Guerra pintoresca

Sin duda alguna, la guerra es algo muy serio. Posiblemente sea el asunto más serio al que los hombres pueden enfrentarse. La guerra siempre va acompañada de muerte y destrucción, y en no pocas ocasiones los inocentes han pagado el precio de conflictos que poco tenían que ver con ellos y que les fueron impuestos a la fuerza. Nada parece ser divertido en la guerra, una situación en la que el miedo y el horror están demasiado presentes como para ponernos a hacer chistes.

Gila, en su famoso sketch sobre la guerra
A pesar de todo, en la guerra también se producen situaciones extrañas, graciosas o sencillamente ridículas. En un artículo anterior ya narramos la Batalla de Karánsebes, considerada por muchos la más absurda de la Historia; pero esta batalla no es el único caso, y a lo largo de los siglos se han sucedido hechos increíbles relacionados con los conflictos bélicos que parecían sacados de la cabeza de un cómico. Estos episodios nos hacen simpatizar con la frase que en cierta ocasión pronunció Georges Clemenceau, Primer Ministro francés: “La guerra es algo demasiado serio para dejarla en manos de los militares”. Estos son algunos de esos acontecimientos que parecen increíbles, pero que son rigurosamente ciertos.

El nudo gordiano

La historia de este nudo comienza en Frigia (actualmente Anatolia, en Turquía). La leyenda cuenta que sus habitantes necesitaban elegir un nuevo rey, así que consultaron el oráculo. Éste les dijo que el elegido para el trono llegaría por la Puerta del Este sentado en un carro, y que un cuervo se posaría sobre él. El primer hombre que cumplía todos estos requisitos resultó ser un campesino llamado Gordias, cuyas únicas riquezas eran su carro y los bueyes que de él tiraban. Los habitantes de Frigia hicieron caso al oráculo y eligieron a Gordias como su nuevo rey.

Alejandro cortando el nudo gordiano
Una de las medidas de su gobierno fue fundar la ciudad de Gordion, en la que se estableció. Allí construyó un templo dedicado a Zeus, y en agradecimiento a haber sido elegido rey, le ofreció su carro atando a él su yugo y su lanza con un nudo cuyos cabos se escondían en el interior. El nudo era tan complicado que nadie podía desatarlo (a lo que ayudaba el hecho de que no hubiera cabos visibles), y empezó a circular la leyenda de que aquél que consiguiera hacerlo se convertiría en señor de toda Asia.

Muchos años más tarde (en el 333 a.C.), Alejandro Magno pasó por Gordion en su camino para enfrentarse al Imperio Persa. Allí se le presentó el problema de desatar el que ya era conocido como “nudo gordiano”. El macedonio, tras pasarse un rato mirándolo, sacó su espada y lo cortó de un tajo a la vez que pronunciaba la frase “Tanto monta desatarlo como cortarlo” (que significa “Da lo mismo cortarlo que desatarlo”). Se cuenta que aquella noche se desató (nunca mejor dicho) una gran tormenta de rayos y truenos, lo que se interpretó como que Zeus aprobaba la manera de proceder de Alejandro.

Escudo de los Reyes Católicos
Como curiosidad final, decir que Fernando el Católico tomó como lema la frase que Alejandro pronunció mientras cortaba el nudo, acortándola a “Tanto monta”. Con esto, el monarca daba a entender que lo importante era conseguir el objetivo sin importar el método utilizado para ello, idea que sería posteriormente plasmada por Maquiavelo en su famosa frase “El fin justifica los medios”. Este lema se insertó en su escudo junto a un yugo y a unas flechas desatadas (ignoro el porqué de las flechas, puesto que al carro de Gordias iba atada una lanza). Un lema que constituye sin duda toda una declaración de intenciones.

Los antitanques de la Antigüedad

Nada había más terrorífico en una batalla del mundo antiguo que las unidades de elefantes. Dotados de una armadura natural (no en vano, paquidermo significa “piel gruesa”), estos animales estaban equipados además con corazas de cuero y metal que los hacían prácticamente invulnerables a las flechas y venablos, a no ser que fueran incendiarios. Su simple presencia a menudo desmoralizaba a las tropas enemigas y hacía cundir el pánico entre las unidades que se les enfrentaban. Eran los auténticos tanques del mundo antiguo.

Elefantes de Pirro en Beneventum
Sin embargo, estos animales presentaban un grave inconveniente: si se asustaban y se desbandaban, no hacían distinción entre amigos y enemigos. Con frecuencia, una estampida de estas bestias pisoteaba a sus propias tropas y desbarataba sus filas, con lo que quedaban expuestas a la acción de las tropas enemigas. De hecho, los jinetes de elefantes estaban equipados con una estaca puntiaguda para clavarla a martillazos en la nuca del animal llegado el caso. Con buen criterio, los generales preferían matar a los elefantes antes de que aplastaran a sus propios soldados. Por tanto, la clave para enfrentarse a estos animales estaba en asustarlos hasta hacerles perder el control. Y no hay nada que asuste más a los elefantes que los chillidos estridentes (de ahí la creencia de que temen a los ratones). Esto hizo que se desarrollara un ruidoso antídoto contra estos paquidermos: los cerdos.

El primer caso en el que se utilizaron los cerdos para combatir a los elefantes lo encontramos en el año 275 a.C., durante la Batalla de Beneventum que enfrentó a Pirro de Épiro contra las tropas de una naciente República Romana. Los romanos untaron a una piara de estos animales con pez líquida en la espalda y les prendieron fuego, lanzándolos contra los elefantes. Los chillidos de los cerdos asustaron a los paquidermos y se desbandaron presos del pánico, causando innumerables destrozos y facilitando la victoria romana. El hecho fue recogido por Plinio el Viejo en su “Historia Natural”. El segundo caso se dio en el año 266 a.C. durante el asedio de la ciudad griega de Megara. El atacante, el rey macedonio Antígono II Gonatas decidió utilizar los elefantes para debilitar las defensas de la ciudad. Los sitiados hicieron lo mismo que los romanos nueve años antes: prendieron fuego a un grupo de cerdos, abrieron las puertas y los lanzaron contra los elefantes, que se dieron a la fuga pisoteando a una parte del ejército macedonio. El episodio está recogido por Polieno en su libro “Estratagemas”.

Cerdos incendiarios contra elefantes
No obstante, esta arma anti-elefantes también presentaba algunos problemas. El primero es que los cerdos ardiendo se dispersaban en todas direcciones, lo que hacía que a menudo se volvieran contra sus propias filas. El segundo es que la vida de un cerdo en llamas es corta (unos 100 metros de carrera, más o menos), por lo que sólo podían usarse cuando los elefantes estaban prácticamente encima. Estos inconvenientes se soslayaron (más que nada por necesidad) en el año 544 durante el asedio de la ciudad bizantina de Edesa por parte del rey persa Cosroes I. Los elefantes persas atacaron las murallas de la ciudad, y el comandante defensor decidió repetir la estrategia de los romanos contra Pirro y de Megara contra los macedonios; pero había un inconveniente: sólo contaba con un cerdo. Así que ataron al animal cabeza abajo y lo descolgaron por la muralla. Los chillidos del gorrino (algo molesto con la postura) eran tan estridentes que los elefantes huyeron llevándose por delante a cuanto persa encontraron por el camino. Una posterior salida de los bizantinos terminó de derrotar a los atacantes. Este acontecimiento lo recoge Procopio de Cesarea en “De Bellis”.

Así que ya saben: si los elefantes fueron los primeros tanques, la primera arma antitanque de la Historia fueron los cerdos.

Las leales mujeres de Weinsberg

Uno de los conflictos que durante toda la Edad Media sobrevoló Europa fue el que enfrentó a los güelfos y a los gibelinos. Cada bando apoyaba a un pretendiente distinto al trono del Sacro Imperio Romano-Germánico; además, en Italia tuvo resonancias más profundas, pues los güelfos apoyaban al Papa en su larga lucha contra el Emperador, apoyado por los gibelinos. Sin entrar en detalles, hay un episodio poco conocido que merece ser recordado: el protagonizado por las mujeres de la ciudad alemana de Weinberg.

En los albores del conflicto, el Emperador Conrado III puso sitio a la ciudad de Weinberg. Tan numantina fue la resistencia de la población, que las tropas imperiales tuvieron que desviar el curso de un río e impedir que los pájaros pasaran por la ciudad para forzar la rendición por hambre de la plaza. Y tan furioso estaba Conrado con la resistencia de Weinberg, que juró matar a todos los habitantes y saquear la ciudad. La ira de Conrado era lógica, pues no eran tiempos para tener un ejército entretenido ante una población mientras los rivales campaban a sus anchas por el resto del territorio.

