de su nombre duró casi 117 años y no 100) dio tiempo a todo tipo de acontecimientos, algunos sublimes y otros no tanto. Conozcamos un poco más el suceso que dio lugar a este monumento.

El desastre francés en Crécy

La muerte en 1328 de Carlos IV de Francia sin herederos fue el fin de la dinastía de los Capeto. Pero también supuso algo más, pues su hermana Isabel (conocida como la “Loba de Francia”, de la que hablamos un poco en este artículo) era la madre del rey de Inglaterra Eduardo III. Dicho rey tenía enormes extensiones de tierras en Francia, por lo que reclamó que la corona francesa pasase a su madre, y de este modo quedaría él como heredero al trono francés. Como es natural, los franceses no estaban muy dispuestos a esta jugada, y decidieron que el trono pasase a Felipe de Valois (el primero de su dinastía), que fue coronado con el nombre de Felipe VI.

Felipe VI de Francia
Por supuesto, Eduardo III no se sintió contento con la decisión de los franceses. El rey inglés se sentía el legítimo heredero a la corona francesa y vio en Felipe de Valois a un usurpador, de modo que se negó a pagar vasallaje por sus posesiones francesas. Además, buscando el modo de hacer daño a Francia, acogió en su corte con todos los honores a Roberto de Artois, un noble francés pariente del rey que se había rebelado contra él. La reacción de Felipe VI no se hizo esperar, y en un rápido golpe de mano se apoderó de una de las posesiones inglesas: Gascuña. Eduardo entonces reclamó el trono de Francia, y al serle negado de nuevo, declaró la guerra a Felipe. Las hostilidades habían comenzado, y no cesarían (en mayor o menor grado de intensidad) en los siguientes 117 años.

Eduardo III de Inglaterra
Durante los primeros años de la guerra la iniciativa corrió a cargo de Inglaterra. El ejército inglés realizó una serie de incursiones en territorio francés arrasando todo a su paso. Tras haber obtenido la flota de Eduardo una resonante victoria en la batalla naval de Sluys (también llamada de La Esclusa) los ingleses dominaban el Canal de la Mancha, con lo que sus tropas podían pasar rápidamente a Francia y ser fácilmente abastecidas. La táctica inglesa, llamada “chevauchée” (por cierto, copiada de los franceses), consistía en atacar aquellos puntos donde la presencia de tropas francesas era débil o inexistente. Durante esas incursiones, los ingleses mataban de forma cruel e indiscriminada a la población civil (sin importar sexo, edad o condición), violaban a mujeres y niñas, incendiaban y saqueaban todo a su paso, y robaban todo lo que podían de los campesinos.

Batalla de Sluys
La razón de este comportamiento no era sólo militar (desgastar a los franceses) o económica (obtener tierras, prisioneros y suministros), sino también psicológica. Al vivirse en aquella época en una sociedad feudal, en la que los campesinos pagaban diezmos e impuestos a sus señores y al rey a cambio de la obligación de éstos de protegerlos, el verse masacrados y víctimas del pillaje por parte de un salvaje ejército extranjero minaba la autoridad del rey francés ante sus súbditos. Esta táctica, repetida durante los primeros años de guerra, supuso de facto la conquista de Normandía por parte de Eduardo.

Posesiones inglesas en Francia
Tras esta fase, Eduardo decidió que había llegado el momento de invadir Francia, conquistar París y poner fin a la guerra. Así pues, ayudado por Godofredo de Harcourt (un noble normando enemigo del rey francés), desembarcó con su ejército  en Saint-Vaast-la-Hougue, destruyó las aldeas de Valognes, Carentan y Saint-Lô y avanzó en tres columnas hasta Caen. Allí derrotó fácilmente a las tropas francesas. El siguiente paso fue remontar el Sena para llegar a París, pero sus exploradores le informaron de que un potente ejército francés le esperaba más adelante. Temiendo una derrota, los ingleses retrocedieron hacia el norte, estableciendo una fuerte posición defensiva en Crécy. Allí esperaron al ejército francés.

Toma de Caen
La batalla subsiguiente ocurrió el 26 de agosto de 1346, y supuso un desastre para Francia. Los 12.000 hombres del ejército inglés derrotaron completamente al ejército de 30.000 hombres de Felipe VI, gracias a un armamento y unas tácticas superiores y a la mayor disciplina de los soldados ingleses. Particularmente decisivos fueron los arqueros ingleses de arco largo, que provocaron una auténtica masacre entre los caballeros franceses. Alrededor de un tercio de la nobleza francesa murió en esa batalla, incluido el propio hermano del rey. La batalla de Crécy se considera el principio del fin del código de la caballería, ya que los heridos y prisioneros fueron rematados sin piedad. Tal fue el desánimo en Felipe VI, que cuando se retiró y buscó refugio en el castillo de Labroye, contestó al grito de “¿Quién va?” con la frase “Abrid, soy el infortunado rey de Francia”.

El inicio del asedio

Tras la victoria inglesa en Crécy y la retirada de los franceses, Eduardo necesitaba un puerto seguro e inexpugnable desde donde poder seguir haciendo incursiones de saqueo en territorio francés, y que además sirviera de base a sus tropas para pasar el invierno. Desdeñó el puerto de Le Crotoy, ya que era demasiado vulnerable para sus fines, y fijó la vista en Calais. La ciudad contaba con unas excelentes fortificaciones, estaba situado en una zona pantanosa en medio de dos ríos y su acceso al mar era fácilmente defendible. Además, al encontrarse muy cerca de la costa inglesa, podía ser fácilmente abastecida por mar. Si lograba conquistarla, Calais sería una excelente base de operaciones.

Batalla de Crécy
Claro que los mismos motivos que la hacían tan apetecible para los ingleses motivaban que su conquista fuera extremadamente difícil. Eduardo y su ejército llegaron a la ciudad el 4 de septiembre de 1346, no sin antes haber saqueado todas las poblaciones que encontraban a su paso. Inmediatamente levantaron su campamento sobre una colina. Dicho campamento llegó a ser una pequeña ciudad llamada Villeneuve-la-Hardi que llegó a contar con más de 30.000 habitantes, entre soldados y civiles. El objetivo de Eduardo era bloquear totalmente el acceso a la ciudad, de modo que los habitantes de Calais no pudieran recibir ningún suministro exterior de alimentos.

Plano de Calais
Sin embargo, los ingleses no consiguieron bloquear del todo el acceso a la ciudad, ya que el puerto continuaba libre. Los barcos genoveses aliados de Francia, así como pequeñas embarcaciones provenientes de las ciudades vecinas, traían continuamente suministros a la ciudad. Asimismo, los ingleses también tenían problemas, ya que los franceses habían quemado las cosechas a muchas leguas a la redonda y no podían alimentarse del terreno, por lo que dependían de los avituallamientos que pudieran traerle por mar desde Inglaterra (algo difícil en invierno) o por tierra por parte de sus aliados flamencos. Y así como los ingleses no pudieron impedir que la ciudad recibiera suministros, tampoco los franceses fueron capaces de interferir las líneas de abastecimiento inglesas.

