Demara, el gran impostor

Hay personas que pueden ser cualquier cosa que se propongan: médico, psicólogo, abogado, sheriff, investigador médico, guardia de prisiones, profesor, pedagogo o editor. Aunque lo normal es que sólo se sea una o a lo sumo dos de estas cosas. Alguien excepcional podría ejercer tres o incluso cuatro de estas profesiones a lo largo de su vida. Lo que no es en absoluto usual es que todos estos oficios los ejerciera la misma persona; y lo que es más importante, sin tener ninguno de los títulos o estudios necesarios para ello.

Ferdinand Waldo Demara
Y es que las profesiones que se han mencionado antes no están puestas al azar. En los años 40 y 50 del siglo XX un hombre llamado Ferdinand Waldo Demara fue cambiando de identidad y ejerciendo todos estos oficios sucesivamente. Este hombre, que convirtió el fraude y la impostura en una de las bellas artes, fue conocido como “El gran impostor” y con ese título llegó a hacerse una película sobre su vida protagonizada por Toni Curtis. Conozcamos algo más de la increíble biografía de Fred Demara.

El pedido de bombones

El 21 de diciembre de 1921 vino al mundo Ferdinad Waldo Demara Jr., en el seno de una familia acomodada de Lawrence, Massachussets. Su padre trabajaba como proyeccionista en los cines propiedad de su tío Napoleón (dueño de la compañía Toomey-Demara Amusement Company), y sólo un miedo perturbaba al pequeño Fred en su (imaginamos) feliz infancia: convertirse en pobre. De hecho, todas las noches prometía a la Virgen rezar un rosario todos los días de su vida si lo evitaba. Y es que la devoción religiosa (más concretamente la católica) fue una constante en su vida. Sin embargo, no parece que sus rezos tuvieran demasiado éxito, pues en 1929 sobrevino la Gran Depresión. La empresa de su tío aguantó el tipo como pudo, pero finalmente tuvo que cerrar en 1934.

Su familia tuvo que mudarse de la zona acomodada de la ciudad a un piso en un barrio más barato. Además, el hecho no pudo pasar en peor momento: Fred estaba en octavo curso y en el colegio en el que estudiaba era costumbre que los alumnos de octavo tuvieran que hacer un regalo a los de séptimo. La familia de Fred no estaba en condiciones de afrontar un gasto así, de modo que el pobre niño iba a quedar en evidencia delante de sus compañeros y profesores. Pero este inconveniente no arredró al pequeño Fred. Se presentó en la bombonería más exclusiva de la ciudad y encargó la caja de bombones más grande y cara, ordenando que se llevara al colegio al día siguiente y diciendo que apuntaran la factura a nombre de sus padres.


Esa caja nunca llegó. Los padres de Fred ya no tenían crédito en la tienda, así que la humillación del niño fue espantosa. No obstante, y haciendo uso de todo el aplomo del que fue capaz, se volvió a presentar al día siguiente en la misma tienda; y no sólo volvió a encargar la misma caja de bombones del día anterior, sino que también encargó cajas pequeñas a nombre de cada uno de sus compañeros de séptimo, que debían entregarse en un carruaje especial. El pedido era tan grande y caro, que los dueños de la tienda supusieron que la familia Demara estaba en condiciones de pagarlo, así que el encargo fue satisfecho. Naturalmente, dichos dueños jamás vieron un centavo.

Fue de este modo que Demara comenzó su carrera de engaño. Una carrera que le llevó a suplantar decenas de identidades y a ejercer los más variados oficios. Haciendo uso de una innata capacidad de manipulación psicológica y de un carisma fuera de lo común, este hombre de memoria fotográfica  e inteligencia superior a la media fue variando de identidad a lo largo de los años. Viajando a lo largo y ancho del mundo (no exagero), Demara logró engañar a todos durante algún tiempo.

Fabricando identidades

Demara desarrolló desde su niñez un profundo sentimiento religioso. Eso hizo que se escapara de casa a los 16 años para unirse a una comunidad de monjes cistercienses en Rhode Island, donde permaneció cinco años. A lo largo de su vida fue entrando y saliendo de distintos centros religiosos, ingresando cuando quería desaparecer o simplemente cuando quería escapar del mundanal ruido, y saliendo cuando se aburría de la vida monástica. Pero lo más importante de esta primera estancia con los cistercienses es que aprendió una manera eficaz de cambiar de identidad cuantas veces quisiera: robó un montón de certificados de nacimiento en blanco del despacho de un párroco. Con ellos convenientemente rellenos, podría conseguir cualquier documento de identidad.

