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Horacios contra Curiacios: la batalla de los trillizos

La historia temprana de Roma está envuelta en las brumas de la leyenda. Desde las historias sobre su fundación por Rómulo y Remo, dos hermanos amamantados por una loba, hasta las increíbles historias de heroicidades en las luchas con las ciudades vecinas antes de convertirse en la ciudad que dominó el mundo antiguo. Esto es así porque los antiguos romanos decidieron dotarse de una historia acorde con el poder que fueron adquiriendo con el tiempo. De este modo, se daba a entender que la ciudad estaba destinada a dominar el mundo, ya que sus orígenes míticos, llenos de dioses y héroes legendarios, la legitimaban para ello.

Detalle de "El juramento de los Horacios"
Uno de esos episodios semilegendarios es el que hoy traemos aquí. Tito Livio, en su monumental obra “Ab urbe condita libri” (a veces conocida como las Décadas, de la que sólo se conservan 35 libros de los 142 de los que constaba, y que tiene la particularidad de contener la primera ucronía conocida: imaginar el mundo si Alejandro Magno hubiera iniciado sus conquistas hacia el oeste y no hacia el este de Grecia), nos narra el episodio de la batalla de campeones entre las ciudades de Roma y la vecina Alba Longa. La batalla se desarrolló entre los Horacios (por parte romana) y los Curiacios (por parte albana), y presenta el curioso hecho de que los combatientes eran trillizos. El resultado de la batalla permitió a Roma anexionarse la ciudad vecina, en lo que sería el comienzo de su dominio del mundo conocido.

Los orígenes de Roma y Alba Longa

Las crónicas de los historiadores antiguos nos narran el origen mítico tanto de Alba Longa como de Roma, y ambos orígenes están relacionados. Así, cuenta la leyenda que cuando el héroe Eneas (descendiente de Venus) huyó de Troya (cuya destrucción, según Eratóstenes, habría ocurrido en 1184 a.C.) llegó a Italia y fundó en honor de su esposa Lavinia la ciudad de Lavinium, a unos 50 kilómetros al sur de Roma. Treinta años después, su hijo Ascanio fundó la ciudad de Alba Longa algo más al norte. De Ascanio surgió una dinastía de reyes entre los que destacaron Tiberino Silvio (que dio nombre al río Tíber) y Aventino (en cuyo honor se bautizó así a una de las colinas sobre las que se asentaba Roma).

Eneas
En el siglo VIII a.C. el rey de Alba Longa era Procas. Cuando este rey murió, el trono le correspondió a su hijo mayor Numitor; sin embargo, su hermano menor Amulio no estaba muy de acuerdo con la sucesión, por lo que lo destronó (Numitor se vio obligado a huir) y mandó asesinar a todos sus sobrinos. Sólo dejó viva a una, Rea Silvia, a condición de que se convirtiera en sacerdotisa de la diosa Vesta. Esta condición conllevaba que Rea Silvia se mantuviera virgen, por lo que no podría tener hijos que algún día reclamaran el trono que habían usurpado a su abuelo. Sin embargo, la leyenda cuenta que Rea Silvia tuvo dos hijos gemelos del dios Marte. Amulio mandó que esos niños fueran arrojados al Tíber, pero la sirvienta encargada de hacerlo se apiadó de ellos y los depositó en una cesta que dejó a la deriva en el río.

Rea Silvia y Marte
Y es aquí donde el origen de Roma se entronca con el de Alba Longa, ya que esos gemelos eran nada menos que Rómulo y Remo. A partir de aquí la historia es bastante conocida: ambos gemelos fueron recogidos y amamantados por una loba, hasta que un pastor los recogió y los crio como propios. Años después, los gemelos descubrieron su origen, marcharon a Alba Longa y mataron a Amulio, restituyendo de ese modo a su abuelo Numitor en el trono. Y como es también conocido, Rómulo fundó la ciudad de Roma (matando de paso a su hermano Remo) y dio origen a la dinastía de los siete reyes romanos, que se mantuvieron en el poder hasta el advenimiento de la República. Así pues, los orígenes míticos de ambas ciudades están entrelazados, lo que no fue obstáculo para que años después se enzarzaran en guerra.

El enfrentamiento entre las dos ciudades

Más allá de las leyendas sobre el origen de ambas ciudades, Tito Livio nos narra el episodio de cómo Roma llegó a conquistar y destruir a la ciudad de Alba Longa. Todo comenzó cuando alrededor del año 673 a.C. subió al trono romano su tercer rey, Tulio Hostilio. A diferencia de su antecesor Numa Pompilio, un hombre pacífico y devoto de los dioses, el nuevo rey era descreído y belicoso y buscó expandir los dominios de Roma. Y para ello, lo primero que debía hacer era derrotar a la vecina ciudad de Alba Longa.

Situación de Roma y Alba Longa
Las primeras hostilidades se desataron cuando grupos de campesinos romanos empezaron a saquear tierras de los campesinos de Alba Longa. Los albanos en represalia hicieron lo mismo con las tierras romanas, en una escalada de tensión que motivó que ambas ciudades enviaran legados para pedir la devolución de todo lo robado. Tulio Hostilio, que no deseaba la paz, se apresuró a despedir a la delegación albana declarando la guerra. A partir de ese momento la batalla era inevitable. El ejército de Alba Longa, al mando de su rey Cayo Cluilio, marchó contra Roma. Sin embargo, un acontecimiento provocó que las cosas no se desarrollaran como se había previsto en un principio: el rey albano enfermó y murió en el campamento de su ejército.

Tulio Hostilio
Sin tiempo para nombrar un nuevo rey que dirigiera al ejército en la batalla, los albanos nombraron a un dictador llamado Mecio Fufecio. A diferencia del fallecido rey, Mecio se daba cuenta de que una batalla entre ambas ciudades las debilitaría fuera cual fuera el resultado, por lo que las dos quedarían a merced de sus vecinos etruscos. Así pues, una vez formados los ejércitos para la batalla, el dictador albano envió delegados al rey romano ofreciéndole un acuerdo: en lugar de decidir la suerte de las ciudades en una batalla campal, ambos bandos elegirían sus campeones. Éstos serían los que se enfrentarían entre sí, y aquellos que ganaran quedarían dueños del campo de batalla y la ciudad perdedora se sometería a la vencedora.

