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El humor en la Alemania nazi

Una de las cosas que menos soportan las dictaduras que ha habido a lo largo de la Historia es el humor. Nada se lleva peor con el poder que la risa, la ironía o el sarcasmo. Con el humor el poderoso queda despojado de solemnidad, desnudo frente a su (a menudo) ridículo reflejo. Por esa razón, no ha habido dictadura que se precie que no haya intentado poner coto a los chistes contra ella. Bien lo sabían los bufones de la Edad Media, a quienes una burla demasiado feroz podía llevarles directamente al patíbulo. O un personaje tan ilustre como Quevedo, al que una sátira despiadada contra el Conde-Duque de Olivares le costó la prisión en la Torre de San Marcos en León. O el conde de Villamediana, cuya afilada pluma se cobró su vida.

Fotograma de la película "El gran dictador"
La Alemania nazi no fue una excepción a este fenómeno. Si bien a lo largo de sus 12 años de existencia el régimen trató de poner coto a los chistes contra el régimen o la situación de la guerra, los alemanes siguieron haciendo gala de un gran humor negro. Y es que prohibir la risa por decreto nunca funciona, por mucho que contar un chiste pudiese costar la prisión, el traslado a un campo de concentración o incluso la muerte. El humor fue una de las formas que los alemanes tuvieron de evadirse del sufrimiento de la guerra, y a veces de rebelarse contra la difícil situación en la que Hitler y su régimen los puso. En este artículo narramos algunas de esas manifestaciones de rebeldía en forma de chistes.

El humor contra el régimen

La Alemania nazi tuvo una relación con el humor contra ella bastante ambigua. Por un lado, se promulgaron leyes bastante duras en las que se reprimían los chistes contra el régimen y sus jerarcas (los chistes anti-Hitler podían ser castigados con la muerte). Por otro lado, los nazis se dieron cuenta de que los chistes eran válvulas de escape y no una forma de resistencia activa, por lo que en gran medida eran tolerados. Así, Rudolph Herzog, en su libro “Heil, Hitler. El cerdo está muerto” donde analiza el humor político bajo la Alemania nazi, sostiene que “aquel que ventilaba su rabia con bromas mordaces no se echaba a la calle ni desafiaba a la autoridad de otra manera”, por lo que muchos de los que contaban chistes y llegaban a los tribunales eran castigados de forma más bien leve.

Caricatura soviética de Hitler enviando tropas a la URSS
No obstante, sí que hubo algún caso de condenas duras. El caso más famoso es de Marianne Elise K, una viuda de guerra que durante una jornada de trabajo en una fábrica de armas le contó a su compañero el siguiente chiste: “Hitler y Goering están en la torre de radiodifusión de Berlín. Hitler dice que quiere darles una alegría a los berlineses. Goering le responde: salta de la torre”. El compañero de trabajo la denunció ante las autoridades, y el caso fue visto el 26 de junio de 1943 ante el Tribunal del Pueblo. La pobre Marianne fue condenada a muerte por el delito de “intentar socavar nuestra sólida moral de defensa”. Curiosamente, en la sentencia se menciona que la rea se comportó “como una checa, a pesar de ser alemana”.

Tribunal Popular del Reich
En este sentido la gente comentaba las bromas con frases como “esto son tres años de trabajos forzados…”. Cuando dos amigos se encontraban por la calle lo primero que hacían era mirar alrededor para comprobar que nadie pudiera escucharles, algo que pronto fue conocido por la Gestapo como “la mirada alemana”. Además, como tampoco se tenía la total seguridad de que el interlocutor no fuera a denunciarle, las conversaciones se terminaban con frases como “usted también ha dicho unas cuantas cosas…”, a lo que solía responderse “niego rotundamente haber hablado con usted”, con lo que ambos se curaban en salud. Y curiosamente, se contaban chistes sobre el miedo a contar chistes, como uno que decía que los alemanes no acudían al dentista porque tenían pánico de abrir la boca.

Los chistes contra los jerarcas nazis

Los blancos preferidos de los chistes políticos en Alemania durante ese periodo eran Hermann Goering y Joseph Goebbels, dos de los máximos dirigentes del partido nazi. Al primero, mariscal del Reich y jefe de la Luftwaffe (Fuerza Aérea Alemana), se le tenía por un gordo vanidoso al que le gustaba vestir excéntricos uniformes llenos de medallas. Al segundo, ministro de la Propaganda, se le tenía por un sátiro cojo y bajito que sólo decía mentiras. Los chistes sobre ambos aprovechaban esa imagen que se tenía de ellos, sobre todo por estar en las antípodas del ideal ario que el régimen preconizaba.

Goeebels y Hitler
Así, a Goebbels empezó a llamársele “Mahatma Propagandi”, “Enano venenoso” o “Teutón encogido y sin blanquear”. Se hacían muchos chistes sobre su incansable actividad sexual. Uno de ellos decía que la estatua de un ángel que remataba la Columna de la Victoria en Berlín era la única virgen de la ciudad, ya que Goebbels no podía subir hasta ella. Durante los últimos días de la guerra empezó a circular otra broma afirmando que Goebbels sería depuesto como gauleiter (líder de zona) de Berlín y sustituido por Rommel, ya que éste al menos conocía los desiertos. Como sea que en esa época Rommel ya se había suicidado hacía tiempo, el chiste es también un indicador de que los alemanes echaban de menos líderes capaces. En cuanto a la fama (justificada) de mentiroso y su tendencia a abrir mucho la boca cuando hablaba, circulaba uno sobre un inmenso poste que se había quitado de un parque de atracciones de Berlín para hacerle una armónica.

Caricatura de Goebbels y Hitler
Sin embargo, el blanco favorito de las bromas era Goering y su vanidad. Por ejemplo, se decía que Berlín se quedaba sin gasolina cuando mandaba sus uniformes a la tintorería (tal era la cantidad de ellos que tenía). En cuanto a su afición a coleccionar medallas, circulaba uno que afirmaba que había mandado hacer las medallas de goma para poder llevarlas cuando se bañaba, y otro que decía que había diseñado una de una flecha a la derecha para poder ponerse más a la espalda. Con respecto a su afición a la buena mesa frente al racionamiento que sufría la población civil, al final de la guerra se decía que ésta acabaría “cuando Goering quepa en los pantalones de Goebbels”. Había también chistes sobre su megalomanía, como el siguiente: “Goering es enviado al Vaticano en una delicada misión diplomática para intentar atraer a la Iglesia al bando nazi. Una vez en Roma, Goering manda el siguiente telegrama a Hitler: ‘Misión cumplida. Papa depuesto. La tiara me queda perfectamente. Firmado: tu santo padre’.”

