Gilles de Rais, el verdadero Barba Azul

En Francia, su nombre es sinónimo del mal. Sin embargo, hubo un tiempo en que fue considerado el ideal de caballero. Gilles de Rais ha pasado a la posteridad como uno de los más terribles asesinos en serie, autor confeso de la muerte de varios cientos de niños. Sus crímenes han ensombrecido las hazañas que llevó a cabo en la Guerra de los Cien Años, en la que fue compañero de armas y protector de Juana de Arco, y que hicieron que consiguiera el nombramiento de Mariscal de Francia cuando ni siquiera había cumplido 25 años y que amasara una inmensa fortuna.
 
Retrato imaginario de Gilles de Rais
Considerado por muchos historiadores como “un niño con poder”, sus crímenes inspiraron a Charles Perrault el cuento “Barba Azul”, recogido en su antología “Cuentos de Mamá Oca”. En su juicio, Gilles de Rais declaró haber actuado según su naturaleza, y que no podía controlarse. Sus palabras dan fe del monstruo que siempre llevó dentro y al que dio rienda suelta cuando murió la Doncella de Orleans: “Uno se cansa y aburre de lo ordinario. Empecé matando porque estaba aburrido y continué haciéndolo porque me gustaba desahogar mis energías”.

Infancia

En el gélido otoño de 1404, en la Torre Negra del castillo de Champtocé (Anjou), vino al mundo Gilles de Montmorency-Laval, Barón de Rais. Su sangre era de las más nobles de Francia, pues en él se juntaban tres de los más rancios linajes franceses: los Montmorency y Laval por parte de su padre y los Craon por parte materna. A esto había que añadir que sus nobles progenitores eran también inmensamente ricos, pues la fortuna que poseían por separado se incrementó con su unión. Durante sus primeros años, su educación y crianza (junto a la de su único hermano René) estuvieron en manos de tutores e institutrices, ante la dejación e indiferencia de sus padres; él porque estaba ocupado todo el tiempo en sus campañas guerreras y ella porque sencillamente nunca quiso saber nada de sus hijos. Sin embargo, su educación fue esmerada y pronto dominó la lectura, el latín y el griego.

En 1415 su padre, Guy de Rais, fue herido mortalmente por un jabalí en una jornada de cacería. Fue trasladado a sus aposentos solicitando la presencia de Gilles, su hijo mayor. Éste no sólo no mostró ninguna pena, sino que parecía deleitarse con la imagen de las vísceras de su padre esparcidas por la cama. Durante los días que duró la agonía, Gilles no se separó del lecho de muerte de su progenitor, sin dejar de contemplar la macabra escena con indiferencia. Finalmente Guy de Rais murió, disponiendo como última voluntad que su primo Jean Tournemine de La Hunaudaye se hiciera cargo de la tutela de sus hijos.

Escudo de armas de los Craon
No obstante, desoyendo el testamento, es su abuelo materno Jean de Craon quien se hace cargo de los dos hermanos. Su motivación no era tanto el amor a sus nietos sino la inmensa fortuna que éstos poseían. De Craon había amasado su riqueza con el bandidaje y era una persona violenta y sin moral que se despreocupó del cuidado de los niños. Así, mientras sus profesores se esforzaban en inculcar a los pequeños interés por las ciencias y las letras, su abuelo los dejaba actuar a su libre albedrío. Como muestra de la mala influencia que ejerció sobre Gilles está lo que éste diría años más tarde sobre él:

Me enseñó a beber, inculcándome desde muy niño a extraer placer de pequeñas crueldades. Nada más lejos de lo que otros hombres han pensado, sentido, imaginado o incluso hecho... Bajo su custodia aprendí a despegarme de los poderes terrenos y divinos, con lo que creí que era omnipotente.

Su madre murió poco después, con lo que el abuelo pasó a tener las manos libres para hacer y deshacer a su antojo con la fortuna de sus nietos. En principio, de Craon manifestó más interés por el hermano menor René que por Gilles, del que se desentendió casi totalmente, así que éste buscó refugio en la inmensa biblioteca del castillo de su abuelo. Allí leyó con pasión el “Apocalipsis” y sobre todo la “Vida de los doce Césares”, de Suetonio. Admiraba la manera en que Tiberio, Calígula y Nerón realizaban impunemente todo tipo de crímenes y orgías, lo que causaba en él una gran impresión. Sin duda, este libro ejerció una enorme influencia en lo que habría de venir después.