En 1941 se cansó de su estancia con los cistercienses y se alistó en el ejército, y un año después comenzó su carrera de impostor. Suplantó la identidad de un antiguo compañero de armas llamado Anthony Ignolia con el fin de obtener una serie de permisos especiales. Como vio que la vida castrense no era lo bastante interesante, o quizá por miedo a ser mandado al frente, Demara desertó y volvió a entrar bajo su nueva identidad en un monasterio trapense en Louisville. Sin embargo, estaba convencido de que podía hacer carrera en las fuerzas armadas, de modo que cuando acabó la Segunda Guerra Mundial abandonó el monasterio y volvió a alistarse, esta vez en la Marina, y siempre bajo el nombre de Ignolia.

El "Doctor" Demara, en el centro
Demara trató de obtener un puesto en el Estado Mayor. Al no conseguirlo, decidió nuevamente abandonar el servicio, aunque esta vez lo hizo de un modo diferente y más original: simuló su propio suicidio, dejando algunas ropas en el muelle para dar la sensación de haberse tirado al agua. Como la identidad de Ignolia ya estaba quemada, decidió adoptar un nuevo nombre: Robert Linton French, nada menos que un oficial y doctor en Psicología compañero de la Marina, que daba clases en la Universidad de Stanford y era investigador en Yale. Con esta identidad impartió clases en el prestigioso Ganon College de Pennsylvania. Tal y como dijo posteriormente a la revista Life: “Me limitaba a mantenerme un paso por delante de la clase. La mejor manera de aprender algo es enseñarlo”.

Sin embargo no tardó en aburrirse de su trabajo y decidió cambiar de nuevo. Trabajó bajo una nueva identidad como celador en un hospital de Los Ángeles y posteriormente como docente en el colegio St. Martin de Washington. Es allí donde sufrió su primer arresto: el FBI le detiene; pero no bajo la acusación de usurpación de identidad, sino por haber desertado de la Marina. Fue condenado a 6 años de cárcel, pero tras cumplir sólo 18 meses salió en libertad provisional.

Cirujano en la guerra de Corea

Una vez fuera de la cárcel, Demara se presentó en Maine como Dr. Cecil Hamman, biólogo e investigador del cáncer. Allí fue contratado como administrador de la escuela de Notre Dame. Poco después estudió Derecho durante un año en Boston, pero volvió a sentir la llamada de la religión e ingresó en los Hermanos de Instrucción Cristiana, una sociedad católica canadiense, con el nombre de Hermano John Payne. Fue durante la estancia en dicha orden que conoció al médico canadiense Joseph C. Cyr, de la Universidad de Harvard. Cyr le comentó que le gustaría regresar a Estados Unidos a Trabajar. Demara se ofreció a ayudarle, y para ello le pidió copias de sus títulos, diplomas y documentación.

No es difícil adivinar lo que pasó a continuación. Con todos esos papeles en su poder, Demara suplantó a Cyr y se presentó en una oficina de reclutamiento de la Marina canadiense, donde fue inmediatamente admitido. Durante dos meses trabajó en el Hospital Militar de Halifax tratando a pacientes psiquiátricos (más tarde diría “La Psiquiatría no tiene mucho misterio. Cualquiera con sentido común puede practicarla”). No tardó en ser destinado como cirujano al destructor HMCS Cayuga y enviado a Corea como apoyo en 1951. Allí, entre otras cosas, extrajo 3 dientes al capitán James Plomer (aprendiendo en un libro cómo hacerlo momentos antes de la intervención) y se convirtió en un héroe de guerra.

El HMCS Cayuga
La historia fue así: 16 soldados coreanos gravemente heridos fueron evacuados una noche al Cayuga. Todos necesitaban operaciones urgentes, y el único cirujano disponible era Demara. Mientras iban preparando cada intervención, se encerraba a solas para memorizar en los libros el método que tenía que emplear para cada caso. El resultado fue que todos los soldados sobrevivieron a sus heridas. Tras acabar de operar a los 16 soldados, Demara cogió una enorme borrachera con ron y estuvo durmiendo durante dos días. Pero lo más relevante del caso es que una de esas operaciones (la extracción de una bala cerca del corazón) acabó en las portadas de los periódicos canadienses. El doctor Cyr se convirtió de la noche a la mañana en una celebridad.