Asedio de Calais
Así las cosas, durante los dos primeros meses de asedio se sucedieron las escaramuzas a los pies de las murallas. Sin embargo, los muros de la ciudad, de más de 100 años de antigüedad, y la firme voluntad de resistir de los defensores, motivaron que los progresos ingleses fueran inexistentes. Además Eduardo tenía problemas en casa, ya que el rey escocés David II había invadido su territorio. Afortunadamente para los ingleses, el Arzobispo de York (que actuaba como regente en ausencia del rey) derrotó a los escoceses el 17 de octubre de 1346 en la batalla de Neville's Cross, por lo que no hubo necesidad de desviar tropas a Inglaterra desde Calais.

Batalla de Neville's Cross
En noviembre las tropas inglesas recibieron armas de asedio, pero los intentos de tomar los muros por asalto siguieron fracasando. De este modo, ante la imposibilidad de conquistar directamente las murallas de Calais, los ingleses decidieron en febrero de 1347 que lo mejor sería hacerla rendir por hambre, cortando en lo posible los suministros de la ciudad. Para ello, Eduardo construyó una gran torre con bombardas a la entrada del puerto. A pesar de que dicha torre (con la colaboración de la armada inglesa) logró hundir una gran cantidad de barcos franceses y genoveses, los suministros de la ciudad no quedaron cortados del todo; sin embargo, disminuyeron sensiblemente, por lo que sólo era cuestión de tiempo que Calais capitulara por hambre.

La rendición por hambre

Pronto la ciudad comenzó a estar en una situación desesperada por la falta de suministros. En junio de 1347 las reservas de alimentos eran muy escasas, por lo que el gobernador de Calais Jean de Vienne envió un mensaje al rey francés pidiendo urgentemente que tratara de levantar el asedio lo más pronto posible, o la ciudad se rendiría. El mensaje fue interceptado por los ingleses, que vieron en él una oportunidad única de atraer a sus enemigos a una trampa. Así pues, trajeron de Inglaterra 700 barcos con hombres y suministros para reforzar su posición, y después hicieron llegar el mensaje al rey francés. Mientras tanto, en julio los ingleses hundieron otro convoy con víveres para la ciudad, por lo que los defensores hicieron salir a 500 niños y ancianos por no poder alimentarlos. Los ingleses no les dejaron pasar, de modo que perecieron de hambre en tierra de nadie, justo delante de los muros de Calais.

Jean de Vienne
Mientras tanto, el rey francés Felipe VI había recibido la misiva, por lo que reunió a lo que quedaba de su ejército (11.000 jinetes y 15.000 soldados de infantería) y se dirigió a la ciudad en un intento de levantar el asedio. Cuando los defensores divisaron el estandarte real sintieron renacer sus ánimos, pero pronto serían decepcionados. En efecto, el rey francés comprendió que no podía hacer nada contra los 32.000 ingleses que le esperaban, máxime cuando estaban en una fuerte posición defensiva y el terreno pantanoso estaba a su favor. Así pues, los franceses realizaron un ataque simbólico a una torre de vigilancia inglesa y a continuación se retiraron, abandonando la ciudad a su suerte.

Bombarda inglesa
Cuando los habitantes de Calais vieron que el ejército de su rey se retiraba, encendieron fogatas para anunciar a los ingleses que estaban dispuestos a rendirse. El conde de Calais sólo ponía una condición para la capitulación: que se respetara la vida, la libertad y las propiedades de sus habitantes. El rey Eduardo se negó en un principio, ya que estaba furioso por la denodada resistencia que le había ofrecido la ciudad. Sin embargo, y a instancias de sus consejeros (particularmente del comandante de la flota, Guillermo de Mauny), aceptó la condición a cambio de que seis notables de Calais, portando las llaves de la ciudad, se rindieran ante él vestidos sólo con un camisón y con una soga amarrada al cuello. Estos hombres sí serían ejecutados.

Los burgueses heroicos

El conde de Calais reunió a los habitantes de la ciudad y les comunicó las condiciones del rey inglés. Todos se sintieron tristes e intranquilos (según Froissart, algunos rompieron en llanto). Al cabo de un rato, Eustache de Saint-Pierre, uno de los hombres más ricos de la ciudad, se presentó voluntario diciendo:

Monsieur, sería una gran desgracia permitir que esta gente muera de hambre si podemos encontrar una alternativa. Estoy convencido de que cumpliría la voluntad de mi Dios si me ofreciera por estas personas y me entregara así como el primero en salir descalzo y con la cabeza descubierta, vestido en camisa y con una soga alrededor de mi cuello y me entregara a la voluntad del rey inglés

Poco después se le unieron otros cinco ciudadanos prominentes: Jean de Vienne, Andrieu d'Andres, Jean d'Aire y los hermanos Jacques y Pierre de Wissant. Todos se vistieron según los deseos de Eduardo y fueron hasta el campamento inglés. Allí el rey les estaba esperando. Los seis hombres se arrodillaron y le entregaron las llaves de la ciudad.

Entrega de los burgueses
Eduardo los miró en silencio un rato y luego dio orden de ejecutarlos. Sin embargo, los propios caballeros del rey le hicieron ver el heroísmo de aquellos hombres, que se habían entregado voluntariamente para salvar la vida de sus conciudadanos. El rey no se conmovió, hasta que su esposa Felipa de Henao (que se encontraba embarazada) suplicó también por la vida de los burgueses. Sólo entonces Eduardo accedió a perdonarles la vida. Felipa de Henao les quitó entonces las sogas, los vistió adecuadamente y les dio de cenar. Poco después, les proporcionó dinero y les hizo salir del campamento en secreto.

Felipa intercediendo ante el rey
Calais cayó en manos inglesas y estuvo en ellas hasta 1558, en que fue reconquistada por los franceses a las órdenes de Francisco de Guisa. De este modo dejaba de cumplirse una inscripción puesta sobre las puertas del Parlamento inglés: “Then shall the Frenchmen Calais win/ When iron and lead like cork shall swim” (Sólo entonces ganarán Calais los franceses/ Cuando el hierro y el plomo floten como el corcho). Los habitantes fueron exiliados a otras ciudades francesas y sustituidos por ingleses. En 1895 se inauguró la estatua de Rodin, en la que se hace un merecido homenaje a la valentía de aquellos seis hombres, que con su gesto salvaron la vida de sus conciudadanos.
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Horacios contra Curiacios: la batalla de los trillizos

La historia temprana de Roma está envuelta en las brumas de la leyenda. Desde las historias sobre su fundación por Rómulo y Remo, dos hermanos amamantados por una loba, hasta las increíbles historias de heroicidades en las luchas con las ciudades vecinas antes de convertirse en la ciudad que dominó el mundo antiguo. Esto es así porque los antiguos romanos decidieron dotarse de una historia acorde con el poder que fueron adquiriendo con el tiempo. De este modo, se daba a entender que la ciudad estaba destinada a dominar el mundo, ya que sus orígenes míticos, llenos de dioses y héroes legendarios, la legitimaban para ello.