Primer asesinato y boda

Gilles de Rais manifestó desde una edad temprana una gran pericia en todo aquello que emprendía. Sin embargo, pronto dio muestras también de un temperamento egocéntrico y un carácter rebelde que hacía que siempre quisiese imponer su voluntad a todos los que le rodeaban. Destacó enormemente en el manejo de las armas, algo que le sería de mucha utilidad cuando algunos años después participara en las distintas guerras que se sucedían a su alrededor. A los 14 años, su abuelo le regaló una espléndida armadura blanca milanesa a la vez que le concedía la distinción de caballero. Era su primera ceremonia oficial.

Fue por aquel entonces cuando cometió su primer asesinato. La víctima se llamaba Antoine y era hijo de unos sirvientes del castillo. Gilles le retó a un duelo con el ánimo de jugar juntos, y en el trascurso del mismo clavó su espada en el cuello de Antoine. Gilles, en lugar de pedir ayuda, observó con deleite cómo su amigo se desangraba en el suelo. El incidente se acalló con una exigua indemnización a la familia del joven muerto. Al fin y al cabo, Gilles era un noble que había matado accidentalmente a un plebeyo, así que era de esperar que saliera impune de todo el asunto.

A los 16 años el aspecto físico de Gilles era realmente imponente. Medía más de 1,80 metros, era musculoso y ancho de hombros. Poseía además una gran agilidad de movimientos y una innata elegancia natural. El conjunto se completaba con unos grandes ojos azules y un ondulado cabello negro. Sin duda no iba ser un problema encontrar una esposa para él, dada su fortuna y belleza. Sin embargo, había algo que lo hacía difícil: Gilles era homosexual, circunstancia que constató su abuelo cuando lo pilló in fraganti con algunos pajes e incluso con su propio primo. Así pues, de Craon empezó a buscar desesperadamente una candidata a casarse con su nieto. La primera que encontró fue una rica heredera de cuatro años de edad, pero todo el plan se frustró cuando, ante la protesta de los nobles locales, el Parlamento de París prohibió la boda.

Representación de Gilles de Rais en batalla
Por aquel entonces Gilles tuvo su bautismo de sangre. Se puso a las órdenes de Juan V, Duque de Bretaña, en los estertores de la guerra de sucesión bretona entre los Montforts y los Penthièvres. Las crónicas narran que Gilles luchaba siempre a la vanguardia junto a sus soldados montando en su caballo favorito, Noisette, demostrando una gran bravura y sobre todo una violencia inusitada. Parecía no temer a la muerte, y sus compañeros de armas lo admiraban porque siempre parecía luchar como si estuviera poseído. Gustaba de cortar cabezas y su armadura terminaba invariablemente bañada en sangre. Los soldados le seguían con entusiasmo a la batalla, y se distinguió como una gran líder militar.

Un año más tarde y una vez que hubo regresado de la campaña, Gilles se encontró con que su abuelo había hallado por fin a la candidata ideal para desposarse con él. Se trataba de su vecina y prima Catherine de Thouarscon, de 15 años de edad. La familia de la joven se negaba al matrimonio, así que nieto y abuelo la raptaron y Gilles se casó con ella el mismo día, 24 de abril de 1422. En gran medida, la elección del abuelo estuvo motivada por varios castillos que poseía la familia de la joven, que unidos a los suyos harían de ellos la familia más rica y potente de Francia. Sin embargo, la familia de Catherine no aceptó la unión matrimonial y se negó en redondo a dar esos castillos como parte de la dote. Demostrando que no se andaba con chiquitas, Gilles secuestró también a su suegra poco después y la mantuvo encerrada a pan y agua hasta que la familia de la joven los cedió. El matrimonio tuvo una hija, Marie, en 1429, aunque Gilles nunca mostró demasiado interés en su esposa. Catherine, con su hija en brazos, huyó finalmente a uno de los castillos de su padre sin que Gilles pusiera demasiado empeño en recuperarlas.