Conrado III y las leales mujeres de Weinberg
El 21 de diciembre de 1140, la ciudad finalmente capituló pidiendo a Conrado benevolencia. El Emperador prometió perdonar a las mujeres, que podrían salir de la ciudad con todo lo que pudieran cargar en sus hombros, pero se mantuvo firme en el castigo a los hombres, a los que pretendía encerrar después de que los soldados saquearan la ciudad. La sorpresa del Emperador fue mayúscula cuando, a la mañana siguiente, las mujeres salieron de Weinberg con los hombres cargados a sus hombros; cada una llevaba a su espalda a su marido, sus hijos o su padre. Conrado, atado a la palabra dada, tuvo que permitir que se marcharan y perdonó a la ciudad, que finalmente no fue saqueada. La historia se recoge en los Annales de Paderborg, contemporánea de los hechos, bajo el título de "Las leales mujeres de Weinberg".

Vencerá el que la tenga más grande

Durante los primeros años del Renacimiento italiano, los distintos territorios que componían la Península Itálica estaban enfrascados en constantes guerras entre sí. Una de estas guerras enfrentó a la ciudad de Florencia contra la República de Venecia por el control del comercio. Sin embargo, los contendientes pronto empezaron a cansarse de batallar entre ellos, así que empezaron a negociar los términos de la paz. Después de mucho hablar, se llegó a uno de los acuerdos más extraños de todos los tiempos: ganaría aquella ciudad que poseyera, en el promedio de sus habitantes, el pene más largo.

Retrato de Poggio Bracciolini
Uno de los miembros (nunca mejor dicho) de la delegación florentina, el pensador Poggio Bracciolini, se levantó y dijo que sin duda los triunfadores serían los venecianos. Ante el atónito silencio que le rodeó, Bracciolini continuó sin inmutarse:

Es evidente, que son los mejores dotados, puesto que su miembro viril posee tal longitud que llega a cubrir enormes distancias. ¿Cómo se explica de otra manera que, cuando pasan varios años a cientos de millas de su hogar a causa de sus viajes, encuentren a su retorno que son padres de varias criaturas?

Ni que decir tiene que los ofendidos venecianos continuaron con la guerra.

Las moscas que pican y el Himno español

La Guerra de los Siete Años (1756-1763) puede considerarse la primera guerra a escala mundial de la Historia. En ella se enfrentaron las principales potencias europeas entre sí, involucrando a sus colonias americanas y asiáticas. Hubo enfrentamientos en tres continentes, y terminó con el Tratado de París de 1763. Uno de los contendientes fue el Reino de Prusia, comandado por Federico II El Grande.

Tropas prusianas
Un día, los austriacos lanzaron un terrible ataque que desbarató por completo las filas prusianas lideradas por el propio rey. Las balas silbaban con tanta insistencia en torno al monarca que uno de sus generales, Serbelloni, intentó calmarlo diciéndole: “Tranquilo señor, sólo son moscas”. La respuesta de Federico ha pasado a la Historia:

Sí, pero éstas son de las que pican

Y hablando de Federico el Grande, no podemos dejar pasar la siguiente anécdota. Los ejércitos de Prusia habían obtenido unos éxitos tan enormes y rápidos que todas las cortes europeas enviaron embajadas a Prusia para descubrir el secreto de su efectividad. Cuando el representante español, Juan Martín Álvarez de Sotomayor, se entrevistó con Federico, éste no pudo ocultar la sorpresa de que fueran precisamente los españoles los que le preguntaran, pues gran parte de las innovaciones que había introducido se debían a una obra nuestra: “Reflexiones Militares”, del Marqués de Santa Cruz del Marcenado, cuyos once tomos estaban bien visibles en el despacho del monarca.

Federico II El Grande
El representante español, avergonzado, tuvo que admitir que en España casi nadie conocía esa obra. Cuentan que el rey prusiano vio tan azorado a Álvarez de Sotomayor, que para compensarle y que no se fuera con las manos vacías, cedió al rey de España una marcha de granaderos. Esta marcha (que algunas fuentes atribuyen a la pluma del propio Federico), con el tiempo se convirtió en el actual Himno de España.

La no-batalla de la Isla de Guam

Al estallar la Guerra entre España y Estados Unidos en 1898, el crucero estadounidense USS Charleston, al mando del capitán Henry Glass, recibió la orden de dirigirse a la Isla de Guam y conquistarla. El 20 de junio arribó a la isla y dio orden de disparar contra ella con tres de sus baterías, con tan mala puntería que los proyectiles pasaron por encima de la isla sin hacer blanco. Estaban corrigiendo el tiro cuando vieron acercarse al barco una lancha con una delegación española formada por el oficial al mando del puerto, un médico y un intérprete. Cuando esta delegación subió a bordo del Charleston, dieron la bienvenida al crucero y se disculparon por no haber respondido a sus salvas de saludo, pues los cuatro cañones de que disponían eran de hierro fundido y hacía más de un siglo que no se disparaban, por lo que eran inseguros hasta para disparar salvas.

USS Charleston
Y es que por aquel entonces las comunicaciones no estaban demasiado desarrolladas, así que el último cable recibido en la isla procedente del Gobierno español era del 14 de abril (un mes antes de estallar el conflicto) y en él se manifestaba la posibilidad de un acercamiento diplomático para evitar las hostilidades. De modo que nadie en Guam sabía que había una guerra. La primera reacción de los americanos fue echarse a reír. La segunda, fue enviar de vuelta a los delegados con la orden de que debían rendirse antes de las 10 de la mañana del día siguiente.

Al día siguiente, en efecto, el gobernador de Guam, Juan Marina, se rendía ante el capitán del Charleston no sin antes hacer constar lo siguiente:

Sin defensas de ninguna clase, ni elementos que oponer con probabilidad de éxito a los que usted trae, me veo en la triste decisión de rendirme, bien que protestando por el acto de fuerza que conmigo se verifica y la forma en que se ha hecho, pues no tengo noticia de mi Gobierno de haberse declarado la guerra entre nuestras dos naciones

Las tropas estadounidenses desarmaron a los escasos y mal equipados militares españoles, que fueron embarcados a bordo del barco Ciudad de Sidney como prisioneros de guerra, y la bandera de las barras y las estrellas ondeó en la isla. Los barcos norteamericanos, sin la dotación suficiente como para dejar una guarnición en Guam, partieron rumbo a Manila.

Posesiones españolas en el Pacífico
No obstante, y en un nuevo giro de incompetencia militar, hay que decir que Glass había cumplido al pie de la letra las órdenes que recibió (rendir la Isla de Guam) sin que nadie cayera en la cuenta de que esta isla era la capital de la demarcación de las Islas Marianas, con lo que el resto del archipiélago (que no se rindió) siguió formando parte de la soberanía española. Este hecho permitió que España pudiera vender en 1899 las Marianas (a excepción de Guam) a Alemania por 25 millones de pesetas de las de entonces, con evidentes consecuencias en las guerras que enfrentaron a alemanes y norteamericanos en el siglo siguiente.

Y no quisiera terminar sin contar que los funcionarios españoles de la isla, que a diferencia de los militares no habían sido hechos prisioneros, volvieron a hacer ondear la bandera española en cuanto el Charleston se perdió en el horizonte.

La rendición en una moneda

El 16 de diciembre de 1944, el infierno se desató en las Ardenas. Los alemanes, viendo que la guerra en el oeste se estaba perdiendo, lanzaron una gran ofensiva contra las tropas aliadas a través de esa región a caballo entre Bélgica, Holanda y Luxemburgo. El éxito inicial alemán se vio favorecido por el hecho de que nadie esperaba que por allí se lanzara ningún ataque, dado que las condiciones meteorológicas (un intenso frío, nieve y nieblas espesas) y del terreno (densos bosques y colinas) no favorecían una ofensiva con blindados. Así pues, como un ataque por allí era inconcebible para los mandos aliados, la región de las Ardenas se había convertido en una especie de destino de descanso de las unidades más castigadas en los seis meses de combates anteriores.

Soldados alemanes en las Ardenas
La llamada “Batalla de las Ardenas” se saldó finalmente con la victoria aliada, después de recuperarse de la sorpresa inicial y lograr recomponer sus tropas. En el curso de los duros combates que se produjeron, muchas unidades de ambos bandos se vieron aisladas y sin comunicación con sus superiores. La mayoría de ellas optó por atrincherarse y combatir al enemigo esperando la llegada de los suyos o morir en el intento.

