Boudica, la reina guerrera

Su nombre significaba “Victoria”. Se la conocía también como Búdica, Buduica, Bonduca y Boadicea, aunque este nombre (el más famoso) es probablemente un error medieval de transcripción de los manuscritos de Tácito. Dion Casio, en su “Historia”, la describía así: “Era una mujer muy alta y de un aspecto terrible. Sus ojos eran feroces y su voz severa. Su enorme cabellera leonina le llegaba hasta las caderas. Como vestimenta, llevaba siempre una gran torque de oro alrededor del cuello y una túnica multicolor, y por encima un grueso manto sujeto con un broche. Siempre que hablaba, sostenía una lanza con la mano para aterrorizar a cualquiera que la contemplase”.

Vidriera que representa a Boudica
Esta mujer acaudilló la mayor rebelión de las tribus britanas contra la ocupación romana en el año 61 de nuestra era, y a punto estuvo de tener éxito. Movida por una venganza personal, masacró a 70.000 civiles y puso en jaque al mayor imperio conocido hasta entonces, antes de ser derrotada en la batalla de Watling Street. Consciente de la humillación que supondría para ella ser capturada viva por los romanos se suicidó junto a sus hijas, y su tumba permanece ignorada. Su leyenda se ha mantenido en el tiempo, y es hoy día una heroína británica por la libertad de su pueblo.

Roma en Britania

Después de la fallida aventura de Julio César en el 55 a.C., Britania fue conquistada por el emperador Claudio en el 43 d.C. no sin gran resistencia de gran parte de las tribus locales al mando de Carataco. La isla era el gran centro del culto druídico, que Roma veía con gran preocupación por ser una posible fuente de tensiones en la Galia, además de poseer unas riquezas minerales legendarias, por lo que la invasión de la isla era el paso lógico después de la conquista y romanización de la Galia y la estabilización de la frontera germana en el Rin. De otro lado, algunos jefes britanos veían que la conquista de la Galia por parte romana había traído paz y riqueza al país, así que apoyaron la invasión. Claudio tuvo éxito donde antes fracasó César y Roma conquistó la isla con el apoyo de algunas aristocracias locales y reinos clientes.

El emperador Claudio
Casi 20 años después, ambas partes habían sufrido una desilusión mutua. Roma había descubierto que las famosas riquezas de Britania eran en gran parte una ilusión, y el oro, pieles y perlas que producía la isla podían encontrarse en cualquier otro lugar con menos problemas. Además, las tribus britanas tenían una irritante tendencia a la sublevación que hacía que aún entonces las legiones siguieran combatiendo. Tantos eran los problemas que se cuenta que Nerón consideró seriamente la posibilidad de abandonar la isla. Por su parte, los britanos habían constatado que la paz romana era sólo el disfraz de una rapacidad y codicia sin precedentes.

El gobernador Ostorio Scapula había muerto con las botas puestas, desgastado por las continuas y casi siempre infructuosas campañas. Su sucesor, Suetonio Paulino, se preocupó menos por los britanos que por alcanzar una gran reputación militar. Había guerreado con éxito contra los silures de Gales, y a continuación dirigió su atención hacia el culto druídico de la isla de Anglesey. Los druidas eran un foco de vida religiosa de Britania (e inspiración del culto druídico galo), y animaron a la población a la resistencia contra Roma. Sin embargo, los intentos de Paulino por destruir el culto por completo alienaron todavía más a los britanos, que ya antes consideraban a los romanos intolerantes y opresivos. Según palabras que Dion Casio puso en boca de la propia Boudica, los britanos se “sintieron menospreciados y pisoteados por unos hombres cuya única preocupación era obtener una ganancia segura”.

Mapa de Britania con las distintas tribus
Fue entonces, en el año 60, cuando murió Prasutago, rey de los icenos y uno de los reyes aliados de Roma. En principio el asunto no debería haber tenido mayor trascendencia, pero había un grave problema: Prasutago sólo tenía dos hijas. Entre los britanos no había diferencia entre sexos a la hora de heredar, pero para los romanos sí que la había, ya que su derecho sólo contemplaba la herencia entre padre e hijos varones. Con el fin de preservarlo, Prasutago había dejado el reino a sus hijas y había nombrado co-heredero al Emperador. Confiaba así en sortear los problemas que podrían surgir tras su muerte, pues pensaba que de esta forma el reino iceno se mantendría con el apoyo financiero y militar de Roma y salvaría el inconveniente de no tener heredero varón. Como demostraron los acontecimientos, fue un grave error.

La humillación

Boudica, nacida en el año 30, se casó con Prasutago en el 48 y tuvo con él dos hijas. Ellas eran las legítimas herederas del reino iceno, con su madre de regente mientras no tuvieran la mayoría de edad. Sin embargo, unos días antes de que se hiciese público el testamento, los icenos recibieron la visita de unos emisarios del procurador imperial Cato Deciano. Igual que la tarea de Suetonio Paulino era supervisar los asuntos militares y legales de la Britania romana, la de Deciano consistía en velar por los asuntos financieros del Emperador. Parece que Deciano también tenía orden de reclamar una cantidad considerable que Prasutago debía a Séneca. Lo que pasó a continuación es incierto.

Situación del reino de los icenos
Una de las interpretaciones es que, o bien los romanos entendieron mal a propósito las intenciones de Prasutago y consideraron que las tierras de los icenos habían pasado a ser propiedad romana, o bien creyeron que los términos del testamento les concedían una considerable libertad a la hora de decidir qué les correspondía. Otra posibilidad es que cuando la viuda de Prasutago no pudo reunir el dinero para satisfacer la deuda que su esposo tenía con Séneca, los romanos se apoderaron del resto del reino como garantía. Una tercera posibilidad es, sencillamente, que los romanos se dejaron llevar por el entusiasmo. Tácito, en sus Anales, lo narra así:

Fue como si Roma hubiese recibido todo el país como regalo. Todos los jefes fueron desposeídos de sus propiedades ancestrales, y los familiares del rey fueron esclavizados […] mientras los centuriones saqueaban el reino, sus esclavos rapiñaban la residencia regia como si fuera un botín de guerra”.

Boudica protestó amargamente, pero todos sus esfuerzos sólo sirvieron para que fuera sacada del palacio y azotada públicamente por haber incumplido el pago de la deuda. A continuación, ignorando la decencia, la ley y el sentido común más elemental, esos mismos oficiales romanos violaron a las dos hijas de Prasutago, las herederas del reino. Este acto fue algo más que un mero divertimento, pues probablemente imposibilitaba que las muchachas pudieran contraer matrimonio y de este modo, se agotaba la línea hereditaria. Si Deciano hubiera meditado durante meses la mejor forma de transformar un pueblo básicamente controlado en un enemigo violento y lleno de rabia, probablemente no lo habría hecho mejor.

La rebelión

Los icenos se agruparon en torno a su reina. Aprovechando que el grueso de las tropas romanas se encontraba combatiendo en Anglesey, Boudica empezó a liderar una rebelión en toda regla. Tan pronto como escucharon que los icenos se habían alzado en armas, sus vecinos trinovantes (en el actual condado de Essex) hicieron causa común con los rebeldes, y ambas tribus descendieron hacia Colchester (que por aquel entonces se llamaba Camulodunum). Esta ciudad era la única colonia de veteranos en Britania, y siguiendo la tradición, se había levantado un templo de culto imperial a expensas de la población local. Esto había causado un profundo resentimiento, agudizado por el hecho de que los sacerdotes fueron traídos de Roma, a diferencia de lo que se hacía en otras partes del Imperio, en que se reclutaban entre la nobleza local. Los nobles trinovantes se vieron así condenados a sostener el culto sin participar en él.

