El indestructible Michael Malloy

Los tópicos son algo asombroso. Son capaces de definir a un individuo o a un grupo de gente en pocas palabras; y como afirmaciones universalmente aceptadas, todos los que los oyen murmuran palabras de aprobación mientras asienten con la cabeza. Y eso que la mayoría son manifiestamente injustos, cuando no directamente falsos. Aun así, hoy me gustaría recordar dos de ellos; el primero es ese que dice que, cuando se trata de irlandeses, no podemos poner en la misma frase las palabras “alcohol” y “demasiado”, y el segundo es el que proclama que los italianos son unos ventajistas que te sacarán los ojos si ven la oportunidad. Ninguno de ellos es verdad, pero no podemos entender la historia que vamos a contar sin tenerlos en cuenta.

Fotografías policiales de los miembros de la banda
Y es que este artículo trata de un irlandés borracho y de unos italianos que trataron de matarlo. La peculiaridad de todo el asunto es que el irlandés en cuestión se resistía a morir por más que los malvados italianos trataban de que pasara a mejor vida. Naturalmente, el asunto no acabó nada bien: Malloy finalmente murió (aunque no sin antes ganarse los apodos de “Iron Mike” y “el indestructible Malloy”) y los italianos fueron detenidos, condenados y algunos ejecutados en la silla eléctrica. Esta es el increíble relato de un irlandés con un hígado excepcionalmente resistente, de la banda que trató de matarle y del que posiblemente sea el asesinato más torpe de todos los tiempos. Bienvenidos a la historia de la muerte de Michael Malloy.

Dinero fácil

A principios de 1933 la vida no era sencilla en el Bronx de Nueva York. Estamos en plena Gran Depresión, el paro rondaba el 50% y había una alarmante falta de oportunidades. Esta situación hacía que muchos no tuvieran escrúpulos en utilizar cualquier método para llenarse los bolsillos, sin importar lo criminal que fuera dicho método. Uno de ellos era abrir un “speakeasy” (una taberna clandestina), ya que la Ley Seca todavía estaba vigente. Sin embargo este tipo de negocio también era problemático, ya que sus clientes solían ser personas sin trabajo ni dinero, por lo que el cobro de las cuentas a veces era complicado. A esto se unía que el suministro de bebidas quedaba cortado en ocasiones por las redadas del gobierno. No, la vida en esa época no era sencilla, ni siquiera para los que se dedicaban a delinquir.

Vaciado de licor en la alcantarilla durante la Ley Seca
Al propietario de uno de esos bares clandestinos y a algunos de sus amigos se les ocurrió que podía haber un modo más fácil y directo de hacer mucho dinero: obligar a firmar a alguno de sus clientes borrachuzos seguros de vida con ellos como beneficiarios, y a continuación matarlos de modo que pareciera una muerte natural. La banda que ideó esta forma de hacer caja la formaban Anthony Marino, propietario de un speakeasy del Bronx, su barman Joseph "Red" Murphy, el enterrador Francis Pasqua (cerebro de la banda), el taxista Hershey Green y el frutero Daniel Kriesberg. Pero antes de poner en práctica su idea, decidieron hacer primero una prueba con la novia de Marino, Betty Carlsen, cuyo seguro de vida le tenía como beneficiario.

Garito de Marino
Así pues, una noche la emborracharon hasta que perdió el conocimiento y la llevaron a su cuarto. Una vez allí la desnudaron, le arrojaron agua fría por encima y la dejaron en él con las ventanas abiertas, en una noche gélida con temperaturas de varios grados bajo cero. A la mañana siguiente Betty había fallecido y un forense dictaminó como causa de la muerte "neumonía asociada al alcoholismo". Marino cobró los 800 dólares del seguro, y posiblemente le pareció el dinero más fácil de ganar de toda su vida. La prueba había sido un éxito, así que decidieron repetirla con alguno de los habituales clientes del bar clandestino. Fue entonces cuando se cruzaron con Michael Malloy.

