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Los burgueses de Calais

En la Plaza del Soldado Desconocido, en la ciudad francesa de Calais, se alza un impresionante conjunto escultórico de Auguste Rodin llamado “Los Burgueses de Calais”. En él se observan a 6 hombres harapientos que expresan en su rostro la angustia, el miedo y la desesperación del que espera una muerte inminente. Existen varias copias de este monumento repartidas por el mundo, y curiosamente una de ellas se encuentra en Londres, en el Jardín de Westminster, dando la espalda a la Cámara de los Lores. Y digo curiosamente porque este grupo escultórico conmemora el heroísmo que tuvieron unos ciudadanos de dicha ciudad francesa durante el asedio que las tropas inglesas realizaron a la villa entre 1346 y  1347.

Monumento a los Burgueses de Calais
El episodio, ocurrido en los albores de la Guerra de los Cien Años y narrado por el cronista Jean Froissart, constituye un claro ejemplo de situación extrema sin salida aparente. Es un suceso que lo tiene todo: un largo sitio, un rey cabreado que decide matar de hambre a los habitantes de una ciudad, una población a punto de sucumbir, un ultimátum, una extraordinaria muestra de heroísmo y sacrificio, y finalmente un final feliz. Y es que en esta guerra de excepcional duración (a pesar de su nombre duró casi 117 años y no 100) dio tiempo a todo tipo de acontecimientos, algunos sublimes y otros no tanto. Conozcamos un poco más el suceso que dio lugar a este monumento.

El desastre francés en Crécy

La muerte en 1328 de Carlos IV de Francia sin herederos fue el fin de la dinastía de los Capeto. Pero también supuso algo más, pues su hermana Isabel (conocida como la “Loba de Francia”, de la que hablamos un poco en este artículo) era la madre del rey de Inglaterra Eduardo III. Dicho rey tenía enormes extensiones de tierras en Francia, por lo que reclamó que la corona francesa pasase a su madre, y de este modo quedaría él como heredero al trono francés. Como es natural, los franceses no estaban muy dispuestos a esta jugada, y decidieron que el trono pasase a Felipe de Valois (el primero de su dinastía), que fue coronado con el nombre de Felipe VI.

Felipe VI de Francia
Por supuesto, Eduardo III no se sintió contento con la decisión de los franceses. El rey inglés se sentía el legítimo heredero a la corona francesa y vio en Felipe de Valois a un usurpador, de modo que se negó a pagar vasallaje por sus posesiones francesas. Además, buscando el modo de hacer daño a Francia, acogió en su corte con todos los honores a Roberto de Artois, un noble francés pariente del rey que se había rebelado contra él. La reacción de Felipe VI no se hizo esperar, y en un rápido golpe de mano se apoderó de una de las posesiones inglesas: Gascuña. Eduardo entonces reclamó el trono de Francia, y al serle negado de nuevo, declaró la guerra a Felipe. Las hostilidades habían comenzado, y no cesarían (en mayor o menor grado de intensidad) en los siguientes 117 años.

Eduardo III de Inglaterra
Durante los primeros años de la guerra la iniciativa corrió a cargo de Inglaterra. El ejército inglés realizó una serie de incursiones en territorio francés arrasando todo a su paso. Tras haber obtenido la flota de Eduardo una resonante victoria en la batalla naval de Sluys (también llamada de La Esclusa) los ingleses dominaban el Canal de la Mancha, con lo que sus tropas podían pasar rápidamente a Francia y ser fácilmente abastecidas. La táctica inglesa, llamada “chevauchée” (por cierto, copiada de los franceses), consistía en atacar aquellos puntos donde la presencia de tropas francesas era débil o inexistente. Durante esas incursiones, los ingleses mataban de forma cruel e indiscriminada a la población civil (sin importar sexo, edad o condición), violaban a mujeres y niñas, incendiaban y saqueaban todo a su paso, y robaban todo lo que podían de los campesinos.

Batalla de Sluys
La razón de este comportamiento no era sólo militar (desgastar a los franceses) o económica (obtener tierras, prisioneros y suministros), sino también psicológica. Al vivirse en aquella época en una sociedad feudal, en la que los campesinos pagaban diezmos e impuestos a sus señores y al rey a cambio de la obligación de éstos de protegerlos, el verse masacrados y víctimas del pillaje por parte de un salvaje ejército extranjero minaba la autoridad del rey francés ante sus súbditos. Esta táctica, repetida durante los primeros años de guerra, supuso de facto la conquista de Normandía por parte de Eduardo.

Posesiones inglesas en Francia
Tras esta fase, Eduardo decidió que había llegado el momento de invadir Francia, conquistar París y poner fin a la guerra. Así pues, ayudado por Godofredo de Harcourt (un noble normando enemigo del rey francés), desembarcó con su ejército  en Saint-Vaast-la-Hougue, destruyó las aldeas de Valognes, Carentan y Saint-Lô y avanzó en tres columnas hasta Caen. Allí derrotó fácilmente a las tropas francesas. El siguiente paso fue remontar el Sena para llegar a París, pero sus exploradores le informaron de que un potente ejército francés le esperaba más adelante. Temiendo una derrota, los ingleses retrocedieron hacia el norte, estableciendo una fuerte posición defensiva en Crécy. Allí esperaron al ejército francés.

Toma de Caen
La batalla subsiguiente ocurrió el 26 de agosto de 1346, y supuso un desastre para Francia. Los 12.000 hombres del ejército inglés derrotaron completamente al ejército de 30.000 hombres de Felipe VI, gracias a un armamento y unas tácticas superiores y a la mayor disciplina de los soldados ingleses. Particularmente decisivos fueron los arqueros ingleses de arco largo, que provocaron una auténtica masacre entre los caballeros franceses. Alrededor de un tercio de la nobleza francesa murió en esa batalla, incluido el propio hermano del rey. La batalla de Crécy se considera el principio del fin del código de la caballería, ya que los heridos y prisioneros fueron rematados sin piedad. Tal fue el desánimo en Felipe VI, que cuando se retiró y buscó refugio en el castillo de Labroye, contestó al grito de “¿Quién va?” con la frase “Abrid, soy el infortunado rey de Francia”.

El inicio del asedio

Tras la victoria inglesa en Crécy y la retirada de los franceses, Eduardo necesitaba un puerto seguro e inexpugnable desde donde poder seguir haciendo incursiones de saqueo en territorio francés, y que además sirviera de base a sus tropas para pasar el invierno. Desdeñó el puerto de Le Crotoy, ya que era demasiado vulnerable para sus fines, y fijó la vista en Calais. La ciudad contaba con unas excelentes fortificaciones, estaba situado en una zona pantanosa en medio de dos ríos y su acceso al mar era fácilmente defendible. Además, al encontrarse muy cerca de la costa inglesa, podía ser fácilmente abastecida por mar. Si lograba conquistarla, Calais sería una excelente base de operaciones.