Detalle de "El juramento de los Horacios"
Uno de esos episodios semilegendarios es el que hoy traemos aquí. Tito Livio, en su monumental obra “Ab urbe condita libri” (a veces conocida como las Décadas, de la que sólo se conservan 35 libros de los 142 de los que constaba, y que tiene la particularidad de contener la primera ucronía conocida: imaginar el mundo si Alejandro Magno hubiera iniciado sus conquistas hacia el oeste y no hacia el este de Grecia), nos narra el episodio de la batalla de campeones entre las ciudades de Roma y la vecina Alba Longa. La batalla se desarrolló entre los Horacios (por parte romana) y los Curiacios (por parte albana), y presenta el curioso hecho de que los combatientes eran trillizos. El resultado de la batalla permitió a Roma anexionarse la ciudad vecina, en lo que sería el comienzo de su dominio del mundo conocido.

Los orígenes de Roma y Alba Longa

Las crónicas de los historiadores antiguos nos narran el origen mítico tanto de Alba Longa como de Roma, y ambos orígenes están relacionados. Así, cuenta la leyenda que cuando el héroe Eneas (descendiente de Venus) huyó de Troya (cuya destrucción, según Eratóstenes, habría ocurrido en 1184 a.C.) llegó a Italia y fundó en honor de su esposa Lavinia la ciudad de Lavinium, a unos 50 kilómetros al sur de Roma. Treinta años después, su hijo Ascanio fundó la ciudad de Alba Longa algo más al norte. De Ascanio surgió una dinastía de reyes entre los que destacaron Tiberino Silvio (que dio nombre al río Tíber) y Aventino (en cuyo honor se bautizó así a una de las colinas sobre las que se asentaba Roma).

Eneas
En el siglo VIII a.C. el rey de Alba Longa era Procas. Cuando este rey murió, el trono le correspondió a su hijo mayor Numitor; sin embargo, su hermano menor Amulio no estaba muy de acuerdo con la sucesión, por lo que lo destronó (Numitor se vio obligado a huir) y mandó asesinar a todos sus sobrinos. Sólo dejó viva a una, Rea Silvia, a condición de que se convirtiera en sacerdotisa de la diosa Vesta. Esta condición conllevaba que Rea Silvia se mantuviera virgen, por lo que no podría tener hijos que algún día reclamaran el trono que habían usurpado a su abuelo. Sin embargo, la leyenda cuenta que Rea Silvia tuvo dos hijos gemelos del dios Marte. Amulio mandó que esos niños fueran arrojados al Tíber, pero la sirvienta encargada de hacerlo se apiadó de ellos y los depositó en una cesta que dejó a la deriva en el río.

Rea Silvia y Marte
Y es aquí donde el origen de Roma se entronca con el de Alba Longa, ya que esos gemelos eran nada menos que Rómulo y Remo. A partir de aquí la historia es bastante conocida: ambos gemelos fueron recogidos y amamantados por una loba, hasta que un pastor los recogió y los crio como propios. Años después, los gemelos descubrieron su origen, marcharon a Alba Longa y mataron a Amulio, restituyendo de ese modo a su abuelo Numitor en el trono. Y como es también conocido, Rómulo fundó la ciudad de Roma (matando de paso a su hermano Remo) y dio origen a la dinastía de los siete reyes romanos, que se mantuvieron en el poder hasta el advenimiento de la República. Así pues, los orígenes míticos de ambas ciudades están entrelazados, lo que no fue obstáculo para que años después se enzarzaran en guerra.

El enfrentamiento entre las dos ciudades

Más allá de las leyendas sobre el origen de ambas ciudades, Tito Livio nos narra el episodio de cómo Roma llegó a conquistar y destruir a la ciudad de Alba Longa. Todo comenzó cuando alrededor del año 673 a.C. subió al trono romano su tercer rey, Tulio Hostilio. A diferencia de su antecesor Numa Pompilio, un hombre pacífico y devoto de los dioses, el nuevo rey era descreído y belicoso y buscó expandir los dominios de Roma. Y para ello, lo primero que debía hacer era derrotar a la vecina ciudad de Alba Longa.

Situación de Roma y Alba Longa
Las primeras hostilidades se desataron cuando grupos de campesinos romanos empezaron a saquear tierras de los campesinos de Alba Longa. Los albanos en represalia hicieron lo mismo con las tierras romanas, en una escalada de tensión que motivó que ambas ciudades enviaran legados para pedir la devolución de todo lo robado. Tulio Hostilio, que no deseaba la paz, se apresuró a despedir a la delegación albana declarando la guerra. A partir de ese momento la batalla era inevitable. El ejército de Alba Longa, al mando de su rey Cayo Cluilio, marchó contra Roma. Sin embargo, un acontecimiento provocó que las cosas no se desarrollaran como se había previsto en un principio: el rey albano enfermó y murió en el campamento de su ejército.

Tulio Hostilio
Sin tiempo para nombrar un nuevo rey que dirigiera al ejército en la batalla, los albanos nombraron a un dictador llamado Mecio Fufecio. A diferencia del fallecido rey, Mecio se daba cuenta de que una batalla entre ambas ciudades las debilitaría fuera cual fuera el resultado, por lo que las dos quedarían a merced de sus vecinos etruscos. Así pues, una vez formados los ejércitos para la batalla, el dictador albano envió delegados al rey romano ofreciéndole un acuerdo: en lugar de decidir la suerte de las ciudades en una batalla campal, ambos bandos elegirían sus campeones. Éstos serían los que se enfrentarían entre sí, y aquellos que ganaran quedarían dueños del campo de batalla y la ciudad perdedora se sometería a la vencedora.

La batalla de los trillizos

Los argumentos de Mecio debieron ser muy convincentes, ya que ambas partes acordaron que la supremacía se dirimiera en un combate entre tres representantes de cada uno de los ejércitos. De este modo se evitaría un grave derramamiento de sangre y ambas ciudades mantendrían sus ejércitos intactos para protegerse de posibles intentos de los etruscos de aprovechar la situación. Según el pacto alcanzado, la ciudad cuyos campeones resultaran vencedores anexionaría a la ciudad perdedora. Ambos pueblos estaban convencidos que les iría mejor bajo un único mando ya que por fin habría paz entre ellos, y el combate decidiría quién sería el que mandase (las palabras exactas de Tito Livio son “convinieron en que la victoria señalase cuál de los dos pueblos había de tener el imperio”).

