El "Titanic" y la teoría de la conspiración

Todas las generaciones han vivido episodios que les han hecho sentir que la Historia del mundo se dividía en un antes y un después. Son hechos que marcan a una gran cantidad de gente, hasta el punto de que las personas recuerdan con exactitud qué estaban haciendo justo en el instante en que se enteraron del acontecimiento. En mi caso, quizá el momento más impactante fue el ataque a las Torres Gemelas el 11 de septiembre de 2001, pero otras personas de más edad tal vez recuerden como si fuera ayer la llegada del hombre a la Luna. Y si nos remontamos un poco más allá en el tiempo, sin duda un acontecimiento de este tipo fue el hundimiento del Titanic.

El Titanic a la salida de puerto
La fascinación que este barco ejerce sobre el imaginario colectivo es enorme. A más de 100 años de su hundimiento seguimos devorando todas las nuevas noticias que salen sobre él. Cada 14 de abril, los medios tradicionales e internet se inundan de artículos rememorando la tragedia. Pero como no podía ser de otro modo, también aparecen distintas teorías de la conspiración que tratan de explicar a su modo el porqué del hundimiento. No es algo nuevo: cualquiera de los otros acontecimientos que he nombrado antes comparte esas mismas características y casi los mismos chiflados que afirman que la versión oficial es falsa y vivimos engañados. En este artículo repasaremos algunas de las más desatinadas hipótesis que se han dado sobre el tema.

La culpa fue de una momia

Una de las teorías más delirantes sobre el naufragio del Titanic es la que afirma que todo se debió a la maldición que pesaba sobre una momia egipcia que viajaba en el barco. La momia en cuestión era la de una princesa-sacerdotisa llamada Amen-Ra que vivió en tiempos de Akhenaton, y cuyo sarcófago fue descubierto a finales de la década de 1890 en Luxor por cuatro personas. Dicho sarcófago tenía una inscripción con la figura de Osiris y un texto con una terrible maldición para los que osaran perturbar su descanso:

Despierta de tu postración y el rayo de tus ojos aniquilará a todos aquellos que quieran adueñarse de ti

Y parece ser que esta maldición se puso pronto en marcha, ya que todos los que entraron en contacto con el sarcófago sufrieron alguna inexplicable calamidad. Uno de sus descubridores se adentró en el desierto y nunca apareció, otro recibió el disparo accidental de un sirviente y perdió un brazo, otro se arruinó, y el que quedaba sufrió una extraña enfermedad y acabó sus días vendiendo cerillas en la calle.

Noticia del hundimiento
El sarcófago fue entonces adquirido por un empresario que sufrió también una desgracia tras otra: tres miembros de su familia tuvieron un terrible accidente de tráfico y murieron, y la casa en que vivía ardió. Así que decidió donarlo al Museo Británico para librarse de ella, pero ni aun así se acabaron las tragedias: el camión que lo transportaba se puso en marcha de forma accidental y atropelló a un transeúnte, uno de los operarios que lo llevaba se rompió una pierna y otro murió a los pocos días aquejado por una enfermedad desconocida. Una vez colocado en la sala egipcia del museo los vigilantes escuchaban gritos, golpes, arañazos y sollozos que venían del interior del sarcófago y que rompían el silencio de la noche.

Sarcófago de Amen-Ra
Pero no acaba aquí la cosa: los objetos, amanecían cambiados de sitio, uno de los vigilantes nocturnos murió e incluso uno de los visitantes del museo que se había atrevido a tocar el sarcófago perdió un hijo al día siguiente de la visita. Para terminar, uno de los conservadores falleció de forma fulminante y su ayudante enfermó gravemente. Ante tal cúmulo de desastres, el Museo Británico la puso a la venta y la compró un particular, que consultó a la famosa ocultista Madame Blavatsky. Blavatsky le dijo que la momia estaba maldita y conminó al dueño a que se deshiciera de ella, así que dicho particular se la vendió a un arqueólogo y coleccionista norteamericano, que la embarcó en el Titanic. Pero la momia siguió haciendo de las suyas y en la madrugada del 14 al 15 de abril de 1912 realizó la travesura definitiva: hundió el barco para descansar por fin a 4.000 metros de profundidad en mitad del Atlántico.