Goering
De Hitler también se contaban algunos chascarrillos, aunque no tantos como de los dos anteriores. Al contrario de Goebbels, la sexualidad de Hitler era inexistente, por lo que en la campaña de pleno empleo se contaba que apretaba su gorra contra su bajo vientre para “proteger al último desempleado de Alemania”. Un chiste muy revelador sobre lo que pensaban algunos alemanes es el que dice que “Hitler y Goering van en un barco y se hunde, ¿quién se salva? Alemania”. Otro de los blancos favoritos de las bromas era Musssolini y los italianos, que más que aliados eran auténticos estorbos para las fuerzas alemanas. Por ejemplo, se decía que las medallas italianas se llevaban en la espalda para mostrar el valor al huir, o que los tanques italianos tenían 5 marchas hacia atrás y una para adelante, y ésta era por si atacaban por la retaguardia.

Caricatura de Goering
Las SS causaban tal temor que apenas se hicieron bromas sobre ellos. Paradójicamente, en el seno de la propia organización empezaron a circular chistes de humor negro sobre ellos, los judíos y los campos de concentración. Uno de ellos decía que un guardián de un campo le ofreció a un judío perdonarle la vida si adivinaba cuál de sus ojos era de cristal y el judío respondió enseguida que el derecho; el asombrado guardián preguntó como lo había sabido tan rápido y el judío contestó que “era el único en el que había un destello de bondad”. Los propios judíos hicieron también gala de humor negro sobre el tema. Algunos de los chistes que se contaban entre ellos es que cuando les cambiaban la pena de fusilamiento por la de horca era buena señal, ya que indicaba que a los alemanes se les estaban acabando las balas, o que a Hitler le daría un infarto cuando le llegara la factura del gas.

Los chistes y la guerra

Conforme la guerra iba avanzando y la suerte de las armas de la Wermacht se volvía más adversa, los alemanes iban haciendo gala de un humor cada vez más sombrío. Así, mientras que en la campaña de Francia de 1940 se contaba que “los franceses plantan árboles en los lados de las carreteras para que los soldados alemanes puedan descansar” (haciendo alusión a la fácil victoria alemana), en la posterior defensa contra la invasión aliada de Normandía los soldados decían que “si en el cielo se ve un avión verde es británico, si es plateado es americano, y si no se ve ningún avión es alemán” (haciendo alusión al absoluto dominio del aire de los aliados). Y ante la ineficaz acción de los aviones alemanes, los soldados se mofaban de las supuestas armas milagrosas que Hitler prometía constantemente diciendo “Entre el arsenal de nuevas armas supersecretas del Reich están los aviones invisibles de la Luftwaffe”.

Caricatura rusa de Mussolini
Los bombardeos que sufrieron las ciudades alemanas fueron un fecundo caldo de cultivo para que la población civil sacara su humor negro. Anthony Beevor, en su libro “Berlín, la caída”, cuenta que en la Navidad de 1944 los alemanes se felicitaban con la frase “Sea práctico, regale un ataúd”. Otro bastante popular era interpretar las siglas LSR (Luftschutzraum o refugio antiaéreo) como “Lernt schnell Russich” (Aprenda ruso enseguida). Y también se contaba el chiste de alguien magullado al que le preguntaban qué le había pasado, si había sido una bala, la metralla o los escombros; el hombre contestaba “Nada de eso, entré a un refugio antiaéreo y grité Heil Hitler”.

Viñeta satírica sobre "Los tipos arios"
El cada vez más reducido Reich, embutido entre el avance angloamericano en el oeste y el soviético en el este, fue objeto también de burlas por parte de los alemanes. Se contaba que Goering tendría que ponerse a dieta para caber entre los frentes occidental y oriental. Incluso entre los mandos alemanes se hacían bromas al respecto, ya que cuando Hitler llegó a Berlín el 16 de enero de 1945 para dirigir la defensa, un coronel de las SS dijo “Berlín será el más práctico de nuestros cuarteles generales, ya que pronto podremos ir en tranvía al frente del Este y al frente del Oeste”. Todos, incluso Hitler, celebraron el chiste con una carcajada. Y uno de los más conocidos era uno en el que un amigo le preguntaba a otro qué hará cuando termine la guerra. “Me tomaré unas vacaciones y haré un viaje en bicicleta por la Gran Alemania”, contestaba el primero. “¿Y qué harás por la tarde?”, respondía el primero.

Caricatura británica sobre Hitler
La desesperada defensa de Berlín por parte de tropas de niños y ancianos también tuvo su lugar en el ácido humor berlinés. Así, un hombre llamado a filas para la defensa pregunta al médico que le reconoce a qué rama del ejército debería optar; el médico le pregunta donde sirvió en la anterior guerra (la Primera Guerra Mundial) y el hombre contesta “Oh, entonces no me llamaron. Era demasiado viejo”. Asimismo, se contaba que el mariscal Hindenburg (héroe de la Primera Guerra Mundial) bajó del cielo para intentar arreglar la situación, y cuando llegó le dijeron: “Rápido mariscal huya, están llamando a los de la quinta de 1847”. Por último, a las barricadas que se preparaban para intentar detener el ataque soviético se las llamaba “las barricadas de las dos horas y cinco minutos”, ya que las tropas rusas estaban dos horas riéndose al verlas y tardaban cinco minutos en desmantelarlas. Y acabo con una muestra típica de humor negro alemán, que desgraciadamente fue cierta en algunas partes: “Disfrute de la guerra, la paz será terrible”.
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Mayerling, la tragedia que hizo tambalear un imperio

El 30 de enero de 1889 tres personas derribaron nerviosas la puerta de un dormitorio situado en un pabellón de caza en Mayerling, a pocos kilómetros de Viena. Dos de ellas eran el conde Hoyos y Felipe de Sajonia, amigos personales del heredero al trono del imperio Austro-Húngaro el príncipe Rodolfo de Habsburgo; el otro era Johann Loschek, ayuda de cámara del príncipe. Cuando entraron en la habitación, se encontraron el cadáver de Rodolfo tumbado al borde de la cama, y a su lado el cuerpo de la baronesa María Vetsera, amante del príncipe. El cuerpo del heredero todavía estaba caliente, no así el de la baronesa, lo que significaba que ésta había muerto al menos una hora antes que el príncipe. 


El Emperador y la Emperatriz ante el cadáver de su hijo
A partir de ese momento se dispararon las hipótesis, los rumores y las teorías conspiratorias. El secretismo con el que la casa imperial austriaca llevó todo el asunto alimentó las especulaciones. ¿Suicidio? ¿Asesinato? Demasiadas cosas no cuadraban y la propia casa imperial contribuyó a la confusión difundiendo versiones contradictorias. El episodio, conocido como “la tragedia de Mayerling” (y también, reveladoramente, como “el crimen de Mayerling”) sigue sin ser completamente esclarecido más de un siglo después de que sucediera. En este artículo haremos un repaso de los hechos y expondremos las teorías más aceptadas; y después el lector quizá pueda responder a la gran pregunta: ¿qué pasó esa noche en Mayerling?