"El juramento de los Horacios" de Jacques Louis David
La particularidad estribaba en que los combatientes debían ser hermanos trillizos. Se eligieron, por parte romana, a los hermanos Horacios, mientras que por parte albana los escogidos fueron los hermanos Curiacios. Se da además la curiosa circunstancia de que los dos grupos de combatientes eran primos entre sí, ya que eran hijos de dos hermanas, una casada con el romano Publio Horacio y la otra casada con el albano Curiacio Albino. Además, su relación era tan buena que habían concertado alianzas matrimoniales entre ellos y sus respectivas hermanas. Pero a pesar de todo esto, los dos grupos de hermanos se juramentaron para luchar hasta la muerte por su ciudad.

Victoria de Horacio sobre los Curiacios
A medida que iban acercándose al campo de batalla, cada pueblo iba sembrando el suelo de flores a su paso y les colocaba guirnaldas en la cabeza. El grupo romano iba dirigido por el rey, mientras que el albano era llevado por su capitán. Cuando ambos grupos se encontraron se abrazaron, para acto seguido prepararse para el combate. Cuando se dio la señal de comienzo, los dos grupos de trillizos se lanzaron a la lucha. A las primeras de cambio, dos Horacios resultaron muertos, mientras que los tres Curiacios seguían en pie. Sin embargo, el Horacio restante estaba ileso, mientras que los albanos estaban heridos de diversa consideración.

Tito Livio
Así pues, el romano restante, consciente de que no sobreviviría a un combate contra sus tres rivales a la vez, decidió conducirse con astucia. Salió corriendo simulando huir, perseguido por los Curiacios. Al estar éstos heridos, corrían a distinta velocidad, por lo que el Horacio superviviente los fue esperando y enfrentando uno a uno. Fue así como consiguió derrotar a los tres Curiacios en combate singular. Horacio despojó de sus armas a los vencidos, como señal de victoria. Roma había ganado, y ahora dominaba también a la vecina Alba Longa, algo que fue reconocido de forma inmediata por los albanos.

La muerte de Camila

Horacio regresó a Roma vitoreado por el ejército y el pueblo y cargado con las armas de sus adversarios. Sin embargo, no todos compartían la alegría. Camila, hermana de los Horacios, estaba prometida con uno de los hermanos Cuariacios, por lo que al ver regresar a su hermano con los despojos de sus enemigos (entre ellos, un manto guerrero que ella misma había bordado para su novio) comenzó a llorar desconsoladamente y a llamar por su nombre a su prometido muerto. Horacio, al verla así, se puso furioso y la mató mientras gritaba:

Marcha con tu amor a destiempo a reunirte con tu prometido, ya que te olvidas de tus hermanos muertos y del que está vivo, ya que te olvidas de tu patria. Muera de igual modo cualquier romana que llore a un enemigo

A pesar de la victoria, Horacio fue juzgado por haber matado a su hermana, y condenado a la pena capital. Sin embargo, su padre pidió indulgencia argumentando que acababa de hacer un gran servicio a la ciudad. El pueblo, conmovido por las lágrimas del padre y la valentía que había mostrado el joven, le perdonó la vida. Sin embargo, obligó a la familia a purgar el crimen con un sacrificio que se mantuvo durante muchos siglos. Dicho sacrificio recibió el nombre de “tigillum sororium” (que puede traducirse por el “travesaño de la hermana”).

Muerte de Camila
No sabemos con exactitud en qué consistieron los ritos que se llevaron a cabo. Tito Livio sólo menciona que, después de que el padre realizara unos sacrificios expiatorios, atravesó un tronco en la calzada (el tigillum sororium) e hizo pasar bajo él a Horacio, como si fuese un yugo. La ceremonia de pasar debajo de un yugo era un antiguo rito de humillación en el mundo latino y sabino, y se aplicaba a las tropas derrotadas como señal de ignominia (véase mi artículo sobre “Las Horcas Caudinas”). Lo que sí sabemos es que dicho rito pasó a ser una tradición familiar de la familia Horacia que se celebraba en las calendas (día 1) de octubre y se mantuvo hasta fechas tan tardías como el siglo IV (aunque en tiempos imperiales su realización corría a cargo del Estado).

Victoria de Tulio Hostilio sobre Veyes
La ciudad de Alba Longa fue anexionada a Roma y poco después, tras un intento de traición albana, destruida completamente y sus habitantes llevados a Roma. Se les concedió a todos la ciudadanía romana, y a los miembros de su nobleza se les dio el rango de patricios y se les incorporó al Senado. Una de esas familias fue la de los Julios, que siglos más tarde nos dio la figura de Julio César y la primera dinastía imperial. A esa familia perteneció, como sabemos, el dictador César. En cuanto al rey romano Tulio Hostilio, la leyenda relata que encolerizó a Júpiter de tal modo que el dios lo fulminó con un rayo, aunque Tito Livio da una versión bien diferente: fue asesinado por nobles descontentos con su mandato. Cosas de ser rey.
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Los Cien Días: de Elba a París a través de los titulares de un periódico

Tras el fracaso de la campaña de Rusia (donde casi 400.000 hombres de la Grande Armée murieron) y la derrota en Leipzig ante la Sexta Coalición, el destino de Napoleón Bonaparte estaba sellado. Las fuerzas aliadas de Rusia, Austria y Prusia invadieron Francia y tras vencer una última y desesperada resistencia en la Batalla de París, sus tropas desfilaron por la capital francesa. Despojado días antes del título de Emperador por el Senado, el 6 de abril de 1814 Napoleón abdicó sin condiciones. El hombre que durante cerca de 20 años había dominado los campos de batalla de Europa parecía acabado. Los vencedores debatieron entonces qué hacer con Napoleón. 

Salida de Napoleón de Elba
Tanto Austria como Prusia querían alejarlo de Europa, pero Rusia lo impidió. Finalmente, en el Tratado de Fontainebleau se acordó que Bonaparte se iría a la isla de Elba en calidad de príncipe, con un séquito de 400 personas y con una pensión anual vitalicia de dos millones de francos. Parecía que Europa se había librado por fin del gran corso. Sin embargo, un año después Napoleón regresó a Francia y reclamó su trono, iniciándose el Imperio de los 100 días. En este artículo narraremos desde su salida de Elba hasta su llegada a París; y lo haremos a través de unos supuestos titulares del periódico “Le Moniteur Universel”, reseñados por Alejandro Dumas en un libro publicado en 1840. La singularidad de estos titulares radica en que pasan de un tono despectivo a otro servil a medida que Napoleón se acerca a París; y aunque sin duda son ficticios, dan buena muestra del cambio de ánimo de ciertos sectores ante el regreso de Bonaparte.