Batalla de Crécy
Claro que los mismos motivos que la hacían tan apetecible para los ingleses motivaban que su conquista fuera extremadamente difícil. Eduardo y su ejército llegaron a la ciudad el 4 de septiembre de 1346, no sin antes haber saqueado todas las poblaciones que encontraban a su paso. Inmediatamente levantaron su campamento sobre una colina. Dicho campamento llegó a ser una pequeña ciudad llamada Villeneuve-la-Hardi que llegó a contar con más de 30.000 habitantes, entre soldados y civiles. El objetivo de Eduardo era bloquear totalmente el acceso a la ciudad, de modo que los habitantes de Calais no pudieran recibir ningún suministro exterior de alimentos.

Plano de Calais
Sin embargo, los ingleses no consiguieron bloquear del todo el acceso a la ciudad, ya que el puerto continuaba libre. Los barcos genoveses aliados de Francia, así como pequeñas embarcaciones provenientes de las ciudades vecinas, traían continuamente suministros a la ciudad. Asimismo, los ingleses también tenían problemas, ya que los franceses habían quemado las cosechas a muchas leguas a la redonda y no podían alimentarse del terreno, por lo que dependían de los avituallamientos que pudieran traerle por mar desde Inglaterra (algo difícil en invierno) o por tierra por parte de sus aliados flamencos. Y así como los ingleses no pudieron impedir que la ciudad recibiera suministros, tampoco los franceses fueron capaces de interferir las líneas de abastecimiento inglesas.

Asedio de Calais
Así las cosas, durante los dos primeros meses de asedio se sucedieron las escaramuzas a los pies de las murallas. Sin embargo, los muros de la ciudad, de más de 100 años de antigüedad, y la firme voluntad de resistir de los defensores, motivaron que los progresos ingleses fueran inexistentes. Además Eduardo tenía problemas en casa, ya que el rey escocés David II había invadido su territorio. Afortunadamente para los ingleses, el Arzobispo de York (que actuaba como regente en ausencia del rey) derrotó a los escoceses el 17 de octubre de 1346 en la batalla de Neville's Cross, por lo que no hubo necesidad de desviar tropas a Inglaterra desde Calais.

Batalla de Neville's Cross
En noviembre las tropas inglesas recibieron armas de asedio, pero los intentos de tomar los muros por asalto siguieron fracasando. De este modo, ante la imposibilidad de conquistar directamente las murallas de Calais, los ingleses decidieron en febrero de 1347 que lo mejor sería hacerla rendir por hambre, cortando en lo posible los suministros de la ciudad. Para ello, Eduardo construyó una gran torre con bombardas a la entrada del puerto. A pesar de que dicha torre (con la colaboración de la armada inglesa) logró hundir una gran cantidad de barcos franceses y genoveses, los suministros de la ciudad no quedaron cortados del todo; sin embargo, disminuyeron sensiblemente, por lo que sólo era cuestión de tiempo que Calais capitulara por hambre.

La rendición por hambre

Pronto la ciudad comenzó a estar en una situación desesperada por la falta de suministros. En junio de 1347 las reservas de alimentos eran muy escasas, por lo que el gobernador de Calais Jean de Vienne envió un mensaje al rey francés pidiendo urgentemente que tratara de levantar el asedio lo más pronto posible, o la ciudad se rendiría. El mensaje fue interceptado por los ingleses, que vieron en él una oportunidad única de atraer a sus enemigos a una trampa. Así pues, trajeron de Inglaterra 700 barcos con hombres y suministros para reforzar su posición, y después hicieron llegar el mensaje al rey francés. Mientras tanto, en julio los ingleses hundieron otro convoy con víveres para la ciudad, por lo que los defensores hicieron salir a 500 niños y ancianos por no poder alimentarlos. Los ingleses no les dejaron pasar, de modo que perecieron de hambre en tierra de nadie, justo delante de los muros de Calais.

Jean de Vienne
Mientras tanto, el rey francés Felipe VI había recibido la misiva, por lo que reunió a lo que quedaba de su ejército (11.000 jinetes y 15.000 soldados de infantería) y se dirigió a la ciudad en un intento de levantar el asedio. Cuando los defensores divisaron el estandarte real sintieron renacer sus ánimos, pero pronto serían decepcionados. En efecto, el rey francés comprendió que no podía hacer nada contra los 32.000 ingleses que le esperaban, máxime cuando estaban en una fuerte posición defensiva y el terreno pantanoso estaba a su favor. Así pues, los franceses realizaron un ataque simbólico a una torre de vigilancia inglesa y a continuación se retiraron, abandonando la ciudad a su suerte.

Bombarda inglesa
Cuando los habitantes de Calais vieron que el ejército de su rey se retiraba, encendieron fogatas para anunciar a los ingleses que estaban dispuestos a rendirse. El conde de Calais sólo ponía una condición para la capitulación: que se respetara la vida, la libertad y las propiedades de sus habitantes. El rey Eduardo se negó en un principio, ya que estaba furioso por la denodada resistencia que le había ofrecido la ciudad. Sin embargo, y a instancias de sus consejeros (particularmente del comandante de la flota, Guillermo de Mauny), aceptó la condición a cambio de que seis notables de Calais, portando las llaves de la ciudad, se rindieran ante él vestidos sólo con un camisón y con una soga amarrada al cuello. Estos hombres sí serían ejecutados.

Los burgueses heroicos

El conde de Calais reunió a los habitantes de la ciudad y les comunicó las condiciones del rey inglés. Todos se sintieron tristes e intranquilos (según Froissart, algunos rompieron en llanto). Al cabo de un rato, Eustache de Saint-Pierre, uno de los hombres más ricos de la ciudad, se presentó voluntario diciendo:

Monsieur, sería una gran desgracia permitir que esta gente muera de hambre si podemos encontrar una alternativa. Estoy convencido de que cumpliría la voluntad de mi Dios si me ofreciera por estas personas y me entregara así como el primero en salir descalzo y con la cabeza descubierta, vestido en camisa y con una soga alrededor de mi cuello y me entregara a la voluntad del rey inglés

Poco después se le unieron otros cinco ciudadanos prominentes: Jean de Vienne, Andrieu d'Andres, Jean d'Aire y los hermanos Jacques y Pierre de Wissant. Todos se vistieron según los deseos de Eduardo y fueron hasta el campamento inglés. Allí el rey les estaba esperando. Los seis hombres se arrodillaron y le entregaron las llaves de la ciudad.