Juana de Arco

En 1424, a la edad de 20 años, Gilles vio reconocida su mayoría de edad, algo que anhelaba desde hacía tiempo. Solicitó el dominio absoluto sobre todas sus posesiones y empezó a apartar de su vida gradualmente a su abuelo, Jean de Craon, aunque siempre sintió su mirada vigilante sobre él hasta su muerte, en 1432. Gilles fue entonces reclutado por Georges la Tremoille, gran chambelán del Rey, y rindió homenaje al delfín de Francia, futuro Carlos VII, que pasaba por una delicada situación en su lucha contra los ingleses y los borgoñones en la Guerra de los Cien Años. La Tremoille, hombre muy hábil y astuto, vio en Gilles un gran líder militar al que los hombres seguirían a la batalla sin dudar.

Juana de Arco
En 1429, Gilles conoció a Juana de Arco e inmediatamente se sintió fascinado por su personalidad y sus visiones, quedando prendado de su belleza. Años más tarde declararía:

Cuando la vi por primera vez parecía una llama blanca. Fue en Chinon, al atardecer, el 23 de febrero de 1429. Desde el principio fui su amigo, su campeón. En el momento que entró en aquella sala, un estigma maligno escapó de mi alma y ante el escepticismo del Delfín y de la Corte, yo persistí en creer en su misión divina. En presencia de ella y por ese breve lapso, yo iba en compañía de Dios y mataba por Dios. Al sentir mi voluntad incorporada a la suya, mi inquietud desapareció.

El Delfín concedió un pequeño ejército a Juana y Gilles para liberar Orleans del asedio inglés, que duraba ya varios meses. En sólo ocho días, este pequeño ejército logró levantar el sitio y entraron triunfantes en la ciudad. Todos los veían como los salvadores de Francia. Poco después, ese pequeño ejército salió victorioso en las batallas de Jargeau y Patay. La legendaria audacia y violencia de Gilles vieron incrementada su leyenda en estas acciones. Se convirtió en escolta y protector de Juana, a la que salvó en no pocas ocasiones del fragor de la batalla (como en el ataque a París de finales de 1429). Con ella se sentía en plenitud espiritual, llegando a decir que Juana era Dios y que por tanto mataba por mandato divino. Con tan solo 25 años, y fruto de su ardor en el combate, fue proclamado Mariscal de Francia (caso único en la historia), amasando una gran fortuna. Poco después, tras la coronación del Delfín como Carlos VII el 17 de julio de 1429 en la Catedral de Reims, Gilles obtuvo el derecho de poner la flor de lis en su escudo de armas.

Ejecución de Juana de Arco
La vida por fin parecía sonreírle, pero entonces ocurrió algo que lo terminó de enajenar por completo. Juana fue capturada y condenada a la hoguera, sentencia que se cumplió el 31 de mayo de 1431 ante la impasibilidad del monarca francés. Gilles trató de rescatarla reclutando un pequeño ejército de mercenarios, pero por razones desconocidas no llegó a tiempo a pesar de encontrarse a tan sólo 25 kilómetros de Ruan, lugar donde se llevó a cabo el juicio y la sentencia. Gilles acusó públicamente al rey Carlos de la muerte de Juana y lloró amargamente sobre sus cenizas. Un año más tarde, en agosto de 1432, tuvo lugar su última acción militar en la Guerra de los Cien Años: la batalla de Lagny, en la que resultó victorioso. Poco después, su protector La Tremoille cayó en desgracia y Gilles vio perdida su condición de Mariscal de Francia. Amargado, decidió retirarse a su castillo de Tiffauges. La muerte de su abuelo en 1432 eliminó la última traba para el monstruo que seguía aletargado en su interior.

El derroche y la furia

Solo en su castillo, separado de su esposa e hija y rodeado de una corte de aduladores, Gilles se hizo la firme promesa de no volver a tener contacto carnal con mujeres y se entregó a los más notables excesos y derroches. Por ejemplo, se extasiaba ante los cantos gregorianos y si tenía noticias de alguna voz hermosa, no descansaba hasta conseguir que su poseedor cantara ante él. El sonido del órgano le producía tal enajenación religiosa que se hizo construir algunos portátiles para que le acompañaran en el más mínimo traslado. Todo el que acudía a él era tratado con generosidad, tenía mesa a cualquier hora del día o de la noche y era raro que abandonara su castillo sin ser colmado de regalos en especie o en metálico. Mandó además construir autómatas con forma de pájaro, algo sumamente costoso.