La huida de Elba

Tras la salida de Napoleón al exilio el 28 de abril de 1814, en Francia se reinstauró la monarquía borbónica en la figura de Luis XVIII. Como en el Tratado de Fontainebleau el país no había sido maltratado (se le reconocieron las fronteras de 1792 y se le eximió de pagar indemnizaciones de guerra), el nuevo rey pudo dedicarse a tratar de recuperar a Francia de un cuarto de siglo de guerras, y dando muestras de su carácter progresista, juró una Constitución que convertía a Francia en una monarquía parlamentaria. Sin embargo, la tarea no era fácil. Algunos de sus allegados conspiraban para restablecer el Absolutismo. A estos problemas, se añadía el descontento de los veteranos del ejército de Napoleón, que o bien habían sido licenciados o bien estaban sin destino y cobrando media paga. El ambiente de guerra civil empezó a calar.

Abdicación en Fontainebleau
Napoleón seguía con atención todos estos acontecimientos. Además de ver con agrado que sus antiguos soldados brindaban “a la santé du petit caporal” ("A la salud del pequeño cabo", nombre cariñoso que le dieron sus hombres) y anhelaban su vuelta, una serie de problemas personales le predisponían a regresar a Francia. No se le permitió asistir al funeral de su primera esposa Josefina, y tampoco le dejaban visitar a su segunda esposa y a su hijo. Por otra parte había dejado de recibir su pensión, por lo que empezaba a pasar dificultades financieras. Y para terminar, las noticias que le llegaban del Congreso de Viena eran inquietantes: algunos proponían alejarle de Europa y trasladarle a las Azores o más allá, e incluso había quien propugnaba por asesinarle.

Cruce del Inconstant y el Zéphir
Así las cosas, Napoleón aprovechó un descuido de la guardia francesa y británica y el 26 de febrero de 1815 embarcó junto a 600 hombres en el navío “L’Inconstant” rumbo a Francia. Cuando subió a bordo hizo gala de su sentido teatral y pronunció la famosa frase de Julio César: “La suerte está echada”. Un día después, y ondeando la bandera tricolor a modo de desafío, su barco se cruzó con el pequeño mercante “Zéphir”, que ondeaba la bandera blanca de los Borbones. Dumas afirma que el titular de “Le Moniteur Universel” de ese día fue:

 El Antropófago ha salido de su guarida

Finalmente, el 1 de marzo Napoleón llega a Golfe-Juan, cerca de Antibes. Según Dumas, “Le Moniteur Universel” tituló al día siguiente:

El ogro de Córcega acaba de desembarcar en Golfe-Juan

Como se ve, el ánimo en este periódico era declaradamente hostil a Bonaparte en estos días.

Evitando la Provenza

Nada más desembarcar, se distribuyó una proclama de la guardia imperial instando al ejército y a la población a unirse a la causa de Napoleón (“El águila con los colores nacionales volará de campanario en campanario hasta las torres de Notre Dame”). Sin embargo, Bonaparte no las tenía todas consigo; sus tropas eran escasas y le quedaba un largo camino hasta París en el que podía pasar cualquier cosa. Además, debía evitar en su marcha pasar por la región de Provenza, mayoritariamente leal a los Borbones. Así pues, decidió tomar primero una ruta por los Alpes que le llevara a Gap y a Grenoble (esta ruta sería posteriormente conocida como Route Napoleón). El 2 de marzo inició la marcha.

Napoleón es aclamado por las tropas enviadas a detenerle
Durante los primeros días Bonaparte fue recibido en los sitios por los que pasaba con una mezcla de calma y resignación. Sin embargo, el 5 de marzo Napoleón llegó a Gap, donde le recibieron entre aclamaciones. Al día siguiente, y siempre según Dumas, el titular fue:

El tigre ha llegado a Gap

También el 6 de marzo se informa por fin a Luis XVIII de la situación. El rey y su gobierno reaccionan con calma, ya que creen contar con la lealtad de los mandos del ejército. Ordena que todas las tropas de los alrededores acudan a impedir la marcha del corso. Y en efecto, el 7 de marzo la columna de Napoleón es interceptada cerca de Grenoble por un batallón del ejército. Los soldados de ambos lados forman en orden de batalla; pero Napoleón se adelanta a sus tropas, y abriéndose la casaca grita: “¡Si alguno de vosotros es capaz de disparar a su emperador, hacedlo ahora!”. Todos tiran las armas y le rodean vitoreándolo. Su pequeño ejército empieza a ver engordadas sus filas. Ese mismo día entra en Grenoble entre aclamaciones, y el supuesto titular fue:

El monstruo ha dormido en Grenoble

Al día siguiente Napoleón parte hacia Lyon en la siguiente etapa de su viaje (bautizado como “El vuelo del águila”). A su paso sale el 7º Regimiento de Línea, aparentemente para interceptarlo; sin embargo, oficiales y tropa se unen al emperador. Dos días después entra en Lyon, donde todas las instituciones le juran fidelidad. Según Dumas, el titular de “Le Moniteur Universel” fue el siguiente:

El tirano ha atravesado Lyon

La bravata de Ney

Napoleón continúa su marcha hacia París. Luis XVIII empieza a alarmarse por la situación, y junto a los representantes de Austria, Inglaterra, Rusia, Prusia, España y Suecia, emite una declaración en la que proclama a Bonaparte “enemigo de la paz mundial y forajido fuera de la ley”, ordenando a todas las tropas su inmediato arresto. Mientras tanto, Napoleón prosigue su marcha. El día 15 de marzo Bonaparte duerme en Autun, a algo menos de 300 kilómetros de París. El periódico, según Dumas, tituló:

El usurpador ha sido visto a 60 leguas de la capital

Mientras tanto, el mariscal Ney, antiguo colaborador de Napoleón que se había pasado al bando de los Borbones, y que había prometido traer “al usurpador de vuelta a París en una jaula de hierro”, recibe el 14 de marzo una carta de puño y letra del mismísimo emperador. En ella, Napoleón le pide en términos cariñosos que se una a su causa. Tras pasar la noche en vela, decide hacerlo junto a sus 6.000 hombres. No obstante, contesta con otra carta en la que advierte a Bonaparte que no tenga tentaciones de gobernar como un tirano. Ambos hombres se encuentran el 17 de marzo en Auxerre, a 150 kilómetros de París. Entre vítores, se abrazan públicamente. Y según Dumas, el titular de esa fecha fue:

Bonaparte avanza rápidamente, pero no entrará nunca en París

El mariscal Ney
La línea editorial del periódico parecía estar cambiando: del odio de los primeros días a un calculado y prudente desprecio. Pero quizá lo más llamativo de la situación es el cartel que ese mismo día cuelga un bromista anónimo en la plaza de Vendôme de París, en el que puede leerse: “De Napoleón a Luis XVIII: mi querido amigo, no es necesario que mandes más tropas, ya tengo suficientes”. Bonaparte estaba casi a la vista de París, y Luis XVIII empezaba a darse cuenta de que todo estaba perdido.