El heredero díscolo

Hijo del emperador Francisco José I y su esposa Isabel de Baviera (la muy famosa Sissi), Rodolfo de Habsburgo había recibido una educación muy distinta a la que su padre había planeado para él. El emperador, ferviente absolutista, deseaba que su hijo y heredero siguiera sus pasos; sin embargo, la influencia de su madre (de ideas mucho más abiertas) hizo que sus más de 50 preceptores lo inclinaron a ideales liberales, burgueses y anticlericales. Al parecer, su padre desconocía que su hijo tuviera esas inclinaciones y Rodolfo se guardó muy mucho de hacérselas conocer, pero sus continuas críticas privadas al clero y a la nobleza le aislaron en la conservadora corte austriaca.

Rodolfo de Habsburgo
En su vida personal las cosas tampoco iban demasiado bien. Casado en 1880 con la princesa belga Estefanía de Lieja, su matrimonio no era nada feliz. A pesar de que en 1883 había nacido una hija del matrimonio, Rodolfo nunca renunció a sus amantes y a sus aventuras amorosas. Y más después de que Estefanía se negara a tener vida marital con su marido, dolida porque tras el nacimiento de su hija éste le había contagiado una enfermedad venérea que había hecho que quedara estéril. La situación era mucho más grave de lo que parecía, ya que en Austria estaba vigente la Ley Sálica (que impedía reinar a las mujeres) y eso implicaba que Rodolfo no tendría un heredero directo. Sin embargo, el príncipe seguía a lo suyo, alternando las intrigas políticas con sus líos amorosos con múltiples mujeres (aunque tenía una amante más o menos estable en la bailarina húngara Mizzi Kaspar).

Estefanía de Bélgica
Y es que la derrota ante Prusia en 1866 había reducido considerablemente la influencia austriaca sobre los distintos estados alemanes, por lo que Rodolfo se convenció de que el futuro del anquilosado imperio estaba en el este. Atraído por Hungría (que había recuperado el status de reino en 1867 por influencia de la emperatriz Sissi, tras haberlo perdido en 1849), empezó a considerar la idea de que el futuro del imperio pasaba por expandirse hacia el este y contrarrestar la influencia rusa en la zona. El plan era que Austria se convirtiera en una federación de diferentes nacionalidades con él a la cabeza, absorber Rumanía, convertirse en protector de Serbia, Bosnia y Albania y finalmente firmar tratados militares con Grecia y Bulgaria.

Francisco José I en su juventud
Este plan muy posiblemente llevaría a una escalada bélica con el Imperio Ruso, pero Rodolfo estaba convencido de que la guerra contra los zares era inevitable (como finalmente así fue) y prefería afrontarla al frente de una amplia confederación de países controlada por él. El príncipe heredero trazó incluso un plan para derrocar a su padre, pero éste se adelantó y lo mandó de viaje al Adriático en los primeros días de 1889, en principio para algunas semanas. Sin embargo el recurso no funcionó, ya que Rodolfo regresó a Viena el 11 de enero dispuesto a seguir adelante con su conjura, pero también por otra razón: había conocido a una joven llamada María Vetsera y se había enamorado locamente. A partir de aquí se precipitarían los acontecimientos.

La aparición de María Vetsera

María Vetsera era hija de un diplomático húngaro y de la heredera de una familia de banqueros turcos. Su familia era inmensamente rica, y además pertenecía a la pequeña nobleza gracias al título de barón que ostentaba su padre. Una amiga suya escribió de ella: “No era muy alta, pero su figura sinuosa y el seno exuberante la hacían parecer más que adulta a sus 17 años. Coqueta por instinto, inconscientemente inmoral en sus actitudes, casi una oriental en su sensualidad y, sin embargo, una dulce criatura. Había nacido para el amor, y desde luego que lo descubrió con un oficial inglés a los 16 años, conocía el fuego de la pasión”.

María Vetsera
Conoció al príncipe a finales de 1888 cuando una prima de Rodolfo les presentó en una carrera de caballos, e inmediatamente ambos quedaron prendados el uno del otro. El asedio del heredero a la joven baronesa empezó de inmediato. El primer encuentro entre ellos se produjo en noviembre de 1888 y hubo más de 20 en los tres meses siguientes. Finalmente, el cortejo parece que dio sus frutos el 13 de enero de 1889. Al día siguiente, María escribió a su institutriz diciendo “Estuve anoche con él desde las siete hasta las nueve. Ambos hemos perdido la cabeza. Ahora nos pertenecemos por completo”. Rodolfo le regaló un anillo con las iniciales ILVBIDT, es decir, “In Liebe Vereint Bis In Dem Tode” (Unidos por el amor hasta en la muerte). Una muestra de que el príncipe consideraba aquella relación como algo más que una simple aventura.

Pabellón de caza de Mayerling
Pero la prueba definitiva de que Rodolfo iba en serio con la baronesa fue que escribiera a la Santa Sede pidiendo que se anulara su matrimonio con Estefanía de Lieja. Enterado el emperador, llamó a su hijo a una reunión el día 26 de enero donde se intercambiaron duras palabras. No sólo estaba el asunto de María Vetsera y la petición de anulación matrimonial, sino que también el emperador reprochó al príncipe sus intentos de conjura contra él. Una hora después de empezada la reunión, Rodolfo abandonó la estancia visiblemente alterado. Una prueba de la gran tensión de la entrevista es que el general Margutti, ayudante de campo de Francisco José I, entró después en el salón y se lo encontró sin sentido.

Las muertes

El 28 de enero Rodolfo y María llegaron al pabellón de caza que el heredero tenía en Mayerling, a pocos kilómetros de Viena. La baronesa iba en secreto, ya que Rodolfo había planeado con ella un falso secuestro (y de hecho la condesa Larisch, prima del príncipe y una de las que estaba en el ajo, había informado personalmente al jefe de policía de Viena de la desaparición de la baronesa). Al día siguiente por la mañana temprano llegaron al pabellón otras dos personas invitadas por el heredero, el conde Hoyos y Felipe de Sajonia. Ambos desayunan con el príncipe, pero ignoran que María también se encuentra en el lugar. Posteriormente Rodolfo se excusa de ir de caza pretextando un resfriado.

Conde Hoyos
Por la noche Felipe de Sajonia regresó a Viena, y el príncipe y el conde Hoyos cenaron solos. Rodolfo se retiró a eso de las 9 (pretextando nuevamente un resfriado) y el conde Hoyos se fue a dormir una hora más tarde. Rodolfo y María, en sus habitaciones, estuvieron de fiesta junto a Josef Bratfisch, cochero de confianza del príncipe. Los tres estuvieron cantando y María y Rodolfo lo pasaron estupendamente oyendo silbar a Bratfisch, que al parecer “silbaba maravillosamente”. Al día siguiente, Rodolfo fue a las siete y media a la habitación de su ayuda de cámara Johann Loschek para pedirle que le despertara una hora más tarde para desayunar. Esa fue la última vez que se le vio vivo.