Representación de Boudica junto a sus hijas
Con el ejército en Gales, las autoridades locales de Colchester apenas pudieron reunir a doscientos hombres con armamento ligero para defender la ciudad. Los esfuerzos por preparar fortificaciones se vieron obstaculizados por los miembros de aquellas dos tribus sublevadas que vivían en la ciudad, y que sabotearon las obras de todas las maneras posibles. En consecuencia, cuando Boudica lanzó su ataque, los romanos aún no habían preparado ni siquiera una zanja o muralla de defensa. Algunos de los veteranos se refugiaron en el interior del templo de César, y desde allí contemplaron cómo masacraban a sus esposas e hijos; resistieron dos días antes de que los rebeldes tomaran también su reducto. La arqueología demuestra que Colchester fue literalmente destruida hasta los cimientos. Y es que después de quemar todo aquello que fuera combustible, los britanos demolieron sistemáticamente cualquier estructura de ladrillo o barro.

Desde allí, el ejército rebelde marchó hacia Londinium (Londres) centro del comercio romano en Britania. Durante este trayecto encontraron la primera oposición por parte romana. Petilio Cerial, un joven de la familia de Vespasiano (el que fue posteriormente Emperador), se encontraba en la isla. A lo largo de su vida, Petilio iba a forjarse una reputación por sus descabelladas aventuras militares, de las cuales ésta sería la primera. Algunos destacamentos de la Legión IX se encontraban en el sur de Britania cumpliendo misiones especiales (estos destacamentos se llamaban vexillationes). Petilio reunió estas tropas y marchó confiado al encuentro de Boudica. Sin embargo, quedó sorprendido al descubrir que el apoyo a la causa de Boudica había aumentado progresivamente a lo largo de su marcha (entre otros motivos, porque los rebeldes acababan con todos aquellos que se resistían a unirse a ellos), y ahora superaba a su pequeño ejército en una proporción abrumadora. Las fuerzas rudimentarias de Petilio sufrieron una derrota aplastante, y sólo él y un pequeño contingente de caballería sobrevivieron a la masacre. Más de 5.000 legionarios murieron ese día.

Soldado de caballería perteneciente a los vexillationes
Mientras tanto, Suetonio Paulino, habiendo solventado la lucha en Anglesey, se había apresurado para llegar a Londres, un logro complicado dada la hostilidad de la población de los lugares que tuvo que atravesar. Una vez allí descubrió que el culpable de todo, el procurador Deciano, se había formado su propia opinión sobre las posibilidades del ejército romano y ya había tomado un barco con rumbo a la Galia. A regañadientes, Paulino se vio obligado a reconocer que Londres era indefendible y que debía encontrar un campo de batalla más propicio a sus tropas en inferioridad numérica. Así que retiró de allí a su ejército, absolutamente consciente de que muchos de los habitantes de la ciudad serían incapaces de escapar al castigo britano que se cernía sobre ellos.

Boudica no estaba interesada en hacer prisioneros o solicitar un rescate por ellos o ningún otro comercio de guerra. El enemigo fue atacado con matanzas, patíbulos, fuego y crucifixiones, como hombres que se cobraban la venganza que podían antes de que cayese sobre ellos el justo castigo

Tácito narraba así la forma de actuar del ejército de Boudica al conquistar una ciudad. Era evidente que ni britanos ni romanos consideraban aquello como una guerra al uso. El odio visceral que el ejército de Boudica sentía hacia los conquistadores era una prueba fehaciente del fracaso del gobierno romano en la isla, algo que reconocían implícitamente los propios historiadores romanos.

Al igual que ocurrió en Colchester, Londinium ardió por completo. El fuego fue tan feroz que formó una capa de arcilla cocida alrededor de las casas, y esta capa sigue existiendo aún cuatro metros por debajo de las calles del Londres moderno. Boudica se dirigió entonces a Veralamium (la actual St. Albans), que sufrió la misma suerte que las otras ciudades. El balance de víctimas romanas o simpatizantes de estos era ya de 70.000, algunos de ellos muertos de forma horrible. Boudica podría haber saciado así su sed de venganza, pero la revuelta había adquirido su propia inercia. Al tomar las armas, los britanos habían dejado de sembrar sus campos para el año siguiente; por lo tanto, debían apoderarse de las provisiones de los graneros romanos o morirían de hambre. Además, no era probable que Roma fuese a perdonarlos. O expulsaban a las legiones fuera de Britania de una vez y para siempre, o los britanos acabarían bajo el yugo de los vengativos romanos.

Representación de Boudica
Sin embargo, no debemos pensar que Boudica lideraba una turba desordenada. Controló sus tropas con mucha habilidad, y se aseguró de que sus conquistas fuesen bien saqueadas antes de ser asoladas. De este modo, la plata obtenida se empleó para acuñar monedas con las que financiar su revuelta. También tuvo el mérito de mantener intactas sus enormes fuerzas y evitar que se descompusiesen en grupos más pequeños de saquedores.

La batalla de Watling Street

Paulino contaba con apenas 11.000 hombres entre la Legión XIV, veteranos de la XX, y algunas fuerzas auxiliares. Solicitó refuerzos a la Legión II, acampada en el oeste, pero esta se negó a moverse. Frente a él se encontraba un ejército que Dion Casio (siempre dado a la exageración) cifraba en 230.000 hombres. Aun contando que Boudica sólo dispusiera de la mitad de esos efectivos, la superioridad numérica britana era evidente. Sin embargo, las tropas romanas estaban mucho mejor armadas, equipadas y entrenadas que los britanos, que combatían básicamente a pie con armamento ligero, y cuyos guerreros iban desde los 10 años hasta ancianos, algo común entre los celtas. Los britanos utilizaban carros como caballería (fue uno de los últimos ejércitos en usarlos), pero su función era más de transporte de tropas que de combate (en contra de lo que se cree, los carros no eran falcados; es decir, no llevaban cuchillas en las ruedas).

Suetonio Paulino
Además, Paulino eligió cuidadosamente el terreno para minimizar la ventaja numérica britana. Aunque desconocemos su ubicación exacta (sólo sabemos que está en la región central de Inglaterra, en la ruta entre Londinium y Viroconium, la actual Wroxeter), sabemos que el ejército romano se colocó en un desfiladero con paredes boscosas en terraza protegiendo sus flancos y una suave pendiente descendente delante de ellos. Además, detrás de la posición romana había un espeso bosque. La topografía del terreno impedía que la posición de Paulino pudiera ser rodeada o rebasada, y al haber un estrecho frente, la superioridad numérica de Boudica serviría de poco. Sin embargo, esa posición implicaba también que los romanos no podrían escapar en caso de ser derrotados. El gobernador romano planteó un cara o cruz, una lucha de “vencer o morir”. Para asegurarse de atraer al enemigo adonde quería, Paulino devastó los centros religiosos de la región sabedor del fuerte sentimiento religioso de los britanos.

Los britanos entraron en el campo de batalla en grupos desorganizados, cada uno apiñados en torno a sus jefes locales. Todo el ejército formaba una enorme masa al final de la pendiente donde se encontraban los romanos. Además, habían traído consigo una enorme cantidad de mujeres y niños que se acomodaron en los carros a retaguardia, prestos a animar a sus guerreros y expectantes ante lo que pensaban que sería una gran victoria que expulsaría a Roma de Britania. En su calidad de sacerdotisa, Boudica rogó a la diosa Andraste por la victoria, y a continuación liberó una liebre que llevaba debajo del manto y observó cómo corría entre las dos líneas de batalla. Lo hizo por motivos de adivinación, pues la liebre tenía unas poderosas connotaciones religiosas para los britanos (no se conocían los conejos, que sólo llegaron a Britania con los normandos mil años después). Tácito pone en boca de Boudica un encendido discurso (seguramente inventado) que, entre otras cosas, decía:

Nada está a salvo de la arrogancia y del orgullo romano. Desfigurarán lo sagrado y desflorarán a nuestras vírgenes […]. Mirad a vuestro alrededor, y observad cuan numerosos sois. Considerad vuestro orgullo, vuestro espíritu belicoso y pensad en todos los motivos de venganza que nos han llevado a tomar la espada. Éste es el lugar donde venceremos o moriremos gloriosamente. No hay elección. Ganar la batalla o perecer, tal es mi decisión de mujer. Vosotros, hombres, debéis elegir si deseáis vivir en desgracia y morir como esclavos

Mientras tanto Paulino, que había dado orden de ser despertado en cuanto los britanos se presentasen en el campo de batalla, formó a sus hombres en filas con 7 soldados de fondo, cada uno armado con la espada corta romana, el escudo y dos lanzas arrojadizas (pilum, plural pila). En cuanto vio que la retaguardia enemiga estaba taponada por los carros donde se encontraban las mujeres y los niños, comprendió que la victoria estaba a su alcance. Se dirigió entonces a sus tropas instándoles a la victoria. Tácito pone en su boca las siguientes palabras:

Ignorad los clamores de estos salvajes. Hay más mujeres que hombres en sus filas. No son soldados y no están debidamente equipados. Les hemos vencido antes y cuando vean nuestro hierro y sientan nuestro valor, cederán al momento. Aguantad hombro con hombro. Lanzad los venablos, y luego avanzad: derribadlos con vuestros escudos y acabad con ellos con las espadas. Olvidaos del botín. Tan sólo ganad y lo tendréis todo.

