Teuta, la reina pirata

A lo largo de sus muchos años de historia, Roma ha tenido innumerables enemigos. Muchos de ellos son muy famosos y merecen capítulos propios en los libros (Aníbal, Arminio, Boudica o Zenobia son claros ejemplos), pero otros muchos son apenas conocidos, bien por su poca relevancia o bien porque los historiadores de la época acallaron deliberadamente lo que pasó. Uno de estos casos fue el de Teuta, una reina iliria que mantuvo en jaque el comercio romano por el Adriático con su poderosa flota pirata.

Ilustración de Teuta para el juego Rome II: Total War
Considerada un enemigo menor de Roma, “la que dirige al pueblo” (pues éste es el significado de su nombre) hizo de su país alguien a quien tener en cuenta en el concierto europeo de entonces, en el que Roma empezaba a destacar como potencia importante tras derrotar a los cartagineses en la Primera Guerra Púnica. Sólo cuatro años van desde el auge a la caída de esta mujer que hizo temblar los mares, y aunque se desconoce su destino final, Teuta fue alguien importante durante algún tiempo y sus acciones hicieron que Roma la tuviera muy en cuenta, hasta el punto de que desató contra ella la llamada Primera Guerra Iliria.

La viuda de Agrón

La Primera Guerra Púnica había terminado en el 241 a.C. y había dejado a Roma como nueva dominadora del Mediterráneo occidental, sustituyendo a los cartagineses. Su ocupación de la isla de Sicilia (a excepción de la ciudad de Siracusa, aliada suya), así como las posteriores conquistas de Córcega y Cerdeña en el año 238 a.C. (tras los problemas que Cartago había tenido con sus mercenarios) la convirtieron en la gran potencia naval de su época. Dominaba todo el Mar Tirreno con mano firme. Sin embargo, al otro lado de la bota italiana, su dominio sobre el Mar Adriático no era tan rotundo. Sus aguas eran un nido de piratas, entre los que destacaban los ilirios, que amenazaban las rutas comerciales que pasaban por allí.

El comienzo de la actividad pirata de los ilirios se remonta al año 600 a.C., cuando amenazaron seriamente el comercio griego en la zona. Sabedores de que esa actividad era peligrosa para sus intereses, los macedonios de Filipo II los derrotaron e invadieron su país. A su muerte, su hijo Alejandro Magno utilizó a los ilirios para sus empresas conquistadoras; sin embargo, tras la muerte de Alejandro en el año 323 a.C., los ilirios se sintieron libres para continuar con su antiguo modo de vida. En el año 250 a.C., se organizaron en torno a Agrón, el soberano de la tribu más fuerte, los ardiaeos. Este rey unió al resto de tribus y creó una confederación, que fue expandiéndose llegando a ocupar las actuales Albania y partes de Bosnia, Croacia y Montenegro, y llegando a conquistar y saquear las colonias griegas de Faros, Apolonia y Epidamno. Agrón se mostró poco innovador respecto a las costumbres ancestrales de su pueblo, y en lugar de favorecer el comercio o explotar las ricas minas de oro de sus tierras (poco más que pedregales improductivos, por otra parte), se dedicó a lo que su pueblo mejor sabía hacer: impulsar la actividad pirata hasta límites insospechados desde la capital del reino, la ciudad de Skodra (la actual Skhöder en Albania).

Iliria en su esplendor
En lo que sí innovó Agrón fue en sus objetivos. Habiendo aprendido que los macedonios eran demasiado fuertes para desafiarlos, optó por aliarse con el rey Demetrio II de Macedonia y amplió su reino con una parte del Epiro (una región del noroeste de Grecia). La flota iliria era temida en todo el Adriático por su fiereza. Sin embargo, y tras una victoria sobre los etolios, Agrón murió en el año 231 a.C. (probablemente de un coma etílico), según nos cuenta Polibio:

El Rey Agrón, cuando su flota regresó y sus oficiales le dieron cuenta de la batalla, se llenó de tanta alegría en su mente por haber derrotado a los Etolios, por aquel entonces el más orgulloso de los pueblos, que se entregó a diversas celebraciones y apasionados excesos, por los que cayó en una pleuresía que terminó con él, de forma fatal, en sólo unos días.