Johann Loschek
Tal y como se le había ordenado, Loschek fue a las ocho y media a despertar al príncipe, pero nadie contestó a sus llamadas. Alarmado, avisó al conde Hoyos, quien quiso derribar la puerta, pero vaciló al enterarse de que estaba con una mujer (hasta ese momento, no sabía que María Vetsera se encontraba también en Mayerling). Felipe de Sajonia, que había regresado de Viena, ordenó que se echara la puerta abajo, encontrando los cuerpos de Rodolfo y la baronesa. Inmediatamente se dio aviso a Viena y el emperador se hizo cargo de la situación.

La versión del suicidio

Lo primero que hizo Francisco José I fue hacer jurar a todos que guardarían silencio sobre las circunstancias de las muertes. Acto seguido, se organizó discretamente el funeral de María Vetsera y se difundió una primera versión oficial: Rodolfo había muerto de una apoplejía (de la baronesa no se dijo nada). Sin embargo, pronto se empezaron a disparar los rumores y la casa imperial cambió su versión: el príncipe heredero se había suicidado en un momento de “enajenación mental”. Claro que esto presentaba otro problema, ya que la Iglesia Católica no permitiría que un suicida fuera enterrado en tierra sagrada. El emperador tuvo que mandar un telegrama al Papa (del que se desconoce su contenido) para desbloquear la situación y permitir que Rodolfo fuera enterrado en la cripta de los Habsburgo, tras una investigación del Vaticano.

Felipe de Sajonia
Rodolfo fue enterrado con todos los honores el 5 de febrero (la baronesa había sido enterrada discretamente unos días antes en la Abadía de Heiligenkreuz). Desde entonces, la hipótesis de un pacto de suicidio fue la dominante: el príncipe habría disparado a la baronesa y luego se habría suicidado pegándose un tiro en la sien. La razón, además de un amor enfermizo del uno por el otro (amor imposible a la vista de la situación), sería el insoportable deshonor para Rodolfo al saberse descubierto en sus intrigas para derrocar a su padre. Y hay diversas circunstancias que apoyan esta esta hipótesis.

Funeral de Rodolfo
En primer lugar, Rodolfo tenía un carácter depresivo y con tendencias suicidas, quizá agravado por el tratamiento contra la sífilis de la que fue objeto. Posiblemente, la imposibilidad de su amor con la baronesa y el mazazo de saberse descubierto lo podrían haber llevado a decidir quitarse la vida junto a María Vetsera. En segundo lugar, Rodolfo escribió una serie de cartas que daban a entender que iba a suicidarse. Así, a su esposa le decía: “Ya te ves libre de mi funesta presencia. Sé buena con la pobre pequeña (su hija), ella es todo lo que queda de mí. Voy tranquilo hacia la muerte”; a su hermana pequeña: “Muero a pesar mío”; a un amigo húngaro le daba las razones de su suicidio; y finalmente a su ayuda de cámara Loschek le daba instrucciones de que quería ser enterrado junto a la baronesa.

Cadáver de Rodolfo
Por su parte, María Vetsera también había escrito una carta a su madre diciéndole: “Querida mamá: perdóname lo que he hecho. No puedo resistir el amor. De acuerdo con él, quiero ser enterrada a su lado en el cementerio de Alland. Soy más feliz en la muerte que en la vida. Tu Mary”. Asimismo, estaba el anillo que Rodolfo le había regalado el 13 de enero con la leyenda “Unidos en el amor hasta la muerte”, además del hecho de que ese mismo día había redactado su testamento. Finalmente, había dejado escrito con tinta violeta en un cenicero la frase “El revólver es mejor que el veneno, más seguro”.

La hipótesis del asesinato

A pesar de todo lo dicho anteriormente, existen muchos cabos sueltos en la explicación del suicidio. Eso hizo que desde el primer momento empezara a cobrar forma la hipótesis de que Rodolfo y su amante habían sido asesinados. En primer lugar, María Vetsera presentaba un tiro en la cabeza (tal y como se puso de manifiesto cuando se exhumaron sus restos en 1959); sin embargo, varios testigos afirmaron que su cuerpo presentaba también indicios de haber recibido una paliza. En segundo lugar, el cuerpo de Rodolfo también presentaba cortes y heridas de sable (entre ellas la falta de dos dedos de la mano derecha, algo que se trató de disimular con un guante relleno de paja); además, el revólver encontrado en la habitación no era suyo y se habían efectuado con él 6 disparos; por si fuera poco, la herida de bala se encontraba en la sien izquierda, a pesar de que el príncipe era diestro.

Féretro de María Vetsera
A todo esto hemos de añadir los testimonios de personas contemporáneas de los hechos. Por ejemplo, el embajador alemán en Viena escribió a Bismarck que “Las heridas no están en los lugares indicados oficialmente”. La nieta del embajador del imperio en Roma (encargado de descifrar el telegrama mandado al Papa) declaró que su abuelo le confesó que en dicho telegrama se hablaba de asesinato. Asimismo, el conde Hoyos (testigo presencial de los hechos) dijo años más tarde que “Su Alteza está muerto. Es todo lo que puedo decir. No me pidáis que os dé más detalles; es demasiado terrible. He dado mi palabra al emperador de no decir nada de lo que he visto”. El hijo de Eduard Graf von Taaffe, que era Primer Ministro en ese momento, dijo que “Las circunstancias de Mayerling son mucho peores de lo que se piensa”.

Habitación del príncipe en Mayerling
Finalmente, la que fuera emperatriz de Austria Zita de Borbón-Parma declaró en 1983: “Se han escrito muchas leyendas. Lo que se ha contado se limita a sospechas e hipótesis. La verdad es que el archiduque Rodolfo fue asesinado y que este asesinato fue político. En nuestra familia, siempre hemos sabido la verdad, pero Francisco José hizo jurar a todos los que estaban al corriente del crimen que nunca dirían nada”. Afirmaba también que los asesinos venían en parte del extranjero, y posteriormente dijo que el instigador del asesinato fue Georges Clemenceau, por entonces director del diario “La Justice” y más tarde Primer Ministro francés. No obstante, hay que decir que el propio hijo de Zita desmintió las palabras de su madre.