Mientras los britanos se aproximaban corriendo y gritando de forma ensordecedora, los romanos aguardaban en silencio. El desfiladero fue estrechando la carga britana, y cuando se encontraban lo bastante cerca, los legionarios cubrieron con una lluvia de jabalinas a las vociferantes tropas britanas, que paró la carga en seco. Los pila eran un arma tremendamente efectiva, pues dejaban inservibles los escudos en los que se clavaban y atravesaban la carne como si fuera mantequilla. Una segunda oleada de venablos dejó un manto de cadáveres frente a las tropas romanas.

Batalla de Watling Street
Paulino ordenó entonces a sus tropas formar en forma de dientes de sierra (ataque caput porcinum o "cabeza de cerdo") y avanzar a paso sostenido, protegiendo los flancos con sus escudos. Las tropas de Boudica volvieron a cargar, encajonándose contra los dientes de los romanos. En un espacio tan congestionado, los britanos (que llevaban espada larga y necesitaban alrededor de un metro para blandirla y dar mandobles) no eran rivales para los legionarios, cuya espada corta (gladius) asestaba mortales cuchilladas. Además, los soldados romanos de primera línea luchaban durante unos cinco minutos, y a una señal de los centuriones retrocedían hasta la última fila, siendo sustituidos por el soldado de atrás. Esto garantizaba que las tropas se mantuvieran frescas. Todo esto, unido a cargas de caballería desde los flancos de la formación romana, fue empujando a los britanos hacia atrás. Pronto cundió el pánico, y los soldados de Boudica empezaron a huir en desbandada.

La masacre fue devastadora. Para cuando empezó la huida se calcula que ya habían perdido la vida alrededor de 40.000 britanos. Este número aumentó considerablemente porque al huir, las tropas de Boudica se toparon con los carros de los civiles a retaguardia, que taponaban la huida. Esto hizo que muchos britanos murieran pisoteados y aplastados. Las legiones siguieron avanzando y aniquilaron a cuantos se encontraron. No respetaron la vida de mujeres ni de niños. Al final del día, sobre la llanura yacían 80.000 rebeldes contra las 400 bajas que tuvieron las tropas romanas. Tal desproporción de muertes no era tan extraña, teniendo en cuenta que ya había habido precedentes a lo largo de la historia: Aníbal, por ejemplo, sólo perdió 4.000 soldados en Cannas frente a los 75.000 romanos que murieron allí.

Después de la batalla

Boudica sobrevivió a la batalla, pero su destino estaba sellado. La matanza de civiles romanos hacía que no pudiera esperar clemencia de estos, aunque es muy probable que no se hubiera rendido tampoco si se la hubieran ofrecido. Se retiró a las tierras icenas, y según Tácito se suicidó tomando veneno (Dion Casio da otra versión, diciendo que trató de huir pero enfermó y murió al poco tiempo). Desconocemos qué pasó con sus hijas, pero es muy probable que murieran con ella. Los britanos le ofrecieron un magnífico funeral propio de una reina, y guardaron silencio sobre la ubicación de su tumba para evitar que los romanos la profanasen. Hoy en día, el lugar de descanso de Boudica aún permanece ignorado.

Estatua de Boudica en Londres
Muchos icenos que también sobrevivieron a la batalla no lo hicieron a sus consecuencias. Los romanos esclavizaban o mataban a cualquier iceno que encontraban, y se dedicaron sistemáticamente a devastar sus tierras. Llegaron incluso a desviar el curso de los ríos para evitar que sus campos tuvieran agua, táctica cuando menos curiosa en una región tan lluviosa. Paulino no sólo pretendía escarmentar a los britanos, quería exterminarlos. Esta política provocó conflictos con Julio Classicano, el procurador nombrado para sustituir al anterior, Deciano. Classicano pretendía que Britania contribuyese a los gastos del Imperio, y eso era algo difícil en una región con los campos destruidos y la población muerta o esclavizada. Para mediar entre ellos, Roma mandó a uno de los libertos favoritos de Nerón. Supongo que los britanos se divirtieron mucho al ver a un general victorioso acobardado ante un esclavo. Paulino fue sustituido y las autoridades romanas empezaron una política de paz y reconstrucción, que incluía el restablecimiento de relaciones con la nobleza britana.

En los siglos siguientes, la historia de Boudica fue olvidada por casi todos hasta que empezaron a rescatarse los clásicos en el siglo XVI, durante el Renacimiento. En el siglo XIX, se recordó que Boudica significaba “victoria”, por lo que compartía nombre con la entonces reina británica. Se pasaron por alto las masacres y las torturas generalizadas y se la convirtió en una heroína nacional. Actualmente, una estatua suya triunfante en su carro junto a sus hijas se levanta junto al Támesis, en Londres, la ciudad que convirtió en cenizas. Por cierto, el carro de la estatua es falcado, lo que es un error histórico. Pero poco importa, la estatua es impresionante. Y la historia que hay detrás, también.
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Bicoca, la victoria más fácil

Hasta su reunificación en el último tercio del siglo XIX, Italia estuvo dividida en un conglomerado de reinos, ciudades-estado y territorios pertenecientes a las grandes potencias europeas. No eran extrañas las guerras y escaramuzas entre varias de las partes para conseguir la hegemonía, si no absoluta, sí al menos de una parte importante del territorio. Una de esas guerras fue la llamada “Guerra de los Cuatro Años”, que enfrentó por un lado a Francia y Venecia contra las tropas imperiales, inglesas y pontificias (el Papa era por aquel entonces un señor feudal más).

Carlos V retratado por Tiziano
La batalla más famosa de esta guerra fue sin duda la de Pavía (donde los españoles derrotaron completamente a los franceses, capturando a su rey). Hubo sin embargo otra batalla que pasó a la historia no sólo por ser importante en la guerra, sino también por la diferencia de bajas entre un bando y otro. Sucedió a las afueras de Milán, y sirvió para que las aspiraciones francesas sobre Lombardía quedaran definitivamente abortadas. Me refiero a la batalla de Bicoca, que tuvo lugar el 27 de abril de 1522.

La disputa en Italia

Carlos I de España y V de Alemania había llegado al trono español en 1516 y a la silla imperial en 1520, en disputa con Francisco I de Francia. Había heredado grandes territorios en España y América de sus abuelos. Uno de ellos era el Reino de Nápoles, al sur de Italia. El emperador veía con malos ojos que Francia controlara el Milanesado después de habérselo arrebatado a los Sforza en 1515. Venecia se había beneficiado del apoyo dado a Francia quedándose con vastos territorios lombardos, mientras que el Papa necesitaba aliarse con el Emperador en su lucha contra Lutero. Las condiciones para un conflicto estaban servidas.

