El ataque inglés a Cádiz de 1625

El ataque a Cádiz por parte de una flota anglo-holandesa a finales de 1625 constituye uno de los desastres militares más humillantes de la historia británica. Más de 100 naves y 12.000 soldados ingleses se estrellaron contra la ciudad andaluza por culpa de la mala planificación, el nulo sentido estratégico de los mandos al frente del ataque y la pésima coordinación entre ingleses y sus aliados holandeses.

Defensa de Cádiz, obra de Zurbarán
Esta operación fue la única de envergadura que se produjo en los cinco años de guerra entre España y Gran Bretaña (1625 – 1630), ya que su fracaso convenció a los británicos de que era mejor centrarse en tareas mejores como continuar la guerra contra la Francia de Richelieu o tratar de reflotar su economía, muy deteriorada por las campañas militares. Sólo el comandante británico sacó algún provecho de todo el asunto, pues fue nombrado vizconde de Wimbledon antes de comenzar la expedición y conservó el título a pesar de su fracaso.

Edward Cecil, el amigo del duque de Buckingham

A pesar de ser un competente oficial de las tropas inglesas en los Países Bajos, Edward Cecil no era ni la sombra de lo que fue su abuelo William. En efecto, William Cecil había sido primer ministro con la Reina Isabel I y en su día fue considerado el hombre más importante y temido del Reino Unido. Su nieto, sin embargo, sólo tenía en su haber algunas victorias menores en su juventud (a finales del siglo XVI) y no pasaba de ser eso: un competente oficial entre tantos otros. Eso sí, contaba con la amistad de  George Villiers, Duque de Buckingham y primer ministro del rey Carlos I.

Carlos I de Inglaterra
Este monarca estaba muy enfadado con España por el fracaso de las negociaciones mantenidas años atrás para prometerse con la Infanta María Ana de Austria, hija menor de Felipe III y hermana del monarca en ese momento, Felipe IV. El por aquel entonces Príncipe de Gales se sintió ninguneado en la Corte española, algo que le dejó un profundo resentimiento. Todo esto, unido a algunos roces en el continente europeo con los Tercios españoles, sirvió para que presionara a su padre Jacobo I para declarar la guerra a España en 1624, siguiéndola él con renovado entusiasmo cuando al poco tiempo heredó el trono británico.

El primer ministro Buckingham planeó una expedición de una flota británica contra España con el objetivo de capturar la flota de las Indias y las riquezas que llevara consigo. Para eso, pensó que lo mejor era atacar alguno de los puertos españoles donde dicha flota atracaba y saquear la ciudad, ya que atacar a la flota directamente era demasiado arriesgado (aunque no se descartaba del todo). En principio, el mando iba a recaer sobre el propio duque, pero su debilitada salud lo hacía desaconsejable. Además, el rey insistía en mantenerlo ocupado en misiones diplomáticas. Así que decidió delegar el mando, y fue así como se lo ofreció a Edward Cecil, con el que mantenía una gran amistad. Cecil vio en el ofrecimiento una oportunidad magnífica de conseguir fama y renombre, por lo que aceptó de inmediato.

Los preparativos

Como el plan era un empeño personal de Buckingham, éste se encargó de elegir personalmente a todos los mandos y organizar los preparativos. Aunque ni él ni el rey tenían una idea clara de lo que querían conseguir y cómo hacerlo, se puso manos a la obra con una gran energía. Además de Cecil como comandante de la misión, eligió a Robert Devereaux, III conde de Essex, como vicealmirante (Devereaux era hijo del artífice del exitoso ataque a Cádiz en 1596). Ninguno de ellos tenía experiencia naval alguna. Para destacar a Cecil sobre el resto de mandos de la flota, Buckingham lo nombró vizconde de Wimbledon poco antes de partir. Sin embargo, las tres semanas que en principio iban a durar la preparación de la expedición se acortaron a sólo una, al temer el duque que la temporada de tormentas se les fuera a echar encima.