Representación de una batalla en la Guerra de los Cien Años
Gastó una enorme fortuna en la representación teatral de las campañas realizadas con Juana. Particularmente onerosa resultó la que realizó en mayo de 1435 sobre la toma de Orleans, donde participaron más de 150 actores, los trajes estaban lujosamente trabajados, la infantería contaba con armaduras auténticas y había grandes cuadros simulando multitudes. La entrada al espectáculo era gratuita y agasajó a todos los asistentes con grandes cantidades de comida y vino. En total, se gastó en ello unas 80.000 coronas de la época.

A causa de todos estos derroches, su fortuna empezó a menguar. Pidió dinero a prestamistas a un interés de usura y, para poder pagar, empezó a vender propiedades a precios irrisorios. Pronto su familia empezó a asustarse ante lo rapidez con que Gilles malgastaba todo lo que tenía y pidió al Rey que interviniera. Entre los documentos aportados figuraba un memorial en el que se indicaba que su inmensa hacienda se acabaría en menos de 8 años. Carlos VII accedió y en 1436, “seguro de lo mal que gobernaba el señor de Rais”, le prohibió en su Gran Consejo y a través de cartas fechadas en Amboise que vendiera o enajenara ningún castillo, fortaleza o tierra. Nadie se atrevió entonces a comprar nada de Gilles temeroso de despertar la cólera del Rey, así que pronto se vio sin liquidez para poder continuar la vida de lujos que llevaba.

Ante esa situación, Gilles de Rais se volvió hacia el esoterismo y la alquimia, convencido de que podría volver a llenar sus arcas a través del hallazgo de la piedra filosofal. Se rodeó de una corte de nigromantes, brujas y alquimistas que le aseguraron que podrían fabricar oro y volver a hacer de él el hombre más rico de Francia. Finalmente, cayó en manos de un embaucador florentino llamado Prelati, que le aseguró estar en tratos con el mismísimo Diablo. Éste le aseguró que sólo sacrificando sangre inocente conseguiría de nuevo su sueño de volver a ser rico.

Carlos VII
Fue así como los servidores de Gilles de Rais empezaron a recorrer pueblos y aldeas buscando niños y adolescentes y prometiendo a su familia que los harían pajes del castillo. En ocasiones, el propio de Rais acudía personalmente a las casas de las familias para asegurar con amabilidad que los niños tendrían un prometedor futuro. De las víctimas no se volvía a tener noticias y cuando los familiares preguntaban, les respondían que estaban bien. Aprovechaba también que muchos niños se acercaban a su castillo a pedir limosna para hacerles pasar y desaparecer para siempre. Pronto empezó a cundir la alarma y de Rais se vio obligado a recurrir a los raptos. Se llegaron a contabilizar hasta 1.000 desapariciones de niños de entre 8 y 10 años en Bretaña y en buena parte de ellas estaba implicado Gilles de Rais.

Además del castillo de Tiffauges, utilizó otros para sus fechorías, como el de Machecoul y el de Champtocé. La locura llegaba al caer la noche, cuando de Rais y sus esbirros se dedicaban a torturar y matar a los niños que previamente habían secuestrado. Después de cada noche sangrienta, Gilles de Rais salía al amanecer y recorría en solitario las calles y los bosques sollozando arrepentido mientras sus secuaces limpiaban las estancias y quemaban los cadáveres. El temor se fue apoderando de los pueblos, cuyos habitantes habían bautizado a de Rais como “Barba Azul” al dar las luces del alba tonos azulados a su negra barba, y sus criados se vieron obligados a ampliar su campo de acción, con lo que el miedo se extendía cada vez más.