Francisco I de Francia
La guerra comenzó con una invasión francesa de los Países Bajos en 1521 y el intento de Francisco I de apoyar a Enrique II de Navarra a recuperar su trono. La invasión fue repelida por las tropas imperiales, y rápidamente se firmó una alianza entre Carlos V, Enrique VIII de Inglaterra y el Papa León X en contra de Francia. Estos, por su parte, seguían contando con el apoyo nada desdeñable de la República de Venecia, por entonces los mejores navegantes del Mediterráneo. El teatro de operaciones se trasladó así a Italia, donde tanto el Emperador como el Papa buscaban expulsar del Milanesado a los franceses.

Un ejército papal al mando del Duque de Mantua se unió a tropas españolas procedentes de Nápoles y otros contingentes italianos más pequeños y se dirigió a Mantua. Allí esperaron a los refuerzos imperiales procedentes de Alemania. El problema era que estos refuerzos debían atravesar tierras venecianas para poder llegar, y podían ser detenidos por estos aliados de los franceses. Incomprensiblemente (o probablemente a causa de un soborno), las tropas imperiales cruzaron junto a Vallegio, en pleno territorio veneciano, sin ser molestadas. Reunido el ejército, quedó al mando de Próspero Colonna, condotiero italiano que a lo largo de su vida estuvo sucesivamente al servicio de Francia, los Estados Pontificios, España y el Sacro Imperio Romano Germánico. Frente a ellos, el ejército franco-veneciano, al mando del vizconde de Lautrec, se atrincheró en sus principales plazas fuertes. Contaba con un apreciable número de mercenarios suizos, considerada la mejor infantería de la época.

La caída de Milán y la muerte del Papa

Comenzó entonces una guerra de movimientos en la que el ejército imperial asediaba ciudades pero rehusaba presentar batalla, sabedor de su inferioridad numérica. No obstante, la táctica salió bien, pues hacia el otoño de 1521 el ejército francés empezó a tener deserciones masivas entre los mercenarios suizos, hartos de esperar su paga. Esto hizo que los imperiales forzaran la línea defensiva francesa.

Piqueros suizos, con su característica cruz blanca
El ejército francés, carente de infantería, se retiró a Milán confiando en estar a salvo allí a la espera de refuerzos. Sin embargo, Colonna siguió su avance y se presentó ante las puertas de la ciudad el 23 de noviembre, lanzando un ataque sorpresa que hizo que los franceses se retiraran a Cremona con 12.000 hombres. El castillo, no obstante, siguió en manos francesas, cosa que daría no pocos quebraderos de cabeza a Colonna.

El 1 de diciembre fallece León X. Sin embargo, el Colegio Cardenalicio, a la espera de elegir sucesor, decide continuar con el esfuerzo bélico. No obstante, da orden a su ejército de que asegure las plazas fuertes que interesan a los Estados Pontificios. Así, Giovanni de Medici se dirige con las tropas papales a Peruggia, abandonando el ejército imperial. No fue la última vez que este personaje dejaba a los imperiales colgados, pues más tarde se pasó al bando francés junto a sus tropas, conocidas como las “Bandas Negras”.

Cuando Tucídides tenía razón

En el siglo V a.C., el historiador y militar griego Tucídides dijo una de esas frases que parecen esculpidas en mármol:

La guerra no es cuestión de armamento, sino de dinero”.

Si bien la frase es verdad en todas las contiendas, fue en esta guerra donde adquirió mucho sentido.

Tucídides
Ambos bandos, conscientes de no poseer tropas suficientes, se lanzaron a una frenética carrera para contratar mercenarios que reforzaran sus respectivos ejércitos. Así, el bando imperial consigue reclutar 6.000 lansquenetes (mercenarios alemanes de vistosos uniformes) en el Tirol y el sur de Alemania. A mediados de febrero, después de esquivar a los venecianos en Bérgamo y provistos de un salvoconducto de la Liga Gris (una parte de los venecianos hostiles a Francia), logran unirse al ejército imperial, mandados por el desposeído Duque de Milán Francisco II Sforza.

Los franceses por su parte, disponiendo de más oro, contrataron a 16.000 mercenarios suizos. Además, se aseguraron que Giovanni de Medici, que hasta entonces mandaba el ejército papal, cambiara de bando y se pasara a los franceses junto a sus Bandas Negras. Viéndose con superioridad, los franceses se ponen en marcha atacando Novara y la estratégica Pavía, intentando provocar una batalla decisiva contra las tropas imperiales. Estos, sin embargo, no picaron el anzuelo y se limitaron a seguir a los franceses.

El camino a la batalla

Colonna se retiró a Certosa, al sur de Milán, fortificándose en su monasterio. Lautrec, el general francés, temía que un ataque frontal a las posiciones imperiales se saldara con una gran cantidad de bajas, así que optó por cortar las líneas de comunicaciones de Colonna. Barrió las posiciones entre Monza y Milán, haciendo que la ciudad quedara incomunicada con los Alpes. Esperaba así que el ejército imperial tuviera que retirarse y abandonar el Milanesado.

Lansquenetes alemanes
Sin embargo, los mercenarios suizos exigieron a Lautrec que atacara al ejército imperial de inmediato o abandonarían la lucha. La razón de tal exigencia era que se les adeudaba la paga desde que entraran en Lombardía y confiaban en una fácil victoria que les proporcionara un gran botín. El general francés, consciente de que los suizos formaban el grueso de sus tropas, no tuvo más remedio que acceder. El ejército se puso en marcha hacia Milán.

Entretanto, Colonna se había atrincherado en el parque de Bicoca, a seis kilómetros al norte de Milán. La posición escogida era formidable. Al oeste de la posición había un terreno pantanoso, mientras que al este estaba la carretera principal a Milán, por la que discurría un profundo dique que sólo podía cruzarse por un estrecho puente de piedra al sur del parque. En el lado norte, había una carretera hundida. Colonna la hundió un poco más haciendo que el talud para llegar hasta la posición imperial fuera más pronunciado, a la vez que construía un muro de tierra. La longitud del frente norte era de poco más de 500 metros, lo que permitía a las tropas imperiales estar concentradas.

Situación de Bicoca
Justo tras los muros, los imperiales colocaron cuatro filas de arcabuceros, respaldados por piqueros alemanes y españoles. El grueso de la caballería se situó al sur de la posición, mientras que aún más al sur se colocaba otra fuerza de caballería protegiendo el puente. La artillería, por su parte, se dispuso de forma que barriera el lado norte y partes de la carretera al este.

La tarde del 26 de abril de 1622 llegó el ejército francés. Un reconocimiento de la caballería informó que el terreno no era demasiado adecuado para maniobrar, pero eso no disuadió a los suizos. Al atardecer del día siguiente, Lautrec lanzó su ataque. La batalla de Bicoca había comenzado.

La batalla

Al frente del asalto estaban los mercenarios suizos, dispuestos en dos columnas de entre 4.000 y 7.000 hombres, mandados por Anne de Montmorency. Detrás de ellos, y a cierta distancia, se dispuso el ejército francés y más atrás el veneciano. Una parte de la caballería francesa se dirigió bordeando la carretera hacia el puente del sur, confiando en flanquear a los imperiales y atacarles por la retaguardia.

La batalla de Bicoca. En rojo, las tropas imperiales y
en azul, las francesas
Los suizos avanzaron con rapidez, dejando bastante atrás a la artillería francesa que habría de cubrir su avance. Pronto estuvieron al alcance de la artillería imperial, que empezó a disparar causando cuantiosas bajas. No obstante, los suizos siguieron avanzando… hasta que llegaron al terraplén. Este, de altura mayor que las picas suizas, impedía que estos lucharan desde abajo. Intentando trepar, los arcabuceros dispararon a discreción causando una enorme mortandad en las filas de los piqueros. Aun así, los suizos intentaron varias cargas para penetrar las líneas imperiales, que fueron todas rechazadas por los lansquenetes alemanes y los piqueros españoles. Los arcabuceros mientras tanto seguían disparando a discreción. Tras media hora de intentos, los suizos se retiraron en desorden. Era la primera vez en la historia que esto sucedía.