Entrega de los burgueses
Eduardo los miró en silencio un rato y luego dio orden de ejecutarlos. Sin embargo, los propios caballeros del rey le hicieron ver el heroísmo de aquellos hombres, que se habían entregado voluntariamente para salvar la vida de sus conciudadanos. El rey no se conmovió, hasta que su esposa Felipa de Henao (que se encontraba embarazada) suplicó también por la vida de los burgueses. Sólo entonces Eduardo accedió a perdonarles la vida. Felipa de Henao les quitó entonces las sogas, los vistió adecuadamente y les dio de cenar. Poco después, les proporcionó dinero y les hizo salir del campamento en secreto.

Felipa intercediendo ante el rey
Calais cayó en manos inglesas y estuvo en ellas hasta 1558, en que fue reconquistada por los franceses a las órdenes de Francisco de Guisa. De este modo dejaba de cumplirse una inscripción puesta sobre las puertas del Parlamento inglés: “Then shall the Frenchmen Calais win/ When iron and lead like cork shall swim” (Sólo entonces ganarán Calais los franceses/ Cuando el hierro y el plomo floten como el corcho). Los habitantes fueron exiliados a otras ciudades francesas y sustituidos por ingleses. En 1895 se inauguró la estatua de Rodin, en la que se hace un merecido homenaje a la valentía de aquellos seis hombres, que con su gesto salvaron la vida de sus conciudadanos.
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Juicios contra animales en la Edad Media

En el año 1457, en Savigny (Francia), se colgó hasta morir a la culpable del asesinato de un niño de cinco años que respondía por el nombre de Jean Martin. Los hijos pequeños de la condenada también habían sido hallados cubiertos de sangre en el lugar del crimen, pero no fueron condenados porque no pudo probarse su participación en los hechos. Hasta aquí, una historia triste pero relativamente normal en esa época; de no ser por dos detalles: el primero es que a la rea de muerte se la colgó de los pies después de hacerle varios cortes en las piernas, por lo que murió desangrada. El segundo, y más importante, es que la condenada (y sus hijos pequeños) no eran humanos, sino cerdos. 

Parodia del juicio a un cerdo
Y es que durante la Edad Media, e incluso en épocas posteriores, los juicios contra animales de todo tipo eran cosa común. Pero no se crean que estos juicios se basaban en supersticiones de gentes incultas, sino que se fundamentaban en un sistema lógico. Tanto San Agustín como Santo Tomás de Aquino sostenían que los animales tenían alma (aunque no inteligencia), y por lo tanto podían ser juzgados por las mismas leyes que los hombres. Con el paulatino abandono de esta creencia, los juicios fueron desapareciendo y el Derecho Penal se fue centrando en el único animal capaz de delinquir voluntariamente: el ser humano. Sin embargo, y como veremos a continuación, hasta bien entrado el siglo XVII se celebraron vistas judiciales (y ejecuciones) contra animales.

Los juicios contra las plagas

El autor E. P. Evans, en su obra de 1906 “The Criminal Persecution and Capital Punishment of Animals”, distinguía entre dos tipos de juicios contra los animales. Los primeros eran los que se realizaban contra bestias individuales por alguna acción criminal, mientras que los segundos iban dirigidos contra las plagas que afectaban a la agricultura. La diferencia no es menor, ya que los primeros los dirimían los tribunales civiles, mientras que los segundos eran competencia de los tribunales eclesiásticos. Y la razón de ello estribaba en que se consideraba que las plagas eran causadas por la intervención directa de Satanás, que poseía de forma periódica a algunas especies para desgracia de los humanos. No es que ratones, topos, orugas o langostas devoraran las cosechas, sino que el Diablo se servía de estos animales para su malvado plan.

Obispo excomulgando cochinillas en Suiza
Dichos juicios eclesiásticos observaban todas las formalidades legales: acusación, nombramiento de un defensor, proceso, discurso de la acusación, discurso de la defensa y sentencia. Si los animales eran encontrados culpables, la sentencia en principio era una admonición, que servía de advertencia para que la plaga cesara. Si aun así ésta continuaba, se producía la excomunión. En cualquier caso, ambas sentencias no iban dirigidas contra los animales en sí sino contra el espíritu maligno que los había poseído obligándoles a comportarse de esa manera. Además, la excomunión colocaba a los animales fuera de la ley de Dios, por lo que podían ser exterminados sin sentimiento de culpa alguno.

Animales criminalizados en un grabado medieval
Los ejemplos de procesos contra plagas son numerosos. Así, en 1520 se inició un proceso en Glurns (Suiza) contra unos ratones de campo acusados de comerse las cosechas. Se siguieron todos los formalismos legales (nombramiento de abogados, declaración de testigos, etc.) y finalmente fueron condenados a abandonar inmediatamente el pueblo y nunca más volver, aunque el tribunal guardó alguna consideración con las hembras embarazadas y los ratones lesionados, a los que dio 14 días de prórroga para irse:

Después de haber escuchado a la acusación, a la defensa y a los testigos, el tribunal decretó que las bestias dañinas conocidas bajo el nombre de ratones de campo serán conjuradas a marcharse de los campos y prados de la comuna de Stilfs en el plazo de catorce días, y que se les prohíbe eternamente todo intento de retorno; pero que si alguno de los animales estuviera embarazado o impedido de viajar debido a su extremada juventud, se le concederán otros catorce días, bajo la protección del tribunal… pero los que están en condiciones de viajar, deben partir dentro de los primeros catorce días

Asimismo, en el año 1120 ratones de campo y orugas fueron excomulgados por el Obispo de Laon (Francia) acusados de comerse las cosechas de la zona, en el año 820 los topillos del valle de Aosta (Italia) fueron anatemizados, y en 1451 les tocó el turno a las sanguijuelas de Lausana (Suiza) por el delito de devorar a los peces. Curioso es lo que ocurrió en 1690, cuando un tribunal presidido por un obispo juzgó a las orugas de un valle del Puy de Dome (Francia) y les ordenó retirarse. En vista de que no hicieron caso, recibieron el castigo máximo: la excomunión. El efecto fue fulminante ya que, transformados en mariposas, los gusanos desaparecieron por los aires. En agradecimiento, los pobres campesinos aceptaron pagar “los diezmos e impuestos atrasados” que le debían, justamente, al obispo. Como ven, la picaresca no estaba ausente de todos estos asuntos.