La llegada a París

La capital francesa estaba ya casi al alcance del corso. Los pueblos por donde pasaba la comitiva y las cada vez más numerosas tropas de Napoleón tocaban las campanas con alegría cuando veían acercarse la columna del emperador. Bonaparte se deshacía en promesas de reformas, ya que era consciente de que el pueblo francés no toleraría una vuelta a la tiranía. Y mientras tanto, y siempre según Dumas, “Le Moniteur Universel” iba virando del odio y el calculado desprecio a una posición más neutral. Fruto de ello fue el titular del 19 de marzo:

Napoleón estará mañana frente a nuestros baluartes

Y es que se mantenía la duda de si Luis XVIII trataría de defender París del avance de Napoleón, de ahí que el periódico actuara con cautela.

Napoleón es aclamado en París
Ese mismo día Napoleón entra en Fontainebleau, algo que recoge el siguiente titular del periódico: 


El emperador ha llegado a Fontainebleau

Obsérvese que Napoleón ya no es el ogro, ni el monstruo, ni el tigre; ni siquiera se le nombra con el impersonal “Bonaparte”. Ahora es “el emperador”, lo que indica que “Le Moniteur Universel” cambiaba de bando rápidamente. Y es que Luis XVIII había desoído el consejo de su ministro Chateubriand de esperar a Napoleón “sentado en el trono y con el título real en la mano”. “No estoy de humor para eso”, dijo el rey mientras preparaba su huida de París a Gante con toda su corte, buscando refugio. Luis XVIII dejaba el campo libre a Napoleón y se marchaba sin ofrecer una última resistencia, algo que le valió el desprecio del resto de los países europeos. Los aristócratas y los monárquicos de la capital francesa, junto a muchos clérigos, empezaron a reunir sus pertenencias para huir rápidamente, imitando al rey.

Luis XVIII
El 20 de marzo Napoleón entra triunfalmente en el palacio de la Tullerías. Las calles se llenas de gente cantando “La Marsellesa” y gritando consignas a favor de Bonaparte y de la Revolución. Y según Dumas, “Le Moniteur Universel” completa su viraje y titula:

Su Majestad Imperial y Real hizo ayer su entrada en su palacio de las Tullerías en medio de sus fieles súbditos

Napoleón era de nuevo el dueño de Francia. Había llegado desde Elba hasta París sin disparar un solo tiro. Acababa de nacer “el Imperio de los 100 días”. Sin embargo, sabe que pese a las apariencias cuenta con pocos apoyos y se verá obligado a gobernar junto a antiguos colaboradores que le traicionaron, como Fouché; de ahí su sorprendente declaración: “No guardo rencor a nadie”. Sabe también que las dificultades que le esperan serán máximas, puesto que muchos de los que estaban ahora de su lado empezarían a conspirar contra él en poco tiempo. A eso se une que las autoridades de la región de la Vendée movilizan a la población contra él.

Viñeta satírica sobre el regreso de Napoleón
Pero sobre todo sabe que su retorno se basa en una endeble promesa de paz y mano tendida a sus enemigos externos que no podrá cumplir. En efecto, el 25 de marzo Austria, Rusia, Prusia y el Reino Unido forman la Séptima Coalición contra él, comprometiéndose a poner en el campo de batalla 150.000 soldados. No sabemos si el deseo de paz de Napoleón era sincero o si sólo deseaba ganar tiempo para realizar reformas que le consolidaran y poder enfrentarse a sus enemigos más adelante. En cualquier caso, Bonaparte se vio obligado a reunir a toda prisa un ejército con el que tomar la iniciativa y derrotar a sus poderosos enemigos. Como ya conocemos, su empeño no tuvo éxito y sería definitivamente derrotado el 18 de junio de ese mismo año en Waterloo. Pero eso quizá sea tema de un próximo artículo.
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"Operación Greif", cuando el béisbol y Minnie Mouse derrotaron a los alemanes

El 16 de diciembre de 1944 el infierno se desató en las Ardenas. Un bombardeo de 1.600 piezas de artillería alemanas sirvió de preparación a una gran ofensiva que buscaba dividir en dos a las fuerzas norteamericanas y británicas, llegar a Amberes y poner fin al avance aliado en el frente occidental. La conocida como la Batalla de las Ardenas tenía como objetivo último embolsar y destruir cuatro ejércitos aliados, para obligar así a estadounidenses y británicos a sentarse en una mesa de negociaciones y que Alemania firmara con ellos una paz por separado. De este modo, Hitler pretendía obtener tiempo y recursos para combatir a los soviéticos, ahora que la situación en el frente oriental era crítica.

Batalla de las Ardenas
Como parte de todo el plan de batalla se organizó la llamada Operación Greif, una gran operación de comandos que pretendía sembrar el caos tras las líneas aliadas. Para ello, un grupo de soldados alemanes vestidos con uniformes americanos debían infiltrarse y sabotear las comunicaciones aliadas. Otro grupo, al mando del legendario coronel Otto Skorzeny, debía avanzar rápidamente y tomar los vitales puentes sobre el río Mosa, para permitir a las tropas alemanas cruzarlo y avanzar rápidamente hacia Bruselas y Amberes. Sin embargo, la mala planificación y los defectos inherentes a un plan irrealizable llevaron a que la infiltración fuese un fracaso. Muchos de los comandos fueron arrestados por no poder responder a preguntas sobre béisbol o sobre cómo se llamaba la novia de Mickey Mouse. Esta es la historia de esta esperpéntica operación.

La última baza de Hitler

A finales de 1944, la situación bélica de Alemania era desesperada. En el este, los soviéticos habían destruido gran parte del grupo de ejércitos Centro en una gran ofensiva (la que sería conocida como Operación Bagration), mientras que en el oeste los británicos y los norteamericanos habían empujado al ejército alemán a las mismas fronteras del Reich. Después de desembarcar en Normandía, el avance aliado había sido muy rápido, de modo que sus tropas estaban fatigadas y los suministros tenían dificultades para llegar a primera línea. El mando aliado tomó la decisión de estacionar en las Ardenas a las tropas más castigadas, junto a unidades recién llegadas y sin experiencia, ya que consideraba la región fácil de defender.

Soldados alemanes en las Ardenas
En este contexto, el Alto Mando alemán diseñó una ofensiva a través de los bosques de las Ardenas con el objetivo de partir en dos al ejército anglo-norteamericano. Si las tropas alemanas lograban llegar a Amberes, los británicos quedarían embolsados y se verían obligados a rendirse. Hitler confiaba que eso liquidaría el frente occidental, pues obligaría a británicos y estadounidenses a sentarse en una mesa de negociaciones a firmar la paz. De este modo, Alemania podría concentrar todos sus esfuerzos en el este para combatir a la cada vez más pujante Unión Soviética. Es en este marco, y como complemento a la ofensiva, cuando se diseñó una gran operación de comandos llamada Operación Greif.