Anne de Montmorency, que mandaba las tropas suizas
Mientras todo esto pasaba al norte, la caballería francesa había llegado al puente y lo cruzó llegando al campamento imperial. La caballería española se puso en marcha y rechazó a los franceses, mientras las tropas de Sforza trataron de rodearles. Ante el peligro de verse cercados, los franceses decidieron huir hacia sus posiciones. El ejército francés, viendo fracasar sus ataques, se retiró de la batalla, mientras los imperiales renunciaron a perseguirlos en vista de que el grueso de las tropas francesas estaba intacto. Sobre el campo de batalla quedaron más de 4.000 suizos muertos, incluidos 22 de los 23 capitanes que los mandaban (sólo Montmorency sobrevivió). Los imperiales sólo sufrieron una baja, pero no fue causada por las armas suizas, sino por la coz de una mula. Fue el capitán Guinea, que dejó viuda y un hijo de nueve años.

Las consecuencias de la batalla

Los suizos desertaron del ejército sin esperar sus pagas y regresaron a sus hogares el 30 de abril. El ejército francés, privado de su mejor infantería, se retiró a tierras venecianas. Una vez alcanzada Cremona, su general Lautrec cabalgó sin escolta hacia Lyon para presentar el informe de la batalla al rey Francisco I. Su partida condujo al colapso al ejército francés, cosa que fue aprovechada por los imperiales para capturar Génova tras un breve asedio. No obstante, el ejército imperial también se vio en problemas cuando una parte de los mercenarios alemanes se amotinaron exigiendo su paga. El motín no pasó a mayores, pero impidió a Colonna ser más ambicioso al aprovechar la victoria.

Los venecianos llegaron a un acuerdo de paz por separado mientras el ejército francés abandonaba Italia y se dirigía a Francia. Los franceses intentaron recuperar Lombardía en dos ocasiones más. La última de ellas se dirimió en la célebre batalla de Pavía, en la que el ejército francés fue derrotado y el propio rey Francisco I hecho prisionero. Tras el Tratado de Madrid, el territorio quedaría en manos españolas.

Distintos tipos de arcabuces
Los suizos, por su parte, no sólo perdieron una gran cantidad de hombres sino también gran parte de su anterior audacia y arrogancia. Es llamativo que en la batalla de Pavía mostraran una grave falta de iniciativa, y esta fue una de las causas de la derrota francesa. El campo de batalla, hasta entonces dominado por las picas y la caballería pesada, pasó a ser patrimonio de las armas de fuego portátiles. De hecho, empezaron a formarse unidades llamadas de “pica y disparo”, combinando arcabuceros con piqueros. El máximo exponente de este tipo de unidades serían los Tercios españoles, que dominaron Europa en el siguiente siglo y medio. Este tipo de unidades no sufrió cambios sustanciales hasta la invención de la bayoneta. Asimismo, se cambió la mentalidad ofensiva de la época por una más defensiva y de fortificación, habida cuenta de que los asaltos frontales a posiciones bien guarnecidas se revelaron extremadamente costosos.

Por último, pero no por ello menos importante, la palabra “bicoca” pasó a los idiomas español y francés. Pero mientras en español se conoció como sinónimo de ganga o cosa conseguida con muy poco esfuerzo, en francés pasó a tener el significado de “casa en ruinas”. Sólo por eso se puede saber cómo le fue a cada bando en la batalla.
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Tsavo, el reinado del horror

Desde el inicio de los tiempos se han contado innumerables historias sobre terribles animales que devoraban seres humanos. Algunos de estos animales eran mitológicos y otros reales, pero todos tenían en común el gran terror que habían causado entre la gente, hasta el punto de que el relato de las matanzas había calado en el imaginario popular y las historias se contaban de generación en generación, a menudo adornadas y exageradas para darles realce y enfatizar el pánico que se había sentido.

Carátula en DVD de la película "Los demonios de la noche"
De todas estas historias, la de los leones de Tsavo es una de las más conocidas. Dio lugar a muchos libros y varias películas (la última “Los demonios de la noche”, protagonizada por Michael Douglas y Val Kilmer), y hasta hace bien poco los estudios combinados de varios científicos no han podido separar la realidad del mito. La historia lo tiene todo: unos terroríficos devoradores de hombres, un héroe que logra acabar con ellos y un aura de terror que sigue flotando sobre el lugar. Esta es la verdadera historia de los leones de Tsavo.

La “Uganda Railway

A finales del siglo XIX África se encontraba dividida entre las potencias europeas. Gran Bretaña dominaba gran parte del continente, habiendo sido la única que había logrado conectar con sus colonias tres mares: el Mediterráneo por Egipto y el Atlántico y el Índico por Sudáfrica. Sus colonias africanas estaban todas unidas de norte a sur, algo que ninguna potencia europea había conseguido. En estas circunstancias, la construcción de infraestructuras y vías de comunicación eran prioritarias para los británicos.

Situación de Tsavo
Es en este contexto en el que se proyectó y empezó a construir en 1898 una línea de ferrocarril entre Mombasa (en Kenia, a orillas del Índico) y Kampala (en Uganda, a orillas del lago Victoria). Esta línea conectaría el más importante puerto del este de África con la perla de las ciudades británicas en el continente, atravesando el desierto de la tierra de las masai y salvando el desnivel de la falla del Rift. El proyecto recibió el nombre de “Uganda Railway”, aunque muchos lo consideraron tan descabellado que pronto empezó a llamársele “The Lunatic Express”. La obra empleaba a miles de trabajadores indios, que vivían en campamentos temporales diseminados a través de la línea ferroviaria, en condiciones muy precarias y cuidándose constantemente de la viruela y la malaria.

Coronel John Henry Patterson
La obra se encontró con un obstáculo formidable: el caudaloso río Tsavo. El ingeniero militar coronel John Henry Patterson fue el encargado en marzo de 1898 de idear y construir un puente que uniera las dos orillas del río y soportara el peso del ferrocarril. Patterson había servido en la India y tenía una amplia experiencia como cazador de tigres, algo que le resultaría muy útil en lo que estaba por venir. Tsavo significaba “lugar de matanza” en el idioma de los kamba, la tribu que poblaba esta zona, en recuerdo de las batallas entre ellos y sus vecinos masai

Fantasma y Oscuridad

Durante la construcción del puente, dos leones empezaron a sembrar el terror entre los trabajadores indios y los lugareños. Sacaban a los hombres de sus tiendas a rastras para devorarlos en la oscuridad cercana. Incluso atacaban de día, invisibles hasta el último momento entre los altos matorrales. En un principio, la astucia de los leones le hizo pensar a Patterson que se trataba de un complot de los trabajadores, que hablaban de demonios y huían de sus puestos, pero el descubrimiento de los restos devorados de algunos cuerpos le confirmó la presencia de los devoradores de hombres. Cuando halló el cuerpo de su criado Ungar Singh relataría:

“Todo el terreno está cubierto de sangre y fragmentos de huesos, aunque la cabeza del infortunado estaba intacta salvo por los agujeros que le habían producido los colmillos del león… Fue la visión más horripilante que he tenido en mi vida.”

Patterson nunca había visto leones como aquellos. No tenían melena, y eran sorprendentemente grandes a pesar de ser jóvenes. Ante el pánico reinante que amenazaba con que los trabajadores se sublevaran y la obra se paralizase, ordenó construir cercados de espinas (bomas) y barreras de fuego rodeando el campamento. Sin embargo, los leones lograban romper las cercas silenciosamente y entrar en el interior, cobrándose la siguiente víctima. Además, los felinos demostraron una sorprendente inteligencia para librarse de las trampas que Patterson les ponía. Se adelantaban a cada movimiento del coronel evadiendo las numerosas tentativas que hacía para cazarlos.

