Guerra pintoresca

Sin duda alguna, la guerra es algo muy serio. Posiblemente sea el asunto más serio al que los hombres pueden enfrentarse. La guerra siempre va acompañada de muerte y destrucción, y en no pocas ocasiones los inocentes han pagado el precio de conflictos que poco tenían que ver con ellos y que les fueron impuestos a la fuerza. Nada parece ser divertido en la guerra, una situación en la que el miedo y el horror están demasiado presentes como para ponernos a hacer chistes.

Gila, en su famoso sketch sobre la guerra
A pesar de todo, en la guerra también se producen situaciones extrañas, graciosas o sencillamente ridículas. En un artículo anterior ya narramos la Batalla de Karánsebes, considerada por muchos la más absurda de la Historia; pero esta batalla no es el único caso, y a lo largo de los siglos se han sucedido hechos increíbles relacionados con los conflictos bélicos que parecían sacados de la cabeza de un cómico. Estos episodios nos hacen simpatizar con la frase que en cierta ocasión pronunció Georges Clemenceau, Primer Ministro francés: “La guerra es algo demasiado serio para dejarla en manos de los militares”. Estos son algunos de esos acontecimientos que parecen increíbles, pero que son rigurosamente ciertos.

El nudo gordiano

La historia de este nudo comienza en Frigia (actualmente Anatolia, en Turquía). La leyenda cuenta que sus habitantes necesitaban elegir un nuevo rey, así que consultaron el oráculo. Éste les dijo que el elegido para el trono llegaría por la Puerta del Este sentado en un carro, y que un cuervo se posaría sobre él. El primer hombre que cumplía todos estos requisitos resultó ser un campesino llamado Gordias, cuyas únicas riquezas eran su carro y los bueyes que de él tiraban. Los habitantes de Frigia hicieron caso al oráculo y eligieron a Gordias como su nuevo rey.

Alejandro cortando el nudo gordiano
Una de las medidas de su gobierno fue fundar la ciudad de Gordion, en la que se estableció. Allí construyó un templo dedicado a Zeus, y en agradecimiento a haber sido elegido rey, le ofreció su carro atando a él su yugo y su lanza con un nudo cuyos cabos se escondían en el interior. El nudo era tan complicado que nadie podía desatarlo (a lo que ayudaba el hecho de que no hubiera cabos visibles), y empezó a circular la leyenda de que aquél que consiguiera hacerlo se convertiría en señor de toda Asia.

Muchos años más tarde (en el 333 a.C.), Alejandro Magno pasó por Gordion en su camino para enfrentarse al Imperio Persa. Allí se le presentó el problema de desatar el que ya era conocido como “nudo gordiano”. El macedonio, tras pasarse un rato mirándolo, sacó su espada y lo cortó de un tajo a la vez que pronunciaba la frase “Tanto monta desatarlo como cortarlo” (que significa “Da lo mismo cortarlo que desatarlo”). Se cuenta que aquella noche se desató (nunca mejor dicho) una gran tormenta de rayos y truenos, lo que se interpretó como que Zeus aprobaba la manera de proceder de Alejandro.

Escudo de los Reyes Católicos
Como curiosidad final, decir que Fernando el Católico tomó como lema la frase que Alejandro pronunció mientras cortaba el nudo, acortándola a “Tanto monta”. Con esto, el monarca daba a entender que lo importante era conseguir el objetivo sin importar el método utilizado para ello, idea que sería posteriormente plasmada por Maquiavelo en su famosa frase “El fin justifica los medios”. Este lema se insertó en su escudo junto a un yugo y a unas flechas desatadas (ignoro el porqué de las flechas, puesto que al carro de Gordias iba atada una lanza). Un lema que constituye sin duda toda una declaración de intenciones.