No fue este el caso de un pelotón estadounidense, que al mando de un sargento, decidieron ponerse en marcha y avanzar en busca del grueso de su ejército. Después de andar durante varios días por los bosques, desorientados por la niebla, helados de frío, sin apenas comida y con la moral bajo mínimos, tomaron la determinación de rendirse a la primera unidad alemana que vieran. Poco después divisaron una patrulla de la Wehrmacht (las fuerzas armadas de Alemania), y tal como habían decidido, tiraron las armas y levantaron los brazos.

Batalla de las Ardenas
La sorpresa de todos fue mayúscula cuando vieron que los alemanes ¡hacían lo mismo! Al parecer, se trataba de una patrulla germana que estaba en la misma situación que los norteamericanos y habían tomado idéntica decisión. Así pues, los unos se rindieron a los otros y los otros a los unos. Naturalmente, eso no podía ser; sólo una de las patrullas podía rendirse, así que tuvieron que decidir cuál de ellas lo haría. Y no se les ocurrió mejor manera de hacerlo que… a cara o cruz.

Ganaron los estadounidenses, que hicieron prisioneros a los alemanes. Poco después, los norteamericanos fueron localizados y lograron contactar con sus tropas. Los mandos aliados felicitaron al sargento y su pelotón por la captura de los prisioneros. Y todo porque tuvieron la suerte de que la moneda cayera de su lado.

Para acabar

No, las guerras no son graciosas ni divertidas. Pero a lo largo de los siglos, unas extrañas combinaciones de suerte, incompetencia y testarudez han dado lugar a episodios que, al conocerlos, no tenemos más remedio que reírnos. Algo así como el sketch del programa de los Monty Pithon’s El chiste más gracioso del mundo, ambientado en la Segunda Guerra Mundial, y que animo a todos los lectores que lo lean (hay un resumen muy bueno en la Wikipedia).


Espero que las historias que les he contado aquí les hayan servido para pasar un buen rato. Puede que haya un segundo artículo sobre el mismo tema próximamente (las situaciones absurdas en las guerras se cuentan por centenares). Pero nunca lo olviden: la guerra nunca será graciosa.
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El año de los cuatro Emperadores

En junio del año 68 d.C., a la muerte de Nerón, Roma sufrió una crisis política sin precedentes. Con el trono imperial vacante, sucesivos aspirantes lo fueron ocupando brevemente para ser depuestos por la fuerza poco después. Durante el año siguiente, cuatro emperadores se sucedieron unos a otros hasta que, finalmente, Vespasiano tomó la púrpura imperial y estabilizó la situación. Es por eso que al año 69 se le conoce como “El año de los cuatro emperadores”.

Los 4 Emperadores del año 69
La forma en que cada uno de los sucesivos aspirantes tomó el poder dio carta de naturaleza a una práctica que ya venía insinuándose en años anteriores: los sobornos a las tropas por un lado, y la lealtad del ejército (o de una parte importante de él) hacia el aspirante por otro. Esta última consideración hizo que los gobernadores de las provincias con ejércitos a su cargo decidieran en lo sucesivo quién sería el nuevo Emperador. A partir de entonces, y salvo contadas excepciones, sólo los que tuvieran asegurada la fidelidad de los soldados, aunque fuera a base de sobornos, podrían vestir la púrpura imperial.

El final del reinado de Nerón

Los últimos tiempos del gobierno de Nerón fueron muy convulsos. El Emperador se había dedicado en los últimos años a eliminar a cuantos rivales reales o imaginarios se le ocurrían, siempre con la inestimable ayuda de Tigelino, jefe de sus espías. Particularmente cruel fue con los miembros que quedaban de la dinastía de Augusto, a los que veía como rivales que buscaban sustituirle. Esa actitud tal vez se debía a que él mismo no era un miembro de la familia Julia-Claudia en sí, sino que era hijo de un Senador (Cneo Domicio) y había sido adoptado por Claudio al casarse con su madre Agripinila. De hecho, su verdadero nombre no era ese sino Lucio Domicio, adoptando el sobrenombre de Nerón (que significa “persona de gran valor y fuerza”) poco después de entrar a formar parte de la familia imperial. Así pues, las dudas sobre su legitimidad siempre estuvieron presentes.

Sin embargo, esta política de eliminación de rivales no hizo más que agravar el problema dinástico. Al no quedar con vida ningún candidato claro a la sucesión, los distintos gobernadores con mando en plaza podrían arrogarse el derecho a la dignidad imperial apoyándose en las tropas a sus órdenes. Ésto aumentaba en mucho la cantidad de gente a vigilar, y para una personalidad tan paranoica como la de Nerón eso constituía un grave quebradero de cabeza. A estos problemas había que añadir que se vivían graves carencias de suministros en la ciudad y que Nerón tenía el sueño secreto de convertir Roma en una monarquía de corte helenístico apoyándose en el pueblo, que creía a su favor. Por supuesto, esta pretensión contaba con la fuerte oposición del Senado.

Nerón
En este ambiente de conspiraciones constantes, el gobernador de la Galia Lugdunensis se sublevó contra el Emperador. Su nombre era Cayo Julio Vindex, y era un noble aquitano romanizado. Consciente de que Roma jamás le aceptaría como Emperador por el hecho de ser extranjero, Vindex propuso para el cargo imperial al gobernador de la Hispania Citerior Servio Sulpicio Galba. La rebelión contaba con el apoyo del gobernador de la Lusitania, Marco Salvio Otón, que puso a disposición de Galba las tropas de su provincia y reclutó una legión nueva. No obstante la rebelión en la Galia fue un desastre, y las experimentadas tropas de Germania, comandadas por Lucio Verginio Rufo, derrotaron y mataron a Vindex cerca de Vesontio (la actual Besançon). Todo parecía perdido e incluso Galba consideró la posibilidad de suicidarse.

Sin embargo, poco después el Senado declaró a Nerón persona non grata, reconociendo a Galba como Emperador. Las tropas del Rin comandadas por Rufo se unieron a la rebelión, quizá pensando que así se colocarían en el bando ganador. La única oposición que podía surgir era la del prefecto de los pretorianos Ninfidio Sabino y la del gobernador de Siria, Licinio Murciano. Ambos renunciaron explícitamente al trono y el camino de Galba parecía expedito. Incluso Sabino prometió a los pretorianos una abundante recompensa en nombre de Galba si le apoyaban, algo que sería un grave error, como se verá más adelante. Nerón, abandonado por los suyos, optó por suicidarse. La paz parecía volver a Roma.

El reinado de Galba

Galba tenía 72 años cuando accedió al trono, y contaba con una larga experiencia en puestos de la administración romana. Había sido Cónsul, gobernador en la Galia, en Hispania y en África, y había tenido el mando de las legiones en Germania. Se le consideraba un buen administrador y un valiente soldado, y contaba con el respeto de casi todas las personas importantes del Imperio. Particularmente, tenía el apoyo de Otón, gobernador de la Lusitania y un hombre muy rico. Sin embargo, Galba tenía fama de ser austero hasta el punto de rayar la tacañería. Eso sería su perdición.

Galba
Se cuentan dos anécdotas de Galba que dan una muestra de su carácter. La primera ocurrió durante el reinado de Calígula; se produjo un desfile militar en Lyon, y tras dicho desfile, Calígula reunió a los mandos de las tropas (entre los que se encontraba Galba). Después de arengarles sobre la importancia de dar ejemplo a los soldados, les hizo correr detrás de su carroza 32 kilómetros cargados con todo el equipo militar. Al final de la carrera, sólo Galba quedaba en pie. Calígula le preguntó si prefería volver junto a él en la carroza o andando, y Galba respondió que le era indiferente y que estaba acostumbrado a las penurias como buen soldado. Calígula le hizo volver andando, pero al día siguiente lo nombró comandante militar de las legiones del Rin. La segunda ocurrió cuando condenó a la crucifixión a un maestro que había asesinado a su pupilo con el fin de obtener su herencia. Al protestar el condenado que era ciudadano romano y no podía ser crucificado, Galba hizo que su cruz fuera la más alta y además la pintó de blanco, como "muestra de deferencia".

Una vez nombrado emperador, Galba inició la marcha hacia Roma. En su camino hizo pagar grandes cantidades de dinero a algunas ciudades como sanción a lo que él consideraba una traición, pues no lo habían aceptado de inmediato. A algunas de ellas las destruyó sin más como castigo. A su llegada a la capital, las cosas no fueron mucho mejores, puesto que una de sus primeras medidas fue anular el pago prometido a los pretorianos. Para intentar controlarlos, relevó de su mando a su prefecto Sabino y lo sustituyó por Otón, que lo había apoyado desde el principio. Asimismo, destituyó al general al mando de las legiones germanas Rufo y lo sustituyó por Aulo Vitelio. Estas medidas empezaron a hacerle perder el apoyo de una parte importante del ejército.