Construcción del puente sobre el río Tsavo
Entre los trabajadores africanos de la construcción empezó a crearse la superstición de que esos leones no eran normales, sino la reencarnación de antiguos guerreros muertos en la zona enviados allí por algún hechicero para paralizar las obras del ferrocarril. Se les bautizó como “Ghost” (Fantasma) y “Darkness” (Oscuridad). Se decía que no sólo cazaban para comer, sino también por diversión y para entrenarse. Aunque cada noche mataban a varios hombres, sólo arrastraban a uno fuera para devorarlo. El número de sus víctimas fue aumentando.

La construcción se paraliza

Sin un motivo aparente, los ataques desaparecieron de pronto. Quizás fue debido a un aumento de las presas salvajes en la zona o al acoso permanente a que estaban siendo sometidos, que en ocasiones les impedía devorar a sus presas con tranquilidad. Al cabo de un tiempo sin ataques, los trabajadores y el propio Patterson pensaron que los felinos se habían ido a otras áreas de caza. La vigilancia empezó a relajarse, algo que pronto se reveló fatal.

Una de las trampas de Patterson
Porque tal y como se fueron regresaron. Una noche, uno de los leones saltó limpiamente el vallado de tres metros que rodeaba el campamento y arrastró a uno de los hombres a través de las ramas de espino que formaban dicha valla. Fuera le esperaba el otro león, y allí mismo empezaron a devorar al infortunado, ante la impotencia de todos. Patterson revelaría estos actos de los leones como perturbadores, pues al horror de ver o escuchar cómo una persona era arrastrada por las fauces de un devorador de hombres, se sumaba la confianza que iban adquiriendo los leones, que devoraban a su presa cerca del lugar, sin que pudieran ser localizados en la oscuridad de la noche; asimismo, describe un crujido de huesos y un rumor que aseguró parecer como un placentero ronroneo, sonidos que tardarían tiempo en desaparecer de su cabeza.

Las deserciones de los trabajadores empezaron a contarse por centenares. Nadie quería quedarse por miedo a ser la siguiente víctima de los devoradores de hombres, ante el manifiesto fracaso de Patterson en acabar con ellos. La construcción se paralizó durante tres semanas, hasta que Patterson pudo por fin matarlos.

La muerte de los leones

Matar a los felinos que estaban poniendo en peligro la construcción de su puente empezó a convertirse en una obsesión para Patterson. A principios de diciembre de 1898, construyó un machan (especie de tarima sobre 4 postes verticales) apenas resistente desde el que divisaba la zona y pasó varias noches encaramado allí. Finalmente el 9 de diciembre, con un asno muerto por los propios leones como cebo, uno de ellos apareció.

Patterson con el primer león
Si Patterson se hubiera dormido sin duda habría sido la siguiente víctima. El león ignoró el cebo y fue directamente a por el cazador. Patterson logró herirle en los cuartos traseros pero el felino escapó. Al rato apareció de nuevo y Patterson le disparó varias veces más. Por la mañana le siguió el rastro y lo encontró muerto. Tenía 5 heridas de bala. El león medía tres metros de la cabeza a la cola y pesaba 225 kilos. Se necesitaron 8 hombres para transportarlo al campamento.

Segundo león
Tres semanas después, el 29 de diciembre, Patterson lograba herir al segundo león, al cual persiguió a lo largo de medio kilómetro con su porteador de armas, hasta que se encontró con el ataque fatal del animal. Tras dispararle 5 veces consecutivas, Patterson tuvo que huir a un árbol, donde ya se había refugiado su porteador. Disparó nuevamente al león, acertándole en el pecho y la cabeza, y finalmente cayó abatido. Según Patterson, el felino murió mordisqueando una rama de un árbol caído tratando de alcanzarle.

La cueva de los leones

Patterson encontró la cueva de Fantasma y Oscuridad y se horrorizó ante la gran cantidad de huesos humanos que había. Parecía que los leones los coleccionaban como trofeo. Este comportamiento no es propio de estos felinos, ya que devoran sus presas y abandonan sus restos en campo abierto. Fue algo muy controvertido entre los científicos, más aún después de no encontrar la cueva que Patterson fotografió. En 1997 fue redescubierta, pero lo encontrado allí no permite sacar conclusiones definitivas. Muchos dicen que lo que el coronel encontró fueron restos de enterramientos de las tribus locales.

Fotografía de Patterson de la cueva de los leones

La misma cueva en 1997
Las pieles de los leones sirvieron como alfombras en la casa de Patterson durante 26 años, hasta que en 1924 las vendió por 5.000 dólares al Museo Field de Historia Natural de Chicago. También les vendió los cráneos. En el Museo, las pieles fueron preparadas para montar la figura de dos leones que todavía siguen expuestos al público. Entre que las pieles no llegaron en demasiado buen estado y que la reconstrucción es manifiestamente mejorable, el aspecto de los dos felinos es más grotesco que terrorífico. Patterson publicó en 1907 el libro “Los devoradores de hombres de Tsavo”, donde narraba su versión de los hechos.

La compañía documentó 28 casos de trabajadores muertos por los leones. Probablemente hubo más, ya que de las muertes de los lugareños no se guardaba expediente alguno. Recientes estudios han demostrado que uno de los leones comió el equivalente a 11 personas y otro 24, un total de 35 personas devoradas. Patterson daba una cifra (con seguridad exagerada) de 140 víctimas. La cifra real puede ser mayor que los 35 de los últimos estudios, si atendemos los testimonios de la época de que los leones mataban a varias personas cada noche pero sólo se comían a una.

Fantasma y Oscuridad en el Museo Field de Chicago
Con la muerte de Fantasma y Oscuridad sólo se acabó un capítulo de la historia de los devoradores de Tsavo. De hecho, apenas transcurridos dos meses de la construcción del puente, en marzo de 1899, el ingeniero de carreteras O’Hara era víctima de un nuevo devorador. Esa noche había salido de su tienda, tras avisarle su esposa de la presencia de un león. Sin embargo, volvió a ella pensando que tan sólo había sido un susto propiciado por un asno. Como hacía mucho calor y pensando que no existía peligro alguno, dejó la tienda abierta y siguió durmiendo. De pronto, una leve sensación como si le retiraran la almohada despertó a la señora O’Hara: su marido no estaba. Al salir fuera de la tienda, lo encontró muerto a 2 metros de ella, y a su lado un enorme león la miraba. El devorador había hecho presa en su cabeza penetrándole el cráneo con sus colmillos hasta el cerebro, provocándole una muerte instantánea y silenciosa con la que el felino pretendía llevarse su cuerpo. El disparo de un rifle ahuyentaría al felino, que regresaría a los 10 minutos en busca de su presa, pasándose la noche rondando la tienda del desafortunado ingeniero a pesar de los disparos que intentaban herirle. El león sería abatido varias semanas después con un dardo envenenado.

Las razones de que mataran hombres

Los leones de Tsavo tienen fama de ser los más peligrosos y agresivos del continente. A veces no dudan en saltar sobre un todoterreno de turistas y golpear sus ventanas o morder las ruedas. Su aspecto difiere bastante del león nubio, el más estudiado y que campa por Tanzania, Etiopía y gran parte de Kenia a pesar de pertenecer ambos a la misma especie. Podemos destacar su gran tamaño, ya que pueden superar los 3 metros de longitud y pesar hasta 50 kilos más que sus parientes de la sabana. Por otra parte, los machos participan tan activamente o más que las hembras en la caza. Además, generalmente no poseen melena, o en su caso, está formada por una rala cresta y enmarañadas patillas. Expertos naturalistas y científicos han estudiado estos leones llegando algunos a la conclusión de que podrían ser una subespecie primitiva emparentada con los extintos leones del Norte de América y Europa (leones cavernarios), teoría que se ve reforzada por sus notables diferencias morfológicas y la inusual tendencia de esta especie a vivir en cuevas.

El estudio de los cráneos de estos dos felinos verificó que se trataban de leones sanos; y aunque Fantasma tenía un colmillo roto y su cráneo había sufrido una deformación en la primera fase de su vida, se descartó que fuera motivo alguno para inutilizarlo pues igual siguió alimentándose de presas salvajes. El estudio de sus dientes demostró que no devoraban sólo a seres humanos, tan sólo era una presa más que se incluía en su menú habitual de búfalos, cebras, impalas o facóqueros.
 