Madame Blavatsky
Una bonita y terrorífica historia, como pueden ver. Lo malo es que es absolutamente falsa. Para empezar, Madame Blavatsky murió en 1891, así que es imposible que pudiera echarle un vistazo a la momia. Para continuar, no existe en el manifiesto de carga del Titanic ninguna referencia a un sarcófago o a una momia (ni a un tesoro, como dicen algunas variantes de la leyenda). Y para terminar, contamos con el testimonio de alguien que vio lo que pasó en realidad. Al parecer, un periodista (y aficionado al espiritismo) llamado William T. Stead inventó una historia sobre una momia maldita del Museo Británico. Dicho periodista viajaba en el Titanic, y en la cena del 12 de abril la relató en el contexto de una velada en la que se contaron historias de miedo. A partir de aquí, la imaginación de algunos hizo el resto.

William T. Stead
Y no me resisto a contarles lo que afirma la versión más absurda de la leyenda: después de que el Titanic se hundiera, el contenedor que contenía el sarcófago flotó y fue recogido por un barco, que lo trasladó a Estados Unidos. Como quisieron devolverlo al Museo Británico, lo cargaron en el buque Empress of Ireland, que casualmente también naufragó con gran número de víctimas. Lo más increíble es que el sarcófago volvió a flotar, fue recuperado y comprado por un alemán que se lo regaló al Kaiser. Pocos días después se declaró la Primera Guerra Mundial. Y es que hay maldiciones más tercas que una mula.

El Titanic fue hundido por un submarino alemán

Otra teoría sobre el hundimiento del Titanic afirma que el trasatlántico fue torpedeado y hundido por un submarino alemán. Dicha teoría dice que Gran Bretaña estaba preparándose para la inminente guerra con Alemania y envió a Estados Unidos un cargamento de lingotes de oro en el Titanic. El oro tendría como finalidad comprar armas y persuadir voluntades para que los norteamericanos se sumaran a su causa. Los alemanes se enteraron de todo el asunto y no podían consentirlo, así que enviaron a uno de sus flamantes submarinos U-Boats para hundir el trasatlántico y desbaratar todo el tinglado. A favor de esta teoría están los testimonios de algunos supervivientes que afirman que oyeron explosiones después de chocar contra el iceberg, y de marineros del RMS Californian que dicen haber visto luces de un barco a poca distancia del Titanic antes de que ellos llegaran.

Submarino de la Primera Guerra Mundial
Ni que decir tiene que la teoría hace aguas (nunca mejor dicho) por todos lados. En primer lugar, Gran Bretaña fabricaba todas las armas que necesitaba y no había razón alguna para comprarlas en Estados Unidos. En segundo lugar, si los alemanes hundían el Titanic para evitar que Estados Unidos entrara en guerra contra ellos, lo más probable es que consiguieran justo el efecto contrario (tal y como se demostró cuando el hundimiento en 1915 del Lusitania por parte, esta vez sí, de un submarino alemán, provocó en Estados Unidos una gran reacción antialemana que significaría a la postre su entrada en la guerra). En tercer lugar, una explosión producida por un torpedo habría sido lo bastante fuerte como para haber sacudido el barco de tal manera que no cabría duda alguna de que estaban siendo atacados.

RMS Californian
Queda el asunto de las luces del barco misterioso a poca distancia del Titanic. Los partidarios de esta teoría dicen que eran las del submarino alemán, que habría salido a explorar si su ataque había tenido éxito. En realidad, y según se supo bastantes años después del naufragio, las luces pudieron provenir del barco ballenero Samson, que andaba por la zona dedicándose a la caza ilegal de focas y ballenas. Cuando los tripulantes del ballenero vieron las bengalas del Titanic, creyeron que era la Guardia Costera de Estados Unidos y huyeron del lugar pensando que les confiscarían el cargamento. Al parecer, su capitán Henrik Naess confesó la verdad poco antes de morir.