Al igual que Nerón, Galba también tenía un irracional miedo a las conspiraciones y mandó ejecutar sin pruebas a numerosos senadores y equites (nobles de segundo rango). Asimismo, nombró a muchos cargos del gobierno basándose sólo en su amistad personal con ellos. Para intentar paliar la desastrosa situación financiera que Nerón había dejado, elevó los impuestos y creó algunos nuevos, además de recortar todos los gastos que consideraba superfluos (ésta fue la razón de que anulara el pago a los pretorianos). Todo esto contribuyó a que su popularidad fuera decreciendo rápidamente, tanto entre el pueblo como entre la nobleza. De forma ingenua, pensó que aumentaría su popularidad nombrando un sucesor, y para ello adoptó públicamente a Lucio Calpurnio Pisón. Esto terminó de sellar su destino ya que Otón, que aspiraba a dicho honor, se sintió profundamente insultado. Galba pronto iba a comprender que era mejor no ofender al prefecto de los pretorianos si se quería continuar en el trono.
 
Imperio Romano en el año 69 (Fuente: Wikipedia)
Después de una cena con Galba, Otón se dirigió al campamento de los pretorianos y con la promesa de una generosa recompensa se hizo aclamar Emperador. A toda esta situación se unió que las tropas de Germania se habían negado a renovar el juramento de lealtad a Galba y proclamaron también a su comandante Vitelio como nuevo Emperador. La situación no podía ser más caótica, con un Emperador en palacio (Galba), otro en el campamento de los pretorianos cerca de Roma (Otón) y otro marchando sobre la capital al mando de las legiones del Rin (Vitelio). Galba, enterado del inminente golpe de estado, salió a la calle tratando de que el pueblo se pusiera de su lado, pero nadie lo hizo. Fue finalmente asesinado en el Foro por los pretorianos, que lo decapitaron, le cortaron los brazos y piernas y finalmente pasearon su tronco por la ciudad. Era el 15 de enero del año 69, y había reinado durante 6 meses y 7 días. El Senado reconoció inmediatamente a Otón como nuevo emperador.

Dos emperadores al mismo tiempo

Ninguno de los dos emperadores que quedaban en pie era un dechado de virtudes. Por un lado, Otón era rico y sin escrúpulos, lo que le permitía sacar mucho rendimiento a su dinero. Para hacerse nombrar Emperador por los pretorianos, les prometió un soborno doble al que se les había prometido anteriormente por apoyar a Galba e hizo extensivo el “donativo” a las legiones del Danubio, que hasta ese momento se habían mantenido neutrales. Paradójicamente, una de sus primeras medidas fue restituir la memoria de Nerón, del que había sido muy amigo en vida. Por otro lado, de Vitelio se contaba que comía y bebía sin medida, que dormía hasta bien entrado el día y que se pasaba las noches persiguiendo con malos (o buenos, según se mire) fines a las esclavas de su palacio gubernamental. Como ven, dos joyas al frente del mayor Imperio de la antigüedad.

Otón
Otón había sido reconocido por el Senado, pero él sabía que eso no significaba nada si no contaba con el apoyo de un ejército fuerte capaz de sofocar la rebelión de Vitelio. Sabiéndose en inferioridad, mandó un mensaje a su rival ofreciéndole la paz a cambio de adoptarle y nombrarlo su heredero. Vitelio no picó el anzuelo convencido como estaba de que sus bien entrenadas tropas serían superiores a las de Otón. Sin embargo, sus cálculos tal vez pecaban de excesivo optimismo, pues Otón contaba con dos legiones traídas de Hispania y la formidable fuerza que suponía la Guardia Pretoriana, además de una tropa de 50.000 gladiadores. A esto había que unir que se estaban realizando levas apresuradas para aumentar sus fuerzas.

Ambos ejércitos se encontraron en Bedriacum, cerca de la actual Cremona, y Vitelio ganó la batalla. Sin embargo, el resultado no puede considerarse decisivo por el gran número de pérdidas de ambos bandos. Otón contaba con numerosas reservas y podría haber opuesto mucha mayor resistencia a su rival, que luchaba lejos de sus bases y no tenía forma de enjugar sus bajas. Por eso resulta bastante incomprensible su decisión de suicidarse tras la derrota. Cuentan que antes de hacerlo, dijo “es mucho más justo morir uno por todos que todos por uno”. Nada en su disipada vida hacía presagiar que tomaría esa decisión para salvar a Roma de una guerra civil, y se dice que conmovió tanto a sus hombres que muchos de ellos decidieron inmolarse en su pira funeraria. Había reinado 91 días.

El reinado de Vitelio

Vitelio, que al ver el cadáver de Otón pronunció su famosa frase “El cadáver de un enemigo siempre huele bien, y mejor aún si es un conciudadano”, dio muestras desde el comienzo de su carácter disoluto y amoral. Esperó la llegada de las legiones danubianas, que no habían venido a tiempo de enfrentarse a él y que ahora (vistas las circunstancias) estaban más que dispuestas a aclamarle, e hizo crucificar en el mismo lugar a la mayoría de sus centuriones. Al parecer, estaba molesto con ellos por el hecho de que no le hubieran apoyado desde el principio. Una vez en Roma, disolvió a los pretorianos para evitar que se rebelaran en un futuro (aunque más tarde los rehabilitó), y organizó numerosas fiestas, juegos y banquetes (hasta tres en un día, cuenta Suetonio) para celebrar su victoria. Para resaltar su triunfo, se hizo nombrar a partir de entonces “Germánico”.

Vitelio
Naturalmente, con tanta celebración la tesorería imperial entró más temprano que tarde en bancarrota. Pronto las deudas empezaron a asfixiar al emperador y los prestamistas comenzaron a solicitar que se les devolviera el dinero. Para evitar pagar, Vitelio recurrió a métodos expeditivos: mandó torturar y asesinar a todo aquel que se atreviera a demandar una deuda contra él. Para eliminar los que él consideraba rivales, los invitaba a cenar con la promesa de ofrecerles algún cargo y luego los hacía matar. En el colmo de su crueldad, ordenó asesinar a todos aquellos que se llamasen como él o su heredero. No obstante, no todo fueron sombras durante su reinado: acabó con la corrupción imperante a la hora de asignar los altos cargos administrativos, y los abrió a los equites.

En una sociedad tan supersticiosa como la romana, el que Vitelio hubiese sido nombrado Pontífice Máximo en la misma fecha que el desastre de Alia no era un signo de buen augurio. Y en efecto, un problema se avecinaba, pues existía una parte del ejército que aún no había dicho su última palabra: las legiones de Oriente. Estas tropas se encontraban por entonces en Judea aplastando la gran rebelión judía, y en vista de la situación aclamaron a su comandante Tito Flavio Vespasiano como nuevo Emperador. Rápidamente, el gobernador de Siria Murciano apoyó la elección, y las tropas de Oriente marcharon sobre Roma. La guerra contra los judíos quedó al mando de su hijo Tito, que años después le sucedería en el trono.

Vespasiano pone fin a la locura

Vespasiano se había distinguido como general en Britania y Germania bajo el mando de Claudio. Tenía fama de hombre justo que aspiraba a regenerar Roma. Sin embargo, en los últimos tiempos su sempiterna falta de tropas hacía que no pudiera conformarse con nada más que controlar a los díscolos judíos. Ahora, sin embargo, la situación se tornaba favorable. Con más tropas a su mando para aplastar la rebelión judía y con el apoyo que obtuvo inmediatamente de las legiones del Danubio (que era la tercera vez que cambiaban de bando), se sintió fuerte para aspirar él mismo al trono imperial.

Vespasiano se dirigió a Egipto, el gran granero del imperio. Lo hizo por dos razones complementarias, pues a la vez que se aseguraba el suministro de alimentos para él lo negaba a su rival. Las tropas que marcharon sobre Roma estaban al mando de su lugarteniente Marco Antonio Primo. Éste esperó la llegada de los refuerzos del Danubio y marchó hacia Italia. Vitelio, que viendo la situación estaba que no le llegaba la camisa (o la toga) al cuerpo, trató de salvarse nombrando a Vespasiano heredero, y viendo que la argucia no funcionaba, afirmó que había aceptado el trono contra su voluntad y que estaba dispuesto a abdicar en favor suyo.