El encargo

El 22 de octubre de 1944 el jefe de las unidades de operaciones especiales del ejército alemán, el teniente coronel Otto Skorzeny, fue llamado al cuartel general de Hitler. Skorzeny era un valor emergente dentro del aparato militar, después de la liberación de Mussolini (atribuyéndose todo el mérito, ya que en realidad la operación fue llevada a cabo por paracaidistas) y de la solución del llamado “asunto húngaro” (la neutralización del almirante Horthy, jefe del gobierno en Budapest, que buscaba rendirse a los soviéticos). Hitler, tras felicitarle por sus últimos éxitos, le dijo que iba a confiarle la misión más importante de su vida.

Otto Skorzeny
El Führer le informó de toda la operación que pensaba llevar a cabo en las Ardenas, informándole de que habría una gran ofensiva con el objetivo de tomar Amberes, cortar en dos a los ejércitos aliados y arrinconar a los británicos contra el mar. Le explicó también que la aviación aliada no podría abortar el ataque alemán porque el mal tiempo dejaría en tierra los aviones durante al menos dos semanas (algo que se reveló demasiado optimista, pues pudieron volar a los 8 días de iniciada la ofensiva, cortando las líneas de suministro germanas). El éxito de toda la ofensiva se basaba en la velocidad y el factor sorpresa, ya que si el avance se retrasaba todo el esfuerzo habría sido en vano. Y ahí era donde entraba Skorzeny.

Skorzeny posa con Mussolini
Debía preparar una unidad de infiltración (la 150 Brigada Acorazada) compuesta por soldados alemanes que hablaran inglés y que estaría equipada con material y uniformes capturados al ejército norteamericano. La misión de una parte de sus hombres consistiría en infiltrarse tras las líneas enemigas aprovechando la confusión generado por el ataque alemán, sumarse a las tropas en fuga y sembrar el caos desarticulando las comunicaciones telefónicas, confundiendo a las unidades mediante informaciones erróneas, cambiando señales viarias, propagando informaciones que llevaran a la confusión, volando puentes y polvorines y robando combustible. Detrás de ellos pasaría el resto de su unidad, que deberían capturar alguno de los puentes sobre el río Mosa, de modo que la ofensiva prosiguiera sin contratiempos una vez llegada allí.

Pasando revista a un grupo de comandos
La idea de esta maniobra se le había ocurrido a Hitler tras ser informado de que algunos soldados norteamericanos se habían disfrazado de alemanes cuando tomaron Aquisgrán. Por supuesto, todo debía realizarse con el mayor secreto, y se le garantizaba a Skorzeny máxima prioridad para conseguir hombres y material. La operación recibió el nombre de Operación Greif (Grifo) y debía estar lista para el 1 de diciembre. Contando con los poderes ilimitados que Hitler le garantizó, Skorzeny se puso manos a la obra inmediatamente pensando que todo iría sobre ruedas.

El despropósito en la preparación

Como hemos dicho antes, el secreto era vital para el desarrollo de la operación. Sin embargo, una semana después del encargo, y mientras Skorzeny preparaba la lista de suministros y equipamiento necesarios, el Estado Mayor alemán cursó una orden para que todas las unidades del ejército pusieran a disposición del teniente coronel a todos los hombres que hablaran inglés de forma fluida. Lo malo es que dicha orden ¡se cursó en abierto! Tras semejante metedura de pata, Skorzeny alegó ante sus superiores que no tenía sentido continuar con el plan, ya que los aliados podrían haber interceptado y leído el mensaje (como de hecho así fue), pero nadie le hizo caso y la operación siguió su curso.

Greyhound usado por los alemanes
Pronto la orden emitida para obtener hombres que hablaran inglés, además de un despropósito, se reveló totalmente inútil. A mediados de noviembre de 1944 Skorzeny sólo podía contar con 10 soldados capaces de hablar slang (inglés coloquial en argot), 40 que podían mantener una conversación medianamente fluida en inglés, 100 con algunos conocimientos del idioma y varios cientos de voluntarios que sólo sabían decir poco más que “Yes” y “Ok”, y se habían alistado atraídos por la fama que los comandos tenían en el resto del ejército. Pretender hacerse pasar por soldados estadounidenses con semejante plantilla iba a ser poco menos que imposible.
 
Tanques Sherman
No fueron mejor las cosas en el apartado material. Skorzeny había calculado que necesitaría 3.000 hombres equipados con 20 carros Sherman, 30 blindados Greyhound, 150 camiones y semiorugas, y 100 Jeeps. Pero a pesar de la orden de absoluta prioridad de Hitler, sólo después de mucho suplicar consiguió 2 Sherman (uno de los cuales estaba averiado), 4 Greyhound, 15 camiones y 30 Jeeps. Para completar el número de vehículos necesarios se recurrió a material alemán pintado de caqui y algunos tanques Panther camuflados como cazacarros M-10 americanos. En cuanto a las armas individuales, sólo alcanzaron para los soldados que se infiltrarían en Jeep.

Panther camuflado como cazacarros M-10
Mención aparte merece el tema de los uniformes. A los hombres de la unidad de Skorzeny se le proporcionaron una mezcla de uniformes ingleses, capotes americanos (que aún llevaban el signo de los campos de prisioneros), ropa suelta de unos y otros y hasta algún uniforme francés y polaco. Los hombres de la unidad debían vestir toda esta mescolanza mientras estaban en el campo de entrenamiento. Así pues, la Orden de prioridad del Führer sólo fue útil para conseguir un bocadillo en una cantina (un buen bocadillo, según decía Skorzeny) y la única esperanza de que la brigada llegara hasta el Mosa era moverse sólo de noche y que nadie, absolutamente nadie, se fijara en ellos ni les preguntara nada.

Blindado de la 150 Brigada Acorazada
Aun así se siguió con el plan, y en el campamento de entrenamiento, en Grafenwöhr, los participantes debían saludar al estilo norteamericano y alimentarse con raciones K del ejército estadounidense. Las órdenes se daban en inglés y se les obligaba a ver películas y noticiarios norteamericanos para aprender las expresiones más coloquiales y mejorar su acento. Además, recibían dos horas de clase al día sobre lengua y costumbres estadounidenses. A todo esto había que añadir el entrenamiento guerrillero. Era lo máximo que se podía hacer en tan poco tiempo. Skorzeny insistía que debía suspenderse la operación, pero no sólo no se le hizo caso sino que además se le prohibió dirigir a su unidad in situ, no pudiendo abandonar el cuartel general del 6º Ejército Panzer de las SS.