Diversas fotografías hechas por Patterson (A, C, E)
y fotografías actuales de los dientes de los leones (B, D)
Este estudio, publicado en la revista “Proceedings”, llegaba a algunas conclusiones sorprendentes. Por ejemplo, la dieta de uno de los leones estaba compuesta casi al 50% de humanos, siendo el resto herbívoros de otras clases; sin embargo, el otro león apenas estaba interesado en comer carne humana, aunque la probaba de vez en cuando. A pesar de eso, ambos animales trabajaban en equipo, ya sea para cazar hombres o cualquier otra presa. Este es un comportamiento extremadamente inusual, y más con presas fáciles como las personas.

Queda la incógnita de cómo se aficionaron a la carne humana. Es muy probable que lo hicieran cazando a los enfermos y débiles que las caravanas de esclavos con destino a Zanzíbar dejaban atrás, y que en su ruta tenían que cruzar el río Tsavo. Otra posible explicación es que se vieran atraídos por los restos de las cremaciones hindúes de los trabajadores del ferrocarril.

En cualquier caso, el “reinado del horror” (como lo bautizó Patterson) dio lugar como dije al principio a varios libros y películas. La última de ellas se tituló en España “Los demonios de la noche”, con Val Kilmer como Patterson. Y no puedo despedir el artículo sin decir que el cazador americano interpretado por Michael Douglas es un personaje creado para la ocasión y no existió realmente. Claro que la misión del cine no es ser riguroso históricamente, sino entretener; y esta película cumple esa misión.
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Tulipomanía, la locura de los tulipanes

Cuando mencionamos las palabras “burbuja especulativa”, la mayoría piensa en la crisis del ladrillo, en Lehman Brothers y en rescates bancarios. Muchos pueden que piensen también en el gran crack del 29. Lo que a casi nadie le vendrá a la cabeza es la tulipomanía, un periodo especulativo que se produjo en Holanda en el siglo XVII y que debe su nombre a que el objeto de especulación eran los bulbos de tulipán. Los precios de dichos bulbos llegaron a alcanzar niveles que, en el mejor de los casos, sólo pueden calificarse de extravagantes.

La locura de los tulipanes (Jean Gerome Leon)
Considerado uno de los primeros fenómenos especulativos de los que se tienen noticia, la tulipomanía causó una grave crisis económica y social en los Países Bajos e ilustra muy bien el comportamiento de una burbuja financiera. El relato del auge y caída de los precios de esta exótica flor fue popularizado por un periodista escocés llamado Charles Mackay en un libro titulado “Memorias de extraordinarias ilusiones y de la locura de las multitudes” (1841).

La Edad de Oro holandesa

Durante las primeras décadas del siglo XVII, y en paralelo a la Guerra de los 30 Años (1618-1648), Holanda adquirió una pujanza económica extraordinaria. La mayoría de los países europeos acusaban un fuerte intervencionismo y procuraban minimizar el intercambio comercial con los países vecinos. Holanda sin embargo redujo aranceles, abrió sus fronteras y se lanzó de un modo innovador al comercio internacional. Desarrolló además un sistema financiero ágil, eficiente y abierto. En el Banco de Ámsterdam (fundado en 1609) realizaban depósitos en metálico tanto nobles como comerciantes, e incluso extranjeros. El dinero era abundante y había una fuerte sensación de riqueza.

Portada del libro de Charles Mackay
El Estado holandés era tolerante y permitió a cualquier extranjero instalarse en el país. Eso trajo consigo que artistas, pensadores y científicos se afincaran allí en busca de la libertad que no tenían en su país de origen. También dio asilo a perseguidos por cuestiones religiosas, entre los que estaban los hugonotes franceses o los sefardíes españoles. La prosperidad económica y el ambiente de libertad intelectual y artística hicieron que los holandeses desarrollaran un gran gusto por la belleza. En ese gusto se incluían las flores exóticas, que se convirtieron en un símbolo de riqueza.

El tulipán

Esta flor se introdujo en Europa hacia 1544 procedente de Turquía (su nombre proviene del francés turban, que significa “turbante”). El responsable de ello fue el embajador austriaco en Estambul Ogier Ghislain de Busbecq. En 1559 el botánico Carolus Clusius (nombre latinizado de Charles de L’Écluse) lo introdujo en Holanda plantándolo en un terreno en Leiden que tenía dedicado al cultivo de plantas tropicales y especias. Clusius los mantenía guardados; sin embargo, una noche robaron sus bulbos y la flor empezó a extenderse por el país, donde su terreno arenoso ganado al mar se reveló como ideal para el cultivo de esta planta.

Campo de tulipanes
Las flores empezaron a venderse en los mercados de Holanda y los nobles, maravillados por sus vívidos colores, los compraban para adornar sus casas. Al ser una flor escasa, su precio era alto y empezó a convertirse en un símbolo de riqueza y estatus social. Fue en ese momento cuando entró en escena una enfermedad de la flor producida por un virus llamado “virus mosaico”, que causaba en las flores líneas aleatorias de colores y explosiones de pigmentos, con lo que esta enfermedad se convirtió en un golpe de fortuna. El virus hizo a los tulipanes enfermos aún más atractivos, y teniendo en cuenta que las flores afectadas por el virus eran raras, pasaron a ser un símbolo perfecto de diferenciación y su precio subió aún más. Paralelamente, algunos aristócratas franceses comenzaron a interesarse por estas flores, y empezó a crearse la opinión de que los nobles de Francia extenderían la moda por toda Europa. Esto atrajo a inversores y especuladores.

Sin embargo, la flor del tulipán florece en una semana y se marchita con rapidez. A esto hay que añadir que sus semillas tardan entre siete y doce años en dar una flor, lo que hacía que no se dieran las condiciones para un mercado especulativo. No obstante, los tulipanes podían también reproducirse a través de sus bulbos, que se formaban en el interior de los capullos. Un bulbo, convenientemente cultivado, daba una flor que a su vez daba nuevos bulbos. Además, los virus mosaico se contagiaban de una flor a otra a través de los bulbos, pero no de las semillas. Las condiciones para la especulación ya estaban sobre la mesa: ésta no se haría con la flor o con las semillas del tulipán, sino con sus bulbos.

El mercado de los tulipanes

Había dos periodos de venta de tulipanes que podríamos denominar de “venta al público” y de “productores”. El primero se daba al iniciarse la primavera y consistía en vender la flor en los mercados de las ciudades al consumidor final que pudiera permitírselo. El segundo se producía durante el verano y no se comerciaba con las flores, sino con los bulbos. Estos se arrancaban de la flor y se plantaban para que crecieran nuevas plantas. Al estar enterrados, no podían pasar de unas manos a otras, así que lo que se vendían eran los derechos sobre el futuro tulipán. Hoy en día esta práctica es habitual y se llama “contratos de futuros”, pero por aquel entonces era una auténtica innovación.

Dibujo de un tulipán "Semper Augustus"
Lo que pasaba era más o menos lo siguiente: un primer comprador contactaba con el jardinero y le ofrecía un dinero por el bulbo enterrado. Se daba una señal a cuenta y el resto se pagaría a la entrega de la planta. Toda la transacción se hacía mediante un contrato que un notario refrendaba. Este primer comprador se dirigía entonces a un segundo comprador y vendía el contrato de compraventa por el mismo mecanismo (una cantidad a cuenta y el resto a la entrega), y así sucesivamente. Ni que decir tiene que el precio de la transacción aumentaba en cada operación y con cada intermediario. Todo se hacía pensando que el precio que pagaría el comprador final (el noble que pondría la flor en su mansión) compensaría toda esta especulación. Si esto pasaba, dicho comprador final financiaría los beneficios en cascada de todos los compradores intermedios.