Los antitanques de la Antigüedad

Nada había más terrorífico en una batalla del mundo antiguo que las unidades de elefantes. Dotados de una armadura natural (no en vano, paquidermo significa “piel gruesa”), estos animales estaban equipados además con corazas de cuero y metal que los hacían prácticamente invulnerables a las flechas y venablos, a no ser que fueran incendiarios. Su simple presencia a menudo desmoralizaba a las tropas enemigas y hacía cundir el pánico entre las unidades que se les enfrentaban. Eran los auténticos tanques del mundo antiguo.

Elefantes de Pirro en Beneventum
Sin embargo, estos animales presentaban un grave inconveniente: si se asustaban y se desbandaban, no hacían distinción entre amigos y enemigos. Con frecuencia, una estampida de estas bestias pisoteaba a sus propias tropas y desbarataba sus filas, con lo que quedaban expuestas a la acción de las tropas enemigas. De hecho, los jinetes de elefantes estaban equipados con una estaca puntiaguda para clavarla a martillazos en la nuca del animal llegado el caso. Con buen criterio, los generales preferían matar a los elefantes antes de que aplastaran a sus propios soldados. Por tanto, la clave para enfrentarse a estos animales estaba en asustarlos hasta hacerles perder el control. Y no hay nada que asuste más a los elefantes que los chillidos estridentes (de ahí la creencia de que temen a los ratones). Esto hizo que se desarrollara un ruidoso antídoto contra estos paquidermos: los cerdos.

El primer caso en el que se utilizaron los cerdos para combatir a los elefantes lo encontramos en el año 275 a.C., durante la Batalla de Beneventum que enfrentó a Pirro de Épiro contra las tropas de una naciente República Romana. Los romanos untaron a una piara de estos animales con pez líquida en la espalda y les prendieron fuego, lanzándolos contra los elefantes. Los chillidos de los cerdos asustaron a los paquidermos y se desbandaron presos del pánico, causando innumerables destrozos y facilitando la victoria romana. El hecho fue recogido por Plinio el Viejo en su “Historia Natural”. El segundo caso se dio en el año 266 a.C. durante el asedio de la ciudad griega de Megara. El atacante, el rey macedonio Antígono II Gonatas decidió utilizar los elefantes para debilitar las defensas de la ciudad. Los sitiados hicieron lo mismo que los romanos nueve años antes: prendieron fuego a un grupo de cerdos, abrieron las puertas y los lanzaron contra los elefantes, que se dieron a la fuga pisoteando a una parte del ejército macedonio. El episodio está recogido por Polieno en su libro “Estratagemas”.

Cerdos incendiarios contra elefantes
No obstante, esta arma anti-elefantes también presentaba algunos problemas. El primero es que los cerdos ardiendo se dispersaban en todas direcciones, lo que hacía que a menudo se volvieran contra sus propias filas. El segundo es que la vida de un cerdo en llamas es corta (unos 100 metros de carrera, más o menos), por lo que sólo podían usarse cuando los elefantes estaban prácticamente encima. Estos inconvenientes se soslayaron (más que nada por necesidad) en el año 544 durante el asedio de la ciudad bizantina de Edesa por parte del rey persa Cosroes I. Los elefantes persas atacaron las murallas de la ciudad, y el comandante defensor decidió repetir la estrategia de los romanos contra Pirro y de Megara contra los macedonios; pero había un inconveniente: sólo contaba con un cerdo. Así que ataron al animal cabeza abajo y lo descolgaron por la muralla. Los chillidos del gorrino (algo molesto con la postura) eran tan estridentes que los elefantes huyeron llevándose por delante a cuanto persa encontraron por el camino. Una posterior salida de los bizantinos terminó de derrotar a los atacantes. Este acontecimiento lo recoge Procopio de Cesarea en “De Bellis”.

Así que ya saben: si los elefantes fueron los primeros tanques, la primera arma antitanque de la Historia fueron los cerdos.