Arresto, juicio y ejecución

Todo se precipitó en 1440, cuando de Rais vendió una de sus últimas posesiones, el castillo de Saint-Etienne-de-Memorte al tesorero de Juan V, Geoffroy de Farron, que puso a su hermano Jean, eclesiástico, al frente de la posesión. Sin embargo, poco después de Rais se enteró de que su primo el señor de Villecigne quería también comprárselo por una suma mayor, por lo que pidió a Farron la anulación de la venta. Al negarse éste, atacó la iglesia donde Jean de Farron oficiaba misa y lo secuestró, llevándoselo al castillo de Tiffauges. Conocida la noticia por el duque de Bretaña y por el obispo de Nantes, se envió una partida armada a rescatar al secuestrado. De Rais, que se encontraba entonces en el castillo de Machecoul, fue capturado el 15 de septiembre de 1440. La sorpresa llegó cuando en el castillo encontraron los cuerpos despedazados de 50 adolescentes. Empezaron a hacerse averiguaciones y el resultado fue que el duque de Bretaña hizo comparecer a Gilles de Rais ante la justicia acusado de haber matado y torturado entre 140 y 200 niños en prácticas diabólicas.

Escudo de armas de Gilles de Rais
Se le hicieron dos juicios, uno religioso donde se le acusaba de satanismo y brujería y otro civil, donde tendría que responder por la muerte de los niños. Las actas de estos juicios aún se conservan, y nos permiten tener un conocimiento pormenorizado de lo que pasó en ellos. Al principio se declaró inocente, pero ante la avalancha de testimonios y confesiones de sus cómplices (que fueron torturados) y la amenaza de excomunión, finalmente confesó sus crímenes. Fue una confesión tremenda y minuciosa de los actos que había realizado durante sus 8 años de terror, y tal fue el horror que provocó dicha confesión que durante el juicio uno de los presentes cubrió el crucifijo que presidía la sala por la vergüenza que provocaron sus palabras. Se constató el asesinato de 200 víctimas, aunque probablemente fueran muchas más. Durante su confesión, proclamó su profundo arrepentimiento y pidió perdón a las familias de las víctimas.

Representación del arresto de Gilles de Rais
El 25 de octubre de 1440, la corte eclesiástica dictó una sentencia de excomunión contra él y la corte civil decretó la pena capital. Su banda también fue castigada. A Francesco Prelati, alquimista y sacerdote del mariscal, se le impuso una pena de trecientas coronas de oro y cadena perpetua en una cárcel de la Iglesia, recibiendo castigo físico de manera periódica y una dieta basada en pan y agua. Poco le duró este castigo, ya que el duque de Anjou lo sacó del presidio atraído por sus artes alquimistas. Perrine Martin, la única mujer del grupo, se suicidó en prisión. Los otros dos ayudantes de Gilles fueron condenados a la horca y la hoguera. El 26 de octubre, Gilles de Rais fue conducido al prado de la Madeleine en Nantes para ser ahorcado, después de haber rechazado el perdón real (gracia que se le concedía al ser un grande de Francia). A causa del arrepentimiento mostrado en el juicio, sus restos sólo fueron parcialmente quemados y recibieron sepultura en el convento de las Carmelitas de Nantes, a petición postrera del propio barón de Rais.

Ejecución de Gilles de Rais
Moría así a los 36 años uno de los mayores asesinos en serie de la historia, un monstruo sediento de sangre al que sólo un error permitió capturar. En 1695, Charles Perrault convirtió la historia de Gilles de Rais en un cuento, “Barba Azul”, donde sustituyó a los niños por mujeres como víctimas. Este cuento se encuentra en la antología de relatos populares franceses “Cuentos de Mamá Oca”.

Extractos de la confesión de Gilles de Rais y de su sentencia

Advertencia importante: Debido a los detalles macabros y a la crudeza de las descripciones que vienen a continuación, la sensibilidad de algunos lectores puede ser herida. Si continúa leyendo, será bajo su exclusiva responsabilidad.

Extracto de la confesión de Gilles de Rais (sacado del libro “El mariscal de las tinieblas”, de Juan Antonio Cebrián):

Yo, Gilles de Rais, confieso que todo de lo que se me acusa es verdad. Es cierto que he cometido las más repugnantes ofensas contra muchos seres inocentes (niños y niñas) y que en el curso de muchos años he raptado o hecho raptar a un gran número de ellos (aún más vergonzosamente he de confesar que no recuerdo el número exacto) y que los he matado con mi propia mano o hecho que otros mataran, y que he cometido con ellos muchos crímenes y pecados.