La batalla de los trillizos

Los argumentos de Mecio debieron ser muy convincentes, ya que ambas partes acordaron que la supremacía se dirimiera en un combate entre tres representantes de cada uno de los ejércitos. De este modo se evitaría un grave derramamiento de sangre y ambas ciudades mantendrían sus ejércitos intactos para protegerse de posibles intentos de los etruscos de aprovechar la situación. Según el pacto alcanzado, la ciudad cuyos campeones resultaran vencedores anexionaría a la ciudad perdedora. Ambos pueblos estaban convencidos que les iría mejor bajo un único mando ya que por fin habría paz entre ellos, y el combate decidiría quién sería el que mandase (las palabras exactas de Tito Livio son “convinieron en que la victoria señalase cuál de los dos pueblos había de tener el imperio”).

"El juramento de los Horacios" de Jacques Louis David
La particularidad estribaba en que los combatientes debían ser hermanos trillizos. Se eligieron, por parte romana, a los hermanos Horacios, mientras que por parte albana los escogidos fueron los hermanos Curiacios. Se da además la curiosa circunstancia de que los dos grupos de combatientes eran primos entre sí, ya que eran hijos de dos hermanas, una casada con el romano Publio Horacio y la otra casada con el albano Curiacio Albino. Además, su relación era tan buena que habían concertado alianzas matrimoniales entre ellos y sus respectivas hermanas. Pero a pesar de todo esto, los dos grupos de hermanos se juramentaron para luchar hasta la muerte por su ciudad.

Victoria de Horacio sobre los Curiacios
A medida que iban acercándose al campo de batalla, cada pueblo iba sembrando el suelo de flores a su paso y les colocaba guirnaldas en la cabeza. El grupo romano iba dirigido por el rey, mientras que el albano era llevado por su capitán. Cuando ambos grupos se encontraron se abrazaron, para acto seguido prepararse para el combate. Cuando se dio la señal de comienzo, los dos grupos de trillizos se lanzaron a la lucha. A las primeras de cambio, dos Horacios resultaron muertos, mientras que los tres Curiacios seguían en pie. Sin embargo, el Horacio restante estaba ileso, mientras que los albanos estaban heridos de diversa consideración.

Tito Livio
Así pues, el romano restante, consciente de que no sobreviviría a un combate contra sus tres rivales a la vez, decidió conducirse con astucia. Salió corriendo simulando huir, perseguido por los Curiacios. Al estar éstos heridos, corrían a distinta velocidad, por lo que el Horacio superviviente los fue esperando y enfrentando uno a uno. Fue así como consiguió derrotar a los tres Curiacios en combate singular. Horacio despojó de sus armas a los vencidos, como señal de victoria. Roma había ganado, y ahora dominaba también a la vecina Alba Longa, algo que fue reconocido de forma inmediata por los albanos.

La muerte de Camila

Horacio regresó a Roma vitoreado por el ejército y el pueblo y cargado con las armas de sus adversarios. Sin embargo, no todos compartían la alegría. Camila, hermana de los Horacios, estaba prometida con uno de los hermanos Cuariacios, por lo que al ver regresar a su hermano con los despojos de sus enemigos (entre ellos, un manto guerrero que ella misma había bordado para su novio) comenzó a llorar desconsoladamente y a llamar por su nombre a su prometido muerto. Horacio, al verla así, se puso furioso y la mató mientras gritaba:

“Marcha con tu amor a destiempo a reunirte con tu prometido, ya que te olvidas de tus hermanos muertos y del que está vivo, ya que te olvidas de tu patria. Muera de igual modo cualquier romana que llore a un enemigo”

A pesar de la victoria, Horacio fue juzgado por haber matado a su hermana, y condenado a la pena capital. Sin embargo, su padre pidió indulgencia argumentando que acababa de hacer un gran servicio a la ciudad. El pueblo, conmovido por las lágrimas del padre y la valentía que había mostrado el joven, le perdonó la vida. Sin embargo, obligó a la familia a purgar el crimen con un sacrificio que se mantuvo durante muchos siglos. Dicho sacrificio recibió el nombre de “tigillum sororium” (que puede traducirse por el “travesaño de la hermana”).

Muerte de Camila
No sabemos con exactitud en qué consistieron los ritos que se llevaron a cabo. Tito Livio sólo menciona que, después de que el padre realizara unos sacrificios expiatorios, atravesó un tronco en la calzada (el tigillum sororium) e hizo pasar bajo él a Horacio, como si fuese un yugo. La ceremonia de pasar debajo de un yugo era un antiguo rito de humillación en el mundo latino y sabino, y se aplicaba a las tropas derrotadas como señal de ignominia (véase mi artículo sobre “Las Horcas Caudinas”). Lo que sí sabemos es que dicho rito pasó a ser una tradición familiar de la familia Horacia que se celebraba en las calendas (día 1) de octubre y se mantuvo hasta fechas tan tardías como el siglo IV (aunque en tiempos imperiales su realización corría a cargo del Estado).

Victoria de Tulio Hostilio sobre Veyes
La ciudad de Alba Longa fue anexionada a Roma y poco después, tras un intento de traición albana, destruida completamente y sus habitantes llevados a Roma. Se les concedió a todos la ciudadanía romana, y a los miembros de su nobleza se les dio el rango de patricios y se les incorporó al Senado. Una de esas familias fue la de los Julios, que siglos más tarde nos dio la figura de Julio César y la primera dinastía imperial. A esa familia perteneció, como sabemos, el dictador César. En cuanto al rey romano Tulio Hostilio, la leyenda relata que encolerizó a Júpiter de tal modo que el dios lo fulminó con un rayo, aunque Tito Livio da una versión bien diferente: fue asesinado por nobles descontentos con su mandato. Cosas de ser rey.
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Desmontando bulos (III): de dioses que no nacieron el 25 de diciembre

Siguiendo con la serie de artículos en los que tratamos de desmentir algunos de los bulos históricos que circulan por internet y las redes sociales, hoy le toca el turno a una conocida imagen que se repite por doquier, sobre todo a finales de año. Si nos dieran un euro por cada vez que la hemos visto compartida en Facebook, Twitter o en blogs de “Misterios y ciencias ocultas”, es muy probable que a estas alturas estuviéramos viviendo en el Caribe a cuerpo de rey. Y si añadiéramos algo más por cada vez que la imagen se acompaña del texto “lo que la Iglesia Católica no quiere que sepas” sin duda tendríamos nuestra propia isla particular.