Sarcófago de Rodolfo
¿Fueron los sucesos de Mayerling un asesinato político, bien de los servicios secretos franceses, bien de los austriacos? Posiblemente nunca lo sepamos; al menos, hasta que algún día pueda exhumarse el cadáver de Rodolfo. Lo que sí sabemos es que la muerte del heredero abrió una crisis dinástica sin precedentes en el imperio, ya que el heredero pasó a ser el sobrino del emperador (el archiduque Francisco Fernando), alguien al que Francisco José I detestaba y cuyo asesinato en Sarajevo fue el detonante del estallido de la Primera Guerra Mundial.
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Las dos vidas del mariscal Ney

En un artículo anterior hablamos de la llegada a París desde Elba de Napoleón, dando comienzo al conocido como “Imperio de los 100 días”. Sin duda alguna, uno de los momentos más delicados (y a la vez más emocionantes) de toda la marcha sucedió en Auxerre cuando el Emperador y el mariscal Michel Ney, que había salido a capturarlo por orden de Luis XVIII, se fundieron en un abrazo. El paso de Ney y sus tropas al bando de Napoleón precipitó los acontecimientos posteriores, haciendo que el rey Borbón lo viera todo perdido y tomara la decisión de huir de París. Poco después, Napoleón recuperaba el trono.

El mariscal Michel Ney
La contribución de Ney no acabó aquí. En la subsiguiente guerra contra las potencias europeas comandó el ala izquierda del ejército francés y estuvo al mando, junto al propio Bonaparte, en la batalla de Waterloo. Tras la derrota francesa, Ney se entregó al restituido Luis XVIII, que lo condenó a muerte. Sin embargo, una leyenda empezó a surgir pocos años después de su fusilamiento: el mariscal Ney estaba vivo y residía en los Estados Unidos. Allí había llegado en 1819 un tal Peter Stewart Ney, de gran parecido físico con el mariscal. Y aunque estando sobrio negaba cualquier relación, cuando bebía confesaba ser el gran mariscal de Francia. Conozcamos en este artículo un poco más de esta curiosa leyenda.

De comerciante de licores a mariscal de Francia

Hijo de un tonelero, Michel Ney vino al mundo el 10 de enero de 1769 en la fronteriza región del Sarre. Su padre había sido militar, por lo que el joven Ney tuvo la oportunidad de conocer el modo de vida de un soldado a través de las historias que su progenitor le contaba. Un detalle importante es que hablaba perfectamente el alemán, ya que era la lengua de origen de su madre. Recibió su educación con los agustinos, pero desde niño comenzó a trabajar como aprendiz de un comerciante de licores del Sarre, y poco después como vendedor de una fundición. Sin embargo con 18 años, y contraviniendo los deseos de su padre, decidió alistarse en el ejército, concretamente en el 5º Regimiento de Húsares.

Carga de húsares
Ney empezó pronto a destacar. Además de ser un soldado valiente, generoso y querido por sus compañeros, demostró desde el primer momento una gran inteligencia. Estas cualidades hicieron que fuera nombrado teniente en 1792, capitán en 1794 y general de brigada en 1796, al destacarse en las guerras contra la Francia Revolucionaria. Sus compañeros empezaron a llamarle “el infatigable”, pero el mote que más arraigó fue “le rougeaud” (el rubicundo). Ney destacaba en todas las batallas en las que participaba. Recibió varias heridas, pero siempre se negaba a darse de baja. En 1799 se casó con Aglaé Auguié, una íntima amiga de Hortensia de Beauharnais, hija de la esposa de un prometedor general llamado Napoleón Bonaparte. Esta amistad influyó poderosamente en su carrera.

Hortensia de Beauharnais
Y es que poco después se produjo el golpe de Estado del 18 de brumario (9 de noviembre de 1799), que llevaría al general Bonaparte al poder. A través de Aglaé, Ney y Napoleón se conocieron y quedaron impresionados el uno del otro. Desde ese momento, a Ney se le empezaron a otorgar más y más responsabilidades, hasta que en 1804 recibió el bastón de mariscal. A partir de entonces destacaría en todas las campañas napoleónicas, recibiría el título de duque de Elchingen, y en agosto de 1808 fue enviado a España. Pero donde su estrella se haría más brillante sería en la campaña de Rusia, donde se ganó el respeto y la admiración de todos.

De Moscú a París

Al igual que en campañas anteriores, Ney se distinguió en Rusia, en especial en Borodinó. Tras esta batalla Napoleón le nombró Príncipe del Moscova. Las tropas francesas llegaron hasta Moscú, pero el incendio de la ciudad (provocado por los propios rusos) y las dificultades de abastecimiento hicieron que los franceses tomaran la decisión de retirarse. Ney fue puesto al mando de la retaguardia. Durante 40 días protegió la retirada del acoso de la caballería cosaca, logrando mantener unido al ejército a costa de miles de bajas. Pero sin duda su mayor hazaña la realizó en el río Berezina, donde junto a sólo 12 soldados logró retrasar el ataque ruso permitiendo que parte del ejército francés cruzara antes de que los ingenieros volaran los puentes.

Ney en el puente de Kovno
Napoleón desconocía si Ney había podido salvarse, por lo que cuando éste se presentó ante él pocas horas después informándole que había cruzado el puente justo antes de ser volado, y que por tanto era el último francés que se había retirado de Rusia, un emocionado emperador dijo:

Francia está llena de hombres valientes, pero ciertamente Ney es el más valiente de entre los valientes

Tras esta retirada y la posterior derrota en la “Batalla de las Naciones” de Leipzig, la suerte de Napoleón estaba echada. Los aliados invadieron Francia y París se rindió ante los prusianos. Los principales mariscales redactaron un manifiesto por el que pedían a Napoleón que abdicara, y Ney fue el encargado de entregárselo. Tras leerlo, Napoleón exclamó “¡Los soldados obedecerán a su Emperador!”, a lo que Ney replicó "Sire, los soldados obedecerán a sus generales”. Poco después el emperador abdicó y aceptó exiliarse a Elba. El 29 de abril de 1814 Ney se presentó ante el nuevo rey Luis XVIII, que le ratificó en todos sus títulos y le nombró Par de Francia. Sin embargo, Ney se sentía incómodo, pues los nobles franceses se burlaban a sus espaldas de su modesto origen.

Los 100 Días, Waterloo y el fusilamiento

Tras el desembarco de Napoleón en Francia el 1 de marzo de 1815 y su marcha hacia París, Ney fue convocado por Luis XVIII, que le encargó detener a Bonaparte a toda costa. Ney respondió: “Traeré a Napoleón en una jaula de hierro”. Sin embargo, tras recibir una carta de puño y letra del emperador en términos afectuosos, decidió pasarse a su bando, no sin antes advertirle que le abandonaría si tenía la menor tentación de convertirse en un tirano. Napoleón entró en París el 19 de marzo entre aclamaciones y lanzando mensajes de paz al resto de potencias europeas. A pesar de ello, se formó la Séptima Coalición contra Bonaparte antes incluso de que éste recuperara el trono. Todos los esfuerzos diplomáticos fracasaron y Francia se dispuso de nuevo para la guerra.