El despropósito en la ejecución

La infiltración comenzó el 16 de diciembre. Unos 40 hombres se adentraron tras las líneas enemigas en Jeeps disfrazados de soldados norteamericanos. No tuvieron muchas dificultades para hacerlo, ya que eligieron zonas sin vigilancia. Uno de los grupos de comandos llegó hasta el río Mosa, donde desvió a un regimiento acorazado y lo envió por una ruta que le hacía volver a la retaguardia (dos días después, el regimiento seguía dando vueltas). Otros grupos consiguieron cortar las líneas telefónicas, volar algunos depósitos de combustible y cambiar la señalización de las carreteras, lo que hacía que muchos convoyes dieran grandes rodeos para llegar a sus destinos.

Poste de señalización en las Ardenas
Sin embargo, las cosas no fueron nada bien para el grueso de las tropas de Skorzeny, que debía avanzar detrás. Al lanzar dos ejércitos acorazados por un frente de apenas 50 kilómetros (y para más inri, a través de un tupido bosque), se formó un tremendo embotellamiento. A las unidades que no participaban como punta de lanza (como era el grupo de Skorzeny) les fue imposible alcanzar el frente, y para poder hacerlo tuvieron que abandonar gran parte del material. Además, aunque lo hubieran conseguido, no habrían podido sumarse a las tropas en fuga por la sencilla razón de que no hubo ninguna fuga. La ofensiva sólo logró un cierto éxito en el sur, mientras que la zona por la que debía avanzar el grupo de Skorzeny presentó una férrea defensa (lo que aumentó aún más el caos entre los alemanes). Al final del día, sólo un grupo (el del coronel Peiper) estaba en condiciones de atravesar las líneas aliadas. Skorzeny comprendió que la misión ya no tenía sentido, por lo que ofreció su brigada como refuerzo para la ofensiva.

El coronel Peiper
El 19 de diciembre, viendo que los objetivos no podían cumplirse, Skorzeny ordenó a todos los comandos que regresaran (a excepción de 8, que siguieron sembrando la confusión en las filas aliadas). Además, se le ordenó a la unidad que liberara a los soldados de Peiper, que estaban atrapados tras las líneas enemigas. Los americanos se habían hecho fuertes en Malmedy, y Skorzeny debía tomar el pueblo para despejar el paso a Peiper. El día 20, la estrafalaria 150 Brigada Acorazada se desplegó en la zona, y el día 21 comenzó el asalto.

El asalto a Malmedy

Skorzeny (que por fin podía pisar el terreno) confiaba en que un ataque por sorpresa permitiría tomar Malmedy. Así pues, ordenó que el avance comenzara de madrugada. Sin embargo, la sorpresa se la llevaron los alemanes, ya que los defensores estaban alerta y rechazaron los sucesivos ataques. Durante la mañana arreciaron los combates. Una compañía de granaderos consiguió alcanzar las líneas enemigas apoyados por unos cuantos blindados camuflados, pero todos fueron rechazados en solitario por el sargento Francis S. Currey, que destruyó los blindados con su lanzagranadas y dispersó a la infantería alemana a base de disparos, granadas y casi a puñetazos (esta acción le supuso la Medalla del Honor, la más alta condecoración estadounidense).

Francis S. Currey
Skorzeny solicitó refuerzos y artillería. La mañana del 24 llegaron varias baterías de lanzacohetes, ¡sin cohetes, ya que se habían perdido en el atasco! Peiper y sus hombres tuvieron que regresar a sus líneas a pie, abandonando todos sus blindados y buena parte del material. Los cielos se habían despejado de nubes, así que la aviación americana hostigó a los hombres de Skorzeny hasta que éste se dio cuenta de que el ataque había fallado a un coste tremendo. Para colmo de males, el propio Skorzeny fue herido, pero se negó a ser evacuado y siguió dirigiendo a sus tropas desde el terreno.

Béisbol y Minnie Mouse

El 28 de diciembre la Operación Greif se dio por finalizada y toda la brigada fue retirada del frente y disuelta. A pesar de que el balance había sido de un tremendo fracaso, las tropas de Skorzeny consiguieron un importante éxito: sembrar por momentos la confusión entre los aliados. Se creó entre los norteamericanos una auténtica psicosis y se veían espías por todas partes, por lo que se dio orden a la Policía Militar de que arrestaran a todo aquel que pareciera sospechoso. Muchos soldados estadounidenses tuvieron que dar explicaciones por portar equipo alemán, por tener apellido “extranjero” o por no poder justificar su presencia en un determinado sitio. Incluso el General Bradley fue detenido e interrogado y sólo la llegada de un capitán que garantizó su identidad permitió que lo liberaran.

Comando hecho prisionero
Sin embargo, los equipos de infiltración que consiguieron estos logros fueron descubiertos por detalles tan peregrinos como ir cuatro hombres en un Jeep (algo que era reglamentario, pero que no se hacía por la incomodidad) o hablar bien de la comida en lata. Además, se comunicó a los controles que se hicieran preguntas “de forma casual” sobre cuestiones populares en Estados Unidos. Eso permitió que se arrestaran a varios alemanes camuflados que no fueron capaces de contestar preguntas sobre béisbol o no supieron decir el nombre de la novia de Mickey Mouse. Todos ellos fueron acusados de espionaje y fusilados sumariamente.

Comandos capturados antes de ser ejecutados
Los propios alemanes lanzaron el rumor de que el plan maestro era llegar hasta Eisenhower y asesinarlo. El general fue confinado y tuvo que pasar así las navidades. Después de varios días, el general abandonó su confinamiento, declarando con enfado que tenía que salir y que no le importaba si los alemanes trataban de matarlo. Pero sin duda la desinformación más dañina fue la de que Malmedy había caído en poder de los alemanes, lo que propició el bombardeo americano a la población; algo que costó muchas vidas de civiles y soldados aliados. Por todas estas cosas, a Skorzeny se le bautizó entre los americanos como “el hombre más peligroso de Europa”.

Eisenhower
De no ser porque los muertos fueron reales, la Operación Greif parecería el guion de una mala comedia. Sin embargo, su historia tiene bastante fama entre los aficionados a las conspiraciones. Se han publicado docenas de libros sobre la misión secreta que pudo cambiar la Historia, y la película “La batalla de las Ardenas” de 1965 dedica una buena cantidad de metraje a los sanguinarios nazis disfrazados de estadounidenses. En realidad esta operación, como la mayoría de las de Skorzeny, fue un absoluto fracaso a causa del desconocimiento del Mando alemán sobre sus enemigos y de que muchos alemanes no supieran (ni les importaran) resultados del béisbol y cómo demonios se llamaba la novia de aquel ratón de dibujos animados que, años después, seguiría causando furor. Incluso entre los alemanes.
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