Supuestos dioses que nacieron el 25 de diciembre
Y es que lo mismo que cuando se acerca el final de noviembre empiezan a aparecer las imágenes de esclavos y su relación con el “viernes negro” (visto en un artículo anterior), cuando se acerca el día de Navidad comienzan a verse en las redes sociales imágenes de un montón de dioses que supuestamente nacieron el 25 de diciembre. En lo que parece ser una copia de “La Última Cena”, se pueden ver distintos personajes mitológicos junto a su fecha de nacimiento, que casualmente siempre es un 25 de diciembre. El propósito de la imagen sin duda es la de desacreditar la celebración cristiana dando a entender que es una mala copia de otras religiones. Sin entrar en eso (que cada uno crea y celebre lo que le dé la gana), vamos a desmentir una a una esas coincidencias de natalicios divinos.

¿Cuándo nació Jesús?

Lo primero que hay que decir es que en los Evangelios no viene fecha alguna del nacimiento de Jesús. Si tomamos en cuenta los datos de que disponemos en ellos (que hablan de pastores y rebaños durmiendo al aire libre), los expertos opinan que la fecha tendría un rango que iría de abril a septiembre, ya que bajo ningún concepto los pastores o los rebaños dormirían al raso en pleno invierno. Así pues, ¿por qué se impuso la fecha del 25 de diciembre como el día en que Jesús nació? No hay una única respuesta, pero veamos algunas hipótesis.

Pintura del nacimiento de Jesús
Una explicación de que prevaleciera la fecha del 25 de diciembre fue la de competir directamente con la festividad del Sol Invicto, una celebración en la que se festejaba que los días, a partir de ese momento, se irían haciendo más largos. Sin embargo, no se trata de una festividad del nacimiento del Sol, sino de un ritual más parecido a la muerte y resurrección del astro rey. Hay sin embargo quien dice que esa festividad es tardía (del año 274, concretamente), y que varios años antes ya se celebraba la Navidad el 25 de diciembre. En el año 221, el escritor Sexto Julio Africano publicó el libro “Chronographiai”, en el que fija la fecha de la Anunciación (y por tanto de la concepción) el 25 de marzo. No había más que sumar 9 meses para que la fecha del 25 de diciembre se estableciera como la del nacimiento de Jesús. No obstante, la polémica sigue abierta.

Los otros dioses: los de la izquierda de la imagen…

Ya el epígrafe anterior refuta toda la imagen de los distintos dioses nacidos el mismo día. No obstante, y para dejar las cosas aún más claras, ninguna de las otras divinidades que aparecen nació tampoco en esa fecha. La mayoría ni siquiera nació en el año que se indica, lo que nos da una idea del nivel del creador de la imagen (que al parecer se basó en un “documental” hecho con más voluntad y mala leche que acierto y rigor histórico). Y es que el sensacionalismo forma parte fundamental de la cultura del meme: ya saben, pongan una imagen llamativa, escriban cualquier barbaridad y serán virales.

Hermes
Para empezar con un cierto orden (de izquierda a derecha), comenzaremos con Hermes. Lo primero que hay que decir es que no sólo no hay evidencia alguna de que el 25 de diciembre fuera el día en que nació (ya que no aparece en ninguna fuente), es que es imposible que naciera en el año que se indica (200 a.C.). Este dios ya aparece en la obra de Homero “La Ilíada”, que se escribió entre los siglos VIII y VII a.C., así que no sabemos de dónde se saca el dato de su nacimiento. Sobre este dios de los mensajeros, los cultos secretos (de él proviene la palabra “hermético”) y de los ladrones, hay que decir que tiene un equivalente en la mitología romana en la figura de Mercurio.

El triunfo de Baco, de Velázquez
Siguiendo con el orden que nos hemos marcado, el siguiente en aparecer es Dionisos (aunque en la imagen aparece con el erróneo nombre de “Dionisio”). Este dios, mucho más conocido por su equivalente romano Baco, tuvo un nacimiento más que peculiar, ya que fue gestado en el muslo de su padre Zeus después de que su madre Sémele muriera por los engaños de Hera, la celosa esposa de Zeus (por eso a Dionisos se le conoce con el sobrenombre de “el de las dos madres”). Protagonista de muchos cultos mistéricos, en los que se celebra su doble nacimiento como una metáfora de la muerte y resurrección, este dios no tiene fecha de nacimiento conocida (ni año ni día), por lo que la afirmación de que vino al mundo un 25 de diciembre del año 500 a.C. es cuando menos aventurada. Y contrariamente a lo que también sostienen algunos iluminados, tampoco nació de una virgen.

Nacimiento de Buda
Seguimos con Buda. También tuvo un nacimiento singular (según algunas corrientes del budismo), ya que lo hizo a través del costado de su madre Maya. No se sabe con exactitud el año (se especula los siglos VI o V a.C.) ni la fecha de su nacimiento, pero dependiendo del país y del año su cumpleaños se celebra en distintos días de abril o mayo; incluso en años bisiestos puede caer a principios de junio. Esta disparidad de fechas se debe a los distintos calendarios religiosos que se siguen en los diferentes países de religión budista. En cualquier caso, ninguno de estos días está cerca del 25 de diciembre, por lo que también debemos descartarlo.

Zaratustra
Continuamos con Zaratustra. No se sabe tampoco cuándo nació, y se especula con fechas que van desde el siglo XIV o XIII a.C. hasta el siglo VI a.C., e incluso un investigador propuso una fecha tan lejana como el 6300 a.C. como año de su nacimiento. También hay controversia con el personaje en sí, ya que algunos eruditos creen que “Zaratustra” era un título que llevaron 4 maestros, siendo Zoroastro (al que tradicionalmente se identifica con él) el último de ellos. En cualquier caso, y dependiendo de la secta que lo celebre, su cumpleaños se festeja entre los meses de junio, julio y agosto. En Irán se celebra un festival en su honor el 26 de marzo. Como ven, todas estas fechas también están bastante lejos del 25 de diciembre.