Carga en Waterloo
Ney recibió el mando del ala izquierda francesa. El 16 de junio de 1815 entabló combate contra los británicos en Quatre Bras, obligándoles a retirarse a Waterloo. Dos días después se produjo allí la célebre batalla del mismo nombre, en la que los británicos (ayudados por la llegada de los prusianos) derrotaron a los franceses. La actuación de Ney en esta batalla fue muy criticada, ya que lanzó 4 cargas de caballería consecutivas contra los cuadros ingleses sin haberlos debilitado previamente con la artillería. Sin embargo, y haciendo honor a su fama de valiente, Ney luchó en primera línea como un soldado más. Es significativo que, cuando vio todo perdido, lanzó una última carga contra los ingleses al grito de “¡Venid y ved cómo muere un Mariscal de Francia!”. Poco después fue capturado cuando, lleno de rabia e impotencia, golpeaba con su sable el lateral de un cañón inglés.

Fusilamiento de Ney
Tras la derrota, Ney fue procesado en un Consejo de Guerra y declarado culpable de traición. Condenado a muerte, en la lectura de la sentencia interrumpió al secretario judicial mientras leía los cargos diciéndole “Sí, sí. Pasad ese párrafo y decid sólo: Michel Ney, y pronto un poco de polvo”. El 7 de diciembre de 1815 fue llevado al muro trasero de los Jardines de Luxemburgo para ser fusilado. Se negó a vendarse los ojos y se le concedió el privilegio de dar la orden de disparar. Antes de dar dicha orden dijo “¡Soldados, rechazo ante Dios y ante la Patria el juicio que me condena! He luchado cien veces por Francia y nunca contra ella. Apelo ante los hombres, ante la posteridad, ante Dios. Apuntad directo al corazón. ¡Viva Francia!”. Moría así un bravo soldado, al que Víctor Hugo dedicó unas sentidas palabras en “Los Miserables”:

¡Ah, desdichado Ney! Tantas veces expuesto a balas enemigas, estabas destinado a balas francesas

Sin embargo, pronto surgió la leyenda de que en realidad no había muerto, sino que estaba en Estados Unidos bajo una nueva identidad. Comenzaba el mito de Peter Stewart Ney.

La leyenda de Peter Stewart Ney

En 1819 apareció un tal Peter Stewart Ney en Florence, Carolina del Sur. Su parecido físico con el mariscal Ney era sorprendente. Dominaba perfectamente el alemán (recordemos que el mariscal también, ya que su madre era originaria de Alemania), y aunque decía no hablar francés, en numerosas ocasiones se le vio consultando libros en ese idioma sobre las campañas de Napoleón. Pero no acababan ahí las coincidencias: era un experto esgrimista (dominaba sobre todo el sable) y montaba a caballo a la perfección. Este Peter Stewart Ney residió sus últimos años entre las dos Carolinas dando clases (llegó a hacerlo en el prestigioso Davidson College, del que diseñó su actual escudo) y murió en 1846.

Monumento a Ney
Si bien estando sobrio este hombre negaba ser otra cosa que un profesor, cuando empezaba a beber “confesaba” ser el auténtico mariscal Ney. Durante sus borracheras contaba detalles de las batallas de Napoleón en las que había participado. Explicaba que se había salvado del fusilamiento al ser hermano de masonería del duque de Wellington, que le hizo llegar a través del embajador británico una botella llena de líquido rojo. Los soldados dispararon por encima de su cabeza, él hizo explotar la botella de líquido contra su pecho y poco después tomó la identidad de Peter Fox. Unos años después, se embarcó para América, en la que se presentó bajo el nombre por el que ahora le conocían todos.

Muerte de Napoleón
A lo largo de su vida en América se contaban episodios que parecían confirmar que aquel maestro era el mariscal Ney. Por ejemplo, en una ocasión se cayó del caballo al intentar montar, y al ir sus acompañantes a ayudarle a montar de nuevo exclamó: “¿Vais a ayudar a montar al mariscal Ney, al viejo húsar?”. Asimismo, en 1821 un alumno llevó a su clase un periódico que contaba la muerte de Napoleón en Santa Elena; el profesor se desmayó y tuvo que ser llevado a su casa, donde intentó suicidarse. Además, tras un reconocimiento, el médico que le atendió declaró que tenía las mismas heridas que había sufrido el mariscal Ney en los campos de batalla de Europa. Asimismo, un examen grafológico hecho tras su muerte desveló que la letra de ambos era coincidente. Finalmente, se encontró un poema suyo compuesto en 1835 llamado “Gone with their glories, gone” que decía:

Aunque yo fui el bravo entre los bravos, mi pluma y mi bastón se fueron

Peter Stewart Ney murió el 15 de noviembre de 1846 con 77 años (la misma edad del mariscal de haber estado vivo). En su lecho de muerte dijo “Bessières ha muerto, la vieja guardia ha muerto, por favor, dejadme morir en paz”, y sus últimas palabras fueron “Yo soy el mariscal Michel Ney de Francia”. En su tumba hay una placa que reza: “A la memoria de Peter Stewart Ney. Nativo de Francia y soldado de la Revolución francesa bajo Napoleón Bonaparte”.

Placa en la tumba de Peter Stewart Ney
¿Puede ser verdad que el profesor y el mariscal fueran la misma persona? Algunos detalles indican que la hipótesis es verosímil. Por ejemplo, tras la ejecución el cuerpo del mariscal fue retirado apresuradamente del lugar (algo contrario a las ordenanzas) y no se le dio el tiro de gracia. Fue enterrado sin presencia de su esposa ni de sus familiares directos en una discreta tumba de París; sin embargo, al abrirse su féretro en 1903 se comprobó que el ataúd estaba vacío. Asimismo, un marinero del navío que lo llevó a Estados Unidos, antiguo soldado de Napoleón, declaró años después que lo había reconocido en el barco como el mariscal Ney.

Letra del mariscal Ney
Probablemente nunca lo sepamos; al menos hasta que se exhume el cuerpo del profesor y se haga un análisis de ADN comparándolo con los descendientes directos del mariscal. En cualquier caso poco importa, ya que la leyenda de Peter Stewart Ney no necesita ser cierta para seducir a los amantes de las conspiraciones; basta sólo con que sea verosímil.
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"El Baile de los 41"

Los homosexuales nunca lo han tenido fácil en México. Ya desde los tiempos prehispánicos los mexicas castigaban violentamente la homosexualidad (aunque otros pueblos eran más tolerantes), algo que se continuó con la llegada de los muy católicos conquistadores. Los españoles instauraron la Inquisición, y una de sus misiones consistía en castigar con la muerte el llamado “pecado nefando”; es decir, la sodomía. Con el paso del tiempo esta actitud se fue relajando, hasta el punto de que durante el reinado del emperador Maximiliano I la homosexualidad dejó de ser un delito. Claro que una cosa es que no se castigara con el código penal en la mano y otra bien distinta que estuviera bien visto, sobre todo en un país tradicionalmente tan machista como el mexicano.