Como el heredero e hijo de Agrón, Pineo, aún era un niño, su viuda Teuta tomó el poder como reina regente hasta que el heredero fuera mayor de edad. No se conoce el verdadero nombre de esta reina, ya que Teuta (“la que dirige al pueblo”) parece ser un sobrenombre adoptado cuando subió al poder. La fuerte personalidad de la reina pronto le ganó el respeto de sus subordinados. No sólo se limitó a conservar la herencia que Agrón había dejado, sino que trató de ampliarla. Con razón el diplomático alemán Johann Georg von Hahn la calificó en el siglo XIX como la “Catalina la Grande de los ilirios”.

La expansión de Teuta

Sabedora de que en ese momento no había una potencia hegemónica clara, y que podía aprovecharse de las luchas que sostenían romanos, cartagineses, macedonios y bárbaros de varias clases, Teuta diseñó un ambicioso plan de expansión que le hizo soñar con la creación de un imperio ilirio. Y es que la época y la situación invitaban a que alguien que se sintiera mínimamente fuerte optara a dominar a los demás. Lo primero que hizo fue conquistar la isla de Corcira (la actual Corfú), a cuyo mando puso a uno de sus más notables generales, el epirota Demetrio de Faros. La importancia estratégica de Corcira era enorme. La isla controlaba el estrecho de Otranto, y controlando dicho estrecho se controlaba todo el comercio entre el sur de Italia y Grecia.

Situación de Corcira (Corfú)
Teuta conseguía así un importante trampolín para empezar a dominar el Mediterráneo central y hacer realidad su sueño de convertir a Iliria en una gran potencia. Sin embargo, sus súbditos no tenían tanta amplitud de miras, y vieron en la isla sólo un sitio donde poder descansar de sus correrías y vender las mercancías y los esclavos que conseguían en sus incursiones piratas. La reina, sabedora de que el estado que comandaba no pasaba de ser una inestable coalición de tribus que habían hecho de la piratería su forma de vida, tuvo que tolerar esta actitud e incluso se vio obligada a extender abundantes patentes de corso.

Polibio, con su habitual misoginia, condenó la actitud de Teuta tachándola de tener “la cortedad de miras propia de una mujer” y acusándola de “dejar la dirección del gobierno en manos de sus amigos”, de “apoyar la práctica de la piratería” y de “tratar a toda ciudad o barco conquistados como enemigos”. Y a todo esto añadió:

Con cálculo propio de mujeres, (Teuta) no veía otra cosa que no fueran sus éxitos más recientes, así que no podía darse cuenta de lo que estaba ocurriendo a su alrededor, ni tuvo en cuenta para nada los intereses extranjeros.

Las incursiones ilirias se generalizaron, extendiéndose hacia el sur entre el Mar Jónico y la costa occidental de Italia. Las ciudades del sur de Italia y Sicilia se vieron frecuentemente asaltadas ya que su riqueza las había convertido en un objetivo preferente de los piratas. Pero sin duda su mayor hazaña fue la conquista y posterior saqueo de Fenice, una ciudad griega del Epiro considerada hasta entonces inexpugnable. Nuevamente según Polibio, esta acción infundió “un terror y un pánico no pequeños a los habitantes de las costas griegas”. Y en efecto, así debió ser porque los epirotas no sólo pagaron un fuerte rescate para recuperar la ciudad (permitiendo además que parte de sus habitantes fueran vendidos como esclavos por los ilirios), sino que ofrecieron a Teuta una alianza en la que se comprometían a socorrerla cuando ella así lo pidiera. A todo esto se unió el asalto y conquista de Elea, Isa y Mesina, la expulsión de los comerciantes griegos de las costas de Iliria y el continuo ataque a las embarcaciones comerciales romanas que cruzaban el Adriático.

La respuesta de Roma

En un principio, Roma no hizo nada para atender las quejas de los comerciantes que se veían asaltados por los ilirios, pero ante el alarmante aumento de casos, no tuvo más remedio que tomar cartas en el asunto. Lo primero que intentó fue la vía diplomática. En el año 230 a.C., envió ante Teuta a dos hermanos, Cayo y Lucio Coruncanio, para exigir el fin de las acciones piratas de los ilirios contra Roma y que les retribuyera por lo perdido. La reina, concentrada en ese momento en el asedio de la isla de Cisa, en la costa dálmata, apenas tuvo tiempo de concederles una audiencia. Polibio narra que Teuta “les escuchó de modo desdeñoso y altanero” y les respondió:

De nación a nación procuraría que los romanos no les sucediera nada injusto por parte de los ilirios, pero que, en lo que se refería a los ciudadanos particulares, no era legal que los reyes impidieran a los ilirios sacar provecho del mar.