George Villiers, duque de Buckingham
Para ser justos, diremos que Cecil quiso involucrarse más en los preparativos y objetivos de la misión, pero el fuerte individualismo de Buckingham y su propio servilismo se lo impidieron. Por poner un ejemplo, baste decir que Cecil quiso conocer qué tipo de reclutas llevaría a la expedición, pensando que serían parecidos a los que había mandado en los Países Bajos. Sin embargo, se encontró con que gran parte de los 12.000 soldados que lideraría (una fuerza bastante considerable) habían sido reclutados a la fuerza. Se trataban de deudores de Buckingham o de sus amigos, amantes de esposas a cuyos traicionados maridos el duque debía favores, enemigos políticos… El resto fue completado con presos sacados de las cárceles inglesas. Entre las filas había lisiados, enfermos, retrasados mentales y algunos hombres de más de 60 años. Todos ellos fueron alojados en pensiones, establos o simplemente dormían en las calles. Estuvieron así cinco meses.

Para evitar que estos hombres causaran disturbios, Buckingham ordenó que todas las armas estuvieran en los barcos y que los soldados no tuvieran acceso a ellas en suelo inglés. La consecuencia inmediata fue que muchos de ellos, que no habían tenido un mosquete en las manos en toda su vida, no pudieron familiarizarse con ellas. Este detalle acabó por no tener importancia ya que después de partir se descubrió que muchos de los mosquetes de la expedición habían sido fabricados a toda prisa y de forma defectuosa, hasta el punto de no tener ánima (abertura del cañón por donde sale la bala). A esto había que unir que una parte de la munición se había comprado de un calibre equivocado, y muchos de los moldes para fabricar más se deformaron a causa de las tormentas a las que la flota se vio sometida. Además, no había uniformes suficientes y muchos soldados iban envueltos en harapos. Cecil se quejaba de que algunos de sus hombres ni siquiera llevaban pantalones.

Edward Cecil, vizconde de Wimbledon
Tampoco la organización de la Armada era mucho mejor. Se habían reunido unos 100 barcos con los que afrontar la empresa, pero sólo nueve de esos barcos eran galeras de guerra; el resto eran mercantes y barcos carboneros a los que se había armado a toda prisa con unos cuantos cañones. Las galeras, además, eran viejas y databan de la época de la Armada Invencible, casi 40 años atrás. Algunas de ellas conservaban las mismas velas y cuerdas de entonces (por lo que muchas estaban podridas) y sus cascos no habían sido limpiados ni reparados (y eso hacía que la quilla de algunos de ellos estuviera agujereada). Otros de los barcos de la flota tenían los mástiles sueltos, la carga estaba mal estibada y hacía que los barcos fueran inestables, y las cartas de navegación eran inadecuadas. Para rematar la faena, las provisiones eran escasas y estaban en mal estado ya antes de partir. Uno de los capitanes anotaría lo siguiente sobre la comida:

No es ni la mitad de la asignada por el rey, y apesta de tal manera que ningún perro de París podría comerla”.

Tampoco los mandos elegidos por Buckingham eran motivo de esperanza. Todos habían sido elegidos de entre las amistades del duque y casi ninguno tenía experiencia naval alguna. Cecil, no obstante, no desesperó y preparó un minucioso libro con todos los detalles de la operación, las órdenes generales y las señales que iban a emplearse. Un ejemplar de este libro habría de ser entregado a los capitanes de cada nave. Sin embargo, un retraso en su impresión hizo que lo recibieran cuando ya habían regresado a puerto después de la expedición, dos meses y medio después.

Cecil dirigió una carta al rey quejándose de las numerosas deficiencias, aunque mostrándose siempre dispuesto a completar la empresa que se le había asignado. La carta finalizaba así:

Y me atrevo a decir que ninguna armada, aun en los tiempos más turbulentos, estando tan llena de necesidades y defectos, estuvo más dispuesta en tan breve plazo (...). Pero ni éstas ni otras razones podrán desalentarnos, sino hacernos más resueltos y sacrificados”.

No obstante, no todo fueron penurias. Como detalle positivo hay que decir que 24 barcos holandeses al mando de Guillermo de Nassau, bastardo del príncipe Mauricio de Holanda, reforzaron la flota inglesa. Todos los mandos y tripulantes holandeses eran expertos marinos, algo que más que un beneficio supuso un duro contraste con la realidad de la flota inglesa.