La novela premonitoria

En 1898, el escritor Morgan Robertson publicó una novela titulada “Futility, or the wreck of the Titan” (Futilidad, o el hundimiento del Titán), en la que se narra un naufragio parecido al que sufriría el Titanic 14 años más tarde. Las similitudes entre los barcos no acaban en el nombre, ya que en la novela el Titán tiene unas características técnicas similares al Titanic: 243 metros de largo (el Titanic tenía 268), 40.000 caballos de potencia (frente a los 46.000 del Titanic), y 2 mástiles, tres hélices y capacidad para 3.000 pasajeros (estos tres datos son idénticos en ambos barcos). Además, el Titán se hunde después de chocar con un iceberg en mitad del Atlántico mientras realizaba su viaje inaugural, lo mismo que el Titanic.

Portada de la novela
Pero no acaban aquí las coincidencias: ambos barcos naufragan en una noche de abril, navegando a una velocidad similar (25 nudos el Titán, 23 el Titanic), los botes salvavidas eran menos de la mitad de los necesarios y tanto uno como otro eran considerados insumergibles (aunque como cuenta Jesús García Barcala en este artículo, éste era otro mito más atribuido al Titanic). La historia se redondea con la afirmación de que el autor de la novela era espiritista y solía escribir en estado de trance (algo que por cierto no le sirvió para aumentar la calidad literaria de su obra, bastante aburrida de leer. De hecho, la novela estaría en el rincón del olvido de no ser por las increíbles coincidencias antes narradas). No cabe duda de que estamos ante una casualidad imposible, al menos a simple vista.

Morgan Robertson
Y es que, además de que ambos naufragios son muy parecidos pero no exactamente iguales (el Titán se hunde en condiciones meteorológicas adversas y el Titanic no, uno iba de Europa a Estados Unidos y el otro en dirección contraria,…), cuando empezamos a rascar un poco las cosas se van aclarando. Para empezar, el 17 de septiembre de 1892 se publicó en el periódico The New York Times una nota en la que se anunciaba que la compañía White Star Line había encargado la construcción de un gran trasatlántico que recibiría el nombre de Gigantic y enumeraba sus características técnicas. Estas características resultaron ser similares a las que posteriormente tendría el Titanic. Nombres como Titán o Titania eran comunes en grandes barcos de la época, por lo que la elección del nombre en la novela no es tan extraño (Por ejemplo, el 4 de noviembre de 1880, The New York Times informaba de que un vapor de nombre Titan había llegado a Halifax tras encontrarse con “un terrible huracán”).

Nota de The New York Times sobre el Gigantic
Además, las alertas por iceberg eran usuales en el Atlántico Norte en aquella época del año, debido al deshielo del Ártico en primavera. Como bien dice el matemático y lógico Martin Gardner, la compañía White Star Line solía acabar los nombres de sus barcos en “ic” (en 1898 tenía en servicio el Oceanic, el Britannic, el Teutonic y el Majestic), por lo que un nombre lógico para un futuro buque sería Titanic. De hecho, en 1902 se publicó otra novela titulada “A twentieth-century cinderella or $20,000 reward” (Una cenicienta del siglo XX o la recompensa de 20.000 dólares), en la que el escritor William Winthrop habla de un Titanic de la compañía White Star Line (aunque el barco no naufraga). Como ven, el nombre no era tan difícil de adivinar. Queda el asunto de los botes salvavidas, pero baste decir que el barco cumplía la normativa de la época (es más, dicha normativa le exigía menos botes de los que llevaba). Así pues, más que una profecía, la novela parece una consecuencia lógica de las circunstancias de la época.