Posible imagen de Chassenée
Pero la palma de lo extraño se la lleva el siguiente caso: en 1522 las ratas de la diócesis de Autun (Francia) fueron llamadas a juicio por comerse las cosechas de cebada. Como exigía el procedimiento se les nombró a un abogado defensor, un tal Bartolomée Chassenée. Como las ratas no acudieron a la primera citación, Chassenée alegó que los roedores no habían recibido citación formal, por lo que se colgó dicha citación en la puerta de la iglesia. Al no presentarse la segunda vez, el abogado adujo que los preparativos para acudir eran laboriosos, ya que se habían convocado a ratas jóvenes y viejas. Al llegar el nuevo día fijado y no acudir de nuevo las ratas, Chassenée argumentó que sus defendidas debían ser protegidas de camino al tribunal de los gatos de los vecinos. Como dicha protección era costosa y las indemnizaciones en caso de muerte de alguna acusada eran elevadas, se postergó la comparecencia nuevamente, esta vez sine die. El juicio sigue sin celebrarse a día de hoy, por lo que podemos deducir que Chassenée ganó.

Pintura satírica del juicio a un burro
A finales del siglo XVI empezaron a surgir dentro de la Iglesia voces que desaprobaban este tipo de juicios. Eveillon, en su “Tratado de las excomuniones”, afirmaba que sólo el hombre bautizado puede ser excomulgado, y que por tanto no tenía sentido lanzar un anatema contra un animal. En su obra se lee “Eran tan simples como para hacer un juicio formal a las bestezuelas, citarlas, darles un abogado para defenderse, abrir una investigación de los daños por ellas causados. Luego conjuraban a los diversos animales, declarándoles que debían salir de todo el territorio y desplazarse a donde no pudiesen causar daño. Si el mal no cesaba con este conjuro, el juez eclesiástico pronunciaba sentencia de anatema y de maldición, y enviaba el auto de ejecución a los curas, sacerdotes y habitantes, invitándolos a hacer penitencia de sus pecados, ya que para su castigo enviaba Dios ordinariamente estas calamidades”. Sin embargo, este tipo de procesos siguieron realizándose hasta bien entrado el siglo XVII.

Los juicios contra los animales individuales

A diferencia de los juicios contra las plagas, que se dirimían en un tribunal eclesiástico, los juicios contra animales individuales acusados de algún crimen eran realizados por tribunales civiles. Eso no significaba que las garantías en el proceso fueran menores ya que, al igual que en los casos anteriores, se seguía un procedimiento reglado con abogados, declaraciones, deliberaciones y sentencia (que a veces era leída al animal con toda formalidad). En ocasiones se torturaba al animal para obtener una “confesión”, y para ello bastaban sus chillidos de dolor ante la tortura. Los reos eran custodiados en las mismas cárceles que los humanos (se registraban por el nombre de su dueño, por ejemplo, “El cerdo de X”), y por supuesto abogados, jueces y verdugos recibían sus honorarios habituales. Además, la cantidad asignada para el mantenimiento del reo era similar a la que se consignaba para sus colegas humanos.

Parodia medieval del juicio a un cerdo
La mayoría de los casos se dieron en Francia, Alemania, Suiza e Italia, pero se sabe por algunas referencias (entre ellas, las obras de Shakespeare) que también se dieron de forma habitual en Inglaterra. La primera sentencia de la que se tiene noticia es de 1266 (contra un cerdo), y la última data de 1692 (contra una yegua). Entre los métodos de ejecución, el más habitual era la horca (por ser considerado vergonzante), pero si el crimen era particularmente grave se recurrían a otros aún peores. Por ejemplo, en 1463 dos cerdos fueron enterrados vivos y en otra ocasión otro cerdo fue condenado a ser descuartizado. La sentencia era ejecutada con el mayor de los formalismos, entre los que se incluían la utilización de guantes por parte del verdugo. No obstante, no todas las sentencias eran a muerte (un carnero fue condenado al exilio en Rusia y un perro a un año de cárcel en Austria). En ocasiones incluso había sentencias absolutorias, como la de un caballo acusado de matar a su dueño que iba borracho. Incluso se dieron casos de perdones reales a animales condenados, como los concedidos por el duque de Borgoña a una piara de cerdos en 1379 en la aldea de Jussey.

Ejecución de la cerda de Falaise
A veces se le simulaban al animal rasgos humanos. Así ocurrió en uno de los casos más conocidos (por lo insólito), el de la cerda de Falaise. Este proceso ocurrió en 1386 y fue documentado por Guiot de Monfort (y por una gran pintura mural en la iglesia de la población). La cerda en cuestión fue detenida y juzgada por haber dado muerte a un niño en su cuna y haberse comido partes de su cuerpo. Condenada a muerte por el vizconde Pierre Lavengin, fue vestida con chaqueta y pantalones y llevada al cadalso atada a una yegua. Una vez en él, se le practicaron incisiones en los muslos y se le cortó el morro, poniéndole acto seguido sobre la cara una máscara humana. Después de haberse hecho esto, se la colgó de las patas traseras, no tardando el animal en morir por la ingente pérdida de sangre. Pero no acaba aquí la cosa: el cadáver fue atado de nuevo a la yegua y arrastrado varias veces alrededor de la plaza del pueblo, para a continuación ser quemado en una hoguera. Lo más curioso es que todos los habitantes del pueblo fueron obligados a asistir acompañados de sus cerdos para que los animales lo vieran todo y les sirviera de escarmiento.

La elefanta Mary ahorcada
Con el tiempo y el cambio de mentalidad, los juicios contra los animales fueron sustituidos por procesos contra sus dueños, al considerarse que éstos eran los responsables de los actos que dichos animales cometían. Eso no quitaba que, en caso de sentencia condenatoria, los animales fueran sacrificados aunque los dueños fueran sólo condenados a multas. Esta práctica llegó incluso hasta el siglo XX, como el caso de la elefanta Mary, que fue ahorcada de una grúa en 1917 en Tennessee por haber matado a su domador. O el de otra elefanta, Topsy, electrocutada el 4 enero de 1903 por haber matado también a tres hombres (incluido a su domador, un borracho que le daba a comer cigarrillos encendidos). Pueden ver un vídeo de su ejecución al final del artículo.

Casos espinosos: zoofilia y animales herejes

Los casos de zoofilia eran particularmente graves en la Edad Media, castigándose con la muerte inmediata e infamante en la hoguera. Sin embargo, los jueces no acusaban al animal directamente sino al humano, al considerar que la bestia no era culpable en este tipo de prácticas. Eso no quitaba que también fueran ejecutados en caso de sentencia condenatoria, ya que se pensaba que debían desaparecer al ser prueba y testimonio de la infamia. Es más, algunos tratados afirmaban que debían ser quemados en la hoguera por haber sido instrumentos del crimen.