El viaje

El 15 de octubre de 1625, la flota partió de Plymouth. En total había 112 barcos, 12.000 soldados con más de 100 caballos y 5.400 tripulantes. Nada más salir, una tormenta dispersó la flota e hizo que tuviera que buscar refugio en puerto. Finalmente, el 18 de octubre pudo salir hacia España. Los problemas comenzaron a los pocos días. Las galeras empezaron a hacer agua y gran parte de los hombres estaban ocupados a tiempo completo en achicarla. La “Lion” tuvo que regresar cuando estaba a punto de hundirse.

Guillermo de Nassau
Como hemos dicho antes, la comida era bastante escasa y estaba en mal estado, así que hubo que imponer su racionamiento nada más comenzar el viaje. El tiempo era malo y las tormentas eran constantes. Después de una particularmente fuerte (duró dos días), la “Long Robert” se hundió con todos sus hombres y el resto de la flota sufrió daños importantes y se dispersó. La mayoría de las lanchas en las que los hombres iban a ser desembarcados se perdieron por las galernas. La comida, ya de por sí en malas condiciones, se humedeció y empezó a pudrirse. La pólvora se mojó y las vías de agua en las naves se multiplicaban día a día. Hasta el día 29 no pudo reunirse de nuevo la flota a la altura del cabo Mondego.

No había ningún plan concreto. El rey sólo había ordenado que se tomara una ciudad española y que se capturara la flota española de las Indias, pero sin concretar más. De modo que Cecil tenía ante sí como posibles objetivos Lisboa, Cádiz y Sanlúcar de Barrameda. Como en su viaje la primera ciudad que se encontraría sería Lisboa, se presentó allí pero no se atrevió a atacarla. El 30 de octubre, a la altura del Cabo de San Vicente, se formó un consejo en el que se concretó el plan de ataque: desembarcarían en el Puerto de Santa María, en la Bahía de Cádiz, donde establecerían una cabeza de puente desde donde atacar Sanlúcar, a 12 millas. Cecil consideraba que la misión sería fácil dado el gran número de tropas que llevaba consigo. La flota puso pues rumbo a la bahía de Cádiz, a la que llegó el 1 de noviembre.

En la bahía de Cádiz

La ciudad de Cádiz contaba en 1.625 con alrededor de 20.000 habitantes. Era un punto estratégico en el comercio con América, y ya había sido atacada con éxito por los ingleses en dos ocasiones anteriores. La primera vez tuvo lugar en 1587, cuando Sir Francis Drake había destruido la flota española amarrada en la bahía. La segunda ocurrió en 1596, cuando Robert Devereaux, II conde de Essex (y padre del vicealmirante de la expedición actual) saqueó la ciudad. Desde entonces, las fortificaciones de la ciudad se habían reforzado considerablemente. No obstante, en el momento del ataque la ciudad sólo contaba con 8 galeones fondeados en la bahía y una guarnición de 300 hombres, aunque podían reunirse refuerzos de las plazas vecinas hasta un total de 4.000 soldados.

Mapa de la Bahía de Cádiz en 1625
Cecil ordenó a Essex que dirigiera su escuadra hacia el Puerto de Santa María. Sin embargo, éste tenía en mente otros planes. Como su padre había sido un héroe en el exitoso asalto a Cádiz 30 años atrás, Essex pensó que él no podía ser menos y dirigió su escuadra a toda velocidad contra los galeones españoles fondeados en la bahía. Cecil, atónito ante la situación, le siguió a bordo de su nave “Anne Royal” mientras ordenaba a voz en grito al resto de barcos que le siguieran. No sabemos si por no oír las órdenes o por no querer oírlas, el resto de la flota no se movió y el fuego de artillería de la ciudad paró en seco el ataque, dando tiempo a que los barcos españoles escaparan y se refugiaran en La Carraca. La oportunidad de capturar esas naves se había perdido.