La traca final: el Titanic NO se hundió

He dejado para el final la madre de todas las conspiraciones, la que niega la premisa mayor. Esta teoría afirma nada menos que el barco que se hundió en la madrugada del 14 al 15 de abril de 1912 no era el Titanic, sino su gemelo Olympic. Esta descabellada teoría, fruto de la imaginación del “investigador” Robin Gardiner, afirma que se produjo un cambio de barcos durante la estancia del Olympic en Belfast. Pero vayamos por partes.

El Olympic y el Titanic juntos
Todo comenzó el 20 de septiembre de 1911, cuando el Olympic (comandado por el capitán Edward John Smith, el mismo del Titanic) tuvo un incidente con el buque de guerra HMS Hawke, que se acercó demasiado a las turbulencias de la hélice del trasatlántico y acabó chocando con él. La investigación oficial determinó que la culpa de todo la tenía el Olympic, de modo que el seguro se negó a hacerse cargo de los gastos de reparación. Así pues, la compañía decidió hacer trampa y cobrar lo que el seguro le negaba. Y para ello, nada mejor que cambiar los dos barcos, hundir el Olympic (camuflado como el Titanic) en mitad del Océano Atlántico y a otra cosa.

Capitán Edward John Smith
Ambos barcos eran casi idénticos (de hecho, había un tercer gemelo de nombre Britannic). Sólo el ojo experto podría distinguirlos, ya que tenían la misma estructura, los mismos materiales y un aspecto bastante similar. Así pues, durante la estancia en Belfast del Olympic para ser reparado, se pagó a algunos trabajadores para que cambiaran los rótulos, los botes salvavidas (tenían distintos letreros) y otros detalles. Una vez hecho esto, el falso Titanic partiría a su trágico destino. Gardiner va más allá y afirma que la única misión del Californian (un buque del mismo dueño) era estar preparado para rescatar a los náufragos, pero algo salió mal y su posición no era la prevista. Otros detalles de la teoría afirman que algunos botes salvavidas llevaban inscrito el nombre Olympic y que en el famoso documental submarino de James Cameron que filmó el pecio se observan en el casco las letras M y P (de Olympic).

Comparativa del Titanic y el Olympic
Atractiva teoría, ¿verdad? Lo malo es que las discordancias son abrumadoras. Para empezar, los barcos eran similares pero no idénticos. Existían importantes diferencias entre ellos, como la distribución de las ventanas de los camarotes e incluso su forma (en uno de los buques eran redondas, en el otro rectangulares). Unos cambios demasiado importantes como para que no se notaran. Ni que decir tiene que era muy difícil (por no decir imposible) que todo el cambiazo se llevara en secreto, más cuando tanta gente estaba involucrada. Además, el valor del seguro por hundimiento era de 5 millones de $, inferior a lo que había costado construir el Titanic (7,5 millones de $), y sólo un idiota aseguraría un barco por menos de lo que le costó construirlo si su intención era acabar hundiéndolo. Para acabar, la reputación de la White Star Line después de un  naufragio con tan enorme cantidad de víctimas cayó por los suelos; ¿de verdad merecía la pena hacer algo así sólo para vengarse de una compañía de seguros? Como ven, la lógica más elemental nos dice que esta teoría no es más que una descabellada fantasía.

Pecio del Titanic
Existen muchas más teorías de la conspiración asociadas al Titanic. Aquí sólo hemos reseñado las que nos han parecido más interesantes, pero una rápida búsqueda en internet nos acerca a algunas otras. Eso sí, aguanten la risa, y si les apetece vean después la famosa película de James Cameron. Al menos ahí todo se debió a un iceberg.
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2 comentarios:

  1. Es una de las escenas más devastadoras y, a la vez, más reveladoras de la película «Titanic». La misma que granjeó al afamado director James Cameron la friolera de 11 Premios Óscar.

    http://www.abc.es/historia/abci-humillante-fallo-historico-pelicula-titanic-llevo-juicio-james-cameron-201804210216_noticia.html#ns_campaign=rrss&ns_mchannel=abc-es&ns_source=fb&ns_linkname=cm-general&ns_fee=0&voctype=vocfbads

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