Vespasiano
Nada de esto caló en la pétrea personalidad de Vespasiano. Los dos ejércitos volvieron a encontrarse en Bedriacum (donde 8 meses antes se habían enfrentado las tropas de Vitelio y Otón) y el ejército de Vespasiano obtuvo una rotunda victoria. Vitelio no se encontraba en la batalla por estar ocupado en un gran banquete en Roma, algo que da buena muestra de su carácter. Lo más curioso de todo es que esta segunda batalla de Bedriacum se decidió por un saludo. En efecto, las tropas de Vespasiano, al amanecer del segundo día de batalla (que hasta entonces transcurría igualada), hicieron su tradicional gesto de saludar al Sol. Las tropas de Vitelio, que desconocían esa costumbre, creyeron que saludaban la llegada de refuerzos desde el este, así que comenzó a cundir el pánico y empezaron a huir en desbandada. Una muestra más de la importancia de los pequeños gestos.

Detalle del Arco de Tito, donde se muestra la conquista de Jerusalén
Tras recibir la noticia de la derrota, Vitelio trató de ganar apoyos en la ciudad. Sobornó y prometió poder a todo aquel que creía que podría ayudarle. A la vez, y para ganar tiempo, mandó una embajada a Vespasiano acompañada de vírgenes vestales (figuras sagradas en Roma). Los emisarios volvieron con la noticia de que las tropas de Vespasiano estaban a las puertas de la ciudad. Pequeños grupos penetraron en Roma y lo primero que hicieron fue asesinar al hermano de Vitelio, que había sido nombrado comandante de los pretorianos. Después, se pusieron a cazar al propio Vitelio.

Éste, sabiéndose perdido, no pudo evitar la tentación de visitar el palacio por última vez antes de intentar huir. Allí fue localizado por los soldados de Vespasiano (escondido en la garita de un portero), sacado del edificio y ejecutado. Su cuerpo fue arrojado al río Tíber, mientras su cabeza era paseada por la ciudad clavada en una lanza. Era el 20 de diciembre del año 69, y Vitelio había reinado durante 8 meses y 5 días. Al día siguiente, Vespasiano fue reconocido por el Senado. En ese año 69 se habían sucedido cuatro emperadores uno tras otro, hasta que finalmente se impuso el más fuerte. Roma volvía a la tranquilidad con Vespasiano, fundador de una nueva dinastía: los Flavios.

Post Scriptum

Según cuenta Tácito, después de la muerte de Vitelio se sucedieron durante varios días saqueos, pillajes y violaciones por toda Roma. A pesar de las protestas de su lugarteniente Marco Antonio Primo, Vespasiano se negó a entrar en la ciudad con el grueso de sus tropas para volver a imponer el orden. Se dice que zanjó la cuestión con una frase de Terencio que se ha convertido en lapidaria:
Amantium irae amoris integratio est ("Las peleas de enamorados reavivan el amor")
Una muestra de que Vespasiano era tan cruel como sus antecesores, aunque otros quizá prefieran verlo como hijo de su tiempo. Un tiempo despiadado, donde había que acabar con los enemigos antes de que ellos acabaran contigo. De lo que no cabe duda es que fue uno de los mejores Emperadores romanos, y de que con él Roma volvió a ser algo parecido a lo que había sido con Augusto.
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Du Guesclin, el hombre feo que ayudó a su señor

Bertrand du Guesclin, conocido en España como Beltrán Duguesclín y Mosén Beltrán de Claquín, fue un general francés héroe de su país en la Guerra de los Cien Años. Sin embargo, también ha pasado a la historia española por un oscuro episodio ocurrido en Montiel en 1369: la muerte de Pedro I (llamado “el Cruel” por sus enemigos y “el Justiciero” por sus adeptos) a manos de su hermanastro Enrique II de Trastámara. Prototipo perfecto del aventurero francés que vivía de la guerra y la rapiña amparado en el caos provocado por la Guerra de los Cien Años entre franceses e ingleses, sus aventuras se siguen contando hoy en día a los niños del país vecino, siendo su fama en Francia comparable a la del Cid en España.
 
Muerte de Pedro I el Cruel
Autor de la conocida frase “ni quito ni pongo Rey, pero ayudo a mi señor”, du Guesclin tuvo una vida que sólo puede calificarse de novelesca. De fealdad legendaria (hasta el punto de que él decía de sí mismo: “Yo soy muy feo para ganarme el afecto de las mujeres; pero en cambio sé hacerme temer por mis enemigos”), este soldado mercenario que llegó a ser Condestable de Francia creó una doctrina militar que le sobrevivió, aunque paradójicamente fuera menos aprovechada por los franceses que por sus enemigos ingleses. Esta es la historia de su vida.

Infancia y juventud

Bertrand du Guesclin nació entre 1314 y 1320 (no se sabe con exactitud) en Bretaña. Era el mayor de los seis hijos que tuvo Roberto II du Guesclin, señor de la Motte-Broons (un señorío bretón). De niño se distinguió por ser testarudo, caprichoso y pendenciero, y se contaba de él que siempre estaba dispuesto a reñir con cualquiera. Un cronista de la época lo definió como el niño más feo entre Rennes y Dinant, amigo de vagabundear con otros muchachos y al que nunca se le logró hacer aprender ni una sola letra. Su fuerza era enorme, manejaba las armas con destreza y era duro y violento. Con un carácter así, no es de extrañar que a los 16 años escapara de casa para probar fortuna en las guerras que se sucedían a su alrededor.

Retrato de du Guesclin
Pronto empezó a ganarse reputación de buen guerrero. En un torneo derribó a varios caballeros, lo que le valió mucha fama. La primera guerra en la que se vio envuelto fue la de sucesión del Ducado de Bretaña (1341-1364), entre las familias Monfort y Blois. En principio parecía un mero problema interno bretón (Bretaña no formaba por entonces parte del reino de Francia); sin embargo, este conflicto estaba enmarcado en la sangrienta Guerra de los Cien Años entre Inglaterra y Francia, por lo que ambos bandos decidieron apoyar a distintos pretendientes. Los ingleses dieron su apoyo a Juan de Monfort y los franceses hicieron lo propio con Carlos de Blois.

A pesar de luchar por dinero, du Guesclin era un entusiasta defensor de su país, e inmediatamente empezó a luchar en el bando de los Blois. Su táctica era la guerra de guerrillas, atacando destacamentos aislados y convoyes de suministros al mando de unos pocos hombres. Este sistema era poco conocido por entonces en Francia, y sus éxitos hicieron que du Guesclin empezara a forjarse una sólida reputación de buen general. Al frente de las llamadas Compañías Blancas, hizo que el poderío militar inglés en aquella zona de Francia se viera seriamente debilitado. Lo más curioso es que dichas Compañías Blancas estaban mayoritariamente formadas por bretones e ingleses que luchaban por dinero y no por intereses patrióticos, y que eran tan capaces de combatir en batalla como de asaltar una granja para procurarse suministros.

Inscripción que recuerda el combate entre du Guesclin y Cantorbery
Particularmente conocido es el episodio que se desarrolló en Rennes. Estaba esta ciudad sitiada por los ingleses al mando del Duque de Lancaster, y du Guesclin, en pleno día y al mando de sólo 100 hombres, asaltó el campamento inglés, incendió las tiendas y se apoderó de un convoy de 200 carros. Poco después mató en singular combate a un caballero inglés, famoso entre los suyos por su fuerza y destreza, que se atrevió a retarlo. Los ingleses terminaron levantando el sitio a la ciudad en 1357, tras fracasar en todas sus tentativas de tomar la plaza por asalto. Igualmente, en Dinan, venció en singular combate al caballero inglés Tomás de Cantorbery, que se atrevió a retarlo (una inscripción en una piedra marca aún el lugar de tal acontecimiento). Ese mismo año fue nombrado caballero.

Al servicio del Rey de Francia

A pesar de los éxitos de du Guesclin en Bretaña, la guerra distaba mucho de ir bien para los intereses franceses. Las sucesivas derrotas en Crécy en 1346 y Poitiers en 1356 (donde fueron capturados el rey Francés Juan II El Bueno y su heredero) habían dejado a los franceses en una posición muy débil. Por el Tratado de Bretigny de 1.360, Francia cedía numerosos territorios a Inglaterra (entre los que se encontraba Aquitania) a cambio de la liberación del Rey. Su sucesor, Carlos V, se dedicó a una amplia tarea de reconstrucción entorpecida por las numerosas incursiones inglesas, que arrasaban gran parte del territorio desde sus bases aquitanas y bretonas. El nuevo rey decide nombrar Condestable de Francia a du Guesclin y le confía el mando de sus tropas, que obtienen una importante victoria en Cocherel en 1364 contra el ejército navarro de Carlos El Malo, que se había lanzado a la invasión de Bretaña apoyado por tropas inglesas. Esta victoria permitió a Carlos V llegar a Reims y ser coronado Rey de Francia.