Relieve que representa a Krishna
Del siguiente, Krishna, se cuentan auténticas maravillas, desde que fue trasplantado del útero de su madre al de otra esposa de su padre para evitar que su malvado tío lo matara, hasta que una vez de bebé lo ataron por el vientre a un mortero de madera y para escaparse gateando arrancó dos árboles. También se dice de él que mató sistemáticamente a todos los que su tío envió para asesinarlo, hasta que a los 16 años se hartó y fue él mismo a la ciudad y finiquitó a su tío el rey. La fecha de su nacimiento (que es lo que nos interesa) no es conocida, pero su cumpleaños se celebra en agosto o septiembre, dependiendo del año.

… Y los de la derecha de la imagen

Pasamos ahora al otro lado de la mesa y comenzamos con el dios egipcio Horus. Hijo de Isis y Osiris y concebido milagrosamente de su resucitado padre, mantuvo una cruenta batalla con su malvado tío Seth en la que perdió un ojo. En cuanto a la fecha de su nacimiento, si bien muchos piensan que nació un 24 o 25 de diciembre al ser el día del solsticio de invierno, en realidad esta fecha estaría más relacionada con Ra, dios del Sol y no con él, un dios lunar. Como casi todos los que hemos visto anteriormente, el día de su venida al mundo no está claro pero la mitología egipcia tradicional señalaba que su nacimiento (y el de otros dioses egipcios, como Osiris, Isis, Seth y Neftis) ocurrió durante los llamados días epagómenos, que van del 24 al 28 de agosto.

Horus
El siguiente dios que aparece en la imagen es Mitra, quizá uno de los que con más fundamento podría defenderse ciertas analogías con el culto cristiano. Para empezar, su introducción en el panteón tardío romano proveniente de Persia, rivalizó durante mucho tiempo con la religión cristiana, y de hecho el Cristianismo tomó algunas características suyas. Una de las que se especula fue precisamente la fecha de la Navidad (aunque, como hemos visto, hay controversia). No obstante, hay que decir que el 25 de diciembre en el Mitraísmo no suponía la celebración del nacimiento de Mitra, sino que era un ritual de muerte y resurrección del dios, identificado con el Sol (esta identificación fue fruto a su vez del sincretismo del culto mitraico con el del Sol Invictus romano). Además, esta fecha se instituyó en el culto tardío a Mitra, en los siglos III y IV. Por otra parte, en el culto persa al dios no se celebra su nacimiento por ser desconocido.

Mitra
Continuamos con Heracles, cuyo equivalente romano es el conocido Hércules. La infancia de este fruto de otra infidelidad de Zeus es asombrosa, empezando porque nació junto a una hermana legítima (hija del marido de su madre), pasando por el hecho de que estranguló en su cuna a dos serpientes enviadas por la celosa Hera (esposa de Zeus) para matarlo, y acabando por el mito de que Zeus engañó a Hera para que lo amamantase y al darse cuenta ésta del engaño lo apartó bruscamente, dando así origen a la Vía Láctea. Los griegos celebraban su nacimiento en el cuarto día de cada mes de su calendario, por lo que se nos antoja difícil que fuera un 25 de diciembre. Además, no sabemos de dónde sale el dato de que nació en el año 800 antes de nuestra era.

Trabajos de Hércules
Y seguimos con Tammuz. Este dios babilónico recibió el nombre de Dumuzi en el panteón sumerio y figura como el quinto rey predinástico en el periodo legendario, el que se desarrolló antes del Diluvio Universal. Una de las cosas que se afirman de él es que reinó la friolera de 36.000 años, por lo que se nos antoja complicado que su año de nacimiento fuera el 400 antes de Cristo. Parece ser que su esposa lo enviaba al inframundo durante los 6 meses más calurosos del año en castigo a su mal comportamiento con ella, y volvía en el equinoccio de otoño (alrededor del 21 de septiembre), fecha en la que se conmemoraba su festividad.

Tammuz
Por cierto, los griegos identificaron a Tammuz con Adonis, el último de esta larga lista de dioses y semidioses. De este ser de extraordinaria belleza, cuyos favores se disputaban las diosas Afrodita y Perséfone, y al que Zeus obligó a vivir 4 meses con cada una (los otros 4 los pasaría con quien quisiera, pero prefería volver con Afrodita), se cuentan varios mitos de su nacimiento. Uno de ellos dice que fue fruto del incesto y que su madre, Mirra, fue transformada en el árbol del mismo nombre, del que nació Adonis. Su fiesta era denominada Adonia, y se celebraba a mediados de verano. Tenemos constancia de la celebración de dicha fiesta en el año 270 a.C., por lo que se nos antoja bastante difícil que el año de nacimiento del personaje fuera el año 200 antes de nuestra era.

Muerte de Adonis
Y no me gustaría acabar sin repetir el consejo que doy siempre: no se crean todo lo que circula por internet. Sean críticos y, en caso de duda, traten de confirmar la información por otras fuentes. Feliz Navidad, cuando llegue.
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Diógenes de Sínope, un filósofo singular

Quizás una de las anécdotas más conocidas de la Historia de la Filosofía es la que narra que Alejandro Magno, cuando se disponía a ir a Asia junto a sus ejércitos a luchar contra el imperio Persa, pasó por Corinto y solicitó conocer al filósofo que “vivía con los perros”. Cuando Alejandro llegó, vio a un hombre semidesnudo acostado en el suelo y que vivía en condiciones lamentables: dormía en una tinaja rodeado de una jauría de perros y apenas tenía bienes materiales; así que le preguntó si podía hacer algo por él. El filósofo, algo irritado por la interrupción de su meditación, le dijo con malos modos “Apártate, me tapas el Sol”. Alejandro no sólo no se tomó a mal la respuesta, sino que declaró que “De no ser Alejandro, yo habría deseado ser Diógenes”.

Diógenes en "La Escuela de Atenas"
Y es que el filósofo en cuestión se llamaba Diógenes de Sínope y era el máximo exponente de la escuela cínica, una corriente filosófica que consideraba despreciables los usos y costumbres de la sociedad y propugnaba vivir con lo mínimo imprescindible, despreciando los placeres mundanos. La vida de Diógenes es una fuente de anécdotas, muchas de ellas apócrifas, coleccionadas siglos después por otros autores (particularmente un historiador del siglo III llamado Diógenes Laercio). Y si bien cabe preguntarse si muchas de ellas son ciertas, nos dan una idea de la filosofía y la forma de vida que este filósofo propugnaba. En este artículo veremos algunas de ellas.