Confieso que maté a esos niños y niñas de distintas maneras y haciendo uso de diferentes métodos de tortura: a algunos les separé la cabeza del cuerpo, utilizando dagas y cuchillos; con otros usé palos y otros instrumentos de azote, dándoles en la cabeza golpes violentos; a otros los até con cuerdas y sogas y los colgué de puertas y vigas hasta que se ahogaron. Confieso que experimenté placer en herirlos y matarlos así. Gozaba en destruir la inocencia y en profanar la virginidad. Sentía un gran deleite al estrangular a niños de corta edad incluso cuando esos niños descubrían los primeros placeres y dolores de su carne inocente.

Contemplaba a aquellos que poseían hermosa cabeza y proporcionados miembros para después abrir sus cuerpos y deleitarme a la vista de sus órganos internos y muy a menudo, cuando los muchachos estaban ya muriendo, me sentaba sobre sus estómagos, y me complacía ver su agonía…

Me gustaba ver correr la sangre, me proporcionaba un gran placer. Recuerdo que desde mi infancia los más grandes placeres me parecían terribles. Es decir, el Apocalipsis era lo único que me interesaba. Creí en el infierno antes de poder creer en el Cielo. Uno se cansa y aburre de lo ordinario. Empecé matando porque estaba aburrido y continué haciéndolo porque me gustaba desahogar mis energías. En el campo de batalla el hombre nunca desobedece y la tierra toda empapada de sangre es como un inmenso altar en el cual todo lo que tiene vida se inmola interminablemente, hasta la misma muerte de la muerte en sí. La muerte se convirtió en mi divinidad, mi sagrada y absoluta belleza. He estado viviendo con la muerte desde que me di cuenta de que podía respirar. Mi juego por excelencia es imaginarme muerto y roído por los gusanos.

Yo soy una de esas personas para quienes todo lo que está relacionado con la muerte y el sufrimiento tiene una atracción dulce y misteriosa, una fuerza terrible que empuja hacia abajo. (…) Si lo pudiera describir o expresar, probablemente no habría pecado nunca. Yo hice lo que otros hombres sueñan. Yo soy vuestra pesadilla.

Extracto de la sentencia contra Gilles de Rais:

(…) Admitió haber eyaculado en el calor elástico de sus intestinos. Admitió que les había sacado el corazón a través de heridas agrandadas, y con los ojos de un sonámbulo, miró los dedos de sus manos sacudiéndoselas como si por ellos resbalase la sangre vertida. Se dice que, mucho antes, habría desmembrado a una mujer encinta para jugar con su feto...

Artículo 1: Se tiene por dicho que el mencionado Gilles de Rais, con el fin de cumplir, con los niños y niñas mencionados, sus depravaciones artificiales, y sus ardores libidinosos, tomó por primera vez su miembro viril en una u otra de sus manos, lo frotó hasta enderezarlo, y lo puso entre las piernas de los susodichos niños; resbalaba entonces su miembro viril contra el vientre de los niños con el mayor de los placeres, con ardor y la concupiscencia libidinosa, hasta que echase su esperma sobre sus vientres.

Artículo 2: Se tiene dicho que antes de llevar a cabo sus horribles depravaciones y sus pecados de la carne con los niños y las niñas, y con el fin de impedirles que gritasen y evitar que fuesen éstos oídos, el citado Gilles de Rais los colgaba mediante cuerdas y cadenas y ganchos en su habitación. Luego los soltaba para tranquilizarlos diciendo que solo quería jugar con ellos y no herirles, para así conseguir que dejasen de llorar y gritar.

Artículo 3: Después de que el citado Gilles de Rais ha cometido sus indecentes prácticas, los mataba inmediatamente, rindiéndoles culpables de su propia muerte... a veces eran decapitados, o degollados, en otras ocasiones eran desmembrados y, algunas veces, se les rompía el cuello con un bastón de madera.

Artículo 4: Se tiene dicho que el citado Gilles de Rais cometía a veces sus placeres con los citados niños y niñas antes de herirles, aunque en contadas ocasiones; en otras, los sodomizaba mientras estaban colgados de las cuerdas y de los ganchos, antes de infringirles heridas; en otras también, tras haberles degollado, se masturbaba sobre las venas del cuello, y sobre la sangre que salía a borbotones; en otras, los violaba cuando ya entraban en la languidez de la muerte, con la condición de que aún estuviesen calientes.

El Historicón

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1 comentario:

  1. Tremenda historia un hombre especial nada ordinario

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