Viene ahora otro factor que hizo que los contratos de futuro aumentaran aún más los precios y en el que los holandeses se adelantaron a su tiempo: inventaron las marcas. Los primeros tulipanes se clasificaban básicamente por su color (rosen, violetten, bizarden…), pero a los tulipanes enfermos (los más caros y raros) no se les podía poner “contaminados”, “infectados” ni nada similar. Así que los holandeses echaron mano de su imaginación y empezaron a ponerles nombres como “Almirante”, “General”, “Alejandro Magno” o “Escipión”. Incluso a algunas variedades empezó a ponérseles “Almirante de Almirantes” o “General de Generales”. Los contratos de futuro sobre todas estas variedades empezaron a subir como la espuma. Los holandeses acababan de inventar el concepto de branding.

Alimentando la burbuja

Durante los años 20 del siglo XVII el precio de los bulbos de las variedades más raras empezó a subir con rapidez. Un bulbo de alguna variedad rara podía venderse por 1.000 florines. Se llegaron a registrar transacciones tales como una mansión en el centro de Ámsterdam a cambio de un solo bulbo de la variedad “Semper Augustus”. El récord lo marcó una flor de esta variedad que se vendió a 6.000 florines. Pero fue a partir de 1630 cuando todo el mundo se lanzó a la euforia, en vista de que los precios no paraban de subir.

En octubre de 1636 un derecho sobre un bulbo de tulipán normal se vendía a 20 florines. A mediados de noviembre el precio se disparó a 50 florines y a finales de ese mes el precio se dobló: se pagaban 100 florines por un tulipán. Para hacernos una idea de la enormidad del precio, hay que decir que el salario medio de un trabajador holandés era de unos 150 florines anuales, y que por 100 florines se podía comprar ¡una tonelada de mantequilla! Además, no se comerciaba con un solo bulbo sino con varios, así que empezaron a moverse cantidades muy importantes de dinero. Las transacciones tenían lugar en las tabernas aledañas a los mercados. Todos se agolpaban para entrar en los locales, de dónde podía verse salir a eufóricos ciudadanos que acababan de ganar en unos minutos el salario de varios años. Los precios subían por semanas, por días, incluso por horas.

El vagón de los locos, de Flora Malle
Entre el 25 de noviembre y el 1 de diciembre los precios se estabilizaron en 100 florines, pero el día 12 los bulbos pasaron a valer 150. El beneficio era tal que muchos veían absurdo dedicarse a trabajar pudiendo doblar el patrimonio en pocas horas comprando y vendiendo contratos sobre bulbos. Los tulipanes entraron en el mercado de valores, y las transacciones se hacían sobre catálogos que empezaron a imprimirse por aquel entonces (¿les suena ésto de algo?). Entre enero y febrero de 1637 los precios siguieron aumentando, llegando el día 3 de febrero a 200 florines. Se producían transacciones de 100.000 florines por varias decenas de bulbos. Como no todo el mundo disponía del suficiente dinero en efectivo, se llegó a pactar el pago con propiedades. Así, se conoce un pacto de compraventa de un bulbo de “Semper Augustus” por 12 acres de tierra (5 hectáreas) y otro de un bulbo de un “Viceroy” a cambio de ¡2 carros de trigo, 2 carros de centeno, 4 bueyes, 8 cerdos, 12 ovejas, 2 barricas de vino, 4 barriles de cerveza, 2 toneladas de mantequilla, 1.000 libras de queso, 1 cama doble, 1 baúl lleno de ropa y 1 copa de plata!

Entre las anécdotas de la época, Charles Mackay cuenta que un marinero fue encarcelado 6 meses por comerse un bulbo de tulipán al confundirlo con una cebolla. El dueño del tulipán (otro “Semper Augustus”) había pagado 3.000 florines por él, así que la cárcel fue el mal menor del marinero, que de otro modo podría haber sido linchado.

El hundimiento del mercado

Era en ese mes de febrero cuando se empezaban a poner a la venta los bulbos a los que tocaba florecer ese año. Todos se frotaban las manos esperando pingües beneficios. Sin embargo, las cosas no fueron tan bien como esperaban. Se barajan dos posibles causas para ello. Por un lado, un brote de peste bubónica había reducido la actividad en el mercado Haarlem. Por otro lado, los precios habían subido demasiado, lo que desanimaba al comprador final. Pagar 200 florines por una flor que sólo tenía una función ornamental y que únicamente servía para exhibirse ante las visitas, cuando podía conseguirse el mismo efecto con una pintura, un concierto privado o un traje nuevo (cosas mucho más baratas) era demasiado. Con 200 florines podían comprarse muchos lujos en la Holanda del siglo XVII. En cualquier caso, al haberse producido toda la especulación fuera del mercado final, se confiaba en que sería este el que financiara los beneficios en cadena de los especuladores, con lo que si este fallaba toda la cadena se derrumbaría.

Evolución del precio de los tulipanes (1636-1637)
Ante la falta de compradores, los vendedores de los mercados tuvieron que empezar a bajar los precios. El pánico empezó a extenderse, sobre todo en los que tenían contratos con vencimientos para los 2 o 3 años siguientes y todavía no los habían revendido. Buscaban desesperadamente alguien a quién transferirle los futuros derechos, pero nadie los quería. El precio se desplomó. Las discusiones fueron terribles. Hubo personas que firmaron contratos de futuros tanto en posición compradora como en posición vendedora, a precios y vencimientos diferentes. La gente se reclamaba el cumplimiento de los contratos que ellos mismos se negaban a cumplir cuando les tocaba asumir el pago. Muchos llegaron a las manos y había denuncias cruzadas todos los días.

Fin de la historia

Las autoridades intervinieron y declararon que los contratos sobre bulbos era una pura venta de humo (windhandel, ‘negocio de aire’). En algunos casos, faltaban años para la entrega de los bulbos, así que el gobierno holandés pensó que lo mejor era declarar esas ventas como sencillamente inexistentes. Esta solución no contentó a nadie, ni a los que esperaban cobrar mucho por los bulbos plantados ni a los que habían pagado señales que no habían podido recuperar.

Portada de un catálogo de tulipanes
Se ideó entonces una solución salomónica. El gobierno holandés estableció que los precios pactados eran absurdos, pero que tampoco podía dejarse sin compensación al propietario del bulbo. Así pues, se acordó que la solución sería que quién poseyera contratos podría abstenerse de ejercer la compra en el momento de su vencimiento, estando obligado a abonar el 10% del importe pactado. En esto nuevamente los holandeses se adelantaron a su tiempo: acababan de inventar las opciones de compra. Sin embargo, tampoco esta solución dejó satisfecho a nadie. Los tenedores de bulbos recibieron sólo el 10% de lo que pensaban cobrar, mientras que los tenedores de contratos se vieron obligados a pagar cantidades exorbitantes (puesto que el 10% de una cantidad disparatada suele seguir siendo una cantidad disparatada).

No existe un acuerdo entre los historiadores sobre la repercusión que esta crisis tuvo en la economía holandesa. Algunos hablan de colapso de los mercados financieros, quiebras y bancarrotas. Otros sin embargo dicen que el fenómeno sólo afectó a un reducido grupo de comerciantes, artesanos y nobles. Es muy probable que esta sea la verdad, ya que la mayor parte de las entregas de tulipanes no llegaron a materializarse y estaríamos por tanto ante una sucesión de promesas de compra y venta: una burbuja de contratos. Sólo las señales de compra pasaron efectivamente de mano en mano y nadie asumió el pago del resto del contrato.

Dibujo de varias variedades de tulipán
En cualquier caso, fue la primera constatación del daño que puede producirse en una burbuja especulativa. Con el paso del tiempo, Holanda se ha convertido en un país experto en tulipanes, cuya venta supone una parte importante de su economía. Se calcula que en la actualidad concentra el 87% de ese mercado. Los holandeses dedican al cultivo de esta flor unas 12.000 hectáreas y producen 4.000 millones de bulbos al año. Aunque eso sí, ahora los venden a precio de tulipanes.
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