Exiliado de Sínope

De los primeros años de Diógenes se sabe bastante poco. Nacido en el 412 a.C. en la colonia griega de Sínope, a orillas del mar Negro, era hijo de un banquero llamado Hicesias. Ambos fueron desterrados de su ciudad natal al estar mezclados en un fraude de moneda falsa, algo corroborado por la arqueología, ya que se han descubierto allí una gran cantidad de monedas falsas fabricadas con un gran formón y otras monedas con el nombre de Hicesias (al parecer, este fraude se perpetró más por motivos políticos que económicos, ya que había una gran disputa entre las facciones pro-persa y pro-griega en la ciudad).

Encuentro de Diógenes y Alejandro
El exilio lo llevó a Atenas, donde tomó contacto con las distintas corrientes filosóficas de la ciudad. Sin embargo, pronto se sintió decepcionado con la superficialidad de sus ciudadanos, ya que en su opinión no se preocupaban de lo que realmente estaba mal sino de lo que socialmente se consideraba malo. Esto le llevó a contactar con Antístenes, uno de los más fieles discípulos de Sócrates (estuvo presente durante su suicidio), fundador de una escuela filosófica en Cinosargo (palabra que significa “perro ágil o veloz”) y que por ello recibió el nombre de escuela cínica (“iguales a los perros”). Precisamente de este encuentro se narra una de las primeras anécdotas de Diógenes (aunque muy probablemente sea falsa).

Antístenes
La anécdota cuenta que Antístenes rechazó a Diógenes ya que no admitía discípulos. Diógenes insistió, pero Antístenes no dio su brazo a torcer e incluso le amenazó con el bastón. Ante esa actitud, Diógenes le dijo: “no hay un bastón lo bastante duro para que me aparte de ti, mientras piense que tengas algo que decir”. Digo que la anécdota es con toda probabilidad falsa porque Antístenes sí que admitía discípulos, pero sólo jóvenes de clases desfavorecidas que no podían pagarse ir a otro tipo de escuelas. En cualquier caso, Diógenes puso en práctica de forma radical las enseñanzas de su maestro, que se basaban en prescindir de todo lo superfluo como forma de alcanzar la felicidad y la sabiduría.

Como curiosidad, cuando Diógenes llegó a Atenas lo hizo acompañado de un esclavo llamado Manes. Este esclavo terminó abandonándolo, sin embargo Diógenes se lo tomó bien y declaró: “Si Manes puede vivir sin Diógenes, ¿por qué Diógenes no va a poder sin Manes?”. Esta anécdota es una muestra de la filosofía que llevaría a lo largo de su vida.

El perro como sinónimo de libertad ante las convenciones sociales

Como ya hemos mencionado, Diógenes puso en práctica de forma radical las ideas de su maestro Antístenes. Para ello, utilizó la ironía y la burla como una forma de poner en evidencia aquello que consideraba como errores e hipocresías de sus conciudadanos. Creía que el comportamiento de los animales era una metáfora perfecta de la liberación frente a la sociedad, y de este modo, haciendo suya la forma despectiva con la que llamaban a sus ideas (cínicas, iguales que los perros) se hizo rodear de una jauría de esos animales y declaraba ser como ellos: “Halago a los que dan, ladro a los que no lo hacen y muerdo a los malos”. Consideraba que para ser hombre debía librarse de las convenciones sociales, y para eso debía primero comportarse como un perro.

Representación de Diógenes
De hecho, respondía a los que llamaban así haciendo gala de un comportamiento similar a los perros. Una vez unos hombres le tiraron unos cuantos huesos mientras se reían de él; Diógenes mantuvo la calma, se acercó a ellos y les orinó encima. En otra ocasión contestó a los que se burlaban de él llamándole “perro” mientras comía en el ágora (la plaza principal de la ciudad) gritándoles “¡Perros vosotros, que me rondáis mientras como!”. Asimismo, cuando Platón lo llamó así le contestó “Sí, ciertamente soy un perro, pues regreso una y otra vez junto a los que me vendieron”. Finalmente, decía de él mismo que era “un perro de los que reciben elogios, pero con el que ninguno de los que lo alaban quiere salir a cazar”.

Diógenes en su tinaja
Las polémicas con Platón eran constantes. Éste lo definió como un “Sócrates delirante” y Diógenes estaba atento a lo que Platón enseñaba para ridiculizarlo. En cierta ocasión, enterado de que Platón había definido al hombre como un “bípedo sin plumas”, Diógenes cogió una gallina, la desplumó y la soltó en mitad en los muros de la Academia diciendo “aquí tenéis al hombre de Platón”. Sin embargo, éste fue rápido de reflejos y modificó su definición: “El hombres es un bípedo sin plumas y de uñas anchas”. En otra ocasión, Platón encontró a Diógenes lavando unas lechugas en una fuente para comérselas, y le dijo “¡Diógenes, si tú sirvieras a Dionisio, de seguro no tendrías que lavar lechugas para comer!”. Diógenes, sin alterarse, se acercó a Platón y le susurró al oído: “Y si tú lavaras lechugas, Platón, de seguro no tendrías que servir a Dionisio para comer”.

La pobreza extrema como denuncia

Uno de los rasgos más conocidos de Diógenes es su renuncia a los bienes materiales, como forma de poner de manifiesto la vanidad humana. Sus únicas posesiones eran un zurrón, un bastón, la tinaja en la que vivía, un plato en el que comía y una escudilla con la que bebía agua. Aun así, vio una vez a un niño beber agua con sus manos y dijo “este niño me ha enseñado que todavía tengo cosas superfluas”, por lo que decidió desprenderse de ella. Asimismo, vio a otro niño poner las lentejas de su comida en un trozo de pan, por lo que también tiró su plato. Iba siempre descalzo, y en verano se revolcaba en arenas ardientes y en invierno se abrazaba a las estatuas cubiertas de nieve para, según él, acostumbrarse a los rigores.