Carlos V de Francia
Ese mismo año las tropas francesas son derrotadas en Auray a manos de los ingleses y el propio du Guesclin es capturado. Su rescate se fijó en 100.000 ducados, cantidad exorbitante para la época (hay que tener en cuenta que el rescate del rey Juan II y de su heredero fue fijado en 3.000.000 de ducados). Sin embargo, los franceses no dudan en pagarlo y du Guesclin vuelve a estar a las órdenes del rey Carlos V. Éste le encomienda entonces reunir a sus Compañías Blancas (que después del Tratado de Bretigny antes mencionado estaban sin ocupación y se encontraban en Chalons, dedicándose a saquear todo cuanto encontraban a su paso) y ponerse al servicio de Enrique de Trastámara, que por aquel entonces libraba una guerra civil en Castilla contra su hermano, el rey Pedro I.

Du Guesclin en España

Castilla se encontraba sumida en una guerra civil entre el rey Pedro I y su hermanastro Enrique de Trastámara (ambos hijos de Alfonso XI, pero de madre distinta). El desencadenante fue la extrema dureza del rey librándose de los que él consideraba sus rivales, entre los que se encontraban los hijos que su padre había tenido con su amante, Leonor de Guzmán. Uno de esos hijos era Enrique, que viendo asesinados a sus hermanos, se alzó en armas contra el rey. Cada bando trató de conseguir la ayuda de algunas potencias europeas. Así, Pedro I obtuvo el apoyo de Navarra e Inglaterra, que envió tropas al mando del Príncipe de Gales (conocido como el Príncipe Negro), mientras Enrique consiguió el apoyo de Aragón y que Francia le enviara las Compañías Blancas para engrosar su ejército. El apoyo de Francia e Inglaterra no era gratuito, pues además de exigir que cada rival castellano pagara los gastos de las tropas que les prestaban, contaban con atraerse para sí mismos el apoyo de la por entonces poderosa flota castellana.

Enrique de Trastámara
Du Guesclin pasó a España en 1365, no sin antes haber saqueado la sede papal de Avignon (el Papa se avino a pagar parte del coste de las tropas a cambio de que se fueran). En Barcelona fue recibido por el rey aragonés Pedro IV el Ceremonioso, que le nombró conde de Borja. Después, se unió a las tropas de Enrique, que gracias a ellas tuvo una campaña triunfal siendo proclamado rey en Calahorra y coronado en Valladolid (1366). Seguro de su victoria, Enrique licenció a las Compañías Blancas, quedando sólo du Guesclin con él al mando de un reducido grupo de bretones.

Pedro I el Cruel
Sin embargo, Pedro I estaba muy lejos de haber sido derrotado definitivamente. Junto al Príncipe Negro entró en España por Navarra y obtuvo una importante victoria en Nájera (10 de abril de 1367). Enrique se salvó por muy poco de ser capturado; sin embargo, du Guesclin no tuvo tanta suerte y fue hecho prisionero por las tropas inglesas. Una curiosidad de este cautiverio fue que a du Guesclin le pareció insultante la exigua cantidad que se pedía por su rescate, por lo que él mismo fijó el precio. A pesar de que la cantidad era muy alta, Francia la pagó y du Guesclin volvió al ejército de Enrique, que se había refugiado en Francia.

El Príncipe Negro
No obstante, la guerra dio un brusco giro cuando el Príncipe Negro, harto de los incumplimientos en el pago a sus tropas por parte de Pedro I, abandonó en agosto España y volvió a Francia. Pedro se vio nuevamente solo, con la única ayuda del Rey de Granada y en clara inferioridad frente a su rival. Enrique, enterado de la noticia, entró nuevamente en la península junto a du Guesclin. Conquistó gran parte del reino, pero no pudo derrotar completamente al rey, que se refugió en Andalucía ayudado por tropas que le envió el reino de Granada. Esta situación se mantuvo estacionaria hasta principios de 1369.

La muerte de Pedro I

El equilibrio se rompió cuando Enrique puso sitio a la ciudad de Toledo. El rey Pedro, consciente de la importancia de la plaza, se puso en camino para socorrer a la ciudad. Sin esperar el contingente de 1.500 jinetes moros del Reino de Granada, guarneció la fortaleza de Carmona y partió hacia Alcántara, donde esperaba reunirse con tropas de refuerzo procedentes del norte. Sin embargo, Enrique no se mantuvo ocioso y evolucionó con su ejército rápidamente, sorprendiendo a Pedro en Montiel con sus tropas dispersas y sin estar preparado para el combate. La subsiguiente batalla (14 de marzo de 1369) fue una rotunda victoria del bando de Enrique, y Pedro I tuvo que refugiarse en el castillo de Montiel, llamado castillo de la Estrella.

Castillo de la Estrella, en Montiel
El castillo, a pesar de disponer de varios cañones, no estaba preparado para un largo asedio y el rey lo sabía. Pedro, a través de su fiel Men Rodríguez de Sanabria, trató de sobornar a du Guesclin para que se pasase a su bando y le facilitase la huida. Sin embargo, el francés rechazó la oferta y comunicó el intento a Enrique, que se apresuró a igualar la suma si atraía a Pedro a una trampa. Du Guesclin accedió y comunicó a Pedro que podría huir. Con engaños, en la noche del 22 al 23 de marzo lo atrajo a una tienda donde le estaba esperado Enrique. A partir de aquí, la historia y la leyenda se confunden.

Parece ser que Pedro fue apresado por los capitanes mercenarios. Presentándose Enrique en la tienda, se produjo el siguiente diálogo (con perdón):

“- ¿Dónde está ese judío hideputa?" – dijo Enrique.

- ¡El hideputa seréis vos, pues yo soy hijo legítimo del buen rey Alfonso!" - respondió inmediatamente Pedro.

Ambos hermanos empezaron a pelear armados de sus puñales. Pedro, mucho más grande y fuerte que su rival, pronto obtuvo ventaja y se situó encima de Enrique dispuesto a apuñalarlo. Fue en ese momento cuando, según cuentan las crónicas, du Guesclin agarró a Pedro por una pierna y le hizo perder el equilibrio. Este hecho fue aprovechado por Enrique para ponerse sobre él y clavarle su puñal en el corazón.

Muerte de Pedro I, según un grabado del S. XVIII
La ayuda que du Guesclin prestó al nuevo rey le supuso al francés los títulos de Condestable de Castilla, Duque de Molina y los señoríos de Soria, Atienza y Almazán. Sin embargo, su acción poco caballerosa le granjeó no pocas críticas, incluso dentro del bando del propio Enrique. Para defenderse de esas críticas, soltó su frase más famosa:

Ni quito ni pongo rey, pero ayudo a mi señor”.

En cualquier caso, en una Europa imbuida de principios caballerescos, esta acción supuso que Pedro cosechara las alabanzas que de otro modo no habría recibido. Por su parte, Enrique y du Guesclin recibieron duras críticas, pero a fin de cuentas su condición de vencedores les puso a salvo de las consecuencias de sus actos. Du Guesclin siguió combatiendo junto al ya rey Enrique II (conocido más adelante como el de las Mercedes) hasta que en 1370 volvió a su país para ponerse nuevamente a las órdenes de Carlos V de Francia, llevándose a sus mercenarios. Su aventura en España había finalizado, no sin antes ayudar a instaurar en España una dinastía que gobernó hasta principios del siglo XVI.

Regreso a Francia

Tras su retorno a Francia, du Guesclin recibió de manos del rey Carlos V el título de Condestable de Francia, algo así como jefe de los ejércitos del rey. Inmediatamente comenzó una nueva serie de campañas contra los ingleses, a los que fue expulsando paulatinamente del país. No obstante, no todo fueron parabienes para du Guesclin, ya que el hecho de que luchara a favor del rey de Francia en contra de los intereses bretones hizo que en su propia tierra fuera tratado de traidor y abandonado por sus parientes y amigos. El propio du Guesclin censuraba la actitud del rey con respecto a su tierra, pero obedecía órdenes como buen y disciplinado soldado que era.

Nombramiento de du Guesclin como Condestable de Francia
La desaprobación de du Guesclin a la política del monarca hizo que éste sospechara de él, lo que conllevó que du Guesclin renunciara a su dignidad de Condestable y se preparara para volver a España y ponerse al servicio de Enrique II. En el camino se paró en el castillo de Randan, que estaba siendo sitiado por los franceses, y tomó el mando del asedio. Se cuenta que el gobernador inglés de la fortaleza prometió rendirla en un día determinado si para entonces no le habían llegado refuerzos, pero du Guesclin murió varios días antes del plazo fijado a causa de la disentería. A pesar de todo, en la fecha señalada el gobernador inglés se presentó en el campo francés con toda su guarnición y depositó las llaves del castillo sobre el féretro de du Guesclin. Según las crónicas, sus últimas palabras fueron: “Nunca olvides, dondequiera que hagas la guerra, que el clero, las mujeres, los niños y los pobres no son tus enemigos”. Era el 13 de julio de 1380.