Ejecución de un gato blasfemo
En cuanto a los animales herejes, la palma se la llevaban los gatos, especialmente los negros. La razón era que se creía que las brujas podían encarnarse en estos animales para cometer sus crímenes, de modo que los gatos se convirtieron en chivos expiatorios de cualquier desgracia inexplicable para la gente. Más adelante, los gatos se convirtieron en la encarnación del enemigo en las disputas entre católicos y protestantes, ya que ambas partes los consideraban blasfemos si cazaban ratones en domingo; la diferencia es que los católicos los mataban por considerarlos protestantes y los protestantes por considerarlos católicos.

Un mastín hereje en la horca
Pero no sólo los gatos podían ser heréticos: en 1534 un mastín fue condenado a la hoguera por haber ladrado al paso de una imagen de San José, a pesar de que el arzobispo en persona le ordenó que callara. Y para acabar, una curiosidad: no sólo los animales podían ser objeto de juicio y condena en la Edad Media. En el siglo XIV un bosque entero en Alemania fue talado y quemado al ser declarado cómplice de robo. Al parecer, el ladrón se había escapado de los guardias saltando de rama en rama de árbol, por lo que se consideró que había ayudado al criminal además de no haber hecho nada para evitar su huida. No cabe duda de que esos eran malos tiempos para no ser humano. Y qué diablos, también para serlo.

EJECUCIÓN DE LA ELEFANTA TOPSY


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París, 1229; la primera huelga universitaria de la Historia

Durante la Alta Edad Media, el saber en la Europa cristiana se concentró en los monasterios y las abadías. Una de las tareas de los monjes era copiar los antiguos manuscritos para evitar que su contenido desapareciera. Estas instituciones preservaban sus bibliotecas con mucho celo, por lo que era extremadamente difícil que el saber contenido en ellas se esparciera por el mundo. Sólo en las escuelas organizadas alrededor de algunas de estas bibliotecas (como las escuelas catedralicias o las escuelas monásticas) se difundía el conocimiento, evitando que se perdiera. Esta situación cambió a partir del siglo XII, cuando empezaron a fundarse las primeras universidades y a proliferar por todo el continente europeo.

Profesores medievales
Estas instituciones gozaban de una serie de privilegios frente a las ciudades en las que se encontraban ubicadas. Además, la llegada de estudiantes de toda Europa para estudiar en ellas conllevaba no sólo evidentes beneficios económicos para dichas ciudades, sino que también traía como consecuencia tensiones con estudiantes y académicos, con lo que a menudo se producían choques entre los ciudadanos y los universitarios. Uno de esos choques se produjo en París en 1229. A raíz de un tumulto por una cuenta sin pagar en una taberna, se produjeron unos incidentes con varios muertos. Como consecuencia, se convocó una huelga en la Universidad de París que duró dos años. Esta es la historia de la primera huelga universitaria de la Historia.

El origen de las universidades medievales

El término Universidad proviene de la palabra en latín universitas, y en la Edad Media designaba un gremio corporativo. Así, por ejemplo, podemos hablar de la universidad de carpinteros o universidad de zapateros con el sentido de gremio de personas que tenían esos oficios. Uno de esos gremios corporativos era el de los maestros y estudiantes (universitas magistrorum et scholarium), gremio del que se derivaría con posterioridad el empleo del término como sinónimo de institución de enseñanza. En general, estos gremios contaban con privilegios concedidos a través de cartas legales  emitidas por príncipes, reyes, obispos o las propias ciudades en las que se encontraban.

Monjes copistas
Si bien ya había algunos precedentes en el mundo bizantino y musulmán, las universidades tal y como las conocemos fueron un fenómeno genuinamente europeo. Las primeras surgieron a partir del siglo XI, proliferando en los siglos siguientes por todo el continente (particularmente en Italia, Francia, España e Inglaterra). La mayoría nació de una de evolución de las escuelas catedralicias, palatinas y monásticas, aunque luego comenzaron a crearse instituciones, fundadas por autoridades, que ya nacían estructuradas como una institución de enseñanza superior. Los estudios que evolucionaron de escuelas, fueron llamados ex consuetudine; aquellos fundados por reyes o papas eran llamados ex privilegio. Aprovechando que el latín era el idioma común para la enseñanza, los docentes de las más prestigiosas eran animados a dar cursos en otras universidades; algo que se ha perpetuado hasta nuestros días en forma de libre intercambio de información entre universidades.

Mapa de las universidades medievales
Los estudiantes entraban en la universidad más o menos con 14 años, y en un plazo de unos 6 años conseguían el título de bachiller. Si continuaban sus estudios en alguna disciplina concreta podían llegar a graduarse. Sólo después de muchos más años se conseguía el título de doctor. Los estudios universitarios eran costosos y a menudo sólo estaban al alcance de las familias ricas, aunque existía un cierto número de estudiantes becados por algún potentado. La mayoría debía alternar sus estudios con la realización de un oficio que les permitiera pagar su estancia y manutención, además de sus bebidas y vicios. Un gran número de estudiantes se tonsuraban y vestían como monjes, ya que muchos pertenecían a alguna congregación religiosa. Caso particular eran los llamados goliardos, que no eran más que clérigos ociosos de vida licenciosa y estudiantes pícaros que proliferaron alrededor de las universidades, y que nos han dejado una rica muestra de poesía profana (como el Carmina Burana).

Goliardos
Eran frecuentes los conflictos entre estudiantes de distintos colegios y facultades, entre estudiantes procedentes de diferentes países de origen y entre estudiantes y población local. Como privilegio para estas instituciones, tenían un fuero especial que les eximía de los tribunales ordinarios de las ciudades en las que se encontraban, estando todos los miembros de la universidad sometidos a los tribunales eclesiásticos o incluso de la propia institución. Había universidades que contaban con policía propia e incluso cárceles. Esto conllevaba una nueva fuente de conflictos con las autoridades civiles de las ciudades en las que estas instituciones estaban enclavadas, ya que los tribunales de las universidades tendían a ser bastante indulgentes con sus miembros. Esto provocaba que muchos estudiantes (tunos, goliardos, etc.) llevaran una vida disipada sabedores de que podían salir prácticamente impunes de cualquier situación. En este contexto se engloban los disturbios en París que dieron lugar a la primera huelga universitaria de la Historia.

Los disturbios

La Universidad de París fue una de las primeras universidades de Europa. Fundada alrededor del año 1150 como complemento de la Escuela de Teología de Notre Dame, pronto alcanzó un gran prestigio por sus estudios en Filosofía y Teología. En el año 1200 fue reconocida por el rey francés Felipe II Augusto en una carta en la que, entre otras cosas, les otorga a sus integrantes el derecho de ser juzgados por un tribunal eclesiástico y no civil. Por cierto, este reconocimiento vino precedido por una amenaza de huelga provocada por unos disturbios parecidos a los narrados en este artículo. Posteriormente, en 1215, el Papa Inocencio III le otorga el título de Universidad mediante una bula. Su colegio más famoso fue el de La Sorbona, fundado en 1215, y que con el tiempo acabó dando nombre a toda la institución académica.