La víctima perfecta

Malloy parecía la víctima perfecta. Inmigrante irlandés que había llegado a Estados Unidos a finales del siglo XIX, había trabajado como bombero hasta que su alcoholismo hizo que lo despidieran. Desde entonces se había convertido en vagabundo, y sobrevivía con empleos esporádicos de conserje, barrendero, pulidor de ataúdes y hasta de limpiador de tumbas, y por las noches se dejaba caer por los bares clandestinos donde conseguía copas a base de su encanto irlandés, a sus buenas anécdotas y a barrer el suelo de vez en cuando. Casi sexagenario y sin familia, la banda pensó que sería la elección propicia, ya que a nadie le extrañaría que muriera en una noche de borrachera y no tenía ningún familiar que pudiera echarle de menos. Además, pensaron que su avanzado estado de alcoholismo haría que unas cuantas noches bebiendo sin parar acabarían con él.

Interior de un bar clandestino
Así pues, le invitaron a unas copas y le prometieron que podía seguir bebiendo cuanto quisiera. Sólo tendría que firmar unos papeles de nada. Malloy creía estar firmando el apoyo a la candidatura de Marino como concejal, pero en realidad la banda le estaba haciendo suscribir tres seguros de vida por un total de 3.500 dólares. Cuando hubo firmado, le dieron de beber hasta que el irlandés se fue dando tumbos. La sorpresa fue general cuando al día siguiente reapareció y pidió una copa. Estuvieron así varios días, e incluso una noche lo sacaron del local y lo tumbaron en el suelo con una almohada pensando que la fría noche de invierno acabaría el trabajo, pero invariablemente Malloy reaparecía al día siguiente con más sed que nunca y pedía más copas.

Noticias del juicio
Ante la sobrehumana resistencia de Malloy, la banda empezó a alarmarse. Especialmente Marino, que veía que el gasto en licor se estaba empezando a disparar. Así pues, Murphy sugirió ponerle veneno en la bebida, y esa noche añadieron anticongelante a la copa de Malloy. Éste tomó un trago, alabó la suavidad de la bebida, y acto seguido se derrumbó en el suelo. Pasqua le tomó el pulso y anunció que era débil y que probablemente estaría muerto en pocas horas. Sin embargo, tres horas después y mientras la banda lo celebraba, Malloy se levantó, pidió perdón por su desmayo y declaró tener una sed de mil demonios, así que le dijo a Marino que le sirviera una copa. En los días posteriores, la banda incrementó la dosis de anticongelante en la bebida de Malloy, y en vista de que la cosa no funcionaba, pasaron al aguarrás, al linimento para caballos y hasta al raticida. Pero nada le hacía efecto, y el resistente irlandés seguía apareciendo noche tras noche en el bar de la banda.

Cambiando el método

Asombrados ante la falta de resultados, la banda decidió incrementar la dosis de veneno. El problema era que no podían hacerlo en las bebidas porque las copas eran veneno casi en su totalidad (algunas de ellas eran anticongelante en un 90%), por lo que decidieron invitar al irlandés a comer y añadir el veneno en la comida. Así pues, Marino le preparó un plato de ostras a las que añadió metanol. A Malloy, después de comerse dos docenas, no sólo el veneno no le hizo ningún efecto sino que alabó al chef y le recomendó que abriera un restaurante. La noche siguiente le dieron a comer un bocadillo de sardinas en mal estado, salpimentado con virutas de estaño y hasta pequeños clavos, todo acompañado con una copa con anticongelante y raticida; si no moría por un coma etílico, lo haría de una hemorragia intestinal. La sorpresa de todos fue mayúscula cuando la combinación no sólo no le hizo ningún daño, sino que además a Malloy pareció gustarle el tentempié.

Relato del intento de asesinato
La banda pensó que era el momento de tomar medidas más drásticas, y decidieron repetir lo que habían hecho con la novia de Marino. A la noche siguiente le dieron de beber a Malloy hasta que perdió el conocimiento, lo montaron en el taxi de Green y lo llevaron hasta Claremont Park. Allí lo desnudaron de cintura para arriba, vertieron agua sobre él y lo arrojaron sobre la nieve. Estaban seguros de que los 26 grados bajo cero de la noche harían el resto del trabajo. Imagínense la cara de todos cuando, a la noche siguiente, Malloy volvió a aparecer en el bar mejor vestido que el día anterior y dispuesto a seguir bebiendo. Y es que una patrulla de policía lo había encontrado tumbado en la nieve, lo habían llevado a un albergue y allí había pasado la noche. Incluso la beneficiencia le había proporcionado un traje nuevo.