Las leales mujeres de Weinsberg

Uno de los conflictos que durante toda la Edad Media sobrevoló Europa fue el que enfrentó a los güelfos y a los gibelinos. Cada bando apoyaba a un pretendiente distinto al trono del Sacro Imperio Romano-Germánico; además, en Italia tuvo resonancias más profundas, pues los güelfos apoyaban al Papa en su larga lucha contra el Emperador, apoyado por los gibelinos. Sin entrar en detalles, hay un episodio poco conocido que merece ser recordado: el protagonizado por las mujeres de la ciudad alemana de Weinberg.

En los albores del conflicto, el Emperador Conrado III puso sitio a la ciudad de Weinberg. Tan numantina fue la resistencia de la población, que las tropas imperiales tuvieron que desviar el curso de un río e impedir que los pájaros pasaran por la ciudad para forzar la rendición por hambre de la plaza. Y tan furioso estaba Conrado con la resistencia de Weinberg, que juró matar a todos los habitantes y saquear la ciudad. La ira de Conrado era lógica, pues no eran tiempos para tener un ejército entretenido ante una población mientras los rivales campaban a sus anchas por el resto del territorio.

Conrado III y las leales mujeres de Weinberg
El 21 de diciembre de 1140, la ciudad finalmente capituló pidiendo a Conrado benevolencia. El Emperador prometió perdonar a las mujeres, que podrían salir de la ciudad con todo lo que pudieran cargar en sus hombros, pero se mantuvo firme en el castigo a los hombres, a los que pretendía encerrar después de que los soldados saquearan la ciudad. La sorpresa del Emperador fue mayúscula cuando, a la mañana siguiente, las mujeres salieron de Weinberg con los hombres cargados a sus hombros; cada una llevaba a su espalda a su marido, sus hijos o su padre. Conrado, atado a la palabra dada, tuvo que permitir que se marcharan y perdonó a la ciudad, que finalmente no fue saqueada. La historia se recoge en los Annales de Paderborg, contemporánea de los hechos, bajo el título de "Las leales mujeres de Weinberg".

Vencerá el que la tenga más grande

Durante los primeros años del Renacimiento italiano, los distintos territorios que componían la Península Itálica estaban enfrascados en constantes guerras entre sí. Una de estas guerras enfrentó a la ciudad de Florencia contra la República de Venecia por el control del comercio. Sin embargo, los contendientes pronto empezaron a cansarse de batallar entre ellos, así que empezaron a negociar los términos de la paz. Después de mucho hablar, se llegó a uno de los acuerdos más extraños de todos los tiempos: ganaría aquella ciudad que poseyera, en el promedio de sus habitantes, el pene más largo.

Retrato de Poggio Bracciolini
Uno de los miembros (nunca mejor dicho) de la delegación florentina, el pensador Poggio Bracciolini, se levantó y dijo que sin duda los triunfadores serían los venecianos. Ante el atónito silencio que le rodeó, Bracciolini continuó sin inmutarse:

Es evidente, que son los mejores dotados, puesto que su miembro viril posee tal longitud que llega a cubrir enormes distancias. ¿Cómo se explica de otra manera que, cuando pasan varios años a cientos de millas de su hogar a causa de sus viajes, encuentren a su retorno que son padres de varias criaturas?

Ni que decir tiene que los ofendidos venecianos continuaron con la guerra.

Las moscas que pican y el Himno español

La Guerra de los Siete Años (1756-1763) puede considerarse la primera guerra a escala mundial de la Historia. En ella se enfrentaron las principales potencias europeas entre sí, involucrando a sus colonias americanas y asiáticas. Hubo enfrentamientos en tres continentes, y terminó con el Tratado de París de 1763. Uno de los contendientes fue el Reino de Prusia, comandado por Federico II El Grande.