Desechado el plan de desembarcar en el Puerto de Santa María debido a la poca profundidad de las aguas, la flota quedó amarrada en la bahía sin que su comandante supiera muy bien qué hacer a continuación. En ese momento, Cecil tuvo uno de los pocos golpes de suerte de toda la expedición: un comerciante inglés llamado Jenkinson hacía negocios en Cádiz y al divisar la flota inglesa se apresuró a remar hacia el buque insignia, informando de que Cádiz sólo contaba con unas decenas de hombres como guarnición y estaba prácticamente desprotegida. La oportunidad de tomar la plaza era única, y un comandante más decidido la habría aprovechado de inmediato. Sin embargo, Cecil pecó de prudente y pensó que antes de atacar la ciudad debía cortar la ruta de llegada de posibles refuerzos. Así pues, ordenó que primero había que tomar El Puntal, el pequeño istmo de tierra que unía a Cádiz con la isla de León, a fin de guardarse las espaldas.

El ataque a El Puntal

Cecil ordenó a cinco barcos holandeses y a los buques carboneros que atacaran el fuerte de San Lorenzo del Puntal con toda su artillería. Los carboneros ingleses, desobedeciendo las órdenes recibidas, se quedaron atrás deliberadamente, dejando solos a los barcos holandeses frente a los 8 cañones del fuerte. Tras perder dos barcos, y ante la queja holandesa de que estaban enfrentándose solos a todo El Puntal (en realidad la guarnición del fuerte era sólo de 120 hombres), Cecil obligó en persona a los carboneros a que participaran en el ataque. Poco después los holandeses volvieron a quejarse, pero esta vez para pedir que los carboneros se largaran lo más lejos posible. Parece ser que tenían tan mala puntería que sus proyectiles pasaban más cerca de los barcos holandeses que del fuerte, y el riesgo de hundimiento por “fuego amigo” era más que palpable.

Fuerte de San Lorenzo del Puntal en la actualidad
Tras el intenso bombardeo, se decidió que las tropas inglesas desembarcaran. Sin embargo, las cosas no fueron mucho mejor, ya que el oficial al mando, Sir John Burroughs, desobedeció las órdenes de Cecil y desembarcó justo debajo del fuerte. Sus hombres fueron rápidamente barridos por la artillería de El Puntal. Al final, y tras más de 4.000 proyectiles disparados contra el fuerte, la guarnición se rindió. Cecil permitió a las fuerzas españolas salir con honores y con la bandera de desfile.

Por fin, y tras 24 horas desde la decisión de atacar El Puntal, el fuerte estaba ahora en manos inglesas. Pero lo cierto es que ya daba lo mismo. Mientras la guarnición defendía el fuerte, el gobernador de Cádiz había mandado un mensaje al Duque de Medina Sidonia pidiendo ayuda. Este había enviado 4.000 soldados a la ciudad mientras los ingleses luchaban en El Puntal, y ahora Cádiz era inexpugnable. El único problema para la defensa era que la plaza sólo tenía suministros para tres días. Sin embargo, fue abastecida con galeras desde Sanlúcar, consiguiendo entrar en la ciudad con el apoyo de la artillería costera, a pesar del fuego inglés. Asimismo, varias embarcaciones más consiguieron llegar desde La Carraca con suministros.

La decisión de Cecil

El día 1 de noviembre, Cecil se encontraba en medio de la bahía de Cádiz, al mando de unas 100 naves y sin saber muy bien qué hacer. Ahora estaba en tierra enemiga, al mando de unos 10.000 soldados y tampoco tenía muy claro cuál iba a ser su siguiente paso. Le llegó la noticia de que una fuerza española avanzaba desde Jerez hacia el puente Zuazo para socorrer la ciudad, así que el día 3 de noviembre Cecil fue a su encuentro con 8.000 hombres mientras dejaba los restantes frente a Cádiz al mando de los coroneles Burroughs y Bruce. Después de avanzar 15 kilómetros sin contactar con el enemigo, Cecil se convenció de que era una falsa alarma. Sin embargo, lo que hizo a continuación fue realmente extraño; decidió seguir avanzando sin un plan definido. Él mismo lo describió así en un relato posterior:

Parece que se trataba de una falsa alarma. Pero puesto que ya hemos avanzado tanto, si os parece podríamos continuar haciéndolo. Quizá sepamos algo o veamos algún enemigo. De no ser así, por lo menos sabremos cómo es ese puente del que tanto hablan”.