Grabado satírico del "Baile de los 41"
Este contexto no debe perderse de vista al analizar el episodio que hoy traemos aquí. En 1901 se produjo uno de los escándalos más sonados de la época en México cuando la policía irrumpió en una casa donde se estaba celebrando una fiesta de homosexuales. Más o menos la mitad de los asistentes vestían de mujer, y muchos de ellos eran de la alta sociedad. El trato dado a los detenidos (a aquellos que no pudieron comprar su libertad) fue denigrante; y aunque se trató de acallar todo el asunto, los rumores permanecieron mucho tiempo y sus consecuencias en el imaginario y las costumbres del país continúan hasta hoy en día. Esta es la historia del “Baile de los 41”.

La redada

A las 3 de la madrugada del 18 de noviembre de 1901, un policía se asomó por una ventana de la casa situada en el número 4 de la calle la Paz (hoy día Ezequiel Montes, en la colonia Tabacalera), en lo que entonces eran los límites de la Ciudad de México, y se escandalizó de lo que vio allí. Dentro había parejas bailando, pero lo escandaloso para el policía es que esas parejas eran exclusivamente de hombres, y algunos de ellos estaban vestidos de mujer. Llamó inmediatamente refuerzos, y cuando éstos llegaron, aporrearon repetidamente a la puerta. La excusa para ello era pedir el permiso de esa celebración (una excusa peregrina, ya que no se necesitaban permisos para celebraciones privadas).

Corrido del baile
Lo que pasó a continuación está mejor explicado en una nota del diario “El Popular” del día 21 de noviembre, donde se podía leer:

“(…) Salió a abrirles un afeminado vestido de mujer, con la falda recogida, la cara y los labios llenos de afeite y muy dulce y melindroso de habla. Con esa vista, que hasta al cansado guardián le revolvió el estómago, se introdujo éste a la accesoria, sospechando lo que aquello sería y se encontró con cuarenta y dos parejas de canallas de éstos, vestidos los unos de hombres y los otros de mujer que bailaban y se solazaban en aquel antro

Inmediatamente empezaron las carreras y los intentos de escapar. Los que iban vestidos de mujer trataron de esconderse o de encerrarse en alguna habitación para deshacerse de sus vestidos, pero ninguno lo consiguió. En una de las estancias se encontró tendido a un joven (un trabajador sexual al que las crónicas de la época llamaron “Bigotes rizados”) cuyos servicios al parecer eran el premio de una especie de sorteo conocida como “la rifa del Pepito”.

Ignacio de la Torre y Amada Díaz
La policía detuvo a 41 personas, 19 de ellas vestidas de mujer. Los esposaron y se los llevaron a varios cuarteles cercanos (los que iban vestidos de hombre al cuartel número 24 de la policía y los travestidos al de la policía montada) bajo la acusación de “ofensa a la moral y las buenas costumbres”, ya que como hemos mencionado la homosexualidad no era ya un delito penado por la ley. Allí les aplicaron el primer castigo arbitrario: barrer la calle con las ropas de fiesta puestas, ya fueran de hombre o de mujer. Sin embargo, el rumor generalizado es que en la fiesta no había 41 sino 42 personas, y que una de ellas había logrado escapar vestido de mujer sobornando a precio de oro a un policía y haciendo valer su identidad. Y es que ese hombre era nada menos que Ignacio de la Torre y Mier, el yerno del dictador y presidente de la nación Porfirio Díaz.

El “Yerno de la Nación

Hijo de uno de los más ricos hacendados de México, Ignacio de la Torre y Mier no era sin embargo el típico heredero que no hacía nada y vivía de las rentas. Había mejorado las tierras que había heredado, introduciendo en ellas los más modernos métodos de cultivo y explotación. Su finca de más de 15.000 hectáreas era la mejor y la más productiva del país. Hacía frecuente vida social, y aunque los rumores de “comportamientos inadecuados” no dejaban de crecer a su alrededor, su posición, su dinero y su encanto personal hacían que fuera uno de los solteros más codiciados de México.

Ignacio de la Torre
En 1887 conoció a Amada Díaz, la hija favorita del presidente de la nación Porfirio Díaz. La muchacha acababa de romper su compromiso matrimonial con el hijo de un general. Ambos empezaron a frecuentarse, y tras un corto noviazgo se casaron el 16 de enero de 1888. Fue la boda del año en México, y a Ignacio de la Torre se le empezó a conocer como “El Yerno de su Suegro” y “El Yerno de la Nación”, en referencia a su entrada en la familia más poderosa por entonces del país azteca. Sin embargo, desde el primer momento la convivencia fue difícil, ya que de la Torre prefería no hacer vida común con su esposa (vivían en alas distintas de su palacete) y hacía frecuentes salidas con sus compañeros de francachela.

Amada Díaz
Los rumores sobre la homosexualidad del yerno del presidente no hacían sino crecer. Sólo se veía a los cónyuges juntos en actos protocolarios, e incluso pretextaba cualquier excusa para no acudir a las comidas cuando su suegro visitaba a su hija. La afición favorita de Ignacio de la Torre era organizar fiestas sólo para hombres junto a su íntimo amigo Antonio Adalid, apodado “Toña la Mamonera” (nada menos que un ahijado del antiguo emperador Maximiliano). A esas fiestas algunos invitados acudían vestidos de mujer, pero solía pretextarse que tales bailes eran de disfraces, por lo que esos vestidos estaban justificados. Una de esas fiestas fue la que ocurrió en la madrugada del 18 de noviembre de 1901 y que estamos narrando aquí.

Había sólo 41

Al día siguiente del escándalo se le presentó a Porfirio Díaz la lista de los asistentes al baile. El presidente la leyó y preguntó “¿Cuántos estaban en la fiesta?”. Cuando le respondieron que había 42 personas, tachó de la lista el nombre de su yerno y dijo cortante “Había sólo 41”. A partir de ese momento se trató de acallar la participación de Ignacio de la Torre en todo el asunto, pero los rumores de que era uno de los asistentes eran cada vez mayores. De la Torre aseguró a su esposa que era todo mentira, pero Amada Díaz tuvo una conversación con su padre en la que el presidente le confirmó los hechos. En su diario anotó:

Un día mi padre me mandó llamar al despacho en su casa. Me quería informar que Nacho había sido capturado por la policía en una fiesta donde todos eran hombres pero muchos estaban vestidos de mujer. Ignacio -me dijo mi padre- fue dejado libre para impedir un escándalo social, pero quise prevenirte porque tienes derecho a saber del comportamiento con la persona con que vives

Las relaciones entre yerno y suegro se hicieron aún más tirantes si cabe. Porfirio Díaz, ante los rumores de homosexualidad de su yerno, ya había dado orden de que se vigilara a de la Torre cada vez que salía al extranjero; pero este episodio fue la gota que colmó el vaso y apenas se hablaron el resto de su vida.