Clase universitaria medieval
Los disturbios comenzaron en el mes de marzo de 1229, durante el martes de Carnaval. Ese día, último de fiesta antes del miércoles de Ceniza y el inicio de la Cuaresma, los habitantes de París daban rienda suelta a su espíritu festivo disfrazándose y consumiendo grandes cantidades de alcohol. Entre ellos se encontraban los estudiantes de la universidad, siempre dispuestos a una buena juerga, tal como lo atestigua esta canción de taberna de la época:

Cuando estamos en la taberna / nos despreocupamos del mundo (…) / Nadie allí teme a la muerte / Y por Baco tientan la suerte” (poesía de estudiante Goliardo)

En una taberna del Barrio Latino de París se produjo una trifulca entre el tabernero y unos estudiantes. El motivo de la disputa, al parecer, era el impago de la cuenta por parte de los estudiantes. La discusión acabó en una gran pelea en la que el tabernero, ayudado por otros vecinos, dio una soberana paliza a los estudiantes y los echó del local. Al día siguiente, los estudiantes apalizados volvieron junto a varios compañeros de estudios armados con garrotes y cuchillos.

Plaza de la Sorbona
Tenían la intención de vengarse del tabernero. Al ser miércoles de Ceniza, la taberna estaba cerrada, pero eso no detuvo a los estudiantes, que forzaron la entrada, agredieron al tabernero y destrozaron el local. No contentos con todo eso, los estudiantes empezaron a destruir otras tiendas y locales aledaños, lo que provocó graves daños en todo el barrio. Los propietarios de los negocios destrozados, sabedores de que los estudiantes no podían ser juzgados por tribunales civiles, y temerosos también de que una acción demasiado enérgica podía desembocar en el traslado de ciudad de la universidad (tal y como había ocurrido con Cambridge, fundada por estudiantes y docentes descontentos de Oxford), elevaron una queja al Obispo de París a través del prior de San Marcel.

Maestros y alumnos en una clase
El Obispo había tenido un encontronazo con la universidad cuatro años atrás, cuando los estudiantes le pidieron que renovase sus privilegios. El prelado, que no estaba de acuerdo con dichos privilegios, convocó a los profesores y, sin darles la oportunidad de tomar la palabra, rompió el sello de la universidad, lo que significaba en la práctica negarle toda autonomía. Los estudiantes y profesores, indignados, asaltaron el palacio episcopal y el Obispo les excomulgó. Un mes después, los ochenta profesores excomulgados fueron absueltos, la autonomía universitaria restaurada y el Obispo puesto en ridículo. Ahora veía la ocasión perfecta para vengarse. Así que decidió quejarse directamente ante la Reina regente.

Blanca de Castilla
Esta reina regente era nada menos que Blanca de Castilla, hija de Alfonso VIII el de las Navas, y una mujer de armas tomar. Su padre había fundado en Palencia la primera universidad española, en 1212, y quizá Blanca de Castilla no conservaba buen recuerdo del bullicio estudiantil en su ciudad natal. Aprovechando que ejercía la regencia durante la minoría de edad de su hijo Luis IX (que luego sería llamado “El Santo” o San Luis), dio órdenes tajantes de que los responsables del tumulto fueran arrestados y castigados. Los prebostes de la ciudad no dieron con ellos, así que tomaron la decisión de buscar un chivo expiatorio como fuera y agredieron con gran violencia a un grupo de estudiantes que se encontraban descansando en las afueras de la ciudad. La agresión tuvo como resultado dos muertos, un estudiante flamenco y otro normando, ambos muy estimados en la universidad, y al parecer inocentes en todo el asunto.

La huelga

Los docentes, al enterarse de la muerte de estos estudiantes, decretaron la suspensión de las clases. Además, a través de un portavoz, pidieron a la reina, al Obispo y al delegado pontificio que se hiciera justicia. Se previno a la reina de que si para la Pascua de abril no se había solucionado todo el asunto, desagraviado a la universidad y castigado a los culpables, se tomaría la decisión de una huelga general. Como fuere que ninguno de los interpelados hizo mucho caso (es más, se tomaron bastante a mal el ultimátum), el cuerpo de maestros decretó la disolución de la universidad por un plazo de seis años. Los estudiantes se fueron. Unos regresaron a su lugar de origen, otros abandonaron los estudios y la mayoría se trasladó a otras universidades como Reims, Orleans, Angers, Toulouse. El rey Enrique III de Inglaterra aprovechó la ocasión para ofrecer facilidades a docentes y estudiantes de París para trasladarse a Oxford y Cambridge.

Monjes escuchando la lección del profesor
Las consecuencias económicas no tardaron en hacerse notar, sobre todo en el Barrio Latino y en la Montaña Sainte-Geneviève, lugares de residencia habitual de los estudiantes, y cuya economía dependía en gran medida de los servicios que les prestaban. Sin embargo, el único que se dio cuenta en un principio de la gravedad del asunto fue el Papa Gregorio IX, antiguo alumno de la universidad. Dirigió una carta a la reina Blanca y al Obispo de París en la que tomaba partido a favor de los estudiantes y profesores y exhortando a ambos para que hicieran los esfuerzos necesarios para que las aguas volvieran a su cauce. La reina hizo caso de la misiva, y empezó entonces una dura negociación para que la universidad de París volviera a abrir sus puertas.

Gregorio IX
Tras dos años de conversaciones, se llegó a un acuerdo y el Papa promulgó la bula Parens Scientiarum el 13 de abril de 1231. En esta bula se renovaban los privilegios de la universidad y se garantizaba la autonomía de la misma ante las autoridades locales, ya fueran seculares o eclesiásticas. Ponía a la institución directamente bajo la autoridad papal, y le confería el título de “Madre de las Ciencias”. Posteriormente, esta bula se ha considerado la verdadera Carta Magna de la Universidad de París. Las clases se reanudaron, los estudiantes y docentes volvieron y todo regresó a la normalidad. Acababa así la primera huelga universitaria de la Historia, tras un pulso que duró dos años y que puso de manifiesto que las universidades, a partir de entonces, se convertirían en una de las instituciones más importantes de Europa. Y a la postre, de todo el mundo.
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El escándalo de la Torre de Nesle

Hay maldiciones que, por más que uno se resista a creerlas, provocan un pequeño escalofrío en esa parte de nuestra mente que se pregunta “¿podría ser cierta?”. Este es el caso de la que cayó sobre Felipe IV de Francia, apodado “El Hermoso” (nada que ver con el que luego se casaría con Juana La Loca). Este rey pasó a la Historia, entre otras cosas, como el monarca que suprimió a la orden de los Templarios. Antes de morir en la hoguera el 18 de marzo de 1314, el último Gran Maestre de la orden Jacques de Molay había lanzado una maldición sobre los causantes de su caída, profetizando que antes de un año el rey francés y el Papa Clemente V habrían de comparecer ante el juicio de Dios, cosa que se cumplió.