Estatua de du Guesclin en Dinant
Moría así un gran general, al que la mayoría de las representaciones lo muestran con una espada aunque él prefería llevar una gran hacha en batalla, que revolucionó la guerra en Francia y que fue sumamente incomprendido en Bretaña, su tierra natal, hasta el punto de que los nacionalistas bretones le han considerado siempre un traidor por atacar la región al mando de las tropas de Francia, de la que finalmente Bretaña pasó a formar parte. No obstante, este héroe nacional francés tiene en su país una fama y reputación comparable a la que El Cid tiene en España, y durante mucho tiempo fue objeto de leyendas y cantares populares.

Muerte de du Guesclin
La importancia de la doctrina militar de du Guesclin, basada en una táctica de “tierra quemada” para hacer inviable la presencia de tropas extranjeras invasoras y luego hostigarlas con grupos pequeños, profesionales y altamente móviles, fue paradójicamente mejor aprovechada por sus enemigos ingleses que por sus compatriotas. La prueba está en que en la batalla de Agincourt de 1415, los franceses prefirieron un ejército pesadamente armado en batalla abierta frente a las tropas ligeras y móviles inglesas, lo que a la postre significó la estrepitosa derrota francesa.
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El Milagro de Empel

Algunos lo atribuyeron a un golpe de suerte. Otros a una intervención divina. El caso es que el 8 de diciembre de 1585, en plena Guerra de los 80 Años (conocida en España como Guerra de Flandes) que enfrentaba a España con sus provincias holandesas rebeladas contra el Rey, las tropas españolas obtuvieron una inesperada victoria ante una flota rebelde que los tenía sitiados en una isla. Una extraordinaria combinación de heroísmo, tozudez y viento helado se unieron para hacer que lo que horas antes parecía una derrota segura se convirtiera en uno de los episodios más gloriosos de la historia de los Tercios españoles.

Batalla de Empel, por Ferrer-Dalmau
Esta acción militar, conocida como el Milagro de Empel, tuvo como protagonista inesperada a una tabla con una imagen de la Inmaculada Concepción. El hallazgo casual de dicha tabla inspiró a las tropas españolas, que vieron en ella la respuesta a sus plegarias desesperadas. Tuvo también como consecuencia posterior que la Inmaculada se convirtiera en la patrona de la infantería española, en detrimento de su hasta entonces patrona, la Virgen del Rosario. Esta es la historia de dicha acción militar.

La Guerra de los 80 Años

Antes de narrar nuestra batalla, demos un repaso a cómo se llegó a esta situación bélica.

Las posesiones españolas en Flandes estaban divididas en 17 provincias y abarcaban las actuales Bélgica, Holanda y Luxemburgo. Mientras estaban gobernadas por Carlos V, las provincias se mantuvieron en paz debido a que sus habitantes veían al Rey como uno de los suyos (no en vano había nacido en Gante y se había criado en Flandes). No obstante, cuando se produjo su abdicación (en 1556) y el territorio pasó a la corona española, empezaron los problemas. Felipe II era visto como un monarca extranjero y extraño a sus costumbres, hecho que se puso de manifiesto el mismo día de la abdicación de su padre en Bruselas cuando, a diferencia del políglota Carlos, fue incapaz de dirigirse a sus súbditos en su lengua materna.

Retrato de Felipe II
Los intereses de la Corona a menudo chocaban con los de la nobleza holandesa, más interesada en un incipiente capitalismo comercial que en la lucha por el dominio de Europa. Asimismo, la religión jugaba un papel determinante en las tensiones que se estaban viviendo. Los llamados “Decretos Tridentinos” promulgados por Felipe II impedían la libertad de culto a la que aspiraban gran parte de la población y la nobleza flamenca, de religión calvinista. Pero la guinda final la puso una brusca subida del precio de los alimentos en agosto de 1.566, provocada por la carestía de trigo que supuso la guerra entre Suecia y Dinamarca y el consiguiente cierre de comercio con el Báltico. Esta escasez y aumento de la pobreza facilitaba la crítica que los calvinistas hacían del lujo y derroche que mostraba la Iglesia Católica.

Fernando Álvarez de Toledo, Duque de Alba
En estas circunstancias, la nobleza presenta el 5 de abril de 1566 a Margarita de Parma, hermana del Rey y gobernadora de Flandes, el llamado “Compromiso de Breda”, por el que solicitan la abolición de la Inquisición y la libertad religiosa plena. Margarita rechaza el documento, con lo que empiezan a producirse altercados entre los fieles a la corona y los rebeldes. Estos enfrentamientos culminaron el 15 de agosto cuando los calvinistas destruyen numerosas imágenes religiosas, en especial de la Virgen. Estos incidentes provocan que el Rey mande a Flandes al Duque de Alba al mando de 10.000 hombres para pacificar la provincia, con potestades mayores que las de su hermana. En el año que el Duque tardó en llegar a Flandes, Margarita había conseguido controlar la situación y llegar a un acuerdo con los nobles de Flandes. Sin embargo, cuando el Duque de Alba se hace cargo de la situación, no reconoce los acuerdos y empieza una represión a sangre y fuego. Esto provoca la inmediata dimisión de Margarita de Parma.

Guillermo de Orange
Alba crea el llamado “Tribunal de los Tumultos” (conocido por los holandeses como el “Tribunal de la Sangre”). Mediante un engaño (los convoca para informarles de la política del Rey), detiene a los Condes de Egmont y Horn y los hace decapitar. El otro principal cabecilla de la rebelión, Guillermo de Orange, logra escapar a Alemania. En los siete años en que fue gobernador (1567 a 1573), Alba hizo ejecutar a 400 miembros de la pequeña nobleza holandesa. Tal fue el terror que provocó su gobierno que a los niños holandeses, cuando no comían o no querían irse a dormir, los asustaban diciéndoles "que viene el Duque de Alba". Como muestra del odio que generó, he aquí el Padrenuestro blasfemo que le dedicaron los holandeses:


"Diablo nuestro que estás en Bruselas/ maldito sea tu nombre/ así en el Cielo como en el Infierno./ Que este Diablo se marche muy pronto/ y con él su Tribunal, falso y sanguinario,/ que a diario practica el asesinato y la rapiña;/ y a los perros rabiosos venidos de España/ devuélvelos al Demonio, su Padre./ Amén".

Sin embargo, no sólo no acaba con la rebelión sino que el sentimiento antiespañol se recrudece. En 1573 sería sustituido por Luis de Requesens y Zúñiga, que gobernó hasta su muerte en 1576 adoptando una posición más conciliadora.

D. Juan de Austria
Requesens fue sustituido por Don Juan de Austria, que logró llegar a un acuerdo con los rebeldes que incluía, entre otras cosas, la retirada de los llamados “Tercios Viejos”. Sin embargo, la situación se deterioró nuevamente. En 1579 se produjo la llamada Unión de Arras, por la que las provincias del sur declaraban su fidelidad al Rey. Como respuesta, las provincias del norte firmaban la Unión de Utrech, por la que proclamaban su independencia y creaban la República de los Siete Países Bajos Unidos. Los Tercios Viejos volvieron a Flandes al mando de Alejandro Farnesio. La guerra había comenzado.

El camino hacia el Milagro

En 1585, tras la toma de Amberes, Alejandro Farnesio se sintió en condiciones de acudir en ayuda de las “islas de Gelanda y Holanda”, cuya población le pedía ayuda ante la intolerancia religiosa de los protestantes con la mayoritaria población católica. Un ejército al mando del Conde de Mansfeld partió hacia el lugar, reforzado por un Tercio venido de España: el Regimiento de Zamora número 8 o Tercio de Bobadilla (llamado así porque lo mandaba Francisco de Bobadilla). Las tropas llegaron a la orilla meridional del Mosa, donde Mansfeld dio orden a ese Tercio que ocupara la isla de Bommel mientras él se dirigía a Harpen, a 25 km. de allí, donde acuarteló sus tropas. Bobadilla cruzó el río con 4.000 hombres y ocupó la isla, mandando patrullas a proteger los diques que, si caían en manos de los rebeldes, podían hacer que la furia del río se desatara contra sus tropas. Era el 2 de diciembre de 1585.