Tropas prusianas
Un día, los austriacos lanzaron un terrible ataque que desbarató por completo las filas prusianas lideradas por el propio rey. Las balas silbaban con tanta insistencia en torno al monarca que uno de sus generales, Serbelloni, intentó calmarlo diciéndole: “Tranquilo señor, sólo son moscas”. La respuesta de Federico ha pasado a la Historia:

Sí, pero éstas son de las que pican

Y hablando de Federico el Grande, no podemos dejar pasar la siguiente anécdota. Los ejércitos de Prusia habían obtenido unos éxitos tan enormes y rápidos que todas las cortes europeas enviaron embajadas a Prusia para descubrir el secreto de su efectividad. Cuando el representante español, Juan Martín Álvarez de Sotomayor, se entrevistó con Federico, éste no pudo ocultar la sorpresa de que fueran precisamente los españoles los que le preguntaran, pues gran parte de las innovaciones que había introducido se debían a una obra nuestra: “Reflexiones Militares”, del Marqués de Santa Cruz del Marcenado, cuyos once tomos estaban bien visibles en el despacho del monarca.

Federico II El Grande
El representante español, avergonzado, tuvo que admitir que en España casi nadie conocía esa obra. Cuentan que el rey prusiano vio tan azorado a Álvarez de Sotomayor, que para compensarle y que no se fuera con las manos vacías, cedió al rey de España una marcha de granaderos. Esta marcha (que algunas fuentes atribuyen a la pluma del propio Federico), con el tiempo se convirtió en el actual Himno de España.

La no-batalla de la Isla de Guam

Al estallar la Guerra entre España y Estados Unidos en 1898, el crucero estadounidense USS Charleston, al mando del capitán Henry Glass, recibió la orden de dirigirse a la Isla de Guam y conquistarla. El 20 de junio arribó a la isla y dio orden de disparar contra ella con tres de sus baterías, con tan mala puntería que los proyectiles pasaron por encima de la isla sin hacer blanco. Estaban corrigiendo el tiro cuando vieron acercarse al barco una lancha con una delegación española formada por el oficial al mando del puerto, un médico y un intérprete. Cuando esta delegación subió a bordo del Charleston, dieron la bienvenida al crucero y se disculparon por no haber respondido a sus salvas de saludo, pues los cuatro cañones de que disponían eran de hierro fundido y hacía más de un siglo que no se disparaban, por lo que eran inseguros hasta para disparar salvas.

USS Charleston
Y es que por aquel entonces las comunicaciones no estaban demasiado desarrolladas, así que el último cable recibido en la isla procedente del Gobierno español era del 14 de abril (un mes antes de estallar el conflicto) y en él se manifestaba la posibilidad de un acercamiento diplomático para evitar las hostilidades. De modo que nadie en Guam sabía que había una guerra. La primera reacción de los americanos fue echarse a reír. La segunda, fue enviar de vuelta a los delegados con la orden de que debían rendirse antes de las 10 de la mañana del día siguiente.

Al día siguiente, en efecto, el gobernador de Guam, Juan Marina, se rendía ante el capitán del Charleston no sin antes hacer constar lo siguiente:

Sin defensas de ninguna clase, ni elementos que oponer con probabilidad de éxito a los que usted trae, me veo en la triste decisión de rendirme, bien que protestando por el acto de fuerza que conmigo se verifica y la forma en que se ha hecho, pues no tengo noticia de mi Gobierno de haberse declarado la guerra entre nuestras dos naciones

Las tropas estadounidenses desarmaron a los escasos y mal equipados militares españoles, que fueron embarcados a bordo del barco Ciudad de Sidney como prisioneros de guerra, y la bandera de las barras y las estrellas ondeó en la isla. Los barcos norteamericanos, sin la dotación suficiente como para dejar una guarnición en Guam, partieron rumbo a Manila.

Posesiones españolas en el Pacífico
No obstante, y en un nuevo giro de incompetencia militar, hay que decir que Glass había cumplido al pie de la letra las órdenes que recibió (rendir la Isla de Guam) sin que nadie cayera en la cuenta de que esta isla era la capital de la demarcación de las Islas Marianas, con lo que el resto del archipiélago (que no se rindió) siguió formando parte de la soberanía española. Este hecho permitió que España pudiera vender en 1.899 las Marianas (a excepción de Guam) a Alemania por 25 millones de pesetas de las de entonces, con evidentes consecuencias en las guerras que enfrentaron a alemanes y norteamericanos en el siglo siguiente.