Platón
Este desprecio a las posesiones le llevaba a menudo a utilizar los bienes materiales como instrumento de sus puyas. Por ejemplo, en una ocasión en que alguien puso un candil a la entrada de su tinaja, lo usó a plena luz del día diciendo que “buscaba un hombre honesto”, dando a entender a todos con los que se cruzaba que ellos no lo eran. Otra vez vio como los sacerdotes de un templo llevaban a alguien que había robado una vasija perteneciente al tesoro y dijo: “Los ladrones grandes llevan preso al pequeño”. Finalmente, un hombre rico le invitó cierto día a cenar en su casa; mientras le enseñaba las riquezas de su mansión le prohibió que escupiera en el suelo, a lo que Diógenes respondió escupiéndole en la cara, ya que “era el sitio más sucio que había encontrado”.

Muerte de Sócrates
Mendigaba con frecuencia, ya que dependía de la caridad para comer; lo curioso es que lo hacía mientras gritaba a los transeúntes “Si ya has dado a alguien, dame también a mí; si no, empieza conmigo”. Solía decir también que la gente daba limosna a los mendigos pero no a los filósofos porque “piensan que, algún día, pueden llegar a ser inválidos o ciegos, pero filósofos, jamás”. En cierta ocasión se le vio mendigar a una estatua, y cuando le preguntaron por qué lo hacía repuso: “Me ejercito en fracasar”. Otra vez pidió limosna a un hombre famosos por su mal carácter; cuando éste le dijo que le daría algo si lograba convenecerle, Diógenes le contestó “Si fuera capaz de persuadirte, lo haría para que te ahorcaras”.
  
Otra representación de Diógenes y Alejandro
Una de las cosas que solía afirmar es que las cosas de mucho valor tenían poco precio y que las cosas caras eran poco valiosas, y ponía como ejemplos las altas cantidades que se pagaban por algo tan superfluo como una estatua frente a lo poco que se pagaba por la harina o el pan. Es irónico que en la actualidad se denomine “Síndrome de Diógenes” a la acumulación incontrolada de todo tipo de cosas, incluida basura, cuando el filósofo que le da nombre se distinguió precisamente por renunciar a todos los bienes materiales.

La burla como forma de transmitir sus ideas

Al igual que con Platón, Diógenes se servía de la burla para ridiculizar las ideas de otros filósofos. En cierta ocasión escuchaba a un discípulo de Zenón de Elea negar el movimiento, y en respuesta se levantó y empezó a andar. Cuando alguien que le escuchaba le reprochó “Te dedicas a la Filosofía y nada sabes”, Diógenes le contestó “Aspiro a saber, y eso es justamente la filosofía”. En una ocasión un joven le pidió ser su discípulo; Diógenes le dio un atún y le ordenó seguirlo donde fuera. Como al poco rato se cansó de hacer el ridículo, el joven tiró el atún y se fue. Cuando un tiempo después se volvieron a encontrar, Diógenes le dijo riéndose: “Un atún ha echado a perder nuestra amistad”.

Estatua de Diógenes
Pero no sólo los filósofos eran objeto de sus burlas. Cierta vez se acercó a un orador de nombre Anaxímenes, que era muy gordo, y le dijo “Concede a nosotros, mendigos, parte de tu estómago; nosotros saldremos ganando y para ti será un gran alivio”. Además, en cierta ocasión en que este orador daba un discurso se puso a agitar un pescado entre la multitud; como sea que Anaxímenes perdió el hilo y dio por terminado el discurso, Diógenes exclamó “Un pescado de un óbolo desbarató el discurso de Anaxímenes” (el óbolo era una moneda griega).

Buscando un hombre honesto
Claro que a él tampoco le gustaba que no le prestaran atención. Cierta vez que disertaba sobre un tema para él muy serio y nadie le hacía caso, se puso a trinar. La gente, extrañada, empezó a congregarse alrededor suyo, y él les reprochó que se apresuraran ante los que hacían tonterías y no escucharan los temas serios. Los que le conocían se extrañaban de que todos los días saludara cordialmente a un músico que al parecer era muy malo; Diógenes respondía que le respetaba porque “Como es, toca”. Se burlaba de todo y de todos. Y si bien los que le escuchaban a menudo también se burlaban de él, a la vez le temían y le respetaban.

La provocación y el desprecio de las convenciones sociales

A estas alturas ya deberíamos tener claro que Diógenes despreciaba profundamente las convenciones sociales de sus conciudadanos, y buscaba ridiculizarlas. Para ello hizo gala de un comportamiento antisocial y subversivo que a través de la provocación. Una de sus conductas más provocadoras consistía en hacer sus necesidades y masturbarse en público. Argumentaba que ambas cosas eran naturales y por tanto no deberían requerir privacidad, y a quienes le reprochaban su conducta les respondía “¡Ojalá, frotándome el vientre, el hambre se extinguiera de una manera tan dócil!”.

Estatua de Diógenes en Estocolmo
Repetía incesantemente que prefería la compañía de los cuervos a la de los aduladores, pues “los cuervos devoran a los muertos; los aduladores, a los vivos”. Azote de supersticiosos, a una mujer que estaba postrada rezando a los dioses le dijo que su postura era ridícula, pues si los dioses estaban en todas partes podía estar en ese momento detrás de ella y su postura resultaría irreverente. Se divertía estornudando a la izquierda de los que sabía que creían en supersticiones (algo de mal agüero), y a los que veía consultar el significado de algún sueño, les reprochaba que se preocuparan más por lo que hacían dormidos que por su conducta estando despiertos.

En su tinaja
Poco se sabe de la muerte de Diógenes. Circularon varias versiones: la ingestión de un pulpo vivo, la caída de un caballo… Incluso hubo quién afirmó que se suicidó aguantando la respiración (algo biológicamente imposible). Parece ser que sus últimas palabras fueron “Cuando me muera, echadme a los perros. Ya estoy acostumbrado”. Filósofos posteriores le admiraron, e incluso Epicteto le recordó como modelo de sabiduría. En la ciudad de Corinto le recordaron con una columna de mármol que coronaba la figura de un perro descansando.
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Mitos y verdades de los gladiadores

Las luchas de gladiadores suponen una parte importante del imaginario colectivo que asociamos con los romanos. De hecho, una de las primeras cosas que nos imaginamos cuando pensamos en la Antigua Roma es un anfiteatro (preferiblemente el grandioso Coliseo, con una capacidad de 80.000 espectadores) lleno de una multitud enfervorizada y gritando mientras señalan con sus pulgares hacia arriba o hacia abajo. Y en la arena, repleta de cuerpos inertes y sangre, los dos últimos luchadores batiéndose a muerte ante la atenta mirada del Emperador. Algunos puede que se acuerden de Espartaco y afirmen que el famoso tracio fue el primero en rebelarse contra la esclavitud de su condición (algo que no es verdad, ya que hubo otras dos rebeliones anteriores).