Los miembros de la banda
La banda pensó que la broma ya se estaba saliendo de madre, así que decidieron utilizar métodos más contundentes. Le pidieron consejo a otro de los clientes habituales del bar, un matón llamado Anthony Bastone (alias “Tony el Duro”), y éste les aconsejó que simularan un atropellamiento en el que el conductor se diera a la fuga. Dicho y hecho: esa noche lo emborracharon de nuevo, lo subieron nuevamente al taxi de Green y después de un corto viaje le abandonaron en mitad de la calle. Mientras Malloy intentaba ponerse en pie, lo atropellaron a más de 70 kilómetros por hora. El irlandés salió despedido varios metros y parecía no moverse, pero la banda lo atropelló de nuevo para asegurarse. Ahora sólo quedaba esperar a que se anunciase la muerte de Malloy.

Habitación donde murió Malloy
Sin embargo, pasaron varios días y en los periódicos no había noticia alguna. Es más, ningún hospital ni depósito de cadáveres sabía nada de él. Y eso no sólo provocaba inquietud entre los miembros de la banda, sino que además suponía un grave inconveniente: sin cuerpo no podían reclamar el pago del seguro. Así pues, decidieron emborrachar y atropellar a otro vagabundo (un tal McCarthy) no sin antes ponerle encima papeles a nombre de Malloy. Pero, o bien Green no tenía pericia en atropellar gente, o bien la mala suerte de esta banda rozaba la maldición: McCarthy sobrevivió (aunque tuvo que pasar varias semanas en el hospital), y para colmo el verdadero Malloy reapareció a las tres semanas en el bar diciendo que se moría por un trago. Dijo también que había tenido una fractura de cráneo, un hombro roto y una conmoción cerebral, que estaba tan mal que no había podido dar su nombre a los médicos (de ahí que no aparecieran noticias de él), pero que ya estaba recuperado y podía volver al bar de sus queridos amigos.

El final de la mala suerte… ¿o no?

Aquello fue la gota que colmó el vaso. El 22 de febrero de 1933 emborracharon de nuevo a Malloy hasta hacerle perder el conocimiento y lo llevaron a la habitación del frutero Kriesberg. Allí lo ataron a una silla y “Red” Murphy le colocó en la boca una manguera que previamente habían conectado a una salida de gas. Al cabo de unos minutos, Malloy estaba muerto. Sobornaron con 50 dólares a un médico borrachín (otro de los clientes habituales del bar de Marino) y éste certificó que la muerte del irlandés había sido a causa de una neumonía. La pesadilla había acabado. Ahora sólo quedaba reclamar la cantidad del seguro de vida.

La banda durante el juicio
Sin embargo, los trámites llevaban su tiempo; y en ese tiempo aún podían pasar muchas cosas. Una de las cosas que pasó fue que el taxista Hershey Green empezó a contar lo duro de matar que había sido el irlandés, por lo que la historia del “Indestructible Michael Malloy” y “Iron Mike” empezó a circular por los bajos fondos. Otra de las cosas que pasó es que “Red” Murphy fue detenido por asuntos anteriores, y cuando la compañía de seguros intentó ponerse en contacto con él (era uno de los beneficiarios de la póliza de Malloy) y supo dónde estaba, alertó a la policía. Las autoridades empezaron a investigar y en mayo exhumaron el cuerpo de Malloy. La autopsia reveló que había muerto envenenado. Toda la banda, incluido el médico que había certificado su muerte, fue detenida.

Sing Sing
Acusados de asesinato, los reos siguieron una línea clásica de defensa: hacer recaer toda la responsabilidad sobre un muerto. Intentaron culpar de todo a Bastone (que había muerto en una reyerta poco antes), diciendo que todo el plan era suyo y que ellos habían sido coaccionados para ayudarle. El jurado, sencillamente, no se creyó una sola palabra. La sentencia condenó a muerte a Marino, Kriesberg, Pasqua y Murphy, a cadena perpetua a Green y a varios años de cárcel al médico. En junio de 1934, Marino, Pasqua y Kriesberg fueron ejecutados en la silla eléctrica en la prisión de Sing Sing. Al mes siguiente, Murphy seguiría los mismos pasos. El fantasma del “Indestructible Mike Malloy” se había tomado cumplida venganza, y seguro que vio con satisfacción el destino de sus asesinos. Eso sí, no me cabe duda de que lo haría entre copa y copa.
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