Cuando las fuerzas inglesas estaban atravesando las salinas de la zona, alguien cayó en la cuenta de que no se habían desembarcado provisiones ni agua. Cecil mandó un grupo de hombres de vuelta a los barcos a por ellas y nunca más se supo de ellos. La situación no podía ser más mala, pero se puso peor. El ejército inglés se encontraba en territorio enemigo, en medio de unas salinas, sin agua ni alimentos y avanzando a ciegas. Con los hombres al borde de la rebelión, llegaron a unos edificios cuyos habitantes habían huido y decidieron acampar a pasar la noche. Los sedientos soldados, al inspeccionar los caserones, descubrieron barriles y más barriles de vino de Jerez en las bodegas, que se apresuraron a saquear.
 
Imagen aérea de la Bahía de Cádiz
Cecil se encontró entonces en medio de una turba de borrachos hambrientos y al borde del motín. Intentó impedir que los soldados siguieran bebiendo, pero estos dispararon contra los oficiales que trataban de llevarse el vino. El propio Cecil tuvo que ser protegido por su guardia personal. El espectáculo al día siguiente era cuando menos desolador: 8.000 hombres desperdigados, débiles y resacosos estaban tirados por los suelos. Cecil comprendió por fin que aquello no tenía ningún sentido y regresó esa mañana hacia El Puntal con todos los que pudieron seguirle. Atrás quedaron unos cien hombres, demasiado débiles y resacosos como para levantarse y caminar. Las tropas de Medina Sidonia dieron buena cuenta de ellos.

La retirada y el regreso

Mientras tanto, la ciudad había hundido varios de sus propios barcos en la bahía, impidiendo así que las naves inglesas pudieran adentrarse en La Carraca para atacar a los barcos españoles fondeados allí. Cecil ordenó el 5 de noviembre a sus hambrientas tropas regresar a los barcos, cosa que completaron el día 6 hostigados por las fuerzas que venían de Cádiz y del puente Zuazo. Tras incendiar uno de sus barcos (donde se encontraban los cuerpos de los ingleses fallecidos), la flota salió finalmente de la bahía de Cádiz el día 7 de noviembre. Cecil ordenó a sus barcos quedarse en la costa sur de Portugal, esperando la llegada de la flota española de las Indias para asaltarla. Tras algunas escaramuzas en las que perdieron varios barcos, y ante el mal estado de las naves, el 26 de noviembre se decidió a regresar a Gran Bretaña sin haber conseguido ninguno de sus objetivos. El día 29 llegó finalmente a Cádiz la flota de las Indias sin haber tenido contacto alguno con el enemigo.

Representación artística de una flota del siglo XVII
El regreso fue desastroso. Las naves holandesas abandonaron la flota sin previo aviso hartos de la incompetencia inglesa. Los barcos no habían podido aprovisionarse, con lo que no había provisiones suficientes. La mitad de los hombres estaban enfermos, las vías de agua eran cada vez peores y muchas naves acabaron hundiéndose o a la deriva. Meses después de la expedición seguían llegando a Inglaterra barcos que habían formado parte de la flota. Algunos encallaban en la playa y la mayoría apenas tenían una docena de hombres a bordo. Las ciudades costeras se vieron inundadas de mendigos, hombres de la expedición con la salud destrozada y sin nada en el bolsillo. Como ejemplo, de los 400 hombres que contaba la nave insignia “Ann Royal” al principio de la expedición sólo 150 emprendieron el regreso, de los que 130 enfermaron en el viaje de vuelta hasta su llegada al puerto de Kinsale (Irlanda) el 21 de diciembre. En total, las bajas anglo-holandesas fueron de 7.000 hombres y 62 barcos.

Así acabó la expedición inglesa a Cádiz. A su regreso, varios oficiales que habían participado en la expedición acusaron a Edward Cecil de negligencia y mala administración. La Cámara de los Comunes, reunida en 1626 para librar fondos para la guerra, se negó a hacerlo hasta no depurar responsabilidades por el desastre de Cádiz. Considerando que todo había sido idea del duque de Buckingham, lo acusaron de alta traición. Carlos I, para protegerle, ordenó la disolución de la Cámara. Quizá habría sido mejor que no lo hubiera hecho, pues años después Buckingham, lejos de haber aprendido la lección, ordenó un asalto parecido a la isla de Ré. Por supuesto, los resultados fueron idénticos.

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