El problema fue que la madre del verdadero doctor Cyr leyó la noticia y alertó a las autoridades. Cuando la noticia de la impostura de Demara llegó al Cayuga, nadie podía creerla. Demara fue inmediatamente trasladado a Canadá y deportado a Estados Unidos, aunque la Marina canadiense no presentó cargos contra él, probablemente para no dar más publicidad al asunto.

Una celebridad

De vuelta a su país, Demara regresó a los Hermanos de Instrucción Cristiana (nuevamente como hermano John Payne) y ayudó a fundar el LaMennais College (hoy en día, la Universidad Walsh). Sin embargo, enfadado con sus superiores por no haber sido nombrado rector, abandonó la orden. Quizá porque bebía mucho y necesitaba dinero, en 1952 vendió su historia a la revista Life (llegó a ser portada). La serie de reportajes que se le hicieron acabarían convirtiéndose en un libro en 1959 (“El gran impostor”, escrito por Robert Crichton) y en una película en 1961 (donde Toni Curtis hacía el papel de Demara). Los reportajes en Life le conllevaron una gran fama, pero justamente esa popularidad hizo que tuviera que buscarse ocupaciones más discretas.

Cartel de la película "El gran impostor"
Y es que Demara seguía a lo suyo. En 1955 trabajó como asistente del director de la prisión de Huntsville (Texas) bajo el nombre de Benjamin Jones, hasta que un preso reconoció su cara y fue detenido. Curiosamente, el estado de Texas retiró los cargos. Se mudó al este y trabajó en una escuela para enfermos mentales de Nueva York bajo la identidad de Frank Kingston. Allí se enteró de la difícil situación de una pequeña escuela de Maine, abocada a cerrar si no conseguía pronto un maestro. Así que se trasladó allí y se presentó para el puesto bajo el nombre de Martin Godgart. Ni que decir tiene que expuso unas excelentes credenciales y fue contratado en 1956. Allí se convirtió en uno de los pilares de la comunidad, pero las noticias de su pasado también llegaron allí y fue detenido y expulsado del estado en 1957.

Sus últimos años

Consciente de que su cara era muy conocida, buscó nuevos horizontes de perfil bajo. A principios de los sesenta trabajó como capellán en un albergue de Los Ángeles y poco después ejerció el mismo oficio en un hospital de Anaheim (California), esta vez con su verdadero nombre. Cuando años después su pasado salió de nuevo a la luz estuvo a punto de ser expulsado, pero su amistad con el director del centro hizo que le permitieran continuar allí. Se hizo amigo, entre otros, de Steve McQueen (curiosamente, Demara fue el encargado de darle la extremaunción). Tal era el cariño que todos le tenían que le permitieron seguir residiendo en él cuando tuvo que dejar su trabajo en 1980 a causa de la diabetes que le produjo el consumo de alcohol (y que hizo que tuvieran que amputarle ambas piernas al año siguiente). Murió poco después, el 7 de junio de 1982, a causa de un ataque cardiaco, en casa de uno de los propietarios de ese hospital.

Demara como oficial de la Marina canadiense
Demara fue un caso de lo más extraño. Cuando le preguntaban los motivos de haber llevado una vida así, contestaba: “Picardía, sólo picardía”. Nunca trató de hacerse rico con sus suplantaciones, importándole más el prestigio y la respetabilidad que obtenía que el dinero que pudiera sacar. Un dato curioso es que los distintos jefes y compañeros que tuvo a lo largo de su vida le consideraban un buen trabajador y una buena persona, y se sorprendían mucho cuando descubrían que en realidad no era quién decía ser. Tristemente para él, la fama y la celebridad le hicieron un hombre muy infeliz, pues imposibilitó que siguiera haciendo lo que le gustaba: vivir muchas vidas en una. Tener que vivir sus últimos 20 años con su nombre verdadero y su reputación a cuestas fue el mayor castigo para un camaleón que, según sus palabras, sólo buscaba el respeto de sus semejantes.

El Historicón

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