Porfirio Díaz
Independientemente de que se trataran de acallar los rumores sobre el yerno del presidente, los periódicos se dieron un festín con la noticia. Aunque no se mostraron los detenidos a la prensa y sólo se supo la identidad de unos cuantos, empezaron a aparecer notas de prensa en la que se trataba el asunto con mayor o menor escarnio. Así, la “Gaceta Callejera”, una hoja suelta que se repartía de mano en mano, hizo una edición especial con el título “Los 41 maricones encontrados en un baile de la calle de La Paz el 20 de noviembre de 1901”, que incluía un corrido satírico junto a una caricatura que representaba la fiesta. Asimismo, periódicos como El Popular, El Diario del hogar, El Universal, La Patria o El hijo del Ahuizote empezaron a difundir todo tipo de burlas y sátiras sobre el asunto. Muchos de ellos fueron ilustrados con grabados de José Guadalupe Posadas hechos para la ocasión. Todos los diarios hacían hincapié en que muchos de los detenidos eran jóvenes de familias conocidas y de buena posición y expresaban su rechazo homofóbico. Empezó a hablarse de un “Círculo Rosa” alrededor del Porfiriato y se acuñó el término “La aristocracia de Sodoma” para definir a los detenidos.

Las consecuencias

Si bien se alzaron algunas voces que calificaron las detenciones como ilegales y arbitrarias, la inmensa mayoría de la opinión pública aplaudió la medida. Al día siguiente de las detenciones, 19 de ellos (aunque un periódico habló sólo de 12) fueron metidos en un tren que los llevó hasta el Yucatán donde se les obligó a alistarse en el ejército y a realizar trabajos forzados. Así, el diario “El Popular” decía el 25 de noviembre que “Los vagos, rateros y afeminados que han sido enviados a Yucatán, no han sido consignados a los batallones del Ejército que operan en la campaña contra los indios mayas, sino a las obras públicas en las poblaciones conquistadas al enemigo común de la civilización”.

Los detenidos obligados a barrer las calles
Estos condenados fueron los que no pudieron pagarse su libertad con dinero e influencias. El periódico “El Hijo del Ahuizote”, en su edición de 21 de noviembre, consignaba sarcásticamente esta diferencia de trato a los detenidos:

Dice la canción que en el pobre es borrachera y en el rico alegría, cuando se trata de trompetas, y en este caso, en el pobre es cochinada y en el rico refinamiento de coquetería y de buen tono. Si el gobernador violó la ley con aplauso general, debió haber jalado parejo, para que más se le hubiera agradecido, no que dejó la semilla y arrojó las hojitas de la mata. Ahora ya no puede andar en la calle acompañado de un amigo, porque luego lo tratan del Club de los 41

Algunos de los obligados a alistarse intentaron interponer un recurso de amparo ante tan arbitraria medida. Es por ello que se conocen sus nombres: Pascual Barrón, Felipe Martínez, Joaquín Moreno, Alejandro Pérez, Raúl Sevilla, Juan B. Sandoval y Jesús Solórzano. Se desconoce su destino final, pero no debió ser nada halagüeño. El resto de los detenidos siguió en el anonimato aunque los rumores sobre su identidad eran conocidos por todos. Con el tiempo, el asunto se fue olvidando.

El maldito número 41

Diez años después Porfirio Díaz fue derrocado por una revolución y abandonó el país. Ignacio de la Torre se quedó en México, y desde el primer momento mostró su oposición al nuevo régimen del presidente Francisco Ignacio Madero, e incluso se vio implicado en su asesinato. Detenido y encerrado en la prisión de Lecumberri, su esposa iba a visitarlo todos los días. Finalmente, a principios de 1915, fue transferido a la custodia de Emiliano Zapata, que se lo llevó con su ejército. Allí Zapata lo humillaba haciéndole servir a la tropa con ropas femeninas y entregándoselo a los soldados para que abusaran de él (una de las reglas que Zapata implantó fue ejecutar inmediatamente a cualquiera de sus soldados que fueran sorprendidos violando a alguna mujer, por lo que imaginamos que la tropa tenía necesidades sin cubrir).
 
Emiliano Zapata
No sabemos a ciencia cierta la razón de que Zapata tratara así a Ignacio de la Torre. Quizás estaba vengando alguna ofensa personal. En 1906, éste lo había sacado del ejército y se lo había llevado a su finca como caballerango (mozo que ensilla y cuida los caballos), al parecer atraído por él. La mayoría de historiadores rechazan que hubiera una relación homosexual entre Zapata y de la Torre, aunque en el diario de Amada Díaz puede leerse que los sorprendió “revolcándose en un establo”, y una soldadera (mujer que acompañaba a los soldados, también llamadas Adelitas) de Zapata declaró que el caudillo revolucionario “era tan hombre, pero tan hombre, que se acostaba con otros hombres”. Es muy probable que sólo sean infundios contra Zapata, pero la semilla de la duda está presente. En cualquier caso, los continuos abusos hacia el otrora poderoso “Yerno de la Nación” le destrozaron el recto. Cuando finalmente fue liberado en 1918 se fue a Nueva York a operarse, y murió en la mesa de operaciones.

Soldaderas o Adelitas
Pero quizá la consecuencia más estrambótica de todo este escándalo que sacudió al país es que desde entonces el número 41 se convirtió en un tabú en México al asociarse a la homosexualidad. Uno de los mayores insultos en el país azteca es decirle a un hombre que “es de los 41”. El escritor militar Francisco Urquizo escribió:

"En México el número 41 no tiene ninguna validez y es ofensivo para los mexicanos (...) La influencia de esa tradición es tal que hasta en lo oficial se pasa por alto el número 41. No hay en el ejército División, Regimiento o Batallón que lleve el número 41. Llegan hasta el 40 y de ahí se salta al 42. No hay nómina que tenga renglón 41. No hay en las nomenclaturas municipales casas que ostenten el número 41. Si acaso y no hay remedio, el 40 bis. No hay cuarto de hotel o de Sanatorio que tenga el número 41. Nadie cumple 41 años, de los 40 se salta hasta los 42. No hay automóvil que lleve placa 41, ni policía o agente que acepte ese guarismo"

(Hay que aclarar que no es que se cumplan 40 años y al año siguiente 42, sino que el 41 cumpleaños no se celebra y los mexicanos dicen que tiene “40 años y 12 meses”).

Placa conmemorativa del baile
Dos curiosidades finales. Por un lado, las prisiones mexicanas tienen pabellones que no están numerados, sino que se les identifica con letras: A, B, C, etc. Los homosexuales eran encerrados en el pabellón J, y de ahí viene que en México (y en otros países sudamericanos) reciban el nombre de “jotos”. Por otro lado, en el baile de los 41 Ignacio de la Torre trató de esconderse en un armario (o closet), pero un policía lo vio y le ordenó que saliera, cosa que hizo maquillado y vestido de mujer; los mexicanos afirman que este episodio fue el origen de la frase “salir del armario” o “salir del closet”.
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