Y no quisiera terminar sin contar que los funcionarios españoles de la isla, que a diferencia de los militares no habían sido hechos prisioneros, volvieron a hacer ondear la bandera española en cuanto el Charleston se perdió en el horizonte.

La rendición en una moneda

El 16 de diciembre de 1944, el infierno se desató en las Ardenas. Los alemanes, viendo que la guerra en el oeste se estaba perdiendo, lanzaron una gran ofensiva contra las tropas aliadas a través de esa región a caballo entre Bélgica, Holanda y Luxemburgo. El éxito inicial alemán se vio favorecido por el hecho de que nadie esperaba que por allí se lanzara ningún ataque, dado que las condiciones meteorológicas (un intenso frío, nieve y nieblas espesas) y del terreno (densos bosques y colinas) no favorecían una ofensiva con blindados. Así pues, como un ataque por allí era inconcebible para los mandos aliados, la región de las Ardenas se había convertido en una especie de destino de descanso de las unidades más castigadas en los seis meses de combates anteriores.

Soldados alemanes en las Ardenas
La llamada “Batalla de las Ardenas” se saldó finalmente con la victoria aliada, después de recuperarse de la sorpresa inicial y lograr recomponer sus tropas. En el curso de los duros combates que se produjeron, muchas unidades de ambos bandos se vieron aisladas y sin comunicación con sus superiores. La mayoría de ellas optó por atrincherarse y combatir al enemigo esperando la llegada de los suyos o morir en el intento.

No fue este el caso de un pelotón estadounidense, que al mando de un sargento, decidieron ponerse en marcha y avanzar en busca del grueso de su ejército. Después de andar durante varios días por los bosques, desorientados por la niebla, helados de frío, sin apenas comida y con la moral bajo mínimos, tomaron la determinación de rendirse a la primera unidad alemana que vieran. Poco después divisaron una patrulla de la Wehrmacht (las fuerzas armadas de Alemania), y tal como habían decidido, tiraron las armas y levantaron los brazos.

Batalla de las Ardenas
La sorpresa de todos fue mayúscula cuando vieron que los alemanes ¡hacían lo mismo! Al parecer, se trataba de una patrulla germana que estaba en la misma situación que los norteamericanos y habían tomado idéntica decisión. Así pues, los unos se rindieron a los otros y los otros a los unos. Naturalmente, eso no podía ser; sólo una de las patrullas podía rendirse, así que tuvieron que decidir cuál de ellas lo haría. Y no se les ocurrió mejor manera de hacerlo que… a cara o cruz.

Ganaron los estadounidenses, que hicieron prisioneros a los alemanes. Poco después, los norteamericanos fueron localizados y lograron contactar con sus tropas. Los mandos aliados felicitaron al sargento y su pelotón por la captura de los prisioneros. Y todo porque tuvieron la suerte de que la moneda cayera de su lado.

Para acabar

No, las guerras no son graciosas ni divertidas. Pero a lo largo de los siglos, unas extrañas combinaciones de suerte, incompetencia y testarudez han dado lugar a episodios que, al conocerlos, no tenemos más remedio que reírnos. Algo así como el sketch del programa de los Monty Pithon’s El chiste más gracioso del mundo, ambientado en la Segunda Guerra Mundial, y que animo a todos los lectores que lo lean (hay un resumen muy bueno en la Wikipedia).


Espero que las historias que les he contado aquí les hayan servido para pasar un buen rato. Puede que haya un segundo artículo sobre el mismo tema próximamente (las situaciones absurdas en las guerras se cuentan por centenares). Pero nunca lo olviden: la guerra nunca será graciosa.

El Historicón

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