Situación de la Isla de Bommel (Fuente: www.grandesbatallas.es)
Los rebeldes vieron una excelente oportunidad de destruir el ejército que había tomado la isla. En vista de que estaba protegida por diques y era fácilmente inundable, al general de los rebeldes, el Conde de Holac, “le pareció buena esta ocasión para vengarse con una memorable derrota de la mejor parte del ejército católico”. Armó una flota de 10 navíos y rodeó completamente la isla. Holac propuso a los españoles una rendición honrosa, a lo que éstos contestaron:

Los infantes españoles prefieren la muerte a la deshonra. Ya hablaremos de rendición después de muertos

Ante esta respuesta, a los rebeldes “les creció un ánimo extraordinario de anegarlos y deshacerlos y quitar de una vez el yugo español que tenían sobre sus hombros”. Holac decide atacar los diques que contenían las aguas del Mosa, abriéndolos en varios lugares. La isla se inundó por todas partes a excepción del pequeño monte de Empel, donde las tropas españolas pudieron refugiarse no sin antes tener que abandonar toda suerte de pertrechos e impedimenta. La previsora vigilancia de Bobadilla impidió que los holandeses cortaran los diques situados directamente frente a la corriente del río. Si esos diques también se hubiesen cortado, la inundación habría barrido toda la isla. Holac mandó cañonear las posiciones españolas, y sólo al anochecer pudieron éstos alejarlos con su propio fuego de artillería.

Retrato del Conde de Mansfeld
Al amanecer del día siguiente, 3 de diciembre, el panorama era desalentador. Las aguas se extendían por todas partes a excepción de algunas zonas elevadas que formaban isletas, y una flota holandesa cortaba cualquier camino de retirada. Holac había tenido la precaución de alejar sus barcos fuera del alcance de la artillería española, y confiaba que el bloqueo acabara haciendo que los españoles se rindieran. Bobadilla dio orden de fortificar la colina, y al anochecer mandó a un capitán en una pequeña embarcación a la ciudad cercana de Bolduque, con el ruego de que sacaran la artillería de la ciudad hasta el borde del río y pusieran en fuga a la flota holandesa. Asimismo, este capitán llevaba una petición de refuerzos al Conde de Mansfeld.

La respuesta de Mansfeld llegó al día siguiente. Proponía un descabellado plan para atacar a la flota holandesa con embarcaciones ligeras y ordenaba a Bobadilla que dispusiera algunas pequeñas barcazas (llamadas pleytas) para colaborar en el ataque. El asalto tendría lugar el día 6 de diciembre. Bobadilla eligió los hombres que debían partir en sus 9 pleytas y éstos “confesaron y comulgaron como siempre que han de pelear lo acostumbra la nación española”. Sin embargo, dicho ataque no tendría nunca lugar. Los holandeses, a pesar del fuego español, ocuparon las dos isletas más cercanas a los sitiados y lograron terminar un rudimentario fuerte. Además, sus naves ocupaban el río frente a ellos y abrieron fuego contra la flotilla de Mansfeld, incendiando las pequeñas embarcaciones. La situación de los sitiados, escasos de leña, comida y munición y con un frío desgarrador, era desesperada.

El hallazgo de la tabla

El sábado 7 de diciembre ya no quedaba esperanza en Empel. Sólo había frío, agua, barro y desesperación. Los infantes españoles “veíanse en muy gran turbación y trabajo, y el menor que pasaban era el frío, hambre y desnudez, que tanto les apretaba por estar al rigor del tiempo sin ningún reparo donde poder cubrirse ni valer de noche y día, y sobre unos diques yermos y solos, donde iban perdiendo ya las esperanzas de ser socorridos”. Sin embargo, aquel Tercio Viejo iba a hacer buenas las palabras de un Almirante francés que los calificó así:

Cinco mil españoles que eran a la vez cinco mil infantes, y cinco mil caballos ligeros, y cinco mil gastadores, y cinco mil diablos

Los víveres se habían terminado y soplaba un viento frío muy intenso. Los soldados rogaban a Bobadilla que pidiera auxilio a Farnesio, pero éste les replicó que ya lo había hecho y que el auxilio sólo podría venir de Dios. En esta situación, un soldado cavaba una trinchera “más para tumba que para guarecerse” cuando tropezó con un objeto de madera allí enterrado. Se trataba de una tabla flamenca en la que estaba pintada, con vivos colores, la Inmaculada Concepción, probablemente enterrada allí para salvaguardarla de los disturbios iconoclastas de los calvinistas. El soldado empezó a llamar a gritos a sus compañeros y fueron todos a llevársela a Bobadilla.

Alejandro Farnesio
Bobadilla ordenó a todos colocar la tabla sobre una bandera imperial a modo de improvisado altar y rezar una Salve a la imagen, y aprovechando la espontánea subida de moral de las tropas, se reunió con los capitanes y propuso que se quemaran las banderas y se inutilizara la artillería (para impedir que cayeran en manos enemigas), y que se hiciera un asalto suicida contra la flota holandesa a bordo de las pleytas. Aunque había algunos capitanes que preferían sencillamente suicidarse, finalmente el plan de Bobadilla (igualmente suicida) fue aprobado. Se fijó el amanecer del día siguiente para su realización.

Representación de la Batalla de Empel
Esa misma tarde, Holac mandó varios emisarios para ofrecer nuevamente a los españoles una rendición honrosa. Su propuesta fue rechazada. Los españoles se aprestaban a vencer o morir al día siguiente. Holac estaba tan seguro entonces de su victoria que empezó a hacer arreglos con varias ciudades vecinas para trasladar y alojar al crecido número de prisioneros que esperaba obtener.

El milagro

Esa noche del 7 al 8 de diciembre la temperatura sufrió un brusco descenso, a la vez que un viento gélido azotaba el río. Las aguas empezaron a helarse a una velocidad inusitada, de modo que pronto se formó una capa de hielo que en algunos lugares superaba el metro de espesor. Bobadilla, apoyado por las descargas de artillería de las piezas traídas desde Bolduque, ordenó a sus tropas que atacaran los barcos enemigos caminando sobre el hielo. Holac, viéndose en grave peligro de que su flota quedara bloqueada por el hielo, ordenó a sus barcos que se abrieran paso hasta las aguas libres del Mosa, maniobra que aprovechó Bobadilla para atacarles con todas las piezas de artillería que quedaban.

Francisco de Bobadilla
La maniobra no surtió efecto y finalmente las tropas españolas asaltaron las embarcaciones holandesas y obtuvieron una victoria completa. Sólo unas pocas consiguieron huir. Holac, al ver el resultado de la batalla, exclamó:

Tal parece que Dios es español al obrar, para mí, tan grande milagro

Los soldados de Bobadilla, helados y agotados, fueron acogidos por la población de Bolduque, que les procuró cuidados. No obstante, muchos murieron por las penalidades sufridas y otros perdieron manos y pies debido a la congelación. La ciudad recibió después el agradecimiento de Farnesio y del propio Felipe II en forma de un cáliz de oro y 80 vacas.

Soldado de los Tercios Viejos
Al día siguiente, 9 de diciembre, Bobadilla tomó los fuertes rebeldes que aún quedaban en las isletas. Lo hizo sin resistencia alguna, pues los rebeldes huyeron en cuanto vieron aparecer las pleytas españolas rompiendo el hielo con los remos y dirigiéndose hacia ellos. El suceso pronto fue conocido y divulgado como “Het Wonder van Empel” (El milagro de Empel). Y en efecto, el milagro se había consumado.

El desenlace

Aquel 8 de diciembre de 1585, la Inmaculada Concepción fue proclamada patrona de los Tercios, entre vítores y aclamaciones. Dicho patronazgo se hizo oficial en 1892, por orden de la Reina María Cristina de Habsburgo-Lorena, que la proclamó patrona de la infantería española. La Inmaculada sustituyó así a la Virgen del Rosario, que había sido la tradicional patrona de los infantes desde la Batalla de Lepanto. Hoy en día, se alza una capilla dedicada a la Inmaculada en el monte de Empel, levantada por la población católica holandesa.

Capilla de la Inmaculada Concepción, en Empel
La Guerra de Flandes no terminó demasiado bien para España. El 30 de enero de 1648 la guerra en los Países Bajos terminó con el tratado de Münster. Este tratado, firmado entre España y las Provincias Unidas, era sólo una parte de la Paz de Westfalia (que ponía fin a la guerra de los Treinta Años). La República de las Provincias Unidas fue reconocida como estado independiente y conservó muchos de los territorios que había conquistado durante los últimos compases de la guerra. Fue un duro golpe para el prestigio español, pero el recuerdo de aquel milagro en una pequeña isleta sobre el río Mosa ha llegado vivo hasta nosotros, agrandando la leyenda de los Tercios españoles, que durante muchos años dominaron Europa.
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