Representación de un combate de gladiadores
Lo malo es que casi todo lo que conocemos de la vida de los gladiadores es, como mínimo, exagerado (si no directamente falso). En ocasiones la confusión se debe al efecto embrutecedor de Hollywood o de la televisión (en especial, de algunas series muy populares como “Spartacus”), en otras a tópicos repetidos hasta la saciedad que han llegado a convertirse en “conocimiento popular”, e incluso en otras a la errónea interpretación de un cuadro. Al igual que ya hicimos antes con algunas mentiras sobre los romanos, les propongo ahora un recorrido por las mentiras y mitos que jalonan lo que creemos conocer sobre los combates de gladiadores.

El origen de las luchas de gladiadores

En un principio, las luchas singulares ante el público no tenían una función recreativa, sino religiosa. Hay constancia de que se desarrollaron por gran parte del mundo mediterráneo como tributo a los muertos importantes. Aunque podemos encontrar este tipo de luchas funerarias en lugares como España o Grecia (existen vasijas que representan las luchas funerarias en las exequias por Patroclo, amigo y amante de Aquiles, en la Guerra de Troya), las más elaboradas de las que tengamos noticias se producían en los complejos ritos funerarios de los etruscos. Estos combates formaban parte del tributo al fallecido, junto a otros rituales como banquetes e incluso sacrificios humanos (aunque en esto hay controversia).

Mosaico con gladiadores
En esta cultura, los contendientes (llamados bustuarii) podían ser soldados voluntarios o prisioneros de guerra. Los luchadores ejecutaban un combate ritual más coreográfico que real, donde el ruido de las armas servía para honrar al difunto y a la vez ahuyentar posibles demonios que dificultaran el tránsito del alma hacia el más allá. No obstante, en ocasiones los combates eran a muerte. Existen evidencias de que estos rituales se producían ya desde el siglo VI antes de Cristo. De los etruscos pasaron a los romanos, también como parte de las exequias de los fallecidos. El primer combate de este tipo que recogen las crónicas data del año 264 a.C. en los funerales del padre del patricio Marco Décimo.

El Coliseo, en Roma
En principio el combate se realizaba en el mismo funeral, pero a medida que se fueron añadiendo luchadores se fue separando del acto funerario en sí. Con el tiempo, estas luchas perdieron su carácter religioso y se convirtieron en un espectáculo de masas. Los contendientes recibieron el nombre de “gladiadores” por el gladius, una espada corta que era el arma más utilizada (aunque disponían de muchas más). Augusto dictó una regulación de estos espectáculos, estableciendo quién, cómo y cuándo podían organizarse (entre otras cosas, prohibió que hombres y mujeres pudieran sentarse juntos). Naturalmente, los juegos que organizaban los distintos emperadores eran los más destacados, durando varias jornadas (Trajano organizó unos que se alargaron durante 123 días).

No todos eran esclavos

Existe la creencia general de que los gladiadores eran esclavos, criminales o prisioneros de guerra a los que se les obligaba a luchar entre sí. Esto no es del todo cierto. Si bien muchos respondían a esta condición, existían luchadores voluntarios que se vinculaban a un entrenador (llamado lanista) por un contrato, generalmente de cinco años y renovable. Estos gladiadores voluntarios (llamados autoracti) solían combatir sólo unas cuatro veces al año, ganaban por combate más que un soldado del ejército en un año (a lo que había que añadir los regalos de sus admiradores), comían bien y tenían cuidados médicos sólo reservados para los ricos. Como eran con diferencia los que mejor luchaban, estos gladiadores libres se convertían en auténticos ídolos de las masas.

Mosaico de Zliten
Algunos de los gladiadores más célebres eran autoracti. Uno de ellos fue Marco Atilio, nacido ciudadano romano pero convertido en gladiador en un intento de saldar sus numerosas deudas, y cuyas hazañas fueron inmortalizadas en mosaicos descubiertos en 2007. O Tetraites, un gladiador que luchaba con un casco semejante a la figura de un pez, una espada corta, un enorme escudo rectangular, protectores de brazos y espinilleras, y del que se descubrieron cerámicas con ilustraciones suyas en lugares tan lejanos como Francia e Inglaterra. Y no olvidemos mencionar a Spiculus, al que Nerón concedió enormes riquezas y del que se cuenta que el emperador solicitó su presencia tras ser depuesto, pues quería morir por su espada (desgraciadamente para Nerón, Spiculus no fue encontrado y se tuvo que suicidar con otra arma).

Spiculus
No obstante los ejemplos anteriores, la vida de los gladiadores no era fácil. Pese al dinero y la admiración que despertaban (sobre todo entre las mujeres), estaban situados en lo más bajo de la escala social, junto a actores y prostitutas. De hecho, su testimonio no era válido en los juicios. A todo ello había que añadir el riesgo propio de los combates, pues aunque muy pocas veces las luchas acababan en muerte (Augusto llegó a prohibirlas) siempre existía el riesgo de morir por las heridas recibidas. Solo después de una dura vida de combates los gladiadores esclavos ganaban el rudis, una espada de madera que se les otorgaba como símbolo de su jubilación. Normalmente nadie pensaba en volver a esa vida, pero existió una excepción en el caso de Flamma, un esclavo de origen sirio que ganó cuatro veces el rudis, pues rechazaba siempre la libertad y optaba por seguir peleando.