Familia de Felipe IV según una pintura de 1315
Pero la maldición no acabó ahí. Los cuatro hijos del rey tuvieron matrimonios desgraciados, y con ellos acabó la dinastía de los Capetos. Por una parte, su hija Isabel (conocida como “La loba de Francia”) se había casado con el heredero al trono inglés, pero éste no le hacía mucho caso, prefiriendo la compañía de su amigo íntimo Piers Gaveston (este hecho se narra de pasada en la película “Braveheart”). Por otra parte, sus hijos Luis y Carlos se casaron con princesas borgoñonas que les fueron infieles en lo que se conoció como “El escándalo de la Torre de Nesle”. Sólo la esposa de su otro hijo Felipe fue la única que consiguió que su marido fuera feliz, aunque también estuvo implicada en el escándalo que hoy le narramos aquí. Esta es la historia del episodio que sacudió la corte francesa a comienzos del siglo XIV y precipitó la caída de la dinastía de los Capetos.

La corte de Felipe IV

Felipe IV de Francia, apodado “El Hermoso”, fue un rey rígido y severo, hasta el punto de que también se le apodaba “El Rey de Mármol" o "El Rey de Hierro". El Obispo de Pamiers, uno de sus mayores opositores, decía de él “No es un hombre ni una bestia. Es una estatua”. Como reflejo de su personalidad, su corte era austera y sobria, nada que ver con la suntuosidad de otras cortes vecinas. Este hecho posiblemente fue un factor importante en lo que vendría después.

Felipe IV "El Hermoso"
Como todos los reyes de la época, buscó una política matrimonial para sus hijos que favorecieran los intereses del reino. Así, casó a su única hija Isabel con el heredero al trono de Inglaterra, buscando acabar con las eternas disputas territoriales entre ambos reinos. Asimismo, a su hijo mayor Luis (llamado posteriormente “El Obstinado”) lo emparejó con Margarita de Borgoña, nada menos que nieta de Luis IX (más conocido como San Luis), y a sus otros hijos Felipe y Carlos (llamados respectivamente “El Largo” y “El Hermoso”) con dos hijas del conde de Borgoña Otón IV, de nombres Juana y Blanca. El rey esperaba con estas uniones que gran parte de los problemas territoriales de Francia en el oeste se solventaran.

Margarita de Borgoña
Sin embargo, ningún matrimonio fue especialmente feliz (con la posible excepción del de Felipe con Juana de Borgoña). Por una parte, Isabel se quejaba continuamente a su padre de que su marido prefería la compañía de su amigo (y más que probable amante) Piers Galveston antes que la suya. Por otra, las princesas borgoñonas, acostumbradas al lujo, ostentación y fiestas de la corte de Borgoña, se aburrían soberanamente en la más austera corte francesa. A esto hemos de unir que Luis prefería jugar al tenis real antes que estar con su esposa, y que Carlos era un hombre muy estricto y presuntuoso, lo que hizo que su matrimonio fuera aburrido. Sólo Felipe y Juana parecían ser dichosos.

El escándalo

Todo comenzó en 1313. La ya reina de Inglaterra Isabel va junto a su esposo a Francia a visitar a su padre. Los príncipes franceses les preparan una estancia por todo lo alto, con numerosas fiestas y recepciones. Tras una de esas fiestas, con espectáculo satírico de títeres incluido, Isabel y Eduardo deciden regalar sendos valiosos monederos bordados a mano a sus cuñadas y a sus esposos. Un tiempo después, Isabel descubre en otra fiesta que dos de esos monederos se encontraban en poder de dos caballeros normandos, Philippe y Gauthier D’Aunay, por lo que empieza a sospechar que existe un romance entre dos de sus cuñadas y dichos caballeros.

Recibimiento en Inglaterra a Isabel de Francia
Durante su siguiente visita a Francia, Isabel decide informar a su padre del asunto. El rey presta oídos a la acusación que lanza su hija y ordena poner bajo vigilancia a ambos caballeros. Las sospechas van tomando forma, y se constata que los hermanos D’Aunay se ven a escondidas con las princesas Margarita y Blanca. Por lo que respecta a la tercera princesa, Juana, se sospecha que pudo haber actuado de encubridora de las otras, aunque las malas lenguas no descartaban que también ella pudiera estar cometiendo adulterio. Finalmente, a primeros de abril de 1314, en la Abadía de Maubisson (donde se había retirado a meditar tras la condena a los templarios), Felipe IV hace públicas las acusaciones y ordena detener a sus nueras y a los caballeros D’Aunay. Los dos hermanos, sabedores del destino que les aguardaba, trataron de escapar a Inglaterra, pero son finalmente detenidos.

El juicio y el castigo

Los hermanos D’Aunay fueron interrogados bajo tortura y confesaron ser los amantes de Blanca y Margarita de Borgoña. Las princesas, incluida Juana (que aparentemente no había cometido adulterio), fueron arrestadas. Todos los implicados fueron acusados de un delito de lesa majestad, ya que el hecho de cometer adulterio deslegitimaba toda la línea sucesoria a partir de las princesas. Los caballeros fueron juzgados por la temida Inquisición liderada por Guillermo de Nogaret y condenados a muerte. Las princesas, al ser de sangre real, tuvieron el privilegio de ser juzgadas por el Parlamento. Sin embargo, de nada les sirvió dicho privilegio. Tanto Blanca como Margarita fueron declaradas culpables de adulterio y sentenciadas a cadena perpetua.

Rapado de pelo de Margarita de Borgoña
La única que salió airosa fue Juana, que fue declarada inocente (en gran parte por la influencia de su marido Felipe). Aun así, se ordenó que fuese recluida bajo arresto domiciliario en el castillo de Dourdan; su marido maniobró para que fuera puesta en libertad, cosa que consiguió en el año 1317. Las malas lenguas afirman que no había nada de amor en esta decisión, sino la voluntad de Felipe de conservar el Franco-Condado, territorio que Juana llevaba en la dote. Los caballeros D’Aunay, según la mayoría de las crónicas, fueron ejecutados de forma horrible el 19 de abril de 1314 en la plaza de la ciudad de Pontoise. Primero les cortaron los genitales, que fueron dados de comer a los perros. Después fueron eviscerados y despellejados vivos, para ser finalmente descuartizados. Sus restos fueron arrastrados por las calles para acabar siendo colgados de una horca.