Teuta ordena matar a Lucio Coruncanio
Esta respuesta ofendió a los legados romanos, y Lucio, el más joven de ellos, soltó de forma imprudente:

Los romanos, oh Teuta, tienen la bella costumbre de castigar de forma pública los crímenes privados y de socorrer a víctimas de injusticia. De manera que, si un dios lo quiere, intentaremos rápida e inexorablemente obligarte a enderezar las normas reales respecto a los ilirios.

Teuta se tomó muy a mal las palabras del joven legado (según el misógino Polibio, “fue presa de una cólera mujeril e irracional”), y ordenó darle muerte. A continuación, despidió a Cayo dejándole que se llevara el cadáver de su hermano (Dion Casio narra, sin embargo, que Cayo fue encarcelado y nunca regresó a Roma). La excusa que Roma estaba buscando para declarar la guerra a los ilirios estaba servida.

La Primera Guerra Iliria

Los romanos se tomaron muy a mal lo que les había pasado a sus diplomáticos, así que se prepararon para la guerra. Y hay que decir que lo hicieron con gran presteza. En el año 229 a.C. enviaría una flota de 200 barcos y 20.000 hombres a poner fin al desafío de Teuta. La dirección de las fuerzas se confió a los cónsules de aquel año, quedando uno (Lucio Postumio Albino) al mando de las tropas terrestres y el otro (Cneo Fulvio Centumalo) al mando de la flota. Esta impresionante fuerza se presentó de improviso ante Corcira, gobernada por el anteriormente nombrado Demetrio, quien era además gobernador de la isla de Faros, mientras las principales fuerzas ilirias estaban ocupadas continuando sus ataques contra las ciudades costeras griegas.
 
Busto de Teuta
Demetrio no tardó en traicionar a su reina y rindió Corcira y Faros a los romanos, pasándose a ellos con armas y bagajes (aunque Dion Casio afirma que la rendición fue ordenada por la propia Teuta, a fin de conseguir una tregua temporal). La deserción de Demetrio hizo que muchos otros generales se rindieran también sin presentar batalla. Entre esos generales se encontraba el propio cuñado de Teuta (hermano del anterior rey Agrón) Escerdilaidas. Los romanos ocuparon fácilmente Epidamno, Isa y Apolonia, entre otros enclaves. Muchas otras ciudades enviaron delegaciones a los romanos aceptando su protectorado voluntariamente. Hay que decir que los ilirios, al ver aparecer a las tropas romanas, levantaban rápidamente el campamento y huían, lo que nos dice que sus tropas terrestres no estaban ni mucho menos a la altura de su flota. La victoria romana fue tan aplastante y con tan pocas bajas, que el cónsul Fulvio regresó a Roma con la mayoría de sus fuerzas y naves, dejando a Postumio sólo con 40 barcos y una legión, reclutada entre las ciudades conquistadas.

Teuta se vio obligada a pedir la paz, abrumada por la superioridad romana y por la traición de sus generales. En el tratado posterior, firmado en el 227 a.C., Teuta se comprometía a entregar un fuerte tributo anual y cedía la mayor parte de su reino a los traidores Demetrio y Escerdilailas, pero siempre bajo protectorado romano. Además, se comprometía a no navegar por el estrecho de Otranto con más de dos naves armadas a la vez. Cuando Pineo, el hijo de Agrón, finalmente pudo heredar el reino, éste había quedado reducido a unos pocos enclaves alrededor de Skodra. Además, quedó bajo protectorado romano y bajo la regencia del traidor Demetrio.
 
Estatua de Teuta
Se desconoce el destino final de Teuta. Algunas fuentes sostienen que se suicidó, otras dicen que se retiró a la vida privada e incluso hay quien afirma que se casó con Demetrio. Muchos siglos después, el nacionalismo albanés la convirtió en un símbolo de su causa, levantando estatuas en su honor donde paradójicamente siempre se la representa desnuda. Incluso un club de fútbol albanés lleva su nombre. Y no quisiera terminar sin citar el verso que Chaucer le dedicó en los Cuentos de Canterbury: “¡Oh Teuta, reina! Tu conyugal castidad, para todas las esposas, un espejo debe ser”.

El Historicón

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