Espartaco, uno de los gladiadores más célebres
Como curiosidad, decir que la imagen de que las luchas de gladiadores estaban reservadas a hombres rudos no es cierta, pues también existían mujeres gladiadoras. Algunas de estas gladiatrix eran tan célebres y ricas como los mejores autoracti masculinos. Sus combates eran tan demandados que se celebraban justo después de la caída del sol, en el momento más esperado por los espectadores. Las luchas se desarrollaban de la misma manera que los combates masculinos, con las mismas reglas y las mismas armas. Y finalmente, mencionar que también existieron gladiadores homosexuales, que vivían apartados y que luchaban entre sí, pues sus compañeros heterosexuales se negaban a luchar con ellos.

La mayoría de las luchas no eran a muerte

En efecto, durante la República y el Alto Imperio menos del 10% de los combates se saldaban con la muerte de alguno de los contendientes. Esto era así tanto en combates entre autoracti como en luchas entre esclavos. La razón era el alto coste que comportaba entrenar y mantener a los gladiadores, de modo que Augusto llegó a prohibir las luchas a muerte. Además, reguló la compensación que debían recibir los lanistas en caso de muerte de alguno de sus pupilos. Así pues, la mayoría de los combates eran a primera sangre y ambos contendientes abandonaban la arena por su propio pie. Sólo por accidente o por cobardía manifiesta uno de los luchadores moría.

Mosaico con gladiadores (MAN)
El objetivo del espectáculo era conseguir combates equilibrados. Para ello, se enfrentaban un luchador ligeramente armado y protegido pero rápido contra otro más pesadamente equipado, pero más lento (no en vano podía llevar encima hasta 20 kilos más). Ambos saltaban a la arena descalzos y con el torso desnudo, con protecciones en cintura, brazos y piernas (dependiendo del tipo de gladiador). La lucha contaba con dos árbitros (llamados suma rudis) y duraba lo que uno de los contendientes tardaba en rendirse, normalmente unos 15 minutos. Aunque había combates más largos, como el que enfrentó a Vero y Prisco en el siglo I en el Coliseo; tras varias horas de reñido combate, ambos contendientes se rindieron el uno al otro bajando la espada en señal de respeto mutuo. El emperador Tito, que presidía la lucha, concedió a ambos la libertad y la jubilación.

Cómodo, el emperador gladiador
Después de Augusto, los combates sine missione (sin perdón, es decir, a muerte) se fueron imponiendo poco a poco, lo que llevó a la degeneración del espectáculo y la búsqueda sólo de sangre como diversión. Esto llevó finalmente a la prohibición de los juegos con gladiadores, auspiciada por la cada vez mayor influencia del Cristianismo. Como curiosidad, decir que cuando un gladiador moría el encargado de retirar su cuerpo de la arena iba vestido como el dios etrusco del infierno, blandiendo un gran martillo.

Saludos y gestos

Uno de los tópicos más famosos de las luchas de gladiadores era el gesto con el que los espectadores pedían la muerte o la vida del gladiador vencido. A cualquiera que se le pregunte dirá que la muerte se pedía con el pulgar hacia abajo mientras que la vida se pedía con el pulgar hacia arriba. Lo malo es que todo esto es falso. La confusión se debe a la mala interpretación de un cuadro del pintor francés Jean-Léon Gérôme realizado en 1872 y titulado “Pollice Verso” (Pulgar al revés). En este cuadro se observa un gladiador vencedor esperando la decisión del emperador mientras el vencido pide clemencia extendiendo dos dedos. La multitud enfervorizada pide su muerte con el puño cerrado y el pulgar hacia abajo.

"Police verso", de Jean-Léon Gérôme
El gesto con el que se pedía la muerte del vencido era con el pulgar hacia arriba o hacia un lado (pues el pulgar fuera simbolizaba la espada desenvainada) a la vez que se gritaba “Iugula!” (“¡Degüéllalo!”), mientras que el gesto para pedir el perdón del vencido se hacía con el pulgar dentro del puño, representando la espada envainada. De hecho, en 1997 se descubrió en el sur de Francia un medallón romano del siglo II o III, en el que aparece representado un tribunal con el dedo pulgar introducido en el puño cerrado, cerca de dos gladiadores, con la inscripción “los que estaban serán liberados”. Los gestos con el pulgar hacia arriba o hacia abajo provienen del Cristianismo y simbolizan, respectivamente, ir al Cielo o al Infierno.

Naumaquia
Pero sin duda el rey de los errores en el tema de los gladiadores es el famoso saludo al emperador antes de iniciar los combates. El origen de la confusión está en un texto del historiador Suetonio, quien al narrar una naumaquia (recreación de un combate naval) organizada por el emperador Claudio con condenados a muerte en el lago Fucino, para celebrar el inicio de los trabajos de drenaje, escribió lo siguiente: “Se presentaron los condenados ante el emperador, dispuestos a luchar hasta quedar solo uno en pie y pronunciaron con voz fuerte y grave: ¡Ave, César, los que van a morir te saludan!”. Sin embargo, no existe ningún otro texto donde se mencione este saludo. No obstante, la expresión queda tan bien que no hay película sobre los romanos en la que no salga, lo que ha hecho que se dé por sentado que todos los gladiadores saludaban así antes del inicio de los combates.

El último combate

Según la tradición, la última pelea de gladiadores tuvo lugar el 1 de enero del año 404 en Roma. Parece ser que Telémaco, un monje que provenía de Asia Menor, saltó a la arena a separar a dos gladiadores que estaban combatiendo, consiguiendo parar la pelea. Sin embargo, los espectadores no se sintieron muy satisfechos, por lo que empezaron a apedrear al pobre monje quien acabó muriendo. La Iglesia lo canonizó y lo declaró mártir. La muerte del desdichado San Telémaco sirvió de excusa al emperador Honorio para prohibir las luchas entre gladiadores, cosa que se había intentado hacer antes sin éxito.

Telémaco deteniendo el combate
En realidad existen dudas de que esto realmente fuera así, ya que en el posterior Código Teodosiano del año 438 no está recogida dicha prohibición. Asimismo, ya existía con anterioridad un edicto de Constantino que prohibía y abolía las luchas entre gladiadores. En cualquier caso, sí que es cierto que durante el siglo V no se produjeron peleas de gladiadores en el mundo romano. Y es que la cada vez mayor influencia del Cristianismo en Roma hacía difícil que este tipo de luchas pudieran continuar. Con la desaparición del Imperio Romano de Occidente en el año 476, los gladiadores pasaron a ser un recuerdo y entraron definitivamente en el campo de la leyenda.
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