Suplicio de los hermanos D'Aunay
Tanto Blanca como Margarita fueron rapadas y se las obligó a presenciar la ejecución de sus amantes. Después de eso, vestidas con harapos (“de tout noble atour dépouillées”) fueron conducidas al castillo de Andelys y, pasado un tiempo, al de Gaillard. El carro que las llevaba iba cubierto de trapos negros. Sin embargo, las dos princesas no sufren la misma suerte; mientras Blanca fue confinada en una celda normal, Margarita (considerada la instigadora de los adulterios) es conducida a una mazmorra en lo alto de la torre, donde estaría expuesta a la intemperie y a los fríos vientos del lugar, tal y como se narra en el romance de Geoffroi de Paris:

Et de Navarre la reine / Prise comme garce et méchine / Et en prison emprisonnée  /A Gaillard où elle fut menée / Dont le royaume était troublé” (Y de Navarra, la reina / tomada como una perra y humillada / Y prisionera / A Gaillard donde fue conducida / Pues el reino estaba turbado)

Otras fuentes, sin embargo, señalan que fue encerrada en los sótanos en condiciones insalubres.

Las consecuencias

El escándalo hizo que la salud de Felipe IV se resintiera. En noviembre de ese mismo año enfermó gravemente y murió. Le sucedió su hijo mayor Luis X, que pasó a la posteridad con el sobrenombre de El Obstinado. A consecuencia del vacío en el papado que se produjo entre la muerte de Clemente V en 1314 y la elección de Juan XXII en 1316, el rey no podía anular su matrimonio como era su deseo. No obstante, no tuvo que esperar mucho, ya que Margarita apareció muerta el 15 de agosto de 1315, oficialmente por las duras condiciones de su encarcelamiento, aunque existe la fuerte sospecha de que Luis la mandó estrangular. A esta sospecha contribuye el hecho de que sólo 5 días después se casara con Clemencia de Hungría.

Muerte de Margarita de Borgoña
No obstante, no le duró mucho la alegría, pues falleció al año siguiente. El trono fue heredado por su hermano Felipe, apodado “El Largo”, que reinó hasta el año 1322. Su principal medida fue instaurar la llamada “Ley Sálica”, que impedía a las mujeres reinar, por lo que a su muerte la corona pasó a su hermano Carlos, en detrimento de su sobrina Juana. El ascenso al trono de Carlos, apodado “El Hermoso”, trajo como consecuencia que su aún esposa Blanca fuera sacada de su prisión en Gaillard y confinada en el monasterio de Maubisson, donde tomó los hábitos y murió poco después. Carlos fallecería en 1328, y con él acabó la dinastía de los Capetos.

Juana de Borgoña
En cuanto a Isabel, “La Loba de Francia”, no tuvo mucha más suerte. Durante mucho tiempo se consideró que había estado detrás de las acusaciones hacia sus cuñadas en un intento de convertirse en reina de Francia; sin embargo, la mayoría de los historiadores descartan esta versión. Su vida no fue ningún camino de rosas, ya que además de tener que lidiar con la homosexualidad de su marido (al que se dice que asesinó con ayuda de su amante Roger Mortimer), tuvo la mala suerte de su hijo Eduardo III Plantagenet iniciara la Guerra de los Cien Años entre Inglaterra y Francia. A su muerte, el 22 de agosto de 1358, acababa toda representación de la casa Capeto en los tronos europeos. La maldición de Jacques de Molay, de la que hablamos al principio de este artículo, se había consumado.

¿Y qué pinta la Torre de Nesle en todo esto?

La Torre de Nesle fue construida por el rey Felipe Augusto a comienzos del siglo XIII en la orilla izquierda del Sena, frente al viejo castillo del Louvre. En un principio se le dio el nombre de Torre Hamelin, y era una estructura cilíndrica de aproximadamente 10 metros de diámetro y 25 de altura. En 1308 Felipe IV se la compró a Amaury de Nesle. Según la tradición, los encuentros sexuales entre las primas Blanca y Margarita de Navarra y los hermanos D’Aunay tuvieron lugar en dicha torre, por lo que todo el episodio ha pasado a la historia con el nombre de “Escandalo de la Torre de Nesle”. Sin embargo, parece ser que dichos encuentros no sucedían en ese lugar, sino en otros más discretos (aunque no lo bastante, a tenor de los acontecimientos).

Torre de Nesle
La leyenda que asocia la Torre de Nesle a las infidelidades de Blanca y Margarita de Borgoña nació más de un siglo después de los hechos. En 1471, empezó a difundirse la historia de una reina de Francia que había llevado una vida de libertinaje y lujuria, que tenía los encuentros con sus amantes en dicha torre, y que después de disfrutar de ellos los hacía asesinar arrojándolos al Sena metidos dentro de un saco. La leyenda continúa diciendo que uno de esos amantes fue el profesor de la Universidad de París Jean Buridan (famoso años después por sus estudios de lógica), que había logrado escapar de su horrible destino al ser rescatado por sus alumnos.

Jean Buridan
El nombre de la reina no se precisa en la leyenda, pero muchos empezaron a imaginar que sería Margarita de Borgoña. Además, se cuenta que las indiscreciones de Buridan destaparon todo el asunto. Sin embargo, y tal y como hemos visto, el detonante de todo el asunto fueron las sospechas que Isabel de Francia le confió a su padre. Además, Buridan nació en el año 1300, por lo que cuando ocurrió todo apenas tenía 14 años, una edad demasiado joven para estar implicado en un caso así. En 1832, Alejandro Dumas y Gaillardet publicaron “La Torre de Nesle”, un drama histórico en cinco actos que aprovecha esta leyenda y pone en escena a Margarita de Borgoña, Buridan y los hermanos d’Aunay, lo que contribuyó a asociar esta torre al episodio.

Ruinas del castillo de Gaillard
El único punto de conexión entre la Torre de Nesle y los acontecimientos que hemos narrado aquí fue que Felipe V “El Largo” se la regaló a su esposa Juana de Borgoña en 1316. Sin embargo, Juana no vivió nunca en dicha torre, pues a la muerte de su esposo se retiró a sus tierras del Condado de Borgoña. Allí falleció el 21 de enero de 1330. La Torre de Nesle fue demolida en 1663 para permitir la construcción de la biblioteca Mazarino y del colegio de las Cuatro Naciones. No obstante, la fama que asociaba esta torre con las actividades libertinas de las princesas Blanca y Margarita de Borgoña permaneció en el tiempo, hasta el punto de que hacia 1847 se dio el nombre de “Torre de Nesle” a un establecimiento de mala muerte en la calle parisina de Pot-de-Fer, en el que los delincuentes seducían a las chicas